ISSN 2767-1844
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RESEÑA

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Un hombre no tiene una identidad, a no ser que tenga un secreto, escribió Vila-Matas. Y esa idea, la de guardar un secreto y que este acto otorgue identidad es muy interesante. Porque, ciertamente, no solo los individuos tienen secretos. También las naciones los tienen. Incluso, a veces, pareciera que el mismo mundo no podría existir sin secretos. Como si no le fuera posible resistir un haz de verdad tan demente.      

     Esos secretos que las naciones y los individuos esconden, siempre lo que terminan escondiendo, por supuesto, es una identidad. Una identidad que no se quiere, por miedo o por vergüenza, que se conozca. Y la literatura, al menos mucha de la literatura escrita de este lado del mundo, a veces se encarga de poner sobre la mesa de forma vigorosa, irónica o descarnada, ciertos secretos que terminan dándole vida a un mapa duro, pero necesario de revisar.     

     No hablaré de tradición ni de canon, conceptos que me resultan siempre conflictivos, porque alejan en algo el extraordinario albedrío que debería tener el arte, pero sí de un camino sinuoso, si se quiere ver así, y pujante también, templado por algunas obras que sin duda ayudan a construir un relato latinoamericano que siempre sigue incompleto, que está constantemente cayéndose a pedazos o siendo falsificado o reinventado por quienes ostentan el poder. A veces parece que existen tantas versiones de la Historia como tantos secretos.     

     Novelas como 2666 de Roberto Bolaño, Tríptico de la infamia de Pablo Montoya, Vivir abajo de Gustavo Faverón y La escalera de Bramante de Leonardo Valencia son ficciones que en su variado tejido terminan abarcando dos continentes, así como las retorcidas relaciones que han existido desde hace siglos entre ambos. Los secretos y la identidad (incluso la que negamos) atraviesan estos libros en todas sus páginas.     

     La escalera de Bramante de Leonardo Valencia es una obra ambiciosa construida con una impecable habilidad, persiguiendo la idea de la novela total y refundiendo ficción e historia con el antojo de quien quiere contarnos el secreto del arte versus las ideologías. O depositar al lector frente a esos dos caminos. Como si ser latinoamericano, parecería decirnos Valencia, es enfrentarse siempre ante este dilema. Ciertamente ser un autor latinoamericano es no poder esquivar la necesidad de poner en el centro de la ficción la recuperación de algo perdido. Hay un sinnúmero de obras elevadas bajo ese sentido. No me refiero a ninguna militancia artística. Hablo de una literatura que funciona como antropología imaginaria de una época y situación determinadas.     

     La escalera de Bramante, dentro de esa amalgama de historias y personajes que suben y bajan por peldaños de fechas y lugares, tiene dos hélices cardinales. Hay dos historias principales que se conectan y se distancian dejando una circunferencia entre ambas que se amplia y se reduce dependiendo de su lectura. La primera es la historia del pintor alemán Landor, vinculada a heridas propias dejadas por la Primera y Segunda Guerra Mundial. Un pintor que no puede culminar un retrato: el de la enigmática Dora Lerner. Historia que se desarrolla entre viajes a diferentes partes de Europa, enlazando finalmente con Quito, donde este pintor habría dado en algún momento una charla. Pero también se agita a su capricho a través del tiempo. Y es en ese perpetuo movimiento de aguas donde irán apareciendo otras historias o piedras diminutas: como la del poeta Robert Desnos después de librarse de un campo de concentración nazi. O la historia de la pintora guayaquileña Araceli Gilbert y su obsesión con la canción de un músico de jazz, que habría servido de base para uno de sus cuadros. Cada pequeña historia va agregando reflexiones e inolvidables momentos.     

     La segunda gran historia que encierra La escalera de Bramante, su segunda hélice, es aquella que se urde gracias al diálogo entre dos amigos: Álvaro Abugatás y Raúl Coloma. Conversación organizada por el primero para que el segundo recupere su memoria. Y que nos guiará hacia la vida de estos dos amigos de colegio que terminarán en el mundo del arte. Uno se hará pintor y el otro, escultor. Y entre ambas orillas artísticas lo que se agitará será la realidad de una violencia política que pondrá a los personajes a moverse de un lado hacia el otro en una espiral de conspiraciones, decepciones, mentiras y muertes. Aquí emergerán figuras importantes y momentos controversiales del Ecuador de la década de los ochenta: la guerrilla Alfaro Vive Carajo, bajo el nombre supuesto de Los Hermanos Menores; el secuestro de Nahím Isaías (también con nombre apócrifo) y las denominadas «recuperaciones bancarias»; al igual que la muerte de Arturo Jarrín Jarrín en Panamá, donde fue atrapado por la CIA y le serrucharon los dientes. Incluso el hermano de Álvaro Abugatás se convertirá en guerrillero, adoptando la clandestinidad hasta desaparecer del mundo sin dejar rastro. Valencia ha delineado con maestría a una guerrilla parida de la clase media alta quiteña. Hijos de diplomáticos y gente que se paseaba por Europa o viajaba hasta allá a realizar estudios. Incluso por momentos, Rogelio Abugatás, el hermano clandestino y cazador, se me parece mucho a Hammet Vásconez, quien fuera el segundo al mando de AVC.      

     Entonces el color rojo, un color que Landor, el pintor alemán ha explicado que no puede pintarse usando directamente el rojo, es también el color que Álvaro Abugatás escoge para todos sus cuadros. Un color rojo que aparece y desaparece durante las 600 páginas de esta novela. Un color que esconde secretos. Un color que no debe atraparse directamente sino mezclando colores. Un color que en su mezcla exhibe una identidad dramática que es también el color de los asesinados en dos guerras mundiales, de los inocentes, así como de los guerrilleros y los militares que se enfrentaron por décadas del siglo XX en algunas partes del mundo.       También en múltiples momentos los personajes, vinculados a cualquier arte, sea la pintura, la música o la actuación, deben enfrentarse al conflicto exigente e inhumano de las ideologías. Algunos se verán atrapados y su destino será dramático. Otros, escogerán el arte y el olvido. Como la pérdida de memoria en la que reposa plácidamente el gran escultor Raulito, quien vive ajeno a su fama, soñando incluso con destruir todas sus creaciones. O el Museo Waldig que dispone Landor para su obra final antes de morir. Un museo totalmente abierto donde las piezas expuestas se irán corroyendo. Casi como la aceptación de una realidad que produce un arte que debe ser borrado para el nacimiento de otro arte que también será pretencioso y merecerá su extinción.      

     Es así como La escalera de Bramante parece advertirle al lector un último secreto. La conciencia de que tanto las ideologías como el arte pueden ser borrados, hacerse polvo. Y que en contraste con lo que nos han narrado, me refiero a la historia de los caudillos heroicos latinoamericanos, luce más noble jugarte la vida por un arte que carece de propósitos. Que no desea poder alguno. Que lo único que sueña es con ser observado por unos segundos antes de incendiarse por completo.

"Es así como La escalera de Bramante parece advertirle al lector un último secreto. La conciencia de que tanto las ideologías como el arte pueden ser borrados, hacerse polvo. Y que luce más noble jugarte la vida por un arte que carece de propósitos. Que no desea poder alguno. Que lo único que sueña es con ser observado por unos segundos antes de incendiarse por completo".

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La escalera de Bramante
Leonardo Valencia (Seix Barral, 2020)

Reseña de Ernesto Carrión     / Publicada en Mayo, 2021