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Riesco con su esposo Robert Luszczynsky en Ogunquit, Maine. (Clic para agrandar).

"En el cajón superior de su escritorio guardaba con esmero una carta que Julio Cortázar le había enviado después de leer la primera novela que Laura publicó en 1978, El truco de los ojos. Solo una vez sacó esa carta y me leyó tímidamente algunos párrafos. Cortázar no escatimaba palabras de admiración hacia el estilo experimental de la novela y le auguraba un gran futuro".

Laura Riesco: la grandeza de la sencillez
Por Carmen Ferrero    / Publicado en Mayo, 2021

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Después de publicar, en 1994, su novela Ximena de dos caminos (Peisa), Laura Riesco entró al canon peruano, acaso como la mujer crucial de la narrativa contemporánea. Poco se supo de ella después. Incluso su muerte pasó casi desapercibida. La profesora española Carmen Ferrero, su amiga íntima en sus últimos años en Maine, Estados Unidos, escribe para La Vaca Multicolor, el primer testimonio extenso sobre los años finales de Laura Riesco.

Carmen Ferrero  es profesora asociada del Departamento de Lenguas Modernas de Moravian College, Pensilvania.

Dar una semblanza completa de Laura Riesco excedería con mucho el espacio del que aquí dispongo, puesto que sus muchas facetas como escritora, profesora y mentora serían imposibles de abarcar de forma resumida. Daré algunas pinceladas sueltas para hacer un retrato de la Laura que conocí y que fue, por encima de todo, una entrañable amiga.  La verdad es que nunca hubiera imaginado encontrar a una peruana tan querida como ella en un lugar tan remoto como el estado de Maine, en el frío norte de Nueva Inglaterra. Nos conocimos al día siguiente de mi llegada a la universidad de Orono, a finales de la década de los 80 y, hasta su muerte veinte años después, fue una inspiración para mí.   

     Por extraño que parezca, Laura encajaba bien en un lugar tan distante en millas, paisaje y lengua de su querida Lima, donde aún vivían algunas amigas de su infancia y perduraban los recuerdos de su adolescencia. Era profundamente peruana, pero vivía feliz entre los bosques y la nieve en los Estados Unidos. Al conocerla mejor, me di cuenta de que Laura habría encajado en cualquier rincón del planeta porque sabía encontrar el encanto del espacio donde habitaba; cuando ella entraba en un lugar, lo hacía suyo física y literariamente. Se sentía contenta tanto paseando bajo los arces en el otoño de Maine como caminando entre las ruinas de Monte Albán en Oaxaca, ya que le maravillaba por igual el color de las hojas en los alrededores del campus en Orono, como los lugares nuevos que descubría en sus viajes. Me decía que cuando se preguntaba qué hacía ella en esos parajes del norte, siempre sentía que la belleza del lugar, con sus colores de otoño y el silencioso manto blanco de nieve en invierno, le respondían.    

     Laura y Roberto, su marido, habían abierto su casa a cuantos llegábamos de cualquier parte del mundo para estudiar o trabajar en la universidad de Maine. Pronto me di cuenta de que nos acogían como si fuéramos familia y les encantaba compartir generosamente todo. Sus hijas estaban acostumbradas a ver la casa llena de amigos y mostraban igual cariño hacia nosotros. Además de ofrecerme su casa cuando yo estaba de mudanzas o al regreso de algún viaje, Laura me ofreció su despacho para que me instalara con ella durante los tres años de mi estancia en la universidad. Como estudiante graduada, a mí me correspondía compartir con los otros estudiantes una gran oficina en el sótano del departamento de lenguas, pero Laura me invitó a su despacho para orientarme a mi llegada y nunca se nos ocurrió que yo pudiera acomodarme en otro espacio del departamento. Colocó mi nombre junto al suyo en la puerta y durante los tres años siguientes, se nos fueron cientos de horas charlando entre clases en el segundo piso de Little Hall. Nuestras conversaciones eran tan animadas que, al final de cada día, las dos nos reíamos de que no lográbamos sacar adelante el trabajo cuando estábamos juntas; todas las propuestas que nos hicimos para enfocarnos en libros y papeles fueron inútiles.    

