INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      DIRECTOR     

Fernando Ampuero es autor de los clásicos libros de cuentos Malos modales y Bicho raro, además de otra docena de libros (novelas, crónicas, ensayos, memorias, etc.).

"Los testimonios sobre su personalidad coinciden en que habría sido un tipo más o menos infame. Mezquino, egoísta, derrochador, mujeriego, vanidoso, mal amigo, ávido de pelear contra sus detractores y ocasionalmente rastrero, su problema más serio, no obstante, fue la ludopatía, vicio que lo condujo a vivir asiduamente endeudado".

Todos los textos son propiedad intelectual de sus autores. / El website es propiedad intelectual de La Vaca Profana & Gustavo Faverón Patriau. / La Vaca Profana es un mamífero imaginario sin fines de lucro.

Contacto

Los infiernos de Dostoievski
Por Fernando Ampuero    / Publicado en Mayo, 2021

En el bicentenario del nacimiento de Fiódor Dostoievski, un artículo del escritor Fernando Ampuero sobre el padre de todos los novelistas malditos.

ENSAYO

Dostoievski (izquierda) en el distrito londinense de Haymarket, que lo embrujaba con su ambiente decadente de burdeles y casas de juego. (Click para agrandar).

INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      EDITORES


ISSN 2767-1844
FACEBOOK         /         INSTAGRAM         /         TWITTER

Fiódor Dostoievski fue, tal vez, el narrador más influyente del siglo XIX. Tolstói, Joyce y Virginia Woolf, entre otros grandes novelistas que en los albores del siglo XX se convirtieron en faros literarios, lo leyeron con fruición y no escatimaron elogios. «Dostoievski fue el hombre que más ha hecho por la creación de la prosa moderna» (Joyce). «Sus novelas son una vorágine que te hace hervir la sangre… una tromba que sopla, hierve y te traga» (Woolf). «Es lo mejor de la nueva literatura, incluyendo a Pushkin» (Tolstói). Sin embargo, el autor de Crimen y castigo, según Vladimir Nabokov, carecía de estilo literario; o, para decirlo de forma puntual, mostraba una sintaxis torpe y descuidos de todo orden. Esto, desde luego, es todavía un tema de discusión para los lectores y escritores rusos, que sabrán colegir mejor sus defectos y virtudes, pues el resto del mundo lo ha leído solo en traducciones, que suelen atenuar dichos defectos. (Constance Garnett, su traductora del ruso al inglés, y que también lo era de Chéjov y Tolstói, fue acusada por Brodsky de «alterar» la prosa de Dostoievski). 

     Curiosamente, otro ruso distinguido, Turguéniev, muy celebrado por su exquisito estilo literario, confesó alguna vez estar deslumbrado por Dostoievski. Veía en él a un contemporáneo impetuoso, que escribía con el corazón en la boca, e incluso no vaciló en patrocinarlo a pesar de un contexto literario de relaciones tensas. Turguéniev, amigo de Flaubert y Henry James, era europeísta; Dostoievski, al igual que Tolstói, era conservador y eslavófilo. Y, por añadidura, Dostoievski, que no era noble ni rico, como lo eran Tolstói y Turguéniev, solía montar en cólera: despotricaba del mundo y se hundía en infernales aprietos políticos, económicos y sentimentales.

     ¿Quién era este ruso perturbado al que George Steiner calificó como «un metafísico de los extremos»?

     Nacido en tiempos de la Rusia zarista, en 1821, Dostoievski fue un joven solitario y triste. Su padre, cirujano del Hospital Santa María de Moscú, tuvo un cierto renombre profesional, pero con la muerte de su esposa se retiró a una propiedad campestre y se dio a la bebida. Sus hijos mayores, Miguel y Fiódor, habían sido ya enviados a estudiar en la Escuela Militar de Ingenieros de San Petersburgo —ambos «estudiaban bien, aunque sin el menor entusiasmo», dice Somerset Maugham—, en tanto que los tres menores quedaron bajo la tutela de una tía. Maugham agrega: «Con todos sus hijos había sido bastante severo, pero con sus siervos era brutal, y, un día, estos lo asesinaron». Al parecer, lo ataron y obligaron a beber vodka hasta que murió. Dostoievski tenía entonces dieciocho años; y, a partir de esa tragedia familiar, con una visión de la vida que se tornó patética y morbosa, incursionó en la literatura. Escribió y rompió cuartillas durante los siguientes seis años, pero en 1844, cuando Honoré de Balzac visitó San Petersburgo, Dostoiesvki aceptó traducir Eugenia Grandet (para saldar una deuda), y luego, tras dejar el ejército, publicó su primera novela, Pobres gentes, que ipso facto lo catapultó a la fama; lo ensalzaron como «el nuevo Gógol». 

