ISSN 2767-1844
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Geografía de la filosofía
Por Pablo Quintanilla    / Publicado en Mayo, 2021

"En la vieja distinción entre saber qué y saber cómo, occidente pone el acento en el qué mientras el quechua lo pone en el cómo. Son dos maneras diferentes, aunque complementarias, de abordar un fenómeno. Así como la epistemología occidental se concentra en nuestra imagen del mundo, los presupuestos epistémicos quechuas lo hacen en nuestra capacidad para realizar acciones".

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Planisferio de Urbano Monti (siglo XVI).

Pablo Quintanilla, doctorado en filosofía en la Universidad de Virginia, es profesor principal de la PUCP.


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La filosofía occidental –nacida sin embargo en oriente, en unas pequeñas ciudades ubicadas en lo que hoy es la costa de Turquía– se desarrolló con una particular obsesión por los conceptos y las palabras, lo que la acompañaría a lo largo de su historia. Surgió también con dos rasgos de los que nunca llegó a desprenderse totalmente: una pretensión de universalidad asociada, no sin tensión, a un etnocentrismo conceptual y lingüístico.      

     No es claro qué presuponían los filósofos griegos acerca de las relaciones entre su lengua, las otras lenguas y el mundo. Por momentos da la impresión que asumieran que el griego refleja mejor que las otras lenguas la estructura del pensamiento humano, que a su vez representa la naturaleza de la realidad. Ese sería el elemento etnocéntrico. En otras ocasiones parecen suponer que las palabras sinónimas de las diversas lenguas comparten algunos rasgos semánticos universales. 

     Así, por ejemplo, en el diálogo platónico Crátilo –aquel dedicado a la pregunta sobre si las palabras tienen una relación necesaria o arbitraria con las cosas a las que refieren– Sócrates rechaza ambas posturas para dejar espacio a la intuición de que las expresiones tienen significado porque refieren a las Ideas, las cuales son permanentes, necesarias y trascienden al lenguaje y a los hablantes. Por eso Platón analiza los significados de ciertas expresiones asumiendo que está capturando algo de la estructura misma de los conceptos universales por ellas referidos. Cuando examina el significado de episteme, verbigracia, no cree estar explorando el significado contingente de una palabra usada por una comunidad cualquiera de hablantes, sino un concepto que preexiste a esa palabra y a tales hablantes, o, en el peor de los casos, un concepto que estaría presente en todas las lenguas posibles.

     También Aristóteles, en su tratado Sobre las categorías, hace una taxonomía de las distintas maneras como se puede predicar de algo –ordena todos los conceptos posibles en diez categorías– y asume que esa sistematización vale para todas las lenguas y para el pensamiento en general. Como es claro, sin embargo, se trata de una clasificación originalmente extraída de las características gramaticales del griego. Aunque los filósofos griegos herederos de Platón sabían perfectamente que existían otros idiomas, nunca se preguntaron por escrito si ellos categorizaban los conceptos de una manera diferente del griego. O bien asumían que todos lo hacían de la misma forma, lo que sería un presupuesto universalista, o que el griego tenía la capacidad de categorizarlas de una manera más correcta, que sería un supuesto etnocéntrico. Como se sabe, los griegos pensaban que quienes no hablaban griego solo tartamudeaban, producían sonidos del tipo bar-bar-bar, de donde viene la expresión hoi barbaroi, “los bárbaros”. No sorprende que pensaran eso de las lenguas que, a sus oídos, no tenían una tradición cultural suficientemente rica, pero a pesar de tener una particular admiración por los egipcios, nunca se preguntaron si el egipcio antiguo tenía conceptos diferentes del griego y, de ser así, qué implicaciones filosóficas tendría.       