     Su despacho era pequeño y sencillo. Tenía una foto de César Vallejo en la pared, junto a su silla. Era su poeta favorito y a veces me hablaba de él, de cuánto la conmovía su poesía. En el cajón superior de su escritorio guardaba con esmero una carta que Julio Cortázar le había enviado después de haber leído la primera novela que Laura publicó en 1978, El truco de los ojos. Solo una vez, cuando ya teníamos mucha confianza, sacó esa carta y me leyó tímidamente algunos párrafos. Cortázar no escatimaba palabras de admiración hacia el estilo experimental de la novela (“todo reside en el estilo” decía a veces Laura) y le auguraba un gran futuro en el panorama literario.    

     Laura era tan poco dada a alardear de sus dotes literarias, que no supe que escribía poesía, cuentos y novelas hasta pasado un año de conocernos. Ella, que en su clase sobre escritoras latinoamericanas analizaba la obra de Clorinda Matto de Turner, Gertrudis Gómez de Avellaneda, María Luisa Bombal, Rosario Castellanos o Marta Traba, jamás hizo un comentario ante sus alumnos sobre sus publicaciones. Como ya otros han anotado, Laura no se consideraba una escritora, solo una mujer que escribía. Le apasionaban tantas cosas que, enfocarse exclusivamente en la escritura, no iba con su personalidad. Aunque amaba la literatura, también le entusiasmaba preparar una comida para un grupo de amigos, tener una reunión animada con música o visitar un museo y luego comentar sus impresiones. Durante un viaje juntas a México, la vi encantada admirando los grandes murales, haciendo fotos de las estatuas barrocas en las iglesias coloniales, paseando por los mercados de artesanías y probando todo tipo de frutas tropicales imposibles de conseguir en Maine. Disfrutaba la escritura como disfrutaba la vida. Le gustaba expresar sus emociones dentro de un marco donde podía dejar libre su imaginación.   

     Asistí como alumna a varias de sus clases para estudiantes graduados y en ellas Laura hacía comentarios que fui guardando en mis cuadernos y me sirvieron para entender que, para ella, un poema era una respuesta emocional ante una experiencia del pasado que luego se destilaba cuidadosamente en el papel. En sus clases ofrecía sutiles reflexiones sobre la dinámica de la lectura y la escritura. 

     Alguna vez, cuando en nuestras conversaciones yo aseveraba algo con seguridad, cariñosamente me decía que la vida a ella le deparaba más incertidumbres que certezas, pero que ese era el camino hacia la aventura de vivir. Laura era capaz de un acercamiento al texto con rigor analítico sin miedo a considerar todas las posibilidades de interpretación.    

     Empezaba sus cursos de literatura con “Continuidad de los parques” de Cortázar porque le parecía el cuento perfecto. Le gustaban las reflexiones que hacía Octavio Paz sobre la modernidad. Nos hacía sentir el ritmo perfecto que Gabriel García Márquez genera en sus relatos, un ritmo que te atrapa más allá de la historia. Cada palabra de sus cuentos, decía Laura, tiene un latido porque forma parte de un conjunto completamente armónico, incluso en lo sonoro. Entre las escritoras, sentía debilidad por Rosario Castellanos. La literatura no era para Laura solo tema de clases o charlas académicas. En México, recordaba párrafos enteros de La región más transparente, de Carlos Fuentes mientras caminábamos por la ciudad y le gustaba imaginar cómo habrían sido esos lugares cuando Fuentes los conoció.     Admiraba a muchos escritores, pero de lo que ella escribía, hablaba muy poco. Solo hacia el final de mi estancia en Maine, Laura me dio a leer algunos de los cuentos que integrarían Ximena de dos caminos, novela publicada en 1994. 