     En 1849 se unió a un grupo de jóvenes en la clandestinidad que reclamaba la abolición de la servidumbre y una prensa sin censura, por lo que fue arrestado y condenado a muerte. Novelescamente, el día de su ejecución, encontrándose al pie del paredón, le conmutaron la pena. Pasó cuatro años de trabajos forzados en la prisión de Omsk, en la Siberia, de la cual salió agradecido por el perdón del zar, pero escarmentado, sin rastro de ardor revolucionario y más ansioso que nunca por continuar su obra literaria.   

     Los profusos testimonios sobre la personalidad del autor de Memorias del subsuelo y Los hermanos Karamazov coinciden en que habría sido un tipo más o menos infame. Mezquino, egoísta, derrochador, mujeriego, vanidoso, mal amigo, ávido de pelear contra sus detractores y ocasionalmente rastrero, su problema más serio, no obstante, fue la ludopatía —jugaba todas sus fichas a la ruleta en los casinos de Europa—, vicio que lo condujo a vivir asiduamente endeudado; dependía de los «anticipos» por futuras obras o bien de sangrar a sus amigos. De su vida sentimental, sabemos que anduvo de desastre en desastre. Abandonó a su esposa, que había enfermado de tuberculosis, y luego sumió a dos de sus amadas, Polina Suslova y Ana Grigorievna, en un peregrinaje de zozobras. Su muerte aconteció en 1881, cuando ya era considerado por muchos el más grande autor de Rusia, y su funeral, toda una apoteosis de conmoción pública, convocó a miles de admiradores entre amigos y enemigos. 

     Los estudiosos han señalado que Dostoievski ha sido el germen de diversas corrientes literarias. Ejemplos palmarios son las extrañas novelas expresionistas de Franz Kafka, la novela social, la novela psicológica, la novela negra y la novela existencialista. En su obra El existencialismo es un humanismo, Sartre recuerda que Dostoievski escribió: «Si Dios no existiera, entonces todo estaría permitido»; en opinión del filósofo francés, esta curiosa idea de la orfandad mística es, para el existencialismo, el punto de partida, «porque si Dios no existe, los humanos son responsables de todo y no tienen opción de pedir perdón a instancias superiores». 

     Dostoievski sufría de epilepsia y ello agravó sus malos instintos, que trasladaría a sus obras. A menudo, sus personajes revelan un subjetivismo endiablado: actitudes indecorosas, discusiones con escupitajos a la cara, trances perversos que culminan en iniquidades o asesinatos. El maligno placer de herir, seguido de rencor enloquecido, ya irrumpía en otras latitudes —Raskolnikov o Iván Karamazov eran hermanos de furia de Heathcliff (Cumbres borrascosas, Emily Brontë) y del capitán Ahab (Moby Dick, Herman Melville)— pero tal parentesco aún no se establecía.

     A propósito de Los hermanos Karamazov, el crítico Harold Bloom opina que el «cristianismo ruso de Dostoievski no fue más que una enfermedad de la inteligencia, un virus nacionalista despojado de una visión espiritual», producto de «un oscurantista que apoyaba la tiranía zarista y la teocracia ortodoxa rusa», en la creencia de que Rusia era el pueblo escogido o, dicho en otros términos, que el Cristo verdadero era el Cristo ruso. ¿Bajo qué argumentos? Los mismos que Dostoievski apunta en su diario sobre la progenie Karamazov: «Todos somos, hasta el último de los hombres, Fiódor Pávlovich (padre de los cuatro hermanos, rival en amoríos de su hijo Dimitri —se disputaban a Grushenka— y víctima de Smerdyakov, su hijo bastardo que lo asesinó), porque todos somos sensualistas y nihilistas, aunque nos esforcemos en ser de otra manera». (No pasen por alto que Dostoievski bautizó con su propio nombre al patriarca Karamazov).  

     La vida real, para el novelista, oscila entre la degradación de la humanidad, representada por el ambicioso terrateniente Karamazov y sus violentos hijos (Dimitri, el soldado; Iván, el intelectual), y la conciencia moral, personificada por Aliosha, el monje. Este, que es el hermano más joven, hace contrapeso: cree en Dios y, sobre todo, es amable y bondadoso. Como se sabe, si bien esta monumental novela —mi edición suma 1357 páginas— empieza con un sólido perfil de Aliosha, tal protagonismo pronto se diluye. Será una novela de antihéroes. ¿La razón? Dostoievski planeaba dar más relieve a Aliosha en una segunda parte, que la muerte le impidió escribir. 

     Leer a Dostoiesvki perturba, agita, conmociona. Crecí oyendo historias de gente de otras épocas que, según propia confesión, fueron internadas varios meses en una clínica de reposo después de leer Crimen y castigo. Para los adolescentes de los años sesenta, tales habladurías eran un irresistible incentivo a su lectura.