"Él, Kafka, podríamos decir, decapa a mano (sin excavadora) y cava infatigablemente, dejándose deslizar como quien se suicida, prosigue en sus Cuadernos, en 1923, antes de consignar este aforismo arqueológicamente desconcertante: Cavamos el pozo de Babel.".

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Franz Kafka, espeleólogo amateur

Traducido por Debora Babiszenko


La obra de Franz Kafka parece animada por un implacable deseo de inmersión en las profundidades del alma humana. Como buen autodidacta desacomplejado, renegando de toda regla, convención o medida de seguridad, que se hunde a ciegas en los abismos de una cartografía al menos incierta. De hecho, le ocurre que, en sus Cuadernos, se encuentra reducido a utilizar sus garras y su hocico para ir escudriñando (un día, a nuestro turno, habría que profundizar muy seriamente, la imagen del topo en Kafka…). Plinio el Viejo constataba en el siglo I de nuestra era, en su monumental Historia Natural, que los hechiceros consideraban a este animal como uno de los más misteriosos: «condenado a una perpetua ceguera, agregando a esas tinieblas las tinieblas subterráneas en las que está oculto y como enterrado. Es el animal más propio de los misterios religiosos, de modo que, a quien tragase un corazón de topo fresco y palpitante, le es prometido el don de adivinar el conocimiento de eventos futuros». Sin dudas se trata de la misma pulsión mística que anima a Kafka. Se precipita, por así decirlo, con la cabeza gacha sin cuerda ni casco homologado a través de las fosas y grutas de su propia memoria, se desliza sin vacilar a través de cada grieta, avanzando infatigablemente a trancos por túneles y cavidades tectónicas sin preocuparse un solo instante de su eventual ascenso a la superficie. Por otra parte, conviene recordar que, en otras comarcas, en una época muy lejana, un tal Miguel de Cervantes –militar de formación, es decir, acostumbrado a este tipo de maniobras- había tenido la prudencia de hacer descender a Don Quijote, con la ayuda de una cuerda y de la indispensable participación de Sancho Panza, a las profundidades de la cueva encantada de Montesinos. El deslizamiento sistemático de Kafka bajo la superficie de los seres y las cosas, sin un taladro neumático ni anteojos especiales, revisten contrariamente una apariencia de viaje de ida. Esta cavidad enterrada cobra la forma de un «cueva sombría y sucia» en América, de una «gruta de paredes ahumadas» en La Colonia Penitenciaria o incluso de una «guarida» en la novela epónima. La «exploración del subsuelo» evocada en uno de sus Cuadernos no es ni más ni menos que el mismísimo proceso de creación. Lo escribe textualmente en una de sus famosas misivas dirigidas a Felice Bauer a comienzos del año 1915: Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. La escritura, en tanto consiste en recorrer e inspeccionar las galerías húmedas y subterráneas, es decir, en explorar su propia oscuridad, resulta casi sagrada. (Hete allí el por qué, queridos amigos, he considerado durante mucho tiempo, que se trataba de mi deber el no escribir, el no aventurarme en esas cavernas insalubres de las que ningún principiante sabe, hablando con propiedad, como salirse).

     Él, Kafka, podríamos decir, decapa a mano (sin excavadora) y cava infatigablemente, dejándose deslizar como quien se suicida, prosigue en sus Cuadernos, en 1923, antes de consignar este aforismo arqueológicamente desconcertante: Cavamos el pozo de Babel. El edificio, comúnmente representado desde hace más de medio milenio bajo la forma de una torre que se eleva por encima de las nubes, es transformado en su versión kafkiana, en una galería subterránea, similar en todo aspecto a unas catacumbas, donde reinarían, como lo indica su etimología, el caos y la confusión.

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