ISSN 2767-1844
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Rata
Por Nicolás Melini    / Publicado en Mayo, 2021

"Es como si un inmenso grafiti se hubiese posado sobre el mundo, y, sin embargo, no se trata de uno solo, sino de muchos, miles, decenas de miles, y han sido pintados noche a noche durante las noches de hace ya mucho tiempo".

CUENTO

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Es un descampado. Incluso allí donde es asfalto y pasan los coches parecía que fuese, estuviese, descampado. Por debajo de la estructura que sostiene los grandes carteles publicitarios —una larga ristra de ellos, que parece pretender ocultar la planicie del paisaje—, se atisban unas montañas allá, muy lejos. Pero, más cerca (y sin embargo diminutos), se observan los almacenes y las naves de un polígono industrial, un concesionario de coches en medio de la nada, el cartel pintado a mano que anuncia la venta de piscinas (que deben de encontrarse tras el muro blanco descascarillado y los cipreses, porque se observa algo de azul-fondo-de-piscina erguido por encima de ellos; piscinas en pie para que se vean a lo lejos), y eso es sólo una parte de lo que hay alrededor, en las distintas distancias, desde los diferentes puntos de vista. Nadie camina, sólo se mueve el tráfico cercano, el tráfico lejano, un avión que surca por encima del luminoso de un Alcampo. Porque se lee mucho en el descampado. Marcas. Ofertas. Precios. Logos. Eslóganes. La visión de las letras aparece por encima de los yerbajos ocres y los montículos de viejos escombros acumulados, abandonados y cubiertos por la vegetación rala por la que nadie, nunca, camina. Hay un camino que cruza los montículos hacia allá —alejándose—, como si fuera de una autovía a otra; pero más que un camino parece una barranquera, unos surcos en un trecho alargado de tierra prensada, que casualmente daría a la trasera de un pequeño almacén, quizás una venta, un bar; no se sabe, imposible saberlo sin ver el frontal, y está demasiado lejos. El logo de IKEA se encuentra, diminuto, aún unos 10 o 12 kilómetros más allá, simulando renombrar el confín, un confín —uno de los tantos confines que hay a la redonda—. Todo el descampado (hasta lo que no lo es, incluso lo que cuenta con un adentro lleno de cosas que vender, incluso los afueras vallados o con paredes o con límites de vegetación), todo es descampado aquí y el tipo, un tipo —por fin alguien—, se encuentra de pie, medio de espaldas, mirando unos metros más allá algo que debe de encontrarse a la altura del suelo, sobre un escalón escombrado, quizá, pero da igual porque él echó a andar, vacilante en su abrigo, huidizo aunque enseguida volvió a detenerse y mira en otra dirección, pero aún de espaldas, el rostro en escorzo. Ahora su mirada sí se levanta a la altura del horizonte, a la altura de los letreros y los logos, y él rumia algo allí, delante de sí, o, mejor dicho, lo roe con la mirada y echa a andar de nuevo, huido, como huyendo, escondido en la inmensidad del descampado seudo urbano, pisando las piedritas compuestas —se diría—, compuestas por los materiales de construcción de todo lo que hay en la zona, de lo primero a lo último que hay fabricado a la redonda hasta lo lejos.     

     De dónde viene. A dónde va.      

     En medio de todo, sobre las piedras del descampado, ha quedado la ruina de una pared de algo —cualquiera sabe lo que era esa construcción, si una casa, una tapia o cualquier otra cosa—, una pequeña porción de pared terrosa, cubierta por viejos grafitis descoloridos, sobre un escalón de yerbajos. Hasta el escalón de yerbajos sobre el que la ruina se asienta parece parte de la ruina, pertenece al otro tiempo, no a este de camino de tierra apelmazada como una barranquera, y el tipo pasa por su lado, alejándose hacia donde no se sabe dónde, y se pierde de vista detrás de la ruina, aunque esta es tan poca cosa (un metro de largo, un par de palmos de ancho y dos metros de alto, tal vez), y permanece oculto allí detrás hasta que aparece por el otro lado de la porción de ruina grafiteada, solo que ahora lejos, alejándose, aunque se vuelve a detener, allí donde no hay nada, pero nada en absoluto, aparentemente.      

     Kilómetros más allá, en el corredor de autovía por el que se sale de aquí o se viene hasta aquí —desde o hasta la capital por la autovía—, los grafitis cubren toda superficie de pared que se halle en pie. Las “paredes militares” de Cuatro Vientos, las construcciones medio abandonadas o abandonadas del todo, los muros con garita de vigilancia y alambres, las mismas garitas de vigilancia y los antiguos hangares y una torre de agua y todo el camino de autovía hasta la capital, sin interrupción, con sus barracones militares abandonados a un lado, a la derecha. Es como si un inmenso grafiti se hubiese posado sobre el mundo, y, sin embargo, no se trata de uno solo, sino de muchos, miles, decenas de miles, y han sido pintados noche a noche durante las noches de hace ya mucho tiempo, porque apenas se aprecian grafitis recientes, de colores lustrosos. Y ahora que atardece y el hombre casi desaparece en la distancia, la pequeña porción de pared de esta antigua construcción derruida —derribada, probablemente, por los bulldozers o las excavadoras que no se encuentran a la vista, pero que en algún momento debieron pasar por aquí— queda sola en medio de la nada del descampado, vestigio también de los grafitis que cubrieron las superficies de este lugar que ya no existe.

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