[19] Un trayecto popular lleva de tal lugar a la Meca, y ocasionalmente alcanza la tortoleca.

[15] Laura Riding —que contaba con cierta fama de desequilibrada— también sobrevivió, y asumió este hecho como la confirmación de que ella era una diosa. 

[16] En serias dificultades económicas por los gastos médicos requeridos por la curación de Laura, escribió Good-Bye to All That, sus memorias de guerra, inexactas y llenas de exageraciones pero comercialmente muy exitosas. Vendió treinta mil copias en el primer mes, y cientos de miles en los años siguientes. En 1934 y 1935 publicó sucesivamente los best-sellers I, Claudius y Claudius, the God y se convirtió en una superestrella literaria. 

[17] Sus biógrafos contemporáneos comparan su sitial en el imaginario público global con el que ocupó u ocupa la Princesa de Gales, Lady Di, perseguida por paparazzi y fallecida también en un accidente de tránsito que conmovió al mundo.

[18] No deja de llamarme la atención que varios de mis personajes favoritos (Robinson, Thoreau, Wittgenstein, T.E. Lawrence…) incurren personalmente en la construcción de pequeñas chozas apartadas, refugios para la ulterior construcción de alguna sabiduría.

[26] Jorge Luis Borges. "Lawrence y la Odisea". Sur, Buenos Aires, Año VI, N° 25, octubre de 1936.

[14] Los versos relevantes (primero y último en la sétima cuarteta) son: He assumes man's flesh. Djinn catch him up and fly /../ For surest proof he has put his godhead by. No puedo asegurarlo, pero siento que Graves trató de aproximarse a la forma que, desde el medieval Roman de Alexandre, se llama precisamente verso alejandrino.

[5] Cortesías o reciprocidades, imagino, demandadas por la diplomacia de la profecía.

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[24] La sencillez de este axioma lo hace difícil de traducir. “Toda fuerza evoluciona en una forma” sería lo más literal, pero pueden ser preferibles aspectos de “Cada fuerza termina por generar /encontrar una/su propia forma”.

"Tras decenas de entrevistas, rechazos y cartas fue la intervención muy directa de Winston Churchill (para quien trabajaba como asesor) la que permitió a Lawrence esconderse a la vista de todos, en las fuerzas armadas: se alistó en la RAF en el grado más bajo posible. Y así nació T.E. Shaw, avionero 338171".

Se peca cuando ante Dios, desesperado,
no se quiere ser uno mismo o se quiere serlo
.

Søren Kierkergaard. Tratado de la Desesperación.
Segunda parte, Libro Cuarto, capítulo 1


El adalid del desierto


La historia aparece publicada en el ejemplar de octubre de 1964 de la revista Selecciones del Reader’s Digest, pero es bastante obvio que yo, nacido el 60, no pude haberla leído sino al menos un lustro después. A esa edad los Selecciones no eran aún lectura vedada; ocupaban un espacio creciente en la parte alta de un repisero monumental que mi padre había construido, y recuerdo que tenía que erguirme de puntas sobre la mesa de escribir —también diseñada y puesta ahí por el primer Enrique Prochazka— para alcanzar esas páginas de pequeño formato o los aún más abundantes lomos amarillos del National Geographic Magazine.

     No conservo el ejemplar. Nos deshicimos de ese metro y pico de papel hacia 2009. Sé por imágenes en la web que “El verdadero Lawrence de Arabia. Adalid del desierto” empieza en la página 104 y que, tratándose de la “Sección de Libros”, debe haber ocupado al menos treinta o cuarenta carillas. No es difícil suponer que se trataba de un acopio apretado de las varias biografías del coronel T.E. Lawrence (publicadas tanto en vida como póstumas) que añadían reminiscencias acerca de la vida posterior del héroe británico que fueron dejadas de lado en 1962 en Lawrence de Arabia, de David Lean, un hito espectacular de la cinematografía que debo haber visto en el cine República también antes del fin de esa década. 

     La razón por la que traigo todo esto a la memoria es que debo a ese poco ambicioso resumen periodístico acerca de la vida de T.E. Lawrence el hallazgo de, quizá, la tensión dramática que más logra conmoverme de cuantas he conocido en la literatura y el arte. El propósito de este texto es ofrecerles una idea de en qué consiste esa tensión, cuál puede ser su historia, y por qué el extraño encaje que manifiestan sus partes y piezas no debería sorprendernos. 

     No hace falta que me detenga en mi lectura pueril de los eventos más conocidos de la vida de Lawrence; ya el filme de Lean hizo de ellos la comidilla de la primera mitad del siglo XX, y las eras de pos- y des- colonialismo y corrección política venidas después, aunque han hecho de la admiración de estas hazañas un hecho culpable, no han podido hacer lo mismo con el sustrato vagamente mítico que se basta para mantenerla viva. Baste saber que las leí y que me parecieron admirables; que entendí que —a poco de concluir la Gran Guerra— el arqueólogo, historiador, lingüista, cartógrafo, espía, consejero político y coronel Lawrence de Arabia, todavía un hombre joven, era ya una leyenda. Una figura de cierta heroicidad reticente (para un intelectual: a la manera de Indiana Jones [1]) y que su rostro alargado era una estampa mundialmente reconocida del Imperio Británico gracias, en parte, a Lowell Thomas y las presentaciones con diapositivas con las que recorrió el mundo, vistas por millones. Y aprendí que entonces —en la cima de la gloria pero harto de lo que lo había hecho merecerla— lo que Lawrence de Arabia más ansiaba era desaparecer. 

     En efecto, tomada la ciudad de Damasco y derrotados los Poderes Centrales, las conversaciones entre las tribus locales en busca de una nación árabe independiente no fueron escuchadas por la Triple Alianza, que ya había trazado líneas rectas en la pampa buscando asegurar su acceso al petróleo subterráneo antes que respetar las divisorias culturales y étnicas de la superficie. Así surgieron las fronteras geométricas de Siria, Jordania, el estado de Israel, Iraq; así creció Turquía y desapareció Kurdistán…  Lawrence el político, menos decepcionado que furioso, anticipó el siglo de caos étnico-religioso y bélico en el Medio Oriente causado por esta decisión de los imperios occidentales, decisión que conoció de antemano. Ya un coronel, a su regreso a Londres acudía a los cinematógrafos, con el rostro semicubierto, a intentar entender la reacción del público que glorificaba al adalid del desierto en el roadshow de Lowell Thomas en lo que él consideraba un fracaso estratégico personal. “Vi tu show anoche. Gracias a Dios, las luces estaban apagadas” se queja el héroe en una nota al periodista. Que no se piense que era simple humildad: Lawrence —Croix de Guerre, Orden por Servicios Distinguidos del Ejército Británico, Caballero Gran Cruz de la Orden de Bath y Caballero de la Legión de Honor de Francia— estaba fascinado por su propia máscara, por ser la comidilla de Londres, París y Nueva York. De él dijo Gertrude Stein que tenía génie de reclam, un talento sobrenatural para la publicidad.  

     Y al mismo tiempo esa luz pública le producía una incomodidad íntima y creciente. Rechazó el más que merecido ascenso a Teniente Coronel. El 30 de octubre de 1919 Su Majestad Jorge V lo llamó a Buckingham; Lawrence, de treinta años por entonces, creyó que sería para discutir las fronteras de una Arabia independiente, pero lo que el rey le ofreció fue nombrarlo Caballero del reino. Rechazó también esa distinción, acto notable para un bastardo [2]. Como soldado y como estratega autodidacto, a hombros de su propio trabajo de espía y conspirador, había inventado la guerra de guerrillas; había tomado ciudades antiguas, famosas; había cambiado la historia del Medio Oriente y estaba en la ruta a convertirse en la figura de la política británica para el medio siglo siguiente. Pero lo que el héroe necesitaba era borrarse, hacerse irreconocible. No se lo permitieron, al inicio. Se vería muy mal que el príncipe sin corona del más grande Imperio del mundo desapareciera así, sin más. Tras decenas de entrevistas, rechazos y cartas fue la intervención muy directa de Winston Churchill (para quien trabajaba como asesor) la que permitió a Lawrence esconderse a la vista de todos, en las fuerzas armadas: se alistó en la RAF en el grado más bajo posible. Y así nació T.E. Shaw, avionero 338171 [3].  

     Y ahora sí debo pausar la historia y revisar las circunstancias de aquella temprana lectura mía. Yo —no me cuesta admitirlo— tenía la cabeza saturada de héroes. Los habían puesto allí Homero, Hesíodo, Esquilo (en ediciones juveniles), Defoe, Stevenson, Verne, Asimov… No faltaban las figuras germánicas de Sigfrido o Beowulf, ni del folklore norteamericano (a lo John Henry, Kit Carson, Gerónimo) o de Las mil y una noches; no le hacía daño a la serie que yo fuera un scout, de los enseñados a admirar a Robert Stephenson-Smith Baden-Powell of Gilwell. Sentía yo que mis héroes, empezando por la figura paterna del último, tenían y representaban responsabilidades. Desde luego, no sólo era maravilloso ser reconocido como valiente o sabio o fuerte, sino que esto sucediera porque uno realmente era valiente, sabio o fuerte. De este modo tal realidad encargaba la tarea, no menos heroica, de enseñar a ser valiente, sabio, fuerte. La heroicidad verdadera se me antojaba inescapablemente didáctica; modificaba el futuro menos por medio de la sangre derramada por el héroe que a través de las rectas mentes y conductas de los jóvenes que lo hallaban admirable.  

