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ENSAYO

Pérec y Dovlátov en espejo
Consideraciones acerca de lo objetual en literatura
Por Miguel A. Zapata    / Publicado en Mayo, 2021

"La madre, la hermana y los abuelos de Pérec fueron exterminados en Auschwitz. Dovlátov fue durante un tiempo guardia en gulags de la República de Komi, a pesar de que oficialmente estos se dieron por clausurados en 1960".

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Dovlátov y Pérec.

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Fernand Léger con la chaqueta que acabaría en manos de Dovlátov.

ISSN 2767-1844

Aquello que decía Chéjov, lo del clavo que aparece al comienzo de un relato y que debe servir, indefectiblemente, para que de ahí se cuelgue el protagonista. Convengamos en que los objetos, las cosas, los adminículos sirven en una novela, un cuento o un poema para concretar desde lo sensitivo el mundo que se pretende narrar. Hay en ello una voluntad simple y descriptiva: convocar colores, formas, olores o texturas para hacer más vívida la experiencia lectora, para hacer carne la escritura.                     

     Sin embargo, en determinadas obras y ciertos autores el objeto alcanza una categoría superior o tiene, como poco, un fin más allá de la ambientación o lo que en el arte de hacer películas correspondería al diseño de producción.

     Me refiero a propuestas argumentales (no necesariamente estilísticas) en las que los personajes, las tramas y subtramas se supeditan a las imposiciones de lo material, es decir, los propios objetos se erigen en la sustancia literaria misma y tejen en torno a ellos toda una prosopopeya que termina por arrastrar al resto de elementos constitutivos de la narración. Recordemos cómo Gógol, en su célebre cuento “El capote”, arma un pavoroso retrato de la fragilidad humana en un mundo insensible ante la desgracia, personificado en un joven humilde cuya vida es zarandeada por el simple deseo de adquirir un capote nuevo.                     

     Podemos partir de dos obras paradigmáticas para ilustrar esta significación de lo objetual: Las cosas, de Georges Pérec, y La maleta, de Serguéi Dovlátov, títulos ya de por sí clarificadores del protagonismo de la materia inerte en ambas obras, que a pesar de partir de premisas conceptuales similares muestran dos mundos absolutamente disímiles.                      

     Serguéi Dovlátov (Ufá, URSS, 1941) fue uno de los autores rusos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. En su juventud sirvió en las Tropas de Seguridad Interior, fue expulsado de la Unión de Periodistas Soviéticos en 1978 y se “exilió” en Nueva York, donde ejerció como redactor jefe del periódico The New American. En sus obras se destila con humor ácido y desencantado una visión demoledora de la vida en el régimen soviético, lo que le valió fama de agitador cultural y aceleró su caída en desgracia al otro lado del telón de acero. Novelas-testimonio eminentemente biográficas como Oficio o Los nuestros son una clara muestra de esta naturaleza combativa que le valió no pocos enfrentamientos con las autoridades del PCUS y la nomenklatura de Leningrado en la era Brézhnev. Pero será La maleta (1986) la obra que lo consagre internacionalmente, merced a una visión singularísima de la cosmogonía soviética a través de una serie de objetos que acompañaron (¿testimonio fidedigno, ficción documental?) a Dovlátov en su salida de la URSS como las únicas pertenencias que pudo atesorar durante los años que vivió en su patria.                       

     Georges Pérec (París, 1936), uno de los más grandes escritores franceses del pasado siglo, miembro del OuLiPo, experimentador del lenguaje y la forma en sus obras. Sociólogo de formación, trabajó como bibliotecario y articulista en diferentes medios franceses desde principios de los años sesenta. Su obra maestra, La vida instrucciones de uso, es un compendio de sus aportaciones estilísticas e innovaciones formales, que en Perec siempre se privilegian a trama y argumento. Pero su pasión por la descripción minuciosa y la miniatura como estilemas independientes de la propia inercia narrativa alcanza una cumbre de su producción en la novela Las cosas (1965), auténtico muestrario de la obsesión contemporánea por los objetos.                        


     La madre, la hermana y los abuelos de Pérec fueron exterminados en Auschwitz.                         

     Dovlátov fue durante un tiempo guardia en gulags de la República de Komi, a pesar de que oficialmente estos se dieron por clausurados en 1960.                      

