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A principios del año 2000 surgió en la cinematografía brasilera una tendencia a reflejar ciertas narrativas unidimensionales para atraer la atención de un público extranjero y local revalidando creencias arraigadas en el imaginario colectivo sobre el país y su sociedad. El éxito de Cidade de Deus en 2002 trajo consigo una serie de películas & series como Cidade dos homens (2002), Tropa de Elite (2007), Última parada 174 (2008), Alemão (2014), que muestran un Brasil limitado a la violencia extrema, la pobreza, el tráfico de drogas y armas en las favelas cariocas y la corrupción policiaca. Los estereotipos cinematográficos están presentes en todas las producciones internacionales: Brasil no es una excepción. Pero estamos en momentos donde la atención está puesta en condenar el racismo y el sexismo; hay un cuidado, por parte de productores y directores, en incluir y representar positivamente a aquellos tipos sociales que históricamente fueron presentados bajo roles estereotípicos negativos o caricaturescos, o simplemente excluidos.  

     Bacurau (2020), película escrita y dirigida por Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, y coproducida por la poderosa Globo, pretende, conscientemente, anular cualquier ausencia de representación de los márgenes sociales y dar protagonismo a más de una de las mal llamadas minorías sociales. No es el Brasil de las favelas de Rio, ni el mundo de las cárceles, ni las playas cariocas. Pero visita un conocido tropo geográfico nacional: los pueblos del interior del subdesarrollo. Escapa de la popular fórmula de los films de la década anterior, aunque recurre a otra, el exotismo del realismo mágico latinoamericano. Bacurau es un ínfimo pueblo (ficticio) rodeado de caatinga en el noroeste del país, aislado de centros urbanos, adonde solo se llega atravesando una desolada ruta de tierra. No es un lugar que uno quisiera visitar, nadie parece llegar a Bacurau a no ser el camión cisterna y el intendente —personaje prototípico de la ficción brasilera—, un individuo corrupto y ecpático que aparece en el pueblo antes de las elecciones municipales, trayendo una simbólica ayuda inútil a sus moradores, el conocido ‘voto cabresto’.

     La escena inicial de la película muestra a dos individuos en una vieja camioneta cisterna llegando al pueblo por esa única desolada ruta de tierra. Se trata de la nieta de la matriarca del pueblo que viaja para participar del funeral de su abuela de noventa y cuatro años. Una vasta naturaleza agreste, característica de la zona del interior del noroeste brasileiro, circunda el área. Entrar y salir de allí es penetrar en un espacio natural inhabitado y remoto. Los directores enfatizan la reclusión del pueblo, como tantos otros pueblos ‘insignificantes’ existentes en el ‘Brasil profundo’, pueblos y comunidades ‘ausentes’ en el mapa político de la nación. Un camión volcado en la ruta trayendo ataúdes vacíos señala lo inusual de la llegada de cualquier visitante. Bacurau no solo pareciera existir fuera de cualquier frontera urbana: pareciera además estar congelado en el tiempo. Allí se vive como en siglos anteriores. Se nos dice que estamos en un tiempo futuro, aunque nada nos señale progreso más que la tecnología presente. Bacurau, en realidad, pareciera no desear el cambio para poder mantener sus tradiciones. En ese sentido surge una contradicción. En nombre de la tradición se vive una forma de parálisis. Cuando lo único que nos señala progreso desaparece –el lugar se queda sin energía ni conexión– podemos ver el verdadero aislamiento y atraso en el que vive esa gente. Existe, así, una frontera temporo-espacial que impediría un progreso real.  


¿Hay paz si hay parálisis? 


Una banda de mercenarios, hombres y mujeres blancos que solo hablan inglés, se establece en una especie de búnker en las inmediaciones. Armados con ametralladoras, tienen un propósito: cazar a los habitantes locales por diversión, sean niños, jóvenes o ancianos. Son tipologías, caricaturas de neo-nazis y representantes de la extrema-derecha norteamericana. Cualquiera que siga los últimos acontecimientos políticos con el surgimiento de grupos de la ultraderecha, o la retórica de presidentes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, podrá establecer simetrías. Trabajando para los extranjeros hay dos brasileros. Ellos llegan a Bacurau en motocicletas, para  sorpresa de sus habitantes, no acostumbrados a la visita de extraños. Los ‘forasteros’ conversan con algunos residentes, observan las inmediaciones. Son brasileros que trabajan como espías, al modo de la CIA. Hablan inglés y son blancos, pero no son lo suficientemente blancos para pertenecer a la élite. “No somos de esta región.” —se justifican—. “Somos del sur de Brasil. Una región rica, con colonias alemanas e italianas. Somos más como ustedes”. Es un "Ustedes" versus "Nosotros", donde el color no es necesariamente la línea divisoria que les permite estar del lado de quienes poseen el poder de matar y perdonar vidas. “¿Por qué están haciendo esto?” —pregunta Domingas cuando confronta a Michael (interpretado por Udo Kier), el líder del grupo terrorista. Pero no hay respuesta posible, se trata de un ‘por que sí’, ‘porque podemos’. El gusto por el poder y el deseo de subyugar e imponerse sobre otros, mediante el asesinato de gente inocente, marcan la frontera divisoria entre los inferiores y los superiores. El victimario se construye a sí mismo en base a creencias fascistas, donde sus víctimas pierden su humanidad para convertirse en ‘desechos sociales‘.  