     La versión más extrema de esa tensa combinación entre universalismo y etnocentrismo lingüístico fue planteada por Martin Heidegger, hacia mediados del siglo XX, quien pensaba que las únicas dos lenguas en las que es posible hacer filosofía son el griego y el alemán. La idea era que, dadas sus características gramaticales y su capacidad para formular preguntas que no podrían ser enunciadas en otros idiomas sin forzarlos, el griego y el alemán eran instrumentos privilegiados para hacer filosofía. Por ejemplo, la pregunta “¿qué es el ser?”, Tí tò 'ón, puede ser formulada gramaticalmente en griego o en alemán, pero no en la mayor parte de lenguas existentes, de manera que aquellas podrían capturar mejor que éstas el problema del ser, que es la cuestión filosófica por antonomasia, independientemente de la diversidad de lenguas y culturas.       

     Pero las raíces etnocéntricas de Heidegger pueden encontrarse en otros autores de su tradición. Hegel creía que la autoconciencia de la humanidad –lo que él llamaba “el Espíritu”– se había originado en el medio oriente, pasó después por Grecia y Roma, y alcanzó su apogeo en las sociedades germánicas, más específicamente en él mismo. Uno podría preguntarse por qué no comenzó en Caral para desplazarse por los reinos Chavín y Chimú, y lograr su apogeo final entre los incas. En el mejor de los escenarios podría suponerse que Hegel no asumía que la versión occidental de la autoconciencia es superior a otras no occidentales y se limitaba a reconstruir aquella de la que él procede, pero eso no le hace justicia. Él no creía estar reconstruyendo un tipo de autoconciencia en particular, sino la autoconciencia, que además es absoluta.     

     Otras corrientes filosóficas han dado lugar a formas menos extremas, o por lo menos más autocríticas, de etnocentrismo. En la tradición analítica, por ejemplo, nadie ha afirmado la superioridad del inglés por sobre otras lenguas para hacer filosofía, pero de manera implícita se asume que si uno explora el significado de la palabra knowledge, no está analizando únicamente el significado de una palabra sino un concepto que, o bien remite a cierta universalidad conceptual, es decir, ejemplifica rasgos que también están presentes en los conceptos equivalentes de otras culturas, o es una propuesta acerca de cómo deberíamos usar el concepto para que resulte más explicativo. Ambas opciones son válidas, pero asumir alguna de ellas requeriría de una justificación más detenida.      

     Tomemos tres palabras con una larga y compleja carga filosófica: conocimiento, comprensión y sabiduría. Siendo castellanas, tiene equivales muy cercanos en cualquier otra lengua occidental, dado que provienen de expresiones ampliamente discutidas en las culturas griega y latina. Ahora preguntémonos si los conceptos instanciados en esas palabras también están lexificados en las lenguas quechua, shipibo y urarina. En caso que así sea, podríamos preguntarnos si tienen rasgos semánticos comunes y, de ser así, por qué. Podría ser que la evolución del cerebro del Homo sapiens haya dado lugar a un conjunto de conceptos universales innatos, requeridos para la supervivencia, incluso si no están lexificados en todas las lenguas. También podría ser que no haya conceptos universales innatos estructurados neurológicamente, pero que las necesidades adaptativas de las diferentes culturas hayan hecho que todas o casi todas las sociedades necesiten distinguir entre representaciones del mundo confiables y no confiables, de manera que ellas tendrían algún concepto cercano a lo que nosotros llamamos ‘conocimiento’, incluso si ese concepto no está lexificado en una palabra. También podría ser que haya lenguas en las que la idea de una representación del mundo confiable no se asocie con verdad, exactitud o justificación, como es usual en el pensamiento occidental, sino con la manifestación del Apu, con el sueño producido por ‘la planta’ (la ayahuasca) o con algún otro elemento de la naturaleza. El punto, como se verá, es que si en la filosofía contemporánea uno tiene un presupuesto universalista acerca de los conceptos debe justificarlo no solo de manera a priori, sino con evidencia empírica interdisciplinaria.      