     No los ocultaba por secretismo, era más bien pudor; no creía que merecieran mucha atención. En realidad, parecía sentir más entusiasmo al hablarme de las anécdotas de su infancia que al ofrecérmelas sobre un papel. Cuando me hablaba de su pasado, reunía pedazos de memorias que construían una imagen que luego pulía cuidadosamente al escribir. Su gusto por la palabra escrita tenía raíces en sus lecturas infantiles, en esas enciclopedias que hojeaba llena de interés cuando apenas sabía leer, como Ximena. Le preocupaba mucho el estilo, creía que la principal obligación de quien se sienta ante el papel era elegir cuidadosamente su lenguaje para ir engarzando, como piedra preciosa, la palabra exacta en la montura perfecta. Alguna vez me comentó que se pasaba horas hasta dar con la palabra precisa. Narraba desde la nostalgia -que no melancolía- de su niñez y desde ese lazo íntimo que guardaba con las sensaciones de su primera juventud.    

     Laura combinaba el pasado que aparecía en su escritura con una vida bien afianzada y feliz en el presente. Disfrutaba escribiendo, aunque no sacaba a relucir su obra cuando hablaba de literatura. Aceptaba prologar libros o poemarios de amigos cuando se lo pedían, pero no era dada a compartir sus opiniones sobre otros autores más allá de sus clases. En realidad, nunca vi que le interesara demasiado asistir a encuentros literarios profesionales; me comentaba que muchos de ellos se habían convertido en una “feria de vanidades”. Pero no lo decía con desdén, sino con la sencillez de quien prefiere la transparencia y la profundidad de compartir ideas en grupos pequeños, en vez de unirse al escaparate de palabras huecas que desfilan por algunos de esos congresos masivos.    

     Era cordial con sus colegas y cualquiera podía ver que la querían y respetaban, pero prefería abstenerse de la política académica en temas de ascensos de rango. Todavía conservo la copia que me envió de la carta que escribió a la universidad solicitando que la excluyeran de los comités donde se decidían los ascensos de sus colegas. En ella explicaba que no se sentía en condiciones de evaluar los méritos de otros para ese ascenso cuando, en su opinión, el proceso de evaluación había adquirido “proporciones kafkianas”. Laura bien podía, por méritos propios, haber solicitado el ascenso a “Full Professor”, pero nunca lo hizo precisamente porque se rehusaba a entrar en los entresijos de ese sistema. Era incapaz de usar las cartas de halagos y agradecimiento de antiguos alumnos, o las críticas favorables de su obra, para solicitar un reconocimiento académico. Guardaba esas cartas y notas en una carpeta personal. Me dijo que, solo una vez, se dejó llevar un momento por la vanidad y colocó una de esas cartas entre sus papeles profesionales. Era de una antigua alumna que le agradecía lo mucho que había influido en su desarrollo intelectual. No tardó más de unos minutos en sentirse avergonzada y devolver la carta a la carpeta personal. Se dio cuenta de lo fácil que era entrar en el juego. No era falsa modestia, estoy segura; simplemente consideraba ese material como algo íntimo y no público. No le interesaba beneficiarse de ello para medrar profesionalmente. En realidad, Laura brillaba con luz propia, sin necesidad de reconocimientos externos.    Alguna vez llegué a decirle que tenía demasiado talento para estar dando clases de lengua española a estudiantes de primer y segundo año, a veces indolentes o desinteresados. Sin embargo, ella preparaba esas clases con el mismo esmero que mostraba con las clases más avanzadas. Es más, frecuentemente la veía pasar horas haciendo resúmenes de los puntos de gramática más complicados para hacerle la clase más asequible a los estudiantes. Cuando corregía exámenes, me comentaba con un poco de desaliento: “Algunos de estos chicos no estudian mucho…”, pero no se desanimaba, seguía dando lo mejor de sí para que aprendieran. Llevaba la vocación de la enseñanza en el corazón.   

