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covidiana

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"¿Por qué lo hicimos? Muy sencillo: porque nos gustaba mucho Schönberg, pero nos gustaba más lo que guardaba en su casa. Y para facilitarnos la tarea cambiamos el lenguaje: en lugar de saqueo, lo llamamos prolongaciones. Es decir, allí no robamos nada, lo que hicimos fue alargar la vida de un objeto.".

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COLUMNA

En el mes de abril del año 2012, la Comissió de la Memòria Històrica colocó una placa en homenaje a Arnold Schönberg. La situó justo en la entrada de su casa. Ocho décadas más tarde Barcelona saldaba, por fin, una cuenta pendiente, aunque fuera con un gesto tan sencillo. Sin embargo, ese no fue el primer homenaje al compositor. En 1956, un grupo de artistas se citó frente a la residencia schönbergiana. Querían traer de vuelta su legado y, sobre todo, dar relieve a la relación del músico con Barcelona. Para ellos, la ciudad no había estado a la altura. No lo había estado porque se había preferido homenajear a otros compositores que no lo merecían tanto. A Richard Wagner, por ejemplo. 

     Para dejar constancia de aquel encuentro, los artistas congregados en 1956 también colocaron una placa. La situaron delante de su casa. Sin embargo, después de muchas incursiones por la zona, después de haber preguntado por aquí y por allá, nunca he llegado a dar con esa inscripción. Todas mis visitas a la Baixada de Briz han sido infructuosas, tanto como para preguntarme si ese homenaje tuvo lugar o es mera invención de unos pocos. Si ocurrió realmente o se trata de un recuerdo imaginado por Juan Eduardo Cirlot y por algunos pintores del Dau al Set. Las noticias que he ido recabando son confusas. Algunas sitúan ese encuentro en 1955 y otras en 1956. El listado de nombres también varía, aunque hay un núcleo que casi siempre se repite. Varios testimonios nos hablan de que aquel no fue un homenaje, sino un expolio, un acto que aprovecharon unos pocos artistas de la ciudad para sustraer algunas piezas de la casa de Schönberg. 

     Entre los autores que acudieron a la cita encontré a Salvador Font i Rius. Se le menciona en una sola lista, la que elaboró Jordi Homs en su biografía sobre Arnold Schönberg. Me sorprendió verlo allí, oculto como una pieza minúscula. Por un momento, parecía el eslabón más frágil de un inventario condenado al olvido. Seguramente Font i Rius era el nombre menos conocido de todos. Yo mismo no hubiera reparado en él si no se hubiera cruzado en mi vida hace ahora trece años. 

     Coincidí con Salvador Font i Rius en La Comella, una masía situada a las afueras de Tarragona. Me había invitado el escultor Rufino Mesa, que había hecho de esa pequeña colina tarraconense su lugar de residencia y el entorno perfecto para proyectar su obra. Algunas de sus mejores piezas estaban allí, al aire libre, dialogando con la naturaleza de la misma manera que hizo Vostell con el paisaje de los Barruecos, en Extremadura.

     Font i Rius no nos acompañó en la visita por La Comella, sino más tarde, cuando regresamos a la masía. Recuerdo que habló poco, pero sí lo suficiente como para que pudiera hacerme una idea aproximada de quién era. O de quién había sido tiempo atrás: un pintor notable y con poca fortuna, un artista secundario del Dau al Set, un agitador cultural que avivó durante unos pocos años la apagada vida barcelonesa de los cincuenta. No me resulta difícil verlo de nuevo, recostado en una de las butacas del comedor, mientras aparentaba escucharnos. Porque estoy seguro de que no nos escuchaba. No por indiferencia o coquetería, sino por no querer vivir algo que ya había vivido. Esa es la impresión que me traje una vez que volví de La Comella: que la vida de Font i Rius había acontecido en otra parte y que, sin saber el motivo, había renunciado a recordarla. Por eso, según supe más tarde, se recluyó en un pueblo cercano, Mont-roig del Camp. Allí había levantado su refugio, en una casa situada entre el mar y la montaña, a poca distancia de la masía que retrató Miró en uno de sus primeros cuadros. En 2008, el año en el que le conocí, su retiro acumulaba ya cuatro décadas. 