     En una de las escenas en que un americano mata a un niño, justifica el disparo con la excusa de que el niño estaba armado, cuando en realidad traía una linterna. En los últimos años, en Estados Unidos, casos en los que personas negras fueron asesinadas por la policía o que murieron en su custodia, despertaron protestas a nivel nacional e internacional. En julio de 2020 hubo también en Brasil manifestaciones frente a este tipo de violencia racial. En un país como Brasil, que es sistemática e históricamente racista, y donde exhibir una genealogía europea significa una clara superioridad frente a la ascendencia africana y nativa, donde las profesiones de prestigio y los lugares de poder están en manos de blancos, y donde la inmensa mayoría de prisioneros son negros, la crítica de Mendonça Filho y Dornelles es oportuna, pero la comunidad representada en la película, una especie de quilombo multi-racial, es completamente alejada de la realidad.        Se nos muestra Bacurau como una democracia ideal. El liderazgo del pueblo está en manos de mujeres, a la matriarca muerta la substituye otra mujer, una médica de carácter fuerte a quien todos respetan, Domingas, interpretada por Sônia Braga. Hay personajes transgenéricos, gays, negros y blancos, prostitutas y criminales, niños y ancianos, y todos viven en aparente armonía. Repito, son tiempos de inclusión. La escena del cortejo fúnebre es la vidriera de esa democracia social. Se incluyen también tipos del folclore popular del noroeste, Lunga el cangaceiro y el violeiro cantador gaiato entre otros. Hay una iglesia que sirve de depósito, pero no hay religión. Para asegurarse que cada ciudadano no se olvide de la orgullosa historia de su pueblo, un museo exhibe, como trofeos, las armas usadas por sus ancestros durante una revuelta. Armas que son resucitadas para que pudieran defenderse de los invasores extranjeros. Ecos de Quilombo dos Palmares, Canudos, resuenan aquí. La historia se repite a sí misma.  

     Maquillada de Western posmoderno, esta distopía que flirtea con la ciencia ficción, intenta crear un universo temporal de muchas capas. El pasado histórico se repite en el presente y se proyecta en un futuro que seguramente repetirá, aunque con variantes, el pasado de violencia, sumisión colonial, estancamiento, indiferencia por parte de los gobernantes y un aislamiento geográfico, económico y social. Existen dos tipos de violencias en la película, una interna, otra externa. Pero una sola es presentada como amenaza. La violencia interna es heredada, es una violencia de carácter histórico y nacional. Es la violencia de la cotidianeidad, naturalizada y aceptada como ‘modo de vida’. Solamente ante la violencia externa, los habitantes de Bacarau reaccionan como unidad, como comunidad. Pero es una unidad intencional y temporal para defenderse de lo extraño. Hay una constante frontera invisible que separa Bacarau del resto del mundo, no importa si se trata del pasado o de un futuro, hay comunidades que fueron y seguirán siendo invisibles. 

     Quizás haya, en esta alegoría política, una intención de contrastar el vacío existencial de esos sociópatas extranjeros con la ‘autenticidad’ identitaria de la comunidad rural, comunidad que encuentra paz en su aparente parálisis. Una comunidad que parece dormir calmamente sobre su violento pasado, pero que, con todo, puede entrar en erupción si es amenazada.  

ENSAYO

"Hay una iglesia pero no hay religión. Para asegurarse que los ciudadanos no olviden la orgullosa historia de su pueblo, un museo exhibe, como trofeos, las armas usadas por sus ancestros durante una revuelta. Armas resucitadas para defenderse de los invasores extranjeros. Ecos de Quilombo dos Palmares, Canudos, resuenan aquí. La historia se repite a sí misma".

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Bacurau y el Brasil profundo:
¿Historia de resistencia o venganza?
Por Aileen El-Kadi    / Publicado en Mayo, 2021

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