     Fue desde allí que leí, en las páginas de ese número perdido de Selecciones, un episodio de la vida escondida del avionero 338171 que —a medio siglo de distancia— recuerdo cada vez mejor. O, dicho de otra manera, mi memoria lo ha dotado de clima: de las pausas, gestos, inflexiones, hasta del mobiliario del que el texto original (un párrafo muy corto) sin duda carece. Puesto que no puedo ofrecerles la versión sin adornos, disculpen esta, vencida por el afán literario.   

     El Capitán N., oficial a cargo de la pequeña base aérea de T., está molesto. El sargento W. ha vuelto a reportarle de una riña entre los reclutas y los recién alistados. Entre esos veinteañeros —muchachos sin mucha educación, derrotados por los callejones y los bares de cien pequeñas ciudades inglesas, galesas, escocesas— hay uno especialmente problemático, el que empezó esa pelea que devino en insubordinación. It´s this Shaw bloke again, Sir. Añade que es mayor que los otros, ya entrados los treintas; que es desaliñado, incluso sucio; que jamás aprende las formas del saludo. Este alistamiento tardío habla de una vida de fracasos, deduce el Capitán. “One wonders what kind o’shit comes ‘float with his kind”, murmura W; el Capitán aprueba ese juicio, pide que lo traigan a su oficina. El avionero 338171 ingresa, saluda mal al oficial, al sargento. Lleva pocas semanas en T. y es su primera vez en esa habitación austera, casi vacía. Del otro lado de su escritorio, el Capitán N. lo mira con un asomo de repulsión: nunca había tenido tan cerca a este recluta pequeño, macilento, quizá incluso mayor que él mismo… empieza a darle una perorata acerca de los altos estándares de la RAF, de los valores de las fuerzas armadas británicas, de los deberes al Rey y a la Patria, y cómo la conducta — “conducta reiterada, mi Capitán”, desliza el sargento aprovechando la pausa— del avionero 338171 parece encontrar la manera de traicionar todas estas nobles cosas al mismo tiempo. Es una vergüenza para sus compañeros, para la orgullosa base de T. El Capitán continúa: “Usted, Shaw, debería tratar de recordar que nos debemos a hombres como éstos…” y señala dos retratos enmarcados que cuelgan por encima de su cabeza, en la pared de atrás, y prosigue: “…y tener como ejemplo de conducta a este soldado de vida recta” —concluye, su dedo índice enfatizando la imagen de la derecha, por encima de su hombro. Con violenta devoción, el sargento W. eleva la vista hacia ese retrato, endurece su ya rígida posición de firmes, saluda. Mansamente, el avionero 338171 levanta la mirada. El retrato de la izquierda es el monarca de la isla, cubierto de medallas, bandas, charreteras, emblemas; una placa de bronce exclama: “Su Majestad Jorge V, por la Gracia de Dios, Rey de Britannia y Todos Sus Dominios, Defensor de la Fe, Emperador de la India”. El retrato de la derecha, no menos dignificado que el otro, muestra en cambio a un sencillo oficial de ojos claros, en uniforme de campo. Y aquí el bronce reza, llanamente: “T.E. Lawrence”. 

     Durante un momento de vértigo, el avionero 338171 mira esa imagen. Luego se muestra humilde, acepta la reconvención, jura sin ganas las vaguedades de rigor ante esos inamovibles colosos morales. Frustrados, sus superiores le encomiendan las mismas obligaciones de limpieza en las cuadras que ya tenía, y pasan a ocuparse de algo más prometedor.  

     La vida del avionero Shaw siguió adelante en esas instalaciones y en otras similares, no sólo en la RAF sino durante un corto rato en el Ejército. Entre un destino militar y otro aprendió mecánica de motores, se carteó con jefes de estado, publicó docenas de notas de opinión en diarios británicos y del exterior, compró una vieja capilla y la convirtió en imprenta artesanal, escribió dos libros (uno, monumental: Los siete pilares de la sabiduría, del que imprimió apenas media docena de ejemplares, a mano), excavó una piscina, conoció y frecuentó a poetas y artistas (Thomas Hardy fue uno de ellos; otro su gran amigo G.B. Shaw, de quien tomó prestado el apellido; E.M. Forster era como su confesor); recorrió el sur de Inglaterra en motocicleta; tradujo la Odisea del griego. Periódicamente, su identidad era descubierta, ventilada en los diarios de la mitad de Europa, entrevistados sus capitanes y sargentos; también periódicamente, T.E. volvía a “desaparecer”, aunque ya todo el mundo estuviera en la broma. Pasó sus últimos años dedicado al diseño de lanchas y procedimientos de rescate marítimo, tareas sin duda afines a un intérprete de los infortunios de Ulises. Murió, como es sabido, en 1935, días después de despistar su motocicleta a gran velocidad al tratar de esquivar a dos niños en un camino rural. Esa muerte violenta, entre otras cosas, determinó el mandato de uso de cascos para motociclistas. 

     Yo no supe cuánto entonces, pero mi propia vida —de una manera profunda— no siguió igual después de esa lectura. Fui educado, conformado, por esa pequeña historia; no habría tenido la misma forma sin ella. Esa escena, puedo decir, me hizo esto que soy. Sin yo saberlo, me sometió al destino —a la continua vocación— de desaparecer.  


Un ciego encuentra una moneda, y…   


Fast-forward dos décadas o tres. La anécdota de Lawrence se guarece firmemente en un rincón de mi memoria: diminuta, pero inamovible. Más de una vez la he compartido con alguien: la narración nunca deja de trasladar fluidos dentro de mi cráneo —de la garganta a los ojos—. Poco tardé en hallar una sensación semejante en la lectura de esos cantos de la Odisea donde el maltratado huésped de Antínoo oculta su rostro lloroso ante los cantos de Demódoco, y cuando el pordiosero recién llegado escucha al porquerizo hablar acerca de las hazañas de Odiseo, su rey. 

     Aristóteles fue el primero en describir estas sensaciones poderosas en la tragedia: el descubrimiento de la identidad o naturaleza real de algo (anagnórisis), que ocasiona el cambio de fortunas (peripeteia). Sin embargo, lo que conmovía mi experiencia de lector no era la anagnórisis, sino el momento inmediato previo: el momento en el que el protagonista no es reconocido, pero sí enfrentado con su imagen, con una narrativa que se asocia a ella [4]. Tampoco este pathós es muy diferente (en estructura) del que se produce en aquellas comedias cuyo eje cómico es la identidad falsa o cambiada. Poemas épicos, tragedias y comedias, pero también ciertas estampas biográficas, como vemos… e incluso evangelios —Jesús resucitado en el camino de Emaús, en un episodio que quizá es la única practical joke del Nazareno— parecían compartir esta forma, la condición de estar escondido, fuera del reconocimiento. Y un día, mientras leo Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares (compilado en 1953, publicado el 55), me encuentro con esto, que amerita copiar aquí por entero:    


     UN MITO DE ALEJANDRO 


¿Quién no recuerda aquel poema de Robert Graves, en el que se sueña que Alejandro el Grande no murió en Babilonia, sino que se perdió de su ejército y fue internándose en el Asia? Al cabo de vagancias por esa geografía ignorada, dio con un ejército de hombres amarillos y, como su oficio era la guerra, se alistó en sus filas. Así pasaron muchos años y en un día de paga, Alejandro miró con algún asombro una moneda de oro que le habían dado. Reconoció la efigie y pensó: yo hice acuñar esta moneda, para celebrar una victoria sobre Darío, cuando yo era Alejandro de Macedonia.

Adrienne BORDENAVE,
La modification du Passé ou la seule base de la Tradition (Pau, 1949).


     No escasean los registros donde Borges intercala o menciona de pasada esta misma brillante historia, aparte de las numerosas veces en las que simplemente alude a su existencia. En realidad, proliferan; quizá los asiduos de Borges la recuerdan bajo una forma u otra; es posible que la hayan leído más de una vez sin notar que son versiones ligeramente distintas de la misma historia. Es como si en su juventud el argentino hubiera encontrado él mismo una moneda que desde entonces le sirve de espejo y que no puede olvidar: un zahír, en buena cuenta. Sin embargo, después de la colaboración con Bioy la supuesta autora ‘Adrienne Bordenave’ jamás vuelve a aparecer; en todas las versiones posteriores la narración —a veces, la invención— de este “mito de Alejandro” se atribuye al poeta inglés Robert Graves.  

