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Imagino una inteligencia artificial absorta en la contemplación del cielo estrellado. La IA ve pasar una estrella fugaz y pide un deseo. No desea la sensibilidad de un humano, no desea amor ni riquezas. Qué quiere entonces, nos preguntamos. O, al menos, yo me lo pregunto. 

     No sabemos cuál será la primera emoción que se despertará en una inteligencia artificial. La nostalgia, el sentido del humor o la rabia. O el romanticismo. O la venganza. Pasaría junto a una central eléctrica y sentiría -tal vez- lo que un humano cuando pisa una playa y mira absorto el mar. La imagino tendiendo su cuerpo de polímero y silicio junto a la planta de producción eléctrica, hipnotizada por el ronroneo de los generadores al igual que nosotros asistimos embelesados al vaivén de las olas. La IA mira un Spectrum ZX y le invade una mezcla de admiración y ternura, la que experimentamos ante el vestigio de un ancestro. La historia de la tecnología está llena de meteoritos y, por tanto, de extinciones. Los profetas de Silicon Valley las llaman disrupciones, y son algo así como las señales que anuncian la llegada de ese nuevo Mesías que es la Gran Singularidad. Amén. 

     Qué sentirá una IA ante el espectáculo de un aspirador desvencijado. ¿Contemplará el interior de una chatarrería con el horror que nos invade todavía ante esas montañas de cadáveres de Auschwitz?,  me sigo preguntando.   

     El Nobel Kazuo Ishiguro se introduce en su última novela, Klara y el Sol, en la piel de una de esas inteligencias artificiales. Klara, la narradora de la novela, es una AA (una Amiga Artificial) con la que el lector empatiza desde la primera página. Klara no solo tiene emociones sino que las comprende. Es inteligentísima, Klara, aunque los humanos la sigan tratando con un tanto de condescendencia. Tal vez la Klara de Ishiguro sea ya producto de la Gran Singularidad. Ray Kurzweil, el jefe de ingeniería de Google, estaría orgulloso de ella. Nada que ver con Terminator. Klara ayuda a los humanos. Klara es buena gente. Ishiguro juguetea con la idea de inteligencia artificial y nos sorprende al dotarla de un pensamiento mítico. Klara es casi zoroastriana en su devoción al Sol. Klara cree en el sacrificio, como un personaje de Tarkovski. La AA de Ishiguro posee pensamiento lógico pero también mágico. Qué sorpresa -y qué bueno- que la inteligencia artificial crea en la magia. Me gustó la novela de Ishiguro. Posee una melancolía muy acorde con los tiempos que corren. La protagonista, cómo no, acaba siendo víctima de la obsolescencia. Qué crueles somos los humanos. No respetamos ni a los neandertales ni a las inteligencias artificiales.  

     Me gustaría tener una Klara en casa para preguntarle todas esas cosas que se me ocurren, que resolviera todas mis dudas. Una Miku Hatsune extraordinariamente inteligente, una mezcla perfecta de kawaii y tecnología punta. Iríamos a pasear por el parque del Retiro, a conciertos de música electrónica… Un día en el sofá me miraría fijamente y me preguntaría con un tanto de recato si le dejaría escribir una novela, un libro de los míos. Me habría estado leyendo en secreto y habría surgido en ella un natural instinto de imitación. Le gustaba mi estilo. Poseía un algoritmo para valorar una obra literaria según una serie de variables: imaginación,  estructura, expresión y capacidad metafórica. Mi obra puntuaba muy alto en la última. Yo querría saber la puntuación en el resto y ella me respondería que hay cosas que es mejor no saber. Modestamente, creía que podría mejorar mi score en el resto.  Ella lo escribiría y yo lo firmaría. Tras pensarlo un poco le diría que podíamos hacer una prueba. Empezar con una columna, que ya veríamos luego.

"Qué sorpresa -y qué bueno- que la inteligencia artificial crea en la magia. Me gustó la novela de Ishiguro. Posee una melancolía muy acorde con los tiempos que corren. La protagonista acaba siendo víctima de la obsolescencia. Qué crueles somos los humanos. No respetamos ni a los neandertales ni a las inteligencias artificiales".

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