     De esta tragedia íntima, a Pérec no le quedó ningún recuerdo material, a Dovlátov apenas algún complemento que meter en la maleta del exilio.                        


     Para Jérôme y Sylvie, joven pareja de psicosociólogos que se ganan la vida realizando encuestas de publicidad y ambos protagonistas de Las cosas, existir es una continua aspiración. Comparten con sus amigos un proyecto de vida similar, viéndose como “hombres nuevos, jóvenes ejecutivos a quienes no habían salido aún todos los dientes, tecnócratas a medio camino del éxito”. No tienen ambages en considerarse miembros por derecho de algo tan nebuloso como la pequeña burguesía parisina de mediados de los años 60, vagamente progresista o comunista de salón, buscando su propio hueco en el nuevo orden mundial que los supervivientes de la guerra, sus padres, les habían legado como espacio a conquistar pero sin las armas precisas para ello. Sufren ambos la frustración desesperada de pretender un lujo que no les corresponde por origen pero creen merecer: el confort, la elegancia, la perfección llena de objetos de los grandes burgueses, su joie de vivre, como también propusiera Richard Yates en su novela Revolutionary Road (1961). Para ellos, que compran en tiendas de segunda mano sucedáneos de los exclusivos productos de consumo de precio inalcanzable (escribanías de caoba, divanes Chesterfield, piezas de loza o porcelana, camisas Arrow, corbatas de Old England), el acaparamiento, la acumulación de objetos es en principio sinónimo de una aspiración colmada. Lo relevante no es la calidad ni la exquisitez de lo adquirido, sino el mero hecho de su presencia en el entorno doméstico, como faros que iluminan tanto los proyectos futuros como la seguridad de los pasos en un presente aún precario pero aparentemente promisorio. Este grupo de jóvenes, que pretenden ganarle el pulso a un París poco condescendiente con los boomers nacidos durante la ocupación nazi o en la inmediata liberación tras Normandía, entienden que las cosas deben ser una prolongación natural de su lugar en el mundo, una proyección de ellos mismos en una época hostil a la que ellos mismos aún no son bienvenidos: si no alcanzan el éxito, su ropa, sus cuadros, sus muebles lo harán por ellos, aun en una impostura precaria con fecha de caducidad.                      

     Quizá Pérec, que usa a menudo el condicional y formas imperfectivas para subrayar esa cierta provisionalidad de sus personajes, entendiera también la obsesión contemporánea por lo material desde la perspectiva del que lo perdió todo durante el expolio nazi y el horror familiar en Auschwitz, donde la desposesión era el primer paso hacia la completa desaparición: la eliminación del individuo comienza tras desarticular su entorno y las cosas que constituyen su naturaleza esencial.                      


     Dovlátov, de ascendencia judía, enarbola sin miedo y con cierto desapasionamiento sus raíces hebraicas, como una forma más de afianzar su resistencia a la homogeneización cultural y racial del régimen soviético.                    

     Pérec, cuya familia había cambiado su apellido desde el original Peretz, fue matriculado por sus tíos en Turenne, un colegio católico de Villard-de-Lans, y fue bautizado en 1943, alejándose de la cultura judía y los modos de vida de su comunidad originaria.                   

     Los objetos ceremoniales (kipá, talit, jupá...) son parte indispensable de los hábitos cotidianos y las creencias y tradiciones judías, tanto en familias ultraortodoxas como en hogares no observantes.                      


     En el prólogo a La maleta, obra eminentemente autobiográfica, Serguei Dovlátov hace una descacharrante descripción de su paso por el OVIR (Departamento de Visados y Registro de la URSS, un organismo policial encargado de los trámites de salida al extranjero de los ciudadanos soviéticos y del registro de extranjeros residentes en el país), así como un inventario de los objetos dispares que nutrirán su maleta: calcetines finlandeses de crespón, botines de la nomenaklatura, un buen traje cruzado, cinturón militar de cuero, la chaqueta de Fernand Léger, camisa de popelín, gorro de invierno y guantes de chófer. Cada una de estas cosas titulará un capítulo del libro, sucesivas puertas abiertas a una brutal arenga contra el sistema comunista en general y el régimen de Brézhnev (que nunca es nombrado) en particular. Ni libros ni manuscritos, pues aquellos eran prohibidos y hubiera sido imposible sacarlos del país por la aduana y sus textos ya habían viajado de forma clandestina a Occidente ante la imposibilidad de publicar sus obras en la URSS, debido a su humor ácido que pretendía disolver el realismo soviético oficialista y la imagen distorsionada del país de cara al exterior. Relatando los momentos previos a abandonar para siempre su patria, Dovlátov escribe: “Una sola maleta me bastó. Tan miserable me sentí que estuve a punto de echarme a llorar. Tenía treinta y seis años. Llevaba dieciocho trabajando. Ganaba una miseria, aunque alguna cosa me permitía comprar. Creía ser dueño de algunas propiedades. Pero todas cabían en una sola maleta. Para colmo, de muy modestas dimensiones. ¿Qué era yo? ¿Un pordiosero? ¿Cómo había llegado a aquella situación?”.                     