     Desde el año 2017 se está realizando un proyecto en esa dirección. The Geography of Philosophy Project reúne equipos interdisciplinarios de once países que trabajan en más de veinte lenguas, entre indoeuropeas y no indoeuropeas, haciendo investigación empírica con el objetivo de explorar si en tres conceptos filosóficos fundamentales (conocimiento, comprensión y sabiduría) hay elementos universales o no. En el caso del Perú, las lenguas trabajadas son cuatro: castellano, quechua, shipibo y urarina. Aunque la pandemia ha dificultado y ralentizado el trabajo de campo en las comunidades nativas, el trabajo está avanzado. No es una investigación fácil, no solo por los evidentes problemas logísticos que acarrea sino también por la complejidad metodológica que exige. Nótese que en el proceso mismo de estudiar la palabra traducible por ‘conocer’ en otra lengua, estamos inevitablemente usando la nuestra para interpretarla. Se trata de un caso real del experimento conceptual que en filosofía del lenguaje se conoce como interpretación radical.      

     Ahora bien, el objetivo explícito del proyecto es explorar si hay universales filosóficos. De haberlos, podría ser por razones biológicas, culturales o de ambos tipos integrados. Pero hay también un objetivo implícito, casi una consecuencia colateral, que es reconstruir los presupuestos filosóficos de algunas culturas no occidentales. Las preguntas sobre si hay o no filosofía en pueblos no occidentales y si la única filosofía de la que cabe hablar con propiedad es la que procede de la griega, es una típica cuestión estipulativa que depende de cómo se defina ‘filosofía’. Si esta actividad se entiende de una manera amplia, no sería problemático hablar de pensamientos filosóficos no occidentales. Si, por el contrario, se delimita de una manera restrictiva, casi tautológicamente tendríamos que decir que solo es filosofía la que desciende de la griega, en el mismo sentido en que solo es cerveza la que se hace de cebada. Por eso las preguntas que presuponen opciones terminológicas suelen no ser filosóficamente interesantes.      

     Parece indiscutible, no obstante, que todas o la mayor parte de culturas tienen presupuestos sobre los temas que nosotros llamamos filosóficos. Es decir, tienen concepciones acerca de qué tipo de vida es preferible, cuándo una persona obra de manera que puede ser encomiada, qué es saber algo, etc. En algunas culturas estos presupuestos –que correctamente podrían llamarse filosóficos– han dado lugar a una tradición de discusión y reflexión pública, en otras no, pero en todas ellas los presupuestos están integrados a sus cosmovisiones.  

     El proyecto de la geografía de la filosofía no es solo interesante desde un punto de vista antropológico sino también filosófico. Para mostrar este último punto usaré un ejemplo. La palabra ‘conocimiento’ puede traducirse al quechua –aunque difícilmente, como en cualquier otra traducción– por las palabras yachay y riqsiy. Mientras que el concepto de conocimiento occidental suele asociarse con la capacidad de re-presentar correctamente una realidad exterior a la mente, y por tanto un juicio es verdadero si refleja esa representación, yachay alude más bien a poseer un tipo de información que permite sentirse cómodo haciendo algo. De hecho, su raíz etimológica también connota vivir, morar, residir, acostumbrarse a algo y soler hacer algo. Riqsiy, por otra parte, se usa para aprender o enseñar a realizar una actividad, así como para reconocer algo o a alguien. Mientras en la filosofía occidental, como en la mayor parte de lenguas indoeuropeas, el conocimiento se asocia –incluso etimológicamente– a la posibilidad de ver con claridad algo, en quechua se trata de poder hacer algo. En la vieja distinción entre saber qué y saber cómo, occidente pone el acento en el qué mientras el quechua lo pone en el cómo. Son dos maneras diferentes, aunque en principio complementarias, de abordar un fenómeno. Así como la epistemología occidental se concentra en nuestra imagen del mundo, los presupuestos epistémicos quechuas lo hacen en nuestra capacidad para realizar acciones. La primera estaría representada por la metáfora de la visión, la segunda por la de las manos.  

     No es que el proyecto que describo vaya a resolver la pregunta sobre si existen conceptos filosóficos universales. Tampoco creo que sea el remedio último contra las diversas formas de etnocentrismo que todavía habitan en la filosofía occidental. Sí pienso, no obstante, que abrirá un debate interdisciplinario que obligará a poner sobre la mesa muchos presupuestos usuales de la tradición intelectual de occidente que constituye parte de lo que somos, pero no todo.