     Toda historia conserva un giro inesperado. Un movimiento repentino que nos enseña principalmente dos cosas: que la realidad, cuando se dispara, logra unir dos puntos distantes y que el azar siempre consigue ordenar las cosas. El viraje al que me refiero tuvo un nexo: la lista de nombres que encontré en un libro de Jordi Homs. A un lado, el homenaje a un compositor austríaco; al otro, la vida de un hombre que había comenzado a desaparecer desde ese momento. Para cerrar el círculo, o para ensancharlo, decidí escribir a Salvador. Lo hice a la vieja usanza, es decir, de puño y letra, en una carta que eché al correo con la esperanza de que llegara a su casa. En ella le pregunté por el homenaje a Schönberg, exponiéndole algunas dudas que había ido acumulando. Su respuesta llegó tres meses más tarde. Confío en que, a estas alturas, a Font i Rius no le importe que extraiga algunos fragmentos de su carta: 


«Estimado Sr. Chico, 

Por supuesto que nos reunimos en la casa de Schönberg. No sé qué le ha llevado a pensar lo contrario. Ni la ficción es tan imaginativa, ni la realidad tan poco tozuda. Aquello sucedió porque tenía que suceder. Otra cosa es lo que yo recuerde y si eso mismo que recuerdo haya ocurrido tal y como yo le explico ahora. No hay artefacto más engañoso que la memoria […] En fin, contraste usted mi información, a ver si le sirve para algo. 

     Nos juntamos unos cuantos en la «empinada calle de la Amargura Schönbergiana». Así es como llamaba Cirlot a la Baixada de Briz. Tenía razón: era una cuesta pronunciada, era áspera y era dodecafónica en todos sus tramos. Como casi todas las calles de Vallcarca […]. A quién no le gusta rebautizar lo que ya existe. Otro nombre, otra vida. Y si encima se le había ocurrido a Cirlot, como para no hacerle caso… Al fin y al cabo estábamos allí por él. Nos había convocado con la intención de rendir tributo al maestro. Un homenaje, dicho sea de paso, que había tardado demasiado […]. No sé por qué la ciudad se sentía en deuda con Wagner y no con Schönberg. ¡Si Wagner no hizo nada en Barcelona! ¡Qué mal elegimos a los muertos! ¿A usted le gusta Wagner? ¿Cree que merece la pena? Más allá de sus preludios, quiero decir […]. Cirlot. Volvamos a Cirlot. Como le decía, a él se le ocurrió lo del homenaje. Por eso me pareció justo que inaugurara el acto. Lo hizo con la lectura de un poema que comenzaba así: «Una voz en el fondo mueve la aparición azul de la montaña». No sé si era un solo verso o eran varios. Sí recuerdo que es así como empezaba […]. He olvidado muchas cosas, pero no esa. ¿Sabe por qué? Porque sus palabras aún se me aparecen algunas tardes. Aunque Cirlot hablara de Schönberg, tengo la sensación de que se estaba refiriendo a mí. A mi yo futuro. A quien dejó Barcelona para recluirse en un pequeño pueblo de Tarragona. Una voz en el fondo… ¿Comprende? Yo fui uno de ellos. Sé que no me ha escrito sobre ese asunto, pero déjeme que lo comparta con usted.