     La naturaleza de los objetos para Dovlátov tiene que ver con los condicionantes financieros que impone en los ciudadanos soviéticos un régimen de economía planificada y colectivización de los medios de producción. No son tanto propiedades sino constructos sociopolíticos, no conforman el inventario de cosas que permiten edificar una vida de forma más o menos segura sino incómodas mercancías cuya propiedad no es estable: más bien fluctúa, modifica su titularidad, permite cambiar el estatus o la condición de quien las posea en el momento presente, sin importar su procedencia o su destino futuro a medio o largo plazo.                     

     En este sentido, Dovlátov relaciona esa provisionalidad del objeto con las carencias y desequilibrios distributivos del socialismo colectivista. En diversos capítulos de La maleta, se hace alusión al mercado negro como vía de acceso a recursos y manufacturas que el rígido sistema industrial soviético (centrado esencialmente en la industria pesada como estrategia competitiva a nivel mundial) no es capaz de producir, como deja claro el fino y desencantado sarcasmo que atraviesa toda la obra en el capítulo “Calcetines finlandeses de crespón”. Del mismo modo, Dovlátov evidencia la doble moral del sistema planificado cuando subraya las diferencias en el acceso a los bienes por parte de la población civil con respecto a los miembros de la nomenklatura del PCUS o altos cargos locales de los Comités Ejecutivos Municipales, como en el delicioso capítulo “Botines de la nomenklatura”, en el que el alcalde de Leningrado calza unos fabulosos botines de piel de importación inencontrables en el circuito comercial de producción seriada soviética, y que terminan de forma inexplicable en los pies del narrador tras un acto público en honor a una escultura de Lenin para el metro de la ciudad. “¿Qué sucede en la patria?”, le preguntan al historiador Karamzín, y él, según Dovlátov, responde: “Roban”. En efecto, el robo y el estraperlo, la circulación oficiosa de mercancías fuera de los circuitos de control oficial, se convierten en una práctica económica asumida por los ciudadanos soviéticos y, en cierto modo, permitida discretamente por las autoridades, evitando así que la carestía y la limitación en la oferta de productos genere reprobables “desviaciones burguesas” como la ambición personal o la glorificación del capitalismo y la libre concurrencia en el mercado.                        

    

     Los personajes de Pérec, epítomes del capitalismo, se frustran al ser expulsados del sistema queriendo pertenecer a él.                     

     El narrador de La maleta, trasunto indisimulado del propio Dovlátov, propone que la frustración soviética procede del deseo de abandonar el sistema comunista pero careciendo de la voluntad y los recursos suficientes para ello.                      


     Tanto Georges Pérec como Serguéi Dovlátov hacen dimanar el espíritu de las cosas de la propia configuración psicológica y del acervo cultural del individuo común. Su valor no es estrictamente monetario sino emocional y significador de un rango o de una aspiración de clase: importan en la medida que satisfacen o no anhelos y necesidades no siempre primarias sino de orden espiritual. Las cosas aportan dignidad y construyen identidades, caracteres y emociones. Del mismo modo, su carencia o pérdida pueden también disolver por completo al individuo o convertirlo en un simple propósito inconcluso.                     