     Donde, sin duda, más destacaba su talento docente, era en las clases a nivel graduado. Desde el principio admiré su capacidad para la crítica literaria. Tanto en el aula con los alumnos como en las conversaciones con su marido, profesor de literatura francesa, Laura tenía una lucidez excepcional para el análisis. Siempre fue para mí un placer pasar una velada con ellos, charlando y escuchando sus comentarios sobre literatura, filosofía, crítica, cine, política o arte. Sin grandilocuencia, entre bromas, ambos preferían compartir ese conocimiento en tertulias entre amigos. Para Laura siempre resultaba más apetecible confraternizar durante una cena de forma relajada, que en una reunión social de etiqueta. Una vez me aconsejó que no esperara, como ella, a llegar a los cuarenta para decir “no” sin cargo de conciencia a las aburridas reuniones sociales o profesionales de compromiso.    

     A Laura le encantaba cocinar. Preparaba cada plato con el mismo esmero con el que escribía un poema o corregía los ejercicios de sus alumnos. Empezaba por ir a comprar los mejores ingredientes en los distintos supermercados de la zona. No le daba pereza recorrer dos o tres hasta encontrar lo que buscaba. Tenía una huerta donde cultivaba varios tipos de verduras y en el verano disfrutaba cuidando las plantas; me decía que cada primavera sentía la llamada atávica de la tierra, donde le gustaba meter sus manos y sentirla. Pasaba muchas horas en la cocina; en verano troceaba la lechuga para las ensaladas con los dedos y en invierno horneaba delicadamente pequeñas tiras de cáscara de naranja bañadas con chocolate.    

     Mientras preparaba la cena, charlábamos y me contaba las historias de su familia, de cómo había sido la llegada de su padre al Perú desde España, y de los orígenes yugoslavos de su abuela materna. Me hablaba de su niñez, de sus amigas en Lima y de Oscar, su primer novio. Le gustaba recordar sus primeros tiempos en EEUU, cómo conoció a Robert, que fue su profesor de francés y luego su compañero de vida. Cuando hablaba de él en español siempre le llamaba Roberto. También me contó algunas anécdotas de sus primeros tiempos en Orono, cuando sus hijas eran pequeñas y ella se sentía tan diferente a las madres de las otras niñas. Pero con su buena disposición, Laura se había adaptado bien a su nueva vida sin perder su identidad. Con el paso de los años, fui consciente de que Laura ayudó enormemente a amortiguar el choque cultural de muchos de los estudiantes y profesores extranjeros que pasamos por la universidad de Maine. Ella y Roberto suavizaban la transición con su hospitalidad, sus palabras, su música y sus cenas.   

     La eché mucho de menos cuando me fui de Maine. Aunque con los años el contacto se hizo más esporádico entre nosotras, sabía que ella estaba y siempre estaría ahí, como esas amistades incondicionales que no requieren un contacto frecuente para saber que, el día que te reencuentras con ellas, la conexión y el cariño siguen siendo los mismos. A pesar del éxito que tuvo Ximena de dos caminos, Laura no se explayaba mucho sobre la novela cuando hablábamos. Prefería contarme lo ilusionada que estaba con sus nietos o lo feliz que se sentía en su casa de Ogunquit. En realidad, supe de la buena acogida crítica que tuvo la novela por otros amigos peruanos que me hacían llegar recortes de periódicos. En alguno leí que Laura posiblemente era una de las mejores narradoras peruanas del siglo XX. Vinieron entonces a mi memoria los primeros días en su clase sobre escritoras latinoamericanas, cuando seguramente ella no se imaginaría recibir algún día ese elogio.  

     Laura no me habló de su enfermedad inmediatamente. Solo cuando entendió que debía decírmelo, me sorprendió con una llamada en mi despacho a media mañana. Como suele pasar en estos casos, tardé en comprender el alcance de lo que sucedía. De hecho, los últimos meses no fui consciente de la gravedad de su situación porque Laura se mostraba optimista y esperanzada. Todavía una semana antes de su muerte, en nuestra última conversación por teléfono, yo creía que volvería a verla. Ahora entiendo que no nos dijimos adiós porque ella nunca se iría para siempre; todo lo que tan generosamente me dio es ya una parte mía. Me enseñó una lección de vida importante: que las personas más sencillas suelen ser las más grandes.
















               

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