ISSN 2767-1844
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El escritor español Miguel Serrano Larraz, autor de tres libros de poesía y tres novelas (entre ella la premiada Autopsia),  ha escrito, durante el confinamiento del Covid-19 en Iowa City, un libro de cuentos, Los expatriados, que iremos publicando, relato por relato, periódicamente, en La Vaca Multicolor, antes de su lanzamiento como libro impreso.


Leer el primer cuento:

"La posteridad".

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UN LIBRO

ANTONIO ARMIÑO    / Publicado en Mayo, 2021


Se hacía llamar el Monstruo, y su reputación como Jefe de Departamento le precedía: se contaba que en algún momento de la primera entrevista, antes de empezar a hablar de temas laborales, o tal vez un poco más tarde, después de humillar a quien aspiraba a aquel trabajo y de discutir los detalles del puesto, pero en cualquier caso antes de firmar el contrato (un trámite, el de la firma, que excluía muchas veces, tal vez como una forma más de mostrar su poder), se descalzaba y mostraba los pies.      

     —Fíjese, fíjese usted con mucha atención. Fíjese bien —repetía, mientras señalaba cada una de las imperfecciones.     

     Se decía que los meñiques, minúsculos y montados sobre el segundo dedo, tenían forma de gancho y un color negruzco, necrótico. Las uñas, apenas una raya rojiza clavada en la carne, dolían solo de verlas. La tuberosidad del primer metatarsiano sobresalía de tal modo que, según él mismo contaba ante la mirada atónita del candidato o candidata, se veía obligado a comprar zapatos de una talla muy superior a la que le habría correspondido si solo se tuviera en cuenta la longitud del pie, medida desde el talón agrietado hasta la herida supurante que deformaba la punta del pulgar.     

     —Zapatos de payaso —decía, con una sonrisa forzada, desafiante, no exenta de saliva—. Zapatones de artista fracasado. Zapatos de ser ínfimo, de ciudadano despreciable.     

     Tras una pausa dramática, continuaba:      

     —Todo yo soy ridículo y monstruoso, pero no me importa. Concedemos una importancia desmedida a nuestros huesos, a la calidad de la piel, al tamaño de la ropa. A mí nada de eso me quita el sueño. ¿A usted le importa trabajar a las órdenes de un monstruo? ¿Se sentirá cómodo con un jefe así?     

     Me habían asegurado que ese primer contacto condicionaba la relación. La agresividad en las reuniones de equipo, la condescendencia, las broncas continuas, los comentarios despectivos, los chistes destinados a dañar al interlocutor, todo remitía a aquella incomodidad inaugural. Trabajar con aquel hombre significaba repetir una y otra vez la primera entrevista.      

     —¡Usted cree que le grito porque soy una mala persona! —decía, riendo—. Pero no es así. ¡Ni siquiera soy una persona, soy un ogro! ¡Un monstruo! ¡El Monstruo! ¡Usted me ha visto los pies! ¿Acaso no lo recuerda? Yo sí lo recuerdo, recuerdo que se los mostré, y recuerdo la cara que puso, sus intentos de escabullirse. ¿Cree que no sé lo que piensa de mí? Pero yo no le grito por eso, yo le grito porque es usted un idiota, un incompetente, una mierda. Podría mandarlo a la puta calle ahora mismo, pero le voy a dar otra oportunidad. En el fondo soy un ogro bueno.     

     Como cualquiera podrá imaginar, la rotación del personal del departamento era enorme. Nadie lograba acostumbrarse. A algunos los despedía de verdad. El sueldo era bueno (soy un monstruo generoso, decía el Monstruo, como si él tuviera alguna influencia en el dinero que cobraba cada uno de los empleados del departamento), pero no valía la pena. Alguien me contó, con un desprecio que no trató de disimular, que el pobre diablo no tenía ningún amigo (lo llamó así, «pobre diablo»). Pensé que se refería a la oficina, que no tenía ningún amigo en la oficina, pero después supe que hablaba en términos absolutos.     

     Yo necesitaba el dinero. Por eso quería conocer y controlar cada particularidad del proceso antes de la entrevista. Por eso había dedicado tantas horas a investigar los rumores sobre la persona que tenía que contratarme.      

     Entré en el despacho con la firme resolución de no mostrar ningún tipo de sorpresa. Doce meses eran suficientes, ¿cómo no iba a aguantar doce meses? A los cuarenta años, casi todo el mundo ha soportado situaciones mucho peores que un jefe dictatorial, o deforme, o ambas cosas. Además, le había prometido a mi hermana que lo conseguiría, que me había informado sobre cada detalle y no iba a cagarla en el último momento. No tenía ninguna duda de que iba a hacerme con el puesto, de que iba a ser capaz de manejar la ira y la arbitrariedad de aquel misterioso Jefe de Departamento.     

     Lo encontré mirando por la ventana, de perfil, en gesto beatífico, las manos cruzadas sobre una tripa prominente. Aproveché para acercarme a la silla sin que me viera caminar. El espacio estaba decorado con un gusto terrible que combinaba el desorden de un dormitorio infantil y la pedantería decorativa de quien se cree superior a los demás, con una afectación que no excluía una especie de transparencia moral.     