     Borges sentía una gran admiración por el autor de Good-Bye to All That, del enorme Los Mitos Griegos y de grandes novelas históricas como Yo Claudio y Claudio, el Dios o El rey Jesús. Durante muchos años Graves vivió en el pueblo de Deià, en Mallorca, donde hacia el fin de sus días recibió la visita de Borges en dos oportunidades, en 1983 y 1985. Justamente es en entrevistas periodísticas a propósito de la larga enfermedad y fallecimiento de Graves cuando a Borges se le pregunta por él. E invariablemente, al recordar la inteligencia poética del inglés, suma una versión más del mito o cuento de Alejandro, a veces haciendo notar que “este mito merece ser antiguo”. Ahora bien, ¿lo era? A mí, la idea de que en la escena de Lawrence/Shaw en el cuartel de la RAF aflorase, quién sabe por qué desconocidos mecanismos, una forma mítica, una vieja leyenda o quizá un episodio real, me resultaba sumamente atractiva. Alguien huye de sí y elige ser Nadie; a Alguien lo arrebatan de sí y le toca ser Nadie. También Ulises, antes de regresar a su isla bajo el disfraz del más modesto y más desconocido de los hombres, alguna vez salvó su vida proclamando que era Nadie. ¿Qué y cuánto había, pues, de cierto en ese Alejandro perdido en el desierto de los hombres amarillos? Y —más importante— ¿qué mecanismos eran esos que podían torcer la realidad y hacerla alinearse con un sueño colectivo? 


El hombre que sería un género literario   


Those who dream by night in the dusty recesses of their
minds,
awake in the day to find that it was vanity.
But the dreamers of the day are dangerous men,
for they may act their dreams with open eyes to make it reality.


T.E. Lawrence


     En contra del estrecho ángulo desde el cual se nos enseñó la Historia a los jóvenes hasta el siglo XX, es raro que en ella sea un individuo singular el que defina o traiga a foco la totalidad de una época. Para los historiadores ha sido una tarea cuesta arriba retirar esa mirada puntillista de un sistema escolar que, por mil años, ha atesorado disponer de fechas, epitafios y lugares de batallas que recordar y generales, arengas y cabalgaduras —todas muy masculinas— cuya memoria precisa exigir a los alumnos. 

     Es también obvio para cualquiera que Alejandro Magno, él, apalancó la historia universal hacia una dirección que de otra manera no hubiera existido. Pocas otras excepciones habrá tan destacadas como la suya. Durante veinte años y a lo largo de decenas de miles de kilómetros dejó huellas de su voracidad, de su estupendo ojo para la rapiña, de su coraje para la masacre. Lo que quiso hacer no duró, pues las rebeliones estallaban antes de que se asentara el polvo del paso de su ejército; lo poco valioso y duradero que logró fue del todo involuntario. 

     Recuerdo, al estudiar a Alejandro Magno ya desde la secundaria, la sensación de que su raid asiático nace y muere sin ninguna expectativa política real; que su testamento (“Dejo mi imperio al más fuerte de mis generales”) era una sandez: una garantía de medio siglo de caos, salvajismo y desorden sangriento a manos de sus herederos, que sólo hacía resaltar lo efímero, lo históricamente excepcional de un Imperio dedicado a autocancelarse. En una especie de culto didáctico a la personalidad, los profesores nos machacaron interminablemente sus anécdotas. La del sol y el barril, con Diógenes (“Hazte a un lado, que me estás tapando el Sol”); la de la visita al oráculo de Zeus Ammon, en el desierto egipcio (para confirmar que era hijo de un dios y no del mortal Filipo de Macedonia); la de cómo domó al indomable Bucéfalo (le habló suavemente y lo hizo girar hacia el sol para que el rocín no se asustase de su propia sombra). No nos dijeron que esa ansia de inmortalidad en Siwah era inseguridad por su nacimiento; que sus hazañas y anécdotas hablaban de un narcisista a nivel sociopático; que era alcohólico. No nos dijeron aquello que del Magno escribió Tito Livio: “ningún hombre ha sido tan incapaz de soportar la prosperidad como él”. Y sin embargo la Era Alejandrina —los siglos que vinieron después— fue la que Alejandro creó con su presencia personal; este horizonte cultural y estos siglos lucen el carácter griego que nos estampó su patología. Y estampados estamos. Somos Diógenes, aunque la sombra del mozalbete de Macedonia nunca ha dejado de cubrir la entrada de nuestro barril. 

     Este contraluz de Alejandro no es sólo el helenismo (cuya consecuencia es ‘el pequeño griego que todos llevamos dentro’), ni la presencia invasiva de la lengua griega en casi todo lo que decimos. Ya desde la antigüedad a la figura histórica del rey magno le empezó a suceder algo insólito. Empezaron a pegársele pequeños cuentos, anécdotas, leyendas que no le correspondían… nacidas mucho antes, atribuidas originalmente a otros pero luego avasalladas por versiones que a lo largo de doce siglos terminaron convergiendo todas en el conquistador del Asia, descrito cada vez más como un ser sobrehumano de gran poder y ambición ilimitada. Se formó un corpus literario colosal, variado hasta la contradicción y adornado hasta el delirio, sin otros límites que el borde del Océano. Más que una obra, las aventuras de Alejandro Magno son un rasgo cultural euroasiático. Su ‘pisada’ literaria es mucho más amplia que la de Hércules, Ulises o Eneas. El ciclo del Rey Arturo es narrado en media docena de idiomas, entre germánicos y romances; a Alejandro se le cantó en un centenar de lenguas desde Irlanda hasta la India, desde Marruecos hasta Etiopía y desde la taiga siberiana a Malasia. Como género literario Alejandro es su propia, inmensa sombra. Voy a intentar dar una idea somera de la magnitud y alcance de ese cosmos legendario del que “UN MITO DE ALEJANDRO” es, según aprendí, apenas una luminosa subpartícula. 

     Se entenderá que no puedo aquí siquiera empezar a ofrecer una estructura para tamaña vastedad lingüística, de la que conozco poco —y ese ápice apenas por los bordes—. Baste saber que todo empieza en el siglo III con una versión enciclopédica griega atribuida a cierto Pseudo Calístenes, la expansión imaginativa de dos cartas que el Rey escribe a su madre Olimpia y a su tutor Aristóteles, narrando su viaje a la India y al Fin del Mundo. El texto se hizo muy popular y fue reescrito y readaptado muchas veces a medida se expandía por nuevas ciudades y culturas. Una versión latina muy popular del siglo IV, de Julio Valerio, se multiplicó por Occidente, prohijó derivaciones e intervenciones (y anatemas y disgustadas homilías) por toda Europa. Hacia el este, la versión armenia del siglo V cumplió un papel parecido, ampliado por sucesivas recensiones sirias de los siglos VII en adelante. Y es ahí donde empiezan a aparecer episodios que no estaban en Pseudo Calístenes: el macedonio muestra un dominio sobrenatural sobre los animales, un don de Artemisa; se sumerge en el mar en una campana de cristal y ve un pez tan enorme que tarda dos semanas en pasar ante él; camino a China construye una inmensa muralla para mantener lejos a Yaʾjūj y Maʾjūj (Gog y Magog)… 

     Con sus ejércitos o bien por su propia cuenta, Alejandro domina a los animales, va a muchos lugares remotos (en busca de la Fuente de la Juventud, por ejemplo) y le suceden cosas singulares. Algunas tienen todavía algún asidero en la realidad. Según una tradición recogida por Flavio Josefo, Alejandro visitó Jerusalén y el sumo sacerdote del Templo le dio a entender la interpretación más ventajosa de aquella escena del octavo Libro de Daniel, donde en el sueño de Nabucodonosor un rey-leopardo alado proveniente de Javan (Grecia) derrotaría al rey de los persas, construiría la muralla contra Gog y Magog, y establecería el Reino de Bronce por toda la Tierra: ese griego predicho era Alejandro, sin duda. A su vez, Alejandro le dijo al sumo sacerdote que siendo muchacho él lo había visto en sueños, en la lejana Macedonia [5]. Esa conversación en Jerusalén no era imposible, pero el Libro de Daniel se escribió recién dos siglos más tarde. También el Corán basa en Alejandro a un personaje notable, Dhu al-Qarnayn (“Dos Cuernos”), que —en un aparente préstamo a Flavio Josefo— es un guerrero y conquistador formidable, temeroso de Alá, que encierra a los escitas tras una muralla en el Cáucaso y viaja al lugar de donde sale el Sol [6].  

     Quienes recuerden la epopeya de Gilgamesh reconocerán una porción de estas hazañas casi modulares. Es como si, donde hubiera un varón valiente o soldado temible que recorra el Asia con sus compañeros —llámense Gilgamesh, Etana, Kai Kā’ûs, Nimrod— se le adosará una o más de estas leyendas: no cuesta entender que nadie ha reunido tantos de estos ‘módulos’ sobre sus hombros como el conquistador incomparable que fue Alejandro. Nos interesan dos de ellos, que se juntan en el macedonio. 

     La leyenda del personaje que tiene poder sobre los animales trasciende al Asia, es sin duda una de las historias primeras que los humanos contaron alrededor del fuego. Hay versiones australianas que han sido datadas geológicamente hasta hace poco más de doce mil años (en la historia se menciona cierto “lago” que hoy es una hondonada fósil). En Eurasia el “Amo de las Bestias” fue tempranamente una mujer: fue la Dama Sentada de Çatal Hüyük, pariendo entre leones; fue la Inara hittita, fue llamada Potnia Théron (reina de las bestias) por Homero y terminó siendo Artemisa, justamente bajo cuya vigilancia y cuidados nació Alejandro de Macedonia; Diana la cazadora es su versión romana.  

     En segundo lugar, la leyenda del héroe que se embarca en algún tipo de artefacto aéreo llevado por seres voladores y que se ve obligado a aterrizar (o cae aparatosamente a tierra) también suma milenios. Hay parecidas historias de vuelo acerca del rey de Nínive, Etana; Belerefonte domó a Pegaso; más de una leyenda talmúdica figura a Alejandro Magno elevándose por los cielos. Tanto el Zend Avesta como el Purgatorio de Dante muestran el castigo a hombres que quisieron subir a lo Alto; el libro de Las mil y una noches exprime la idea literalmente hasta el vértigo.