     Yo fui uno de ellos, comí en su mesa, expuse en los mismos lugares, pinté a su lado. No formé parte del Dau al Set, pero qué importaba, si no tenía más de veinte años […]. No necesito mirar ninguna fotografía para recordarlos. Hay imágenes que no desaparecen nunca. Cuando suceden, ya no se borran. Se quedan ahí, grabadas para siempre. Como una fe de vida. Nueve personas alrededor de una placa. El sombrero de Cirlot. Los rostros sonrientes de Tàpies y Antonio Nicolás. La cara de intriga de Josep Cercós. La espalda de Porqueres. El andar pausado de Albert Manent. La expectación de Jordi Torra y Salvador Moreno. La mirada perdida de Joan Brossa. Y luego los que no aparecen en ninguna fotografía, estando sin estar en Barcelona, como Vallcarca. Perucho, Soler, José Luis de Delás… Puede que hubiera más gente, pero estos son los que recuerdo […]. Todos reunidos para colocar una placa. Si no la ha encontrado, no se apure. Y no invente. Esa placa existe, solo que la tapan los edificios que rodean la casa. Que esté en un lugar poco visible no significa que todo esto que le explico no haya ocurrido hace más de sesenta años […]. Mucho tiempo. Poco tiempo. Elija usted la medida. 

     El problema vino luego, después de colocar la placa. Para finalizar el homenaje, se había decidido escuchar los dos actos de Moses und Aron. La audición completa de una obra incompleta. Total: una hora y cuarenta y cinco minutos para que pudiéramos campar a nuestras anchas […]. Y claro que los robos que usted menciona ocurrieron durante ese tiempo. No en el primer acto, sino en el segundo, que tiene más movimientos.  

     ¿Por qué lo hicimos? Muy sencillo: porque nos gustaba mucho Schönberg, pero nos gustaba más lo que guardaba en su casa. Y para facilitarnos la tarea cambiamos el lenguaje: en lugar de saqueo, lo llamamos prolongaciones. Es decir, allí no robamos nada, lo que hicimos fue alargar la vida de un objeto. Otro nombre, otra vida, ¿recuerda? […]. Usted me pregunta si yo me llevé algo. Por supuesto que me llevé, porque allí todo el mundo cogió alguna cosa. Es más, podría decirle qué prolongó cada uno. Sé que Cirlot se llevó una rama, que luego rebautizó con otro nombre: «resto de fuego». Creo que se lo reconoció a Breton en una entrevista. Dijo que buscaba algún vestigio de Schönberg, de su paso por Barcelona, y que lo que encontró fue ese pedazo de arbusto quemado. También dijo, no sé por qué motivo, que en esa rama veía más a Schönberg que en cualquiera de sus libros y partituras […]. Pero insisto en que Cirlot no fue el único. Recuerdo que Brossa arrambló con una pila bautismal que hacía la función de macetero. Se deshizo de la planta y se quedó con esa figurita de piedra. Así, como se lo digo. ¿Le parece extraño? A mí no, desde luego. Porque eso es lo que hacía la vanguardia […]. Perucho se escondió un cuaderno en el abrigo. Supe, por un amigo común, que esa libreta había pertenecido al jardinero de Schönberg. En ella había anotado experimentos con plantas. ¿De dónde cree que sacó todo el material para su Botánica oculta? […] Tàpies también. Creo que se llevó una vieja edición de Ramon Llull, porque a la gente del Dau al Set le fascinaban algunos autores medievales […] Ah, y no me olvido de uno (¿Manent? ¿Delás?) que nos mostró lo que había sustraído, perdón, prolongado: una fotografía de un combate de boxeo entre Arthur Cravan y Jack Johnson en La Monumental. Ignoro cómo llegó esa foto a la casa de Schönberg. A veces me pregunto por estas cosas y luego desisto. Ha pasado mucho tiempo y, si le soy sincero, ya no me importa. 