     Cuando se giró hacia mí, nos reconocimos. Sé, al menos, que yo lo reconocí sin ninguna duda, y me cuesta creer que él no me reconociera a mí. Oculté el gesto de sorpresa. Llevábamos veinticinco años sin vernos, desde el último día de colegio.      

     El despacho era enorme. El aire acondicionado ronroneaba en algún lugar, a mi espalda.     

     —Siéntese —me ordenó, y rodeó pesadamente el escritorio.      Me fijé en sus pies, embutidos en unos calcetines blancos demasiado pequeños y rozados en los talones. No llevaba zapatos. A primera vista no había nada extraño en la forma que se intuía bajo la tela.      

     Antonio. Antonio Armiño. Aquel nombre estaba grabado a fuego en mi memoria. Ni siquiera tuve que recuperarlo, porque nunca se había separado de mí.     

     Había cambiado mucho, mucho más que yo. Conservaba el pelo, tenía buen color en el rostro, en los brazos, pero había algo en los pómulos, en la caída de los ojos, que lo asemejaba a un hombre de otra época, al retrato descolorido de un personaje secundario de la historia del país. No me dio la mano.     

     Me pasaron por la cabeza los veranos de la infancia, en la piscina de su casa y en la calle que unía el descampado y la autopista. Su madre nos preparaba batidos de chocolate. Traté de recordar sus pies, sin éxito.     

     Nos sentamos. Colocó las piernas encima de la mesa, con los tobillos en el borde de madera, en un gesto artificial, incómodo.     

     —Soy un hombre hecho a sí mismo —dijo—. Nadie me ha regalado nada. Mi malformación me destinaba a la miseria, al ridículo, incluso a la caridad de los otros, pero mi voluntad se impuso a todos los inconvenientes. Mire.     

     Alargó las manos hacia los tobillos. Le costaba inclinarse. Con gran esfuerzo, dobló la rodilla derecha, la apoyó sobre el muslo izquierdo e introdujo los dedos de una mano bajo el borde del calcetín. Tiró de él y dejó el pie al descubierto. Se reclinó en la butaca, con la pierna estirada, para que yo pudiera observarlo bien.      

     Los dedos eran largos, pero por lo demás era un pie perfectamente normal. Aparté la mirada unos segundos, pero después fingí que vencía una repugnancia insoportable y acerqué la silla hacia el escritorio para observarlo mejor.     

     —Toda una vida de privaciones, de esfuerzos —dijo, mientras pasaba el calcetín de una mano a la otra—. No se imagina usted cómo me examina la gente por la calle, de reojo, con lástima, con asco. Sé que me matarían si pudieran, me quemarían en la hoguera, me tirarían a un pozo. Damos miedo, los que somos diferentes. Seguro que usted también me miraría con pena si se cruzase conmigo en una plaza, o en una avenida cualquiera, o en el supermercado, también se cambiaría de asiento si nos sentaran juntos en un avión. Tiraría piedras a mi casa, si llegara el caso. No le culpo. De todas formas, va a tener que joderse y acostumbrarse, porque aquí el jefe soy yo. ¿Estamos?     

     Pensé otra vez en el dinero y en mi hermana. Un año era suficiente. Doce sueldos. Cómo se iba a reír cuándo le contara quién era aquel jefe del que hablaba todo el mundo, aquel monstruo. ¿Te acuerdas de Toñín Armiño?, le diría. Sé que a ella le gustaba un poco, cuando éramos pequeños.     

     —¿Estamos? —repitió, esta vez en un tono más bajo, y con la cabeza vuelta hacia la ventana.     

     —No tengo ningún problema —respondí—. Estoy deseando empezar a trabajar con usted. No le decepcionaré. Los expatriados tenemos que hacer un esfuerzo extra. Usted lo sabe tan bien como yo.     

     Hizo un gesto con la mano para que me retirase.      

     —Cierra la puerta al salir —dijo, y colocó las manos detrás de la nuca, con el calcetín todavía entre los dedos.      

     No pude dejar de percibir el tuteo repentino. Supe que yo iba a seguir tratándolo de usted durante doce meses. Si todo iba bien.     

     Veinticinco años después, a miles de kilómetros de distancia, me había reencontrado con el mejor amigo que había tenido en mi vida. La última vez que nos vimos juramos que nos escribiríamos cartas larguísimas, que no nos separaríamos nunca, que terminaríamos todos los proyectos que habíamos comenzado en el patio, mientras nos recocíamos bajo el sol de la infancia. Cuánto había llorado, aquella noche.      

     Mientras me marchaba, me giré para mirarlo (era una de las estrategias que había desarrollado para disimular mi cojera) y observé por última vez aquel pie inerte, limpísimo, colocado sobre ese escritorio que se había convertido de pronto, al menos a mis ojos, en un museo de la voluntad.


"Veinticinco años después, a miles de kilómetros de distancia, me había reencontrado con el mejor amigo que había tenido en mi vida. La última vez que nos vimos juramos que nos escribiríamos cartas larguísimas, que no nos separaríamos nunca, que terminaríamos todos los proyectos que habíamos comenzado en el patio, mientras nos recocíamos bajo el sol de la infancia.".

Los expatriados
Por Miguel Serrano Larraz