     Este cuento del vuelo nace ya adosado al más antiguo del ‘amo de las bestias’. En su forma más básica, el intrépido protagonista desea ver el Cielo, y obliga a dos (o a parejas) de seres voladores hambrientos atados a su trono, silla o canasta a elevarse con él a remolque. Conduce su carro aéreo mediante trozos de carne ensartados en palos o lanzas, con las que orienta el vuelo de los animales a un lado u otro. Describe la Tierra como un guijarro plano o moneda; al Océano que la rodea como un charco. El cansancio de las bestias o alguna otra falla en el plan hace que caiga a tierra en un lugar muy apartado de su país, de sus amigos o de su ejército. Sobrevive, pero la experiencia aquieta su vanidad y se entrega a una vida de ermitaño o de monje. En las (innumerables) versiones que terminaron por confluir en Alejandro, los seres voladores son una pareja de grifos unidos por cadenas a la ‘canastilla’, que es un trono; los trozos de carne son cachorritos, el vuelo es a China, y la vida monacal concluye, en muchas si no en todas, cuando Aristóteles le exige que vuelva a casa. 

     En conclusión, esta densa y varias veces milenaria atmósfera constituye un medio idóneo para crear más leyendas similares, para aumentarse a sí misma; fue documentada por la Academia y publicitada por la prensa desde que hubo una y la otra. Se trataba de información accesible por una variedad de medios, desde la Tradición hasta las revistas de viajes. No exagero: se han identificado una multitud de referencias a ese vuelo o arrebato de Alejandro —lo delatan los perritos y el trono— incluso en la arquitectura escultórica, en cancioneros, y en la orfebrería europeas, del medio oriente, y también en medallas de la Siberia pre-eslávica, divulgadas ya en 1918 [7]. Hay al menos diez iglesias británicas que muestran en detalles de su arquitectura el motivo de Alejandro y los grifos, información también publicada en 1918 [8], bien al alcance de Graves. Al menos he podido documentar con razonable justeza que el poeta, en sus paseos por Apulia para documentar sus grandes novelas históricas, visitó la catedral de Santa María Annunziata en Otranto. En el pavimento de la catedral, en el lado derecho de la nave y no lejos de la entrada, hay un célebre mosaico del siglo doce que retrata a Alejandro siendo trasportado al cielo por dos grifos atraídos por los cachorros ensartados en las dos lanzas que el macedonio esgrime.

     Sería un poco necio a estas alturas albergar la menor duda de que el autor del monumental Los Mitos Griegos conoció bien el romance y algunas de sus numerosas versiones del vuelo de Alejandro y de no pocos elementos adicionales [9]. De hecho, hay suficientes y abundantes ingredientes históricos —directamente, fuentes— como para que Robert Graves (o ‘Adrienne Bordenave’, o cualquier erudito de un siglo atrás) ou la seule base de la Tradition hayan combinado los elementos existentes —viaje por aire al fin del mundo— con la escena de la propia anagnórisis, un patetismo que data al menos de Homero [10]: el hallazgo de la imagen con su propio rostro. Con esto establecido, podemos abordar mejor aquel texto ‘de Graves’ que Borges aseguraba estar recordando.  


“Un cuento de Robert Graves”    


You wonder what I am doing? Well, so do I, in truth.
Days seem to dawn, suns to shine, evenings to follow, and then I sleep.
What I have done, what I am doing, what I am going to do, puzzle and bewilder me.

T.E. Lawrence


Las diferentes versiones borgianas oscilan entre llamarlo ‘un cuento’, ‘un poema’ o ‘un relato entresacado de un libro que jamás ha sido reeditado’. Como ya dije, sólo en su colaboración con Bioy Casares la historia se atribuye al libro de “Adrienne Bordenave”. Todas las otras —desde luego las que Borges construía al acaso, en entrevistas a propósito de sus viajes a ver al moribundo Graves en Mallorca— reclaman que el original es de Robert Graves, y en más de una opina aquello de que el mito merece ser antiguo. 

     El escepticismo de muchos lectores y críticos acerca de estas atribuciones a Graves no ha estado injustificado, desde luego: sospechar engaños y guiños de Borges es un rasgo de nuestra cultura. Hoy en día las búsquedas y debunkings son más fáciles, ni qué decirlo. En ocasiones sólo hace falta, como ha sido mi caso, colocar unas cuantas palabras clave en un buscador (“Graves”, Alexander”, “coin”) para obtener la prueba, o bien para concluir —con seguridad provisional pero suficiente— que la otra posible presa, el libro de Bordenave, no existe.  

     The Clipped Stater —“El estáter [11] recortado”— es un poema. Apareció por primera vez en Londres, bajo el sello de la revista The Fleuron, en 1925. Formaba parte del volumen de poemas de Graves reunidos bajo el título The Welchman´s Hose (“La manguera del galés” [12]). El original consta de cien versos agrupados en veinticinco cuartetas, donde cada una presenta una escena o reflexión; dos de ellas encabalgan sobre la anterior. Los versos son pentámetros yámbicos (usualmente endecasílabos) dispuestos en una rima AbbA débil; como en mucha poesía en lengua inglesa, más importancia tiene aquí el ritmo de frases cortas (en mi opinión de vocación directa, informativa), a menudo en dos stanzas. Al darlo al español, si bien he conservado las escenas y el orden, dentro de cada estampa he preferido narrar. 

     FitzGerald excusó su reinvención del Rubaiyyat con estas célebres palabras, que desde entonces son el refugio de todo traductor tentado de poetizar: A translation must live with a transfusion of one’s own worse life if he can’t retain the original’s better. Better a live sparrow than a stuffed eagle [13]). He aquí la forma que me ha parecido adecuada para volver a contar lo que, de suyo y pleno derecho, es un viejo mito euroasiático.   


EL ESTÁTER RECORTADO 


          El rey Alejandro fue hecho Dios por el sonoro aplauso de la falange macedonia, por los gemidos de ese ancho mundo recién sometido. ¿Quién, sino un Dios, podría aplastar así su orgullo? 

          No llevó a una diosa al trono como hicieron los anteriores, recordando los desastres que la mirada envidiosa de Juno atrajo a su Consorte. Thaïs estaba bien; pero él haría lo suyo. 

          Tampoco se establecería como un dios cualquiera, como esos del Ind o de Egipto que acababa de avergonzar. Incluso a su padre Jove tenía escaso respeto (así como Jove robó a Saturno). 

          Así que medita: “Ninguna tierra de todas las conocidas me ha ofrecido resistencia, ninguna me negó poder infinito, pensamiento y conocimiento infinitos… ¿Qué reclama todavía la certeza de mis manos?”

          Enardecido, Alejandro razona: “La omnipotencia es, por naturaleza, voluntad y posibilidad infinita; y eso incluye la de ser confinada”.  

          “Así la finitud es la prueba última de la divinidad, y no empaña la gloria de ser libre. Sólo seré yo mismo mediante la autodestrucción”. Esa frase peculiar renueva su ímpetu conquistador. 

          Reencarna como hombre. Los Genios lo arrebatan y vuelan a una tierra desconocida, de gente amarilla; Él se toma de buena gana no saber nada de ellos: la mejor prueba de que ha dejado de ser divino. 

          En Macedonia se dice escuetamente: “Alejandro, nuestro Dios, ha muerto de fiebre; los semidioses retacean sus inmensos dominios”. Y así muere Alejandro el Dios. 

          Pero a Alejandro el hombre, a quien la gente amarilla encuentra vagando desnudo, armado con un alfanje sin vaina, la muerte —destino de los forasteros— lo excusa. Gozosamente se somete al yugo ajeno. 

          Ahora es guardia fronterizo al lado de presidiarios (y a lo que resultó más sencillo levar) donde oficiales que se han desgraciado ante la Corona pero piensan que el suicidio es demasiado directo, difícil, 

          le enseñan la nueva lengua y el oficio de soldado, que poco semeja el que él mismo enseñaba. Se gloría en sus necias limitaciones: a cada paso sus manos y pies fracasan. 

          ¿Quién fue tu padre, amigo? Él responde: “Jove”. ¿Su padre? “Saturno.” ¿Y su padre? “Caos.” ¿Y su…? Así Alejandro pierde el honor: diez padres es lo mínimo que debe demostrar un hombre. 

          Látigos, bastonazos, hambre, sed: todo esto lo sufre, sin cambiar jamás su resolución ni preguntarse si los dioses pueden —por sus actos— maldecirse a sí mismos.   

          Así se torna gris. Come su arroz frugal, soporta las guardias en la helada muralla del fuerte, mira —sin ver— las rudas leguas de desierto, lustra cueros y aceros, o agita los dados. 

          No tiene sueños Olímpicos, ni se desvive en busca de comodidades o ascensos. Tampoco elude el potro cuando, de mal genio, le voltea la nariz a un cabo y lo llama 'perro'.  

          En motín, la tropa demanda su paga. “No hemos recibido nada desde la coronación del Emperador. A una moneda de oro al año, nos deben quince. Un tercio de eso nos compraría la libertad”, claman. 