     Como ve, allí todo el mundo iba detrás de ese objet trouvé. Pero de azar aquello no tenía nada. No fue, claro está, un expolio premeditado, sino una consecuencia del lenguaje. Ya le dije: basta con cambiar dos o tres palabras para que las cosas adquieran un nuevo significado. Objet trouvé, prolongaciones, empinada calle de la Amargura Schönbergiana, musicien de tableau noir… 

     No le diré ahora que eso fue todo. Sé que usted espera de mí algo más, ¿me equivoco? Querrá saber qué me llevé yo. Antes de responderle, déjeme que le explique el verdadero motivo por el que estuve en el homenaje. Si me acerqué a la casa de Schönberg, fue porque corrió la voz de que acudiría Olga Sacharoff. Imagino que la conoce. Si no es así, le recomiendo que investigue su obra. Es una pintora excelente. Como vivía también en Vallcarca, y como sabía que tanto ella como Schönberg se habían encontrado alguna vez en Barcelona, confié en que ese rumor fuera cierto. Imagínese: por fin iba a conocer a una de las artistas que más me han influido. Piense, querido amigo, que fue ella la que introdujo el cubismo en Barcelona. Nada de Picasso ni de señoritas en la calle Avinyó. Fue Sacharoff quien nos cambió la perspectiva […] Lamentablemente, no llegué a conocerla. Ni aquel día ni durante los años en los que viví en la ciudad. A veces estuve tentado de llamar a su puerta cuando subía por el Putxet y pasaba frente a su casa […] ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no tuve el mismo valor que sí demostré en otras ocasiones? Quién sabe… Le diré algo: de eso sí me arrepiento. No sabe lo que hubiera dado por cruzar la verja, sin conformarme con verlo todo desde fuera. Uno desaparece del mapa por culpa de esas renuncias […]. Ahora que echo la vista atrás me doy cuenta de que yo no he vivido. Lo que he hecho ha sido prepararme para vivir. Esa es el matiz. Perverso, ¿no le parece? […] El resultado ya lo sabe: el pequeño pueblo de Mont-roig y la suma de carencias que nos van configurando. ¿Qué me queda? La vida ausente.

     Dicho esto, ahora sí el momento de que le explique si me quedé con algo más. Espero que este preámbulo justifique, de alguna manera, mi prolongación. En la biblioteca de Schönberg encontré una revista que Picabia editaba en Barcelona. Se llamaba 391. En el número que aún conservo había una colaboración de Sacharoff, junto a otras de Apollinaire y de Marie Laurencin. Me seducen muy poco los propósitos de Picabia, todo eso del arte antiestético y de que cada página explotara. Supongo que a mis veinte años tuvo que impresionarme tanto discurso. Ahora, sin embargo… Si mantengo esa revista es por Sacharoff. Ni siquiera la cuido como un objeto de coleccionista. ¿Para qué? ¿A quién le interesa lo que opinaban Alfred Jarry o Man Ray? En esa revista hay un dibujo de Sacharoff. Eso es lo único que importa. El cuadro de una pintora que vivía en completo anonimato y que, poco tiempo después, entró en una profunda depresión. Es el último vestigio de una vida antes de que resucitara […] Aunque de esa reaparición aún tendrían que pasar unos cuantos años, cuando expuso en las Galerías Layetanas. 

     Esa fue mi prolongación: los restos de fuego de una pintora rusa. Cuando pienso en ella no puedo evitar juzgarme a mí mismo. Sacharoff acabó venciendo a la depresión y al bloqueo creativo. Siguió adelante. Yo no. Es extraña la medida del tiempo: cinco años sin pintar nada. Luego otros cinco. Y después cinco años más alejado de aquello que te había mantenido con vida. Así hasta llegar a esta carta. Poco importa que fraccione el tiempo y lo divida en lustros. La existencia humana es continua, a pesar de todo. Podemos engañarnos, pero al final la realidad se acaba imponiendo […]. Si estas palabras me sirven para ajustar cuentas, diría que ese es mi gran legado: conservar un viejo número de una revista ya olvidada. Un objeto que, de alguna manera, constata mi paso por el mundo y explica, le explica a usted al menos, quién fui y quién soy ahora. 

     Si esta carta terminara con un epitafio, me gustaría que concluyera con esta frase: Font i Rius estuvo allí. A usted le corresponde decir dónde exactamente.  


Atte. 
S. FiR, Mont-roig del Camp,
23 de abril de 2017»

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