     Dice Pérec: “Así vivían ellos y sus amigos, en sus pisitos simpáticos abarrotados de cosas, con sus salidas y sus películas, sus grandes comidas fraternales, sus proyectos maravillosos. No eran desgraciados. Cierta dicha de vivir, furtiva, evanescente, iluminaba sus días”. Más tarde, el desencanto: “Intentaron huir. No se puede vivir mucho tiempo en el frenesí. La tensión era demasiado fuerte en aquel mundo que prometía tanto, que no daba nada”. El capitalismo, para Jérôme y Sylvie, tiene siempre la coartada de la libre elección: la derrota corresponde en cualquier caso al individuo, a su incapacidad, a su falta de talento, a la mala suerte en un mundo en el que los recursos parecen ser ilimitados pero el acceso a ellos depende de azares ajenos a la naturaleza de la ley de la oferta y la demanda, a la que no puede exigírsele una conducta moral porque es básicamente un escaparate de alternativas de consumo que se prometen sólo de forma posibilista o abstracta, mera pornografía de la imagen que se basta a sí misma, usufructo contemplativo, de la misma manera en que el atrezo de una representación teatral insinúa un mundo que tenderá a desvanecerse un paso más allá de las tablas, una vez acabada la función. La única posibilidad de elección real para ellos no es el modo de vida ni la aspiración de clase, no es algo estructural, sino la coyuntura vaporosa de elegir o dudar entre el deseo de un artículo u otro. Nada más que eso. Ni más ni menos que eso.                       

     Dice Dovlátov, cuando su pareja se dispone a abandonar el país y le regala una camisa de importación, popelín de producción rumana: “Qué bien, muchas gracias. Una camisa decente, modesta, pero de buena calidad. ¡Viva el camarada Ceaucescu! Y… ¿para ir adónde me la voy a poner? En serio, ¿adónde?”. Compartir un gorro contra el frío con un amigo de trapicheos, recibir de la esposa de un diputado del Sóviet Supremo la tierna caridad de una chaqueta astrosa que el artista y miembro del Partido Comunista Fernand Léger le regaló a ella en su último viaje a París, apropiarse de unos guantes de chófer usados como vestuario en una obra teatral en la que el autor representaba al zar Pedro. Las cosas, los objetos, las posesiones como síntomas de una devaluación perpetua, de la carencia estructural: cuanto más se tiene, nunca es suficiente, más queda al descubierto todo aquello, esencial o no, que no se posee o a lo que no se puede acceder. Las cosas como vacío, como agujero negro, como retales de un vestido que nunca terminara de confeccionarse. Extraña paradoja.                     


     En 1978, Dovlátov abandona la URSS para no regresar jamás, emigrando a Estados Unidos. Allí iniciará la redacción de La maleta.                   

     Ese mismo año, Pérec publica su obra maestra, La vida instrucciones de uso. La cubierta de la primera edición está ilustrada con la fachada abierta de un edificio que parece una maleta abierta, llena de seres y enseres.                                      


     Los personajes de Pérec fracasan en sus aspiraciones y huyen a Sfax, ciudad portuaria de Túnez, escapando de un París que no es más que pretensión imposible. “Su soledad era total”, sentencia el autor. Las cosas termina, a modo de epílogo, con una cita de Marx: “El medio forma parte de la verdad, tanto como el resultado (…)”.                   

     Como fracasado profesional, Dovlátov hará balance al final de La maleta: “¿Así que era eso lo que había conseguido a lo largo de todos aquellos años en mi patria? ¿Y qué se supone que había conseguido? ¿Aquel montón de basura? ¿Una maleta de recuerdos? Llevo diez años en Estados Unidos. Tengo vaqueros, mocasines, zapatos deportivos, camisetas de camuflaje de Banana Republic. Ropa de sobra. (…) Y al final del tiempo que me ha sido asignado, compareceré ante otra puerta. Y llevaré en la mano una maleta estadounidense barata”.                   


     Pérec, un filocomunista tibio en un país opulento.                   

     Dovlátov, un comunista a la fuerza sin más opciones que la aceptación, el sarcasmo y la disidencia terminal.                  

     Uno y otro, obsesionados por las cosas que daban perfil a sus mundos o los desdibujaban por completo.                  


     El capitalismo y el comunismo como sistemas integrales de carácter antinatural que generan conductas antisociales, como marcas de agua de las que el individuo no puede deshacerse a lo largo de su vida. Preparando a sus gentes para el deseo de las cosas desde prismas opuestos: la abundancia y la carestía. Haciendo de los objetos una falsa representación de un mundo que no existe, que no puede existir porque invierte los papeles: no posee el hombre, son las cosas las que lo poseen.                   

     El mundo cabe en una maleta. Porque sólo está lleno de objetos.