          La esperanza ya es poca y fría cuando el saco de paga llega al fin, mucho más ligero que cuando el Tesorero del Reino lo envió. Es seguro que él mismo se quedó con un tercio de la plata —y con todo el oro—. 

          Toda mano oficial ha hurgado en esa bolsa. Los capitanes de la frontera, también hartos de la larga demora, se apoderan de todo lo restante. Pero —por cortesía— devuelven un puñado.  

          Informan a los hombres: “Puesto que no ha llegado ningún pago, para cada hombre de la guardia adelantaremos de nuestras propias carteras una moneda de plata. Ya nos la devolverán cuando reciban lo suyo”. 

          Los soldados, quejosos —pero muy satisfechos con la perspectiva de trago y mujeres— aceptan la dádiva. Alejandro avanza hasta la mesa de pago, saluda y sin orgullo recibe su miseria. 

          La moneda está perforada para ser ensartada en un cordel, como el bronce del país. Un lado está pulido a una suavidad cobriza; en el otro una cabeza, privada de cuello y cabellera, testifica que alguna vez esto tuvo una acuñación más amplia y generosa. 

          Alejandro lo mira entonces: es un estáter alejandrino, “acuñado de los lingotes del botín que obtuve tras Arbelas. ¿Cómo llegó aquí, a estos hombres de ojos rasgados?” 

          Se detiene, cediendo a un ensueño perturbado hasta que un latigazo quema sus hombros y una voz brama: “¿Insatisfecho, engendro de acequias?” Así que repite el saludo y se vuelve,  

          agitado de dudas acerca de lo que puede significar esto. ¿No lo abarcaba todo, entonces, su Imperio perdido? ¿Y cómo puede el estáter, desfigurado y todo, deberse a un poder que es como si nunca hubiera existido? 

          “¿Quizá debo renovar mi divinidad?” Pero sabe bien que nada puede cambiar el rumbo finito que ha resuelto. Gasta la moneda en un banquete de pescado y almendras —y regresa cuanto antes a la muralla. 

Robert Graves (1925)     


     Cuando busqué leer por primera vez The Clipped Stater, hace no muchos años, lo hice con la intención de verificar si eran o no certeras esas pistas dejadas por Borges tantas veces (y de forma tan deliciosamente inconsistente, fragmentaria). Me sorprendió, primero que nada, lo extenso del poema en comparación con los escuetos párrafos que dejaba cada vez el argentino. Luego pensé que Borges —que alguna vez escribió una nota para Selecciones del Reader´s Digest celebrando la vocación digestiva de la revista— no podría haber dejado de condensar un argumento. En sus resúmenes dejó de lado toda reflexión acerca del patetismo del hallazgo; nada nos dice del ánimo postrero de Alejandro ni de su rostro; no hay líneas finales dedicadas a saber cómo reacciona. Cada corta versión concluye, eficazmente, en la construcción “cuando yo era Alejandro” o bien “cuando yo era Alejandro de Macedonia”. Esta solución me parece literariamente superior a la de Graves, que se obliga a completar el itinerario poético encomendado por el voto de la cuarteta sexta. 

     Después me fijé en detalles que son diferentes: donde Graves dice que al rey lo roban unos Djinn (bien pudieran haber sido Griffins, pero pienso que el endecasílabo obligó a Graves a buscarse aeronautas designados por un solo golpe de voz [14]), Borges pone siempre que ‘se pierde’. La moneda es de oro en 1955 y de plata en 1983 y en 1985 (tras sus visitas a Mallorca) cuando en 1925, con Graves, esos metales ya han desaparecido de la bolsa. Finalmente, una de las versiones borgianas —en una entrevista para el diario El Clarín— sitúa el hallazgo en el vado de un río en la India, y no en la ‘tierra de hombres amarillos’ de todas las demás incluyendo el original. 

     Sin embargo, anoto todas estas cosas de corrido sólo para esconder —demorar, que en el juego literario es lo mismo— el relato de mi sacudida por una sorpresa mucho más grande y obvia: este poema de Robert Graves de 1925, que suscitó a Jorge Luis Borges un puñado de abreviaciones enigmáticas que me sedujeron durante años por su extraña semejanza con la escena biográfica de Lawrence en aquel cuartel de la RAF en 1922, ese poema que recordaba tanto a esa otra estampa leída en mi niñez de un soldado famoso que se ha borrado del mundo, en el acto de reconocer su propio viejo rostro dignificado por la Historia, este mismo poema que acabo de traducir, lleva una dedicatoria entre paréntesis.

     Dice, simplemente:  To aircraftsman 338171, T.E. Shaw


Hombres como monedas   


Many men would take the death-sentence without a whimper,
to escape the life-sentence which fate carries in her other hand.

T.E. Lawrence


     Ya se adivina que entre las numerosas amistades intelectuales de T.E. Lawrence se encontraba Robert Graves, apenas cinco años mayor que él. Se conocieron en Oxford, siendo adolescentes; ambos delgados, temerarios e inclinados a las letras. Graves venía de Charterhouse School, donde su profesor de Historia y Literatura era George Mallory, el montañista más destacado de Gran Bretaña. Mallory le enseñó a escalar; Graves solía decir que ‘ese deporte hacía que todos los demás parecieran triviales’. Lawrence era un muchachito curioso que sacaba copias a carboncillo de toda inscripción en bronce o mármol al alcance de su bicicleta... que era mucho. Lawrence demostraría en el desierto que era inmune a la fatiga y posiblemente al dolor: al cumplir quince años llevaba ya más de mil kilómetros a pedal y era una reconocida fuente de información y de piezas valiosas para los museos locales. En el verano de 1908 cruzó el Canal de la Mancha acompañado de su bicicleta para dar un ‘paseo’ visitando iglesias francesas. Pedaleó hasta el Mediterráneo y luego de vuelta. De regreso a Inglaterra, 3500 kilómetros después, hablaba perfecto francés.  

     Estos dos aventureros establecieron en la Jesus House de Oxford un dúo notorio por sus debates acerca de poesía contemporánea y por hacer bromas pesadas al resto de All Souls’ Fellows. A poco de estallar la Gran Guerra, dos hermanos alistados de Lawrence —Frank y Will— murieron luchando en el Frente Occidental; haciendo uso de su fachada de arqueólogo, T.E. entró a servir como espía en Siria, mientras que Graves (como Mallory) pasó un largo tiempo en las trincheras, en la infernal Batalla del Somme. El 20 de julio de 1916 la explosión de una bomba le incrustó un trozo de granito en el cráneo. Graves fue declarado muerto in situ por el médico de su escuadrón, y su oficial a cargo envió un telegrama a los padres, que pusieron una nota necrológica en los diarios. Unos días después, con la cabeza vendada en un hospital de campaña, Robert Graves leyó en The Times la penosa noticia de su propia muerte. 

     Por su lado —cuatro mil kilómetros al sureste— sin ninguna otra formación táctica o estratégica que sus abundantes lecturas, Lawrence estaba liderando la revuelta que contribuyó a poner fin a seiscientos años de Imperio Otomano y lo convertiría en Lawrence de Arabia. En una incursión de espionaje a Deraa fue capturado por los turcos, torturado durante horas y probablemente violado. Poco después del Armisticio, el 17 de mayo de 1919, un avión biplano que intentaba inaugurar la ruta Londres-El Cairo se estrelló en Roma, con Lawrence a bordo. Piloto y copiloto fallecieron; Lawrence sobrevivió con un omóplato y dos costillas rotas. El montañismo británico renacía; Mallory trató de reclutar a Graves para ir a escalar el Everest. El poeta declinó la oferta, asegurando que “nunca más tomaría riesgos deliberados con su propia vida”. Mallory desapareció en el Everest en 1924. Graves fue a enseñar Literatura a El Cairo por invitación de Lawrence. Vuelto a Londres, poco después, saltaría por la ventana de un tercer piso tratando de salvar a su amante, Laura Riding, que se había defenestrado desde el cuarto. Lawrence se compró siete motocicletas Brough Superior SS 100, por entonces las más caras y veloces del mundo, incluyendo la que en 1935 lo pondría en las primeras planas de todo el globo. 

     A este dúo no sólo lo rozó muchas veces la muerte; los persiguió, los alcanzó, los golpeó en el suelo y cuando se levantaron siguió cazándolos. Su supervivencia era una anomalía.  

     Para Graves, sobrevivir a una caída de tres pisos fue una señal importante —como lo sería para cualquiera, podemos suponer [15]—. Había luchado en la Gran Guerra para preservar lo que llamó "una vaga construcción de valores morales y espirituales agrupadas bajo esa noción que llamamos Inglaterra". Tras el Armisticio sintió que esa ‘noción’ había sido puesta en entredicho no por los Poderes Centrales sino por la misma Inglaterra. Muerto y resucitado dos veces, todavía con el trauma del Somme pero con una mejor base económica para emprender una metamorfosis [16], Graves rechazó toda su existencia previa; hizo una ruptura total con su pasado, al menos con su esposa, y se fue “para siempre” a Mallorca. Una forma de suicidio post-suicida que Lawrence hubiera entendido bien. 

     Al hacerlo protagonista de sus sucesivos espectáculos (y de paso inventar el largometraje documental) Lowell Thomas ya se había ocupado de hacer de T.E. la primera celebrity del mundo moderno [17]. Redondeó la faena con una exitosa biografía, With Lawrence in Arabia. Graves publicó la segunda, Lawrence and the Arabs, en 1927, dos años después de The Welchman’s Hose. En este libro, quizá lo más cerca que puede ser ‘autorizada’ una biografía, Graves aborda temas como el del falso linaje de T.E. y sus reacciones vitales a propósito de esta identidad ambigua o incierta. Una de ellas era el rechazo a las ambiciones terrenales, confesada por él mismo y refrendada por hechos, como cuando declina honores militares o nobiliarios. Por oposición, dice que disfruta de pequeños placeres como imprimir libros a mano, que conserva una colección valiosa de ejemplares raros e incluso únicos. Cuenta que al borde del bosque de Epping, a diez millas de Londres, el coronel-avionero se ha construido una pequeña cabaña [18], cuyo interior se asemeja al de una capilla, para montar un taller de imprenta. En ese digno cuchitril (auto)publicó sólo seis u ocho ejemplares de su vasta memoria de la revuelta árabe. 

     A propósito de ese libro, recuerdo esta otra escena de mi temprana lectura de El Adalid del Desierto: en la primavera de 1919, mientras llevaba el libro a un amigo (G.B. Shaw, posiblemente) Lawrence perdió el copioso manuscrito de Los Siete Pilares de la Sabiduría en una estación de ferrocarril. Desesperado (había destruido ya todas sus notas para el libro) se propuso reescribirlo de memoria. Le tomó tres meses.  

     Hay un valioso contrapunto entre densidad y buenhumor en los epistolarios entre estos dos sobrevivientes. En ambos pies se toman muy en serio el uno al otro. Graves —a pesar de ser ateo desde mediados de los años veinte— solía afirmar que T.E. había renunciado al mundo, a la carne, a las muchas tentaciones que le presentó el demonio. A menudo construía analogías que equiparaban a su amigo con la figura de Cristo: que “ambos tuvieron madres, y ambos trataron de hacer su vida sin mujeres (mientras trataban de ofenderlas lo menos posible)”. Abordó los efectos de ese puritanismo en su novela Count Belisarius (1938) acerca del último general romano victorioso, una figura inspirada en parte en el coronel que triunfó en Arabia. Lawrence, por su parte, se solidarizaba con las grandes dificultades de Graves para aceptar la alegría. No parece haber tomado a mal cuando en la vida de Robert apareció Laura Riding, otra Potnia Théron. La inexistente intimidad de Lawrence con mujeres ha llamado a varios biógrafos y críticos a aventurar una posible homosexualidad. Graves siempre negó tal cosa, y pensó que ese duradero rechazo al trámite sexual implicaba que T.E. había muerto virgen. Sin embargo, Michael Korda, el más reciente de los biógrafos del coronel, afirma (en Hero: The Life and Legend of Lawrence of Arabia, de 2011) que una de las razones más poderosas que tenía Lawrence para detestarse a sí mismo era la de haberse rendido durante ese episodio de abuso sexual en Deraa. 

     El otro libro que escribió T.E. Lawrence durante sus años de jugar al escondite se llamó The Mint. La traducción española más justa sería “La Ceca”, es decir, la Casa de Moneda [19]. Aludía a la RAF, pero quería implicar que las fuerzas armadas en las que se alistó repetidas veces amonedaban a los hombres: aplastados, cortados con el mismo molde y llevados de aquí para allá sin identidad, privados de sus diferencias, perdidos en desiertos, acequias. O estaciones de tren, podríamos añadir… Convocadas por la forma, las anécdotas se aproximan: amonedar estáteres, imprimir libros, perderlos. Huír. Refugiarse en la oración, en la pendencia, finalmente en la sistemática distancia a uno mismo.  


Johatsu    


When I first went into the RAF it was the nearest equivalent
of going into a monastery in the Middle Ages.

T.E. Lawrence


     La ficción recurre a veces a esconder hombres de sí mismos, de sus vergüenzas o pendencias, a veces de su propia grandeza. Podría jugarse a imaginar que las sucesivas civilizaciones de Oriente y Occidente, de tanto leer versiones de la leyenda terminal de Alejandro, fueron sucumbiendo a esta figura del embrujo autodestructivo del líder copiándola una y otra vez… Pero, desde luego, el mecanismo actúa en la dirección contraria: estaban todas, como aquellas, bebiendo de las mismas fuentes y expresando el mismo arquetipo que nutrió a Etana y a Kai Kā’ûs. Incluso Tito Livio explica que los primeros romanos vieron por conveniente decir que a Rómulo lo desapareció un remolino de polvo (un Djinn, se hubiera dicho más al sur) en el Campo de Marte: el dios de la Guerra había arrebatado al fundador de Roma y su divinización estaba servida. Después enterraron su cuerpo bajo el Foro; la tumba fue descubierta el año pasado.  

     En una de las versiones del ciclo arturiano, Lancelot se ve a sí mismo feo y despreciable; el amor adúltero por la reina Ginebra lo ha enloquecido. Huye de Camelot para convertirse en nadie, apenas un varón salvaje y sin nombre que asola los bosques. El Rey Pescador lo captura, lo viste de bufón y lo mantiene encerrado en sus establos, pero las grandes habilidades del bufón para el combate revelan su identidad. En otra versión, Ginebra se hace monja y empujado por (sin)razones similares Lancelot se retira para siempre a una vida monacal. Recuerdo mi emoción cuando Excalibur (1981) de John Boorman me presentó —a manos de Nicholas Clay [20]— a ese Lancelot greñudo, irreconocible, bestial. En realidad, el cine y la televisión han repetido esos afanes, no de manera muy pródiga, pero lo suficiente como para crear más de una entrada en TV Tropes [21].  Sean Connery protagoniza una variante de esos momentos, cuando logra que la anagnórisis suceda casi al revés. En Finding Forrester (2000) su personaje, un escritor inspirado en J.D. Salinger —lleva décadas oculto— de pronto se presenta ante estudiantes en un aula magna decorada con retratos de grandes hombres de las letras inglesas. “Me llamo William Forrester” —reclama, pero sabiendo que no es reconocido señala una pintura en la galería al fondo del salón, flanqueada por los ilustres T.S. Eliot y Robert Louis Stevenson, y añade con impaciencia—: “Yo soy ese de allí”. 

     Una creencia tradicional japonesa dice que los kamikakushi, “espiritizados” son individuos a quienes los dioses deciden esconder de la gente, arrebatándolos al mundo Kami (de los espíritus). El viaje de Chihiro (2001) es un ejemplo. Semejantes son las leyendas onikakushi, donde los personajes son arrebatados por un Oni, equivalentes a un demonio o troll silvestre… ¿Dije que la ficción esconde hombres? Primero lo hizo la vida, desde siempre. El recurso a una explicación sobrenatural preestablecida para la muy real desaparición de personas ha derivado en que incluso hoy en Japón haya un término, johatsu, para la gente “evaporada” por deudas o faltas al honor. Hay empresas que se encargan de este servicio de auto-desapariciones a pedido [22].  

     Como el ADN que las codifica, las vidas humanas se copian a sí mismas con errores: logran así la diversidad que las caracteriza sin perder el rostro de familia, el aspecto que tienen estas desapariciones de ser variaciones sobre un único tema, ramificaciones que confiesan preferencias: apenas énfasis. Aquiles se escondió entre las mujeres, ocultándose de un escondedor, Ulises. Tolstoi trató de escapar de Yasnya Polyana, de fugar de Tolstoi. Ambrose Bierce buscó ser un anónimo Gringo Viejo en México revolucionario. Y como los raros fermiones que llevan su nombre y son su propia antipartícula, Ettore Majorana se esfumó, pues, del todo.  


Every force evolves a form   

Author says he suffered from both "a craving to be famous"
and "a horror of being known to like being known.


T.E. Lawrence, acerca de Los Siete Pilares de la Sabiduría   


En el relato de Er, narrado en el Libro X de La República, las almas eligen su destino antes de beber las aguas del río del olvido (el Leteo, si no bebí ya [23]) y reencarnarse en otra vida. T. E. Lawrence probablemente hubiera bebido con felicidad, y optado por una Brough Superior SS 100 justo antes de elegir ser Ross o Shaw. Con la narración “de Er, hijo de Armenio”, Platón trata de relatar un mecanismo posible para argüir en favor de su tesis de que las almas cargan con una vaga nostalgia del Mundo de las Formas. Estos platonismos —como los mitos de origen, las teorías conspirativas, las demostraciones de la existencia de dios y las variadas hipótesis de las seudociencias— comparten una misma naturaleza irrefutable. Y sin embargo, son seductores, entretienen, proporcionan algún gozo a la mente creyente. Desde que me golpeó la curiosa coincidencia de la relación entre el episodio de Shaw ante el retrato de Lawrence de Arabia, el de ese ruinoso Alejandro ante su propia efigie en una moneda, y el hecho capital de que la historia original de la segunda estaba dedicada al protagonista de la primera, he buscado alivio —y admito que goce— en alguna explicación “racional”: es decir, satisfactoria para la mente que da crédito a cierto vigor o agencia de la estética. 

     No es difícil, more Platonice, elucubrar un mecanismo o varios, convergentes: sicológicos, ontológicos, místicos (que terminan requiriendo un carácter neurológico). Una lectura de Cristof Koch a propósito de lo que llama “neuronas conceptuales” combinada con otra de Paul Davies acerca de los flujos de información y su costo termodinámico nos convencerá de que cualquier “cosa” capaz de ejercer de causa sobre un efecto puede hacerse consciente. Max Tegmark piensa que “la conciencia es lo que siente la información cuando se la procesa con la complejidad suficiente”, tesis que me parece digna de toda celebración. Antes que neurólogos o astrofísicos, D’Arcy Wentworth Thompson había escrito y dibujado todo esto hace ya cien años: las cosas que crecen naturalmente terminan confluyendo hacia unas mismas formas, que son pocas, eficaces y bellas. Rupert Sheldrake se hizo célebre por fastidiar a la ciencia oficial con su propia teoría sobre la morfogénesis: las cosas semejantes se buscan, resuenan entre sí, se dicen algo en distintas partes del universo y a muy diferentes escalas. Si pudiera hacer confluir estas avenidas en una sola, lo haría con la célebre frase de Mother Ann Lee, la fundadora de los Shakers: Every Force evolves a Form [24]. Vista así, la fuerza cuya agencia vemos insinuada en las formas que he relatado hasta aquí es una mixtura de sed de reconocimiento y melancolía por recibirlo. Pero estas formas son efectos, no causas; y no producen tampoco la satisfacción deseada. Ensayaré otro ángulo. 

     El camino que va de Jerusalén a Damasco es, sin duda, mucho más antiguo que cualquiera de las dos viejísimas ciudades que vincula. Desciende de la meseta de Judea al valle del río Jordán, lo remonta hasta el Mar de Galilea, que rodea hasta entrar a las alturas del Golán y seguir recto por llanuras fértiles de ahí hasta la planicie inclinada donde se asienta Damasco; un tramo de poco más de doscientos kilómetros que se hace en diez días a pie, de tres a cinco sobre una montura. Millón y medio de años de huellas humanas y cuadrúpedas terminaron por consolidar la vía que usó un Alejandro de Macedonia procedente del oráculo de Siwah y del Templo de David, persuadido de su divinidad, para descansar en Damasco antes de aplastar en Arbelas a Darío y a su imperio de mil años. Es precisamente el mismo camino que veintitrés siglos después, al culminar la revuelta árabe, abrió paso a un frustrado e impaciente Thomas Edward Lawrence que bien sabía lo que ignoraban los sharifes y emires que lo acompañaban: las traiciones y mugres imperiales que ocurrirían en Damasco. Y desde luego, ya se adivina, es exactamente el mismo camino que un fariseo griego —a tres siglos del primer viajero y veinte antes del segundo— hizo famoso, no como una ruta terrestre sino como la metáfora más socorrida de la transformación personal. Saúl de Tarso [25] venía de algo atroz: el martirio de San Esteban, que aprobó con firmeza; le tocó cuidar las túnicas de los apedreadores y quizá sintió que también él debió lapidar al mártir. Luego cabalgó al norte, hacia Damasco, a seguir persiguiendo a los discípulos del Nazareno. En el camino lo derribó una luz y una voz poderosa; durante varios días le tocó ser ciego. Lo que vino después es conocido. Se llama La Cristiandad. Veo a estos tres sujetos históricos sobre sus cabalgaduras, cada uno en su propio camino de Damasco, como aproximaciones concéntricas a la peripeteia.  

     Con estos elementos puedo tratar de entender mejor no sólo la escena de 1922 en el cuartel de la RAF y los años subsiguientes de T.E. Lawrence, sino por qué aquello me seduce personalmente y vincula o emparenta mi historia individual con esa manera escondida de ser. Pienso que se equivocan quienes imaginan que se trata de un castigo autoimpuesto, una especie de intervención personal, quizá freudiana, para cumplir aquello que proclama el libro de Job y repite sin cesar Lucas: los fuertes, poderosos, soberbios, etc. serán humillados, mientras que los que se humillan serán ensalzados. No: degradarse, para el arquetípico Alejandro de Arabia que nos ocupa —y aprendo que para mí mismo— no es un castigo, aunque nada descarta la búsqueda de cierto ejercicio de compensación, el influjo judeocristiano de buscar que sea el Señor —el Futuro— quien nos ensalce. Pero, insisto, la función de esta cuidadosa degradación no es punitiva. Sus propósitos mediatos son la variedad y el contraste; su objetivo, como en The Clipped Stater, es la abusiva renovación del reto: el lanzamiento de un autodesafío en una dimensión, una dirección y una escala diferentes a las originales. 

     Termino con esto. Se espera que un ensayo concluya con alguna tesis a propósito de su tema. Si he de presentar una, quizá esta sirva: el mito es real; la leyenda no. Intentaré elaborar esta simpleza. Lo del pago a Alejandro entre los hombres amarillos no sucedió realmente, pero sí es verdadero en el tiempo mítico, y lo ha sido desde siempre. Schelling dijo que el lenguaje era la formalización del mito. Todo lenguaje, cabe decir: incluso el arquitectónico, el de la estatuaria ecuestre, el de los sordomudos, el de las bromas entre argentinos. Eso justifica que nos hayan llegado retazos del mito como metralla dispersada por una explosión: los textos persas sobre su lucha y su muro en los reinos de Gog y Magog y cómo descartó todo eso para vivir como un eremita, el mosaico de la catedral de Otranto, los cachorritos repetidos, las leyendas Talmúdicas, los anillos portugueses o siberianos siempre con su rostro al centro. Expuesto al dolor, el joven Robert Graves recogió esos retazos de lenguaje, de póiesis mítica, y su sensibilidad mitográfica —no inferior a la de Borges— reconstruyó las partes faltantes con un ojo puesto en T.E. Shaw y sus propias muertes. Sobre la sola base de la Tradición. En buena cuenta, ya lo había hecho antes del episodio de 1922 en el cuartel de la RAF; sólo necesitaba un empujón. Como el que recibió de Laura Riding en 1929, digamos. Lawrence proveyó ese impulso. 

     Las anécdotas que recordamos de Alejandro, ya se ve, frecuentan su sombra. Quizá Lawrence intuyó que, como el potro irascible, debía mirar al sol para no asustarse de la propia sombra, de su luz contrariada. Si no inventó el episodio del cuartel, al menos acomodó sus piezas para afiliarlo a un mito que él también conocía, sea por medio de Graves o por haber, él mismo, recorrido desde niño centenares de templos y monumentos copiando imágenes y haber sido terreno fértil para la emergencia de esas formas. Ya dije que Lawrence no era extraño a entretejer e incluso a inflar mitologías, ni siquiera cuando involucraban su historia personal. Está comprobado que dejó pasar falsedades vistosas en sus biografías autorizadas; está comprobado que eso lo conflictuaba y lo llevó, entre otras cosas, a ese deseo de desaparecer: a pensar la ceca no como el origen despreciable de Los Otros sino como un destino sensato para sí mismo. 

     En cuanto a la génesis de las versiones de Borges, creo que hay bases para suponer que leyó The Clipped Stater a poco de su publicación, se fascinó doblemente (con el relumbre estético que le produjo el relato), y empezó a repetir la historia ¿acaso sin identificar al aircraftsman 338171 a quien estaba dedicado el poema? Ya se ve que es difícil decir algo medianamente apropiado acerca de T.E.L. en menos de cien páginas; acerca de su traducción de Odisea, Borges —que alguna vez apoyó por razones estéticas la noción de que no había camellos en el Corán— parece estar más cómodo con hombres sentados en sillones isabelinos que en camellos hirsutos. Se contenta con unas líneas.  


     “…Lawrence de Arabia: muerto hace poco en Inglaterra, pero que no necesitó de la muerte para ser mitológico.” (..) “La naturaleza homérica del traductor no pasó inadvertida: todos sintieron que una Odisea traducida al inglés por el coronel T. E. Lawrence era no menos prodigiosa que una Odisea traducida al inglés por el hábil Ulises, hijo de Laertes, rey de Ítaca” (..) “Puestos a traducirla [Odisea], el sedentario helenista de Oxford no vale mucho menos que el héroe que guerreó en el desierto. Lo cual nos restituye a la casi escandalosa comprobación: la literatura es arte verbal, es arte de palabras”. [26]  

     Se entiende que esto no baste para resolver si acaso Borges sabría que el protagonista de su cuento favorito sobre Alejandro Magno era también el objeto de su refunfuño en favor del hombre de ideas frente al de acción. Es un alivio (para mí; quizá no para el argentino) ignorar si el peón que adelantamos en el vasto tablero de las letras es comido al instante, o bien al siglo siguiente. 

     Releo estas páginas y siento que su improcedente acumulación de nombres y hechos y aún más nombres dibuja algún perfil o echa alguna sombra… pero no evolves a Form, la forma que necesito para (imposiblemente) comunicar esa vocación del héroe de ya no comunicar, de negarse a ser público y didáctico, es decir de borrarse. He probado el camino de la tesis, con resultados que dejo a juicio de ustedes. A modo de intentona última, me queda hacer una propuesta.  

     Podemos mirar The Clipped Stater no como poema, sino como correspondencia amical —como un abrazo— entre resucitados. Podemos mirarlo desde las apretadas biografías que, en tanto lenguaje, son la extraña eclosión de un mito intemporal; vemos que hay ángulos improbables, tensiones que fuerzan y acaso trascienden las coincidencias. T.E. Lawrence, en vuelo a una tierra lejana, cae a tierra. ¿Cómo manipular o fraguar una biografía de manera de que incluya un accidente aéreo en la ciudad fundada por Rómulo, y en el que todos fallecen salvo el héroe, que huye a la vida monacal? ¿Cómo aliviar al amigo que sufre —tal cual nosotros sufrimos— y cómo darle un consejo (el de olvidar, mayor y más arduo que el de ser olvidado) que nos conviene más a nosotros mismos? ¿Y cómo celebrar públicamente su carácter mientras se enseña a ser valiente, sabio, fuerte en la precisa negación de esas tres condiciones? Graves hizo todo eso, indirectamente: bajo la forma de un poema. Llamó Alejandro Magno a su amigo, Thaïs a las mujeres hechas a un lado, Djinn a los grifos o aeroplanos; (llamó realistarse como soldado a realistarse como soldado, azotes a los azotes y deshonor al deshonor…). Pero llamó monedas no a los retratos sino a los hombres achatados e iguales que le cabían al héroe en la palma de la mano, a esa condición humana que era tiempo, a la vez, de olvidar y de aceptar.       


* * *       


A PROPÓSITO DE “UN MITO DE ALEJANDRO” DE BORGES Y BIOY    


     La crítica parece haberse contentado con suponer que “Adrienne Bordenave” y La modification du Passé ou la seule base de la Tradition son inventos de los compinches de Buenos Aires con el fin de evitarse o esconder la cita a The Clipped Stater. Específicamente, Antonio Sabino atribuye exclusivamente a Borges la invención de la autora y del libro inhallable supuestamente publicado en Pau, la capital del Béarn, en 1949. 

     Borges no era extraño a esos juegos, desde luego, pero mientras que él no anduvo por Europa durante cuarenta años (contando desde 1921; luego fue a París a explicar cómo Shakespeare se eclipsó para que sus personajes fueran más nítidos y libres), en contraste Bioy Casares sí que pasó estadías en París, en Villefranche-sur-Mer, en Evian-les-Bains, en Aix-les-Bains, y especialmente en 1949 en Pau, que le era tan familiar y confortable que llegó a comparar con Buenos Aires. A la luz del carácter de mujeriego itinerante del autor de La Invención de Morel, me he sentido autorizado a buscar a la mujer; tras abandonarme a estas curiosidades, creo tener algo no demasiado importante que añadir a este enigma. 

     Yo pasé alguna noche en Pau, el 86; recuerdo, en el centro viejo, la rue Bordenave d’Abere, el hotel sobre la plaza Gramont… El apellido “Bordenave” es, al menos, tan común en la región como el de “Bioy”; el de la esquiva autora citada en 1955 aparece de nuevo en la novela de Bioy Dormir al sol (Buenos Aires: Emecé, 1973), atribuido al personaje Lucho, el relojero, en una parábola acerca de las perplejidades de la identidad personal. Así, googleando sin descanso he logrado hallar en https://www.openarch.nl/ins:4f4f9e46—03a6—3bde—7f8d—e9b41908322c a doña Gisele Marie Adrienne Bordenave (la ortografía es la misma), nacida el 31 de marzo de 1915 … ¡en Pau!) y fallecida el 12 de junio de 1999 en el hospital de Aressy, uno de sus suburbios meridionales de la ciudad. Esta verdadera señora Adrienne Bordenave [*] tenía 34 años cuando un atractivo Adolfo Bioy Casares de 35 anduvo por Pau. Y cuatro más cuando Borges y Bioy la incluyeron en su pseudobibliografía, añadiendo el jugoso detalle de que ese supuesto libro de Adrienne —un libro acerca de cambiar el pasado— fue impreso en su ciudad natal el año preciso en que Bioy cayó de visita por ahí la primera vez. La imagino como una mujer inteligente, de conversación ágil, cómplice... Sospecho —porque me place— el guiño mutuo de los porteños a un episodio romántico de Bioy.

ENSAYO

[3] “Shaw” fue su segundo seudónimo, que mantuvo hasta el fin de sus días. Hacía poco había trabado amistad con Bernard y Charlotte Shaw. El primer nombre falso que usó, de agosto de 1922 a enero de 1923, fue “ROSS, John Hume (A/C2 No. 352087)”.

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[6] En realidad, las primeras tradiciones orales del Romance de Alejandro sufrieron una distorsión tan grande al acercarse a las religiones monoteístas, que terminan siendo una rama diferente. Cada una de ellas fue capaz de interpretar, reescribir y aprovechar los eventos narrados en función de sus propios intereses teológico-políticos, haciendo de él un santo, un profeta e incluso un sionista.

[25] Muchas familias griegas habían fijado su residencia durante generaciones en Tarso, al sur de Turquía, desde que sus distantes antepasados acompañaron a cierto general macedonio a conquistar el Asia. El mismo Alejandro casi pierde la vida en Tarsós, el último lugar que tocó Pegaso antes de ascender al Cielo.


[2] El verdadero apellido de su padre era Chapman, pero T.E. no supo esto hasta la edad adulta. “Lawrence” fue un invento de sus padres para esconderse de la sanción social por no estar casados. Desde entonces el bastardo prefirió ser llamado por sus iniciales, T.E., y no tuvo problemas en inventarse nuevos apellidos cuando lo vio necesario. 

[7] Principalmente en Alexander The Great's Celestial Journey por R. S. Loomis, publicado en los números de abril y mayo de The Burlington Magazine for Connoisseurs, 1918. En https://www.jstor.org/stable/860584?seq=1. Sin embargo, hay un recuento más actualizado, y generoso en detalles iconográficos, aquí.

[8] G. Greenhill, reseñando el artículo Alexander The Great's Celestial Journey de Loomis en la revista Nature no. 101(1918).

[9] En otra de esas historias, Alejandro y sus soldados están bordeando el Ganges cuando tropiezan con una colosal muralla, altísima y sin fin a derecha o izquierda, sin puerta o entrada alguna durante millas y millas. Finalmente se abre ante ellos un ventanuco desde donde los mira un anciano. Los soldados le indican que debe saludar a Alejandro, rey del mundo entero. El viejo rompe a reír: “Comparado con el tamaño del mundo” —replica— “el Imperio de Alejandro no es mayor que una uña”. 

[10] No es tampoco difícil dar con otros precedentes. Abundan en Las mil y una noches , como nos lo recuerda Borges mismo. En la fundación de la ficción española, Don Quijote y Sancho leen disgustados una versión de Don Quijote y Sancho en el entrometido ‘Quijote de Avellaneda’, y luego obran para que esa descripción falle.



[4] Es verdad que sí se produce un self-awareness —y en ese sentido sí hay anagnórisis cuando Ulises escucha al aedo Demódoco o a su viejo sirviente Eumeo hablar de él— pero siendo que tanto la raíz como los efectos del cambio de fortunas en la tragedia son por lo general sociales y definitivas, en mi opinión una peripeteia exclusivamente íntima e in medias res no debería contar como tal.

ISSN 2767-1844

[23] Medio milenio después del primero, Luciano de Samosata (en Diálogos de los Muertos, 13) imagina un segundo encuentro entre Alejandro y Diógenes, esta vez en el inframundo. En ella, el cínico vuelve a fastidiar al conquistador ‘inmortal’ y le recomienda que para aceptar su nueva condición de muerto tome grandes sorbos de agua del Leteo. “Repetidas veces”, insiste.

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[*] Nota a la nota anterior: como no podía dejar de suceder en este juego de espejos –polvorientos, mal orientados— el registro de defunciones de Pau me ofrece una segunda, o más bien primera (nació en 1910) Adrienne Bordenave, de Boeil-Bezing (Pyrénées-Atlantiques), fallecida en 2009. La imagino hallando, quizá en la traducción de Rosset Dormir au soleil (1973), su propio apellido y algún reflejo de sí misma.

[1] El aire de familia no es casual. El personaje del Dr. Jones está en parte basado en las experiencias de T.E. Lawrence en Siria, en su época de agente de inteligencia previa a la Gran Guerra.

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[20] Ese mismo año, el actor inglés hizo el papel de Alejandro Magno en The Search for Alexander the Great, un especial de cuatro episodios para televisión.

[21] Véase https://tvtropes.org/pmwiki/pmwiki.php/Main/RetiredBadass y vínculos a partir de allí.

Caminos de Damasco
Por Enrique Prochazka    / Publicado en Mayo, 2021

[11] Mi numismática es tenue, digamos fantasmal. Fue Robin Lane Fox quien —en Travelling Heroes— me informó que el estáter fue primero una unidad de peso fenicia, que se convirtió en lingote y pronto en moneda griega importante entre la edad homérica y las primeras décadas de la era cristiana. 

[12] Fraseo poco usual de master John Skelton en The Garland of Laurell (1528) que —de igual manera que las expresiones ‘los pantalones del escocés’ o ‘el traje de un picto desnudo’— presume que los galeses no necesitan mangueras. Otra versión sugiere que este el sobrenombre de los anchos pantalones galeses que Graves usó como combatiente en la Gran Guerra. 

[13] “Una traducción debe vivir con una transfusión de la mala vida de uno mismo, si no puede mantener la vida mejor del original. Mejor un gorrión vivo que un águila disecada”. (Mi taxidermia).