ISSN 2767-1844
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2. El Perú, desde lejos


2.1. Quo Usque Tandem

En la vieja Roma senatorial del siglo I a.C, los gastos que demandaba la postulación al cargo de cónsul —dos cargos que se elegían anualmente— resultaban ser exorbitantes incluso para los más acaudalados ciudadanos de la república. No obstante, la operación era, a la larga, redituable: al concluir sus funciones, los políticos, por lo general, habían ya recuperado holgadamente los gastos abonados durante la campaña. El senador Lucio Sergio Catilina formaba parte de la aristocracia más rancia de Roma; pero sus continuos fiascos por alcanzar el poder lo habían empujado primero al desencanto y finalmente a la ruina económica. Aliado con otros “desesperados de la clase alta que se encontraban en apuros similares”, había intentado apoyarse en el malestar de los indigentes de la ciudad a quienes dio su palabra de proscribir todas las deudas contraídas con el Estado para ganarse con ello su simpatía. Cuando fracasó por segunda vez en el año 64 a.C. —según parece por apelar al miedo como táctica y a un populismo tan radical que resultaba embarazoso hasta para sus propios simpatizantes—, no tuvo más remedio que apelar a la última de sus artimañas para obtener la tan apetecida investidura: la conspiración militar. Llegó a financiar y reunir un considerable ejército en la Etruria con la que se proponía no solo exterminar a todos los cargos electos de Roma sino también reducir, de ser posible, la ciudad a ruinas. Abundan hoy los documentos que apoyan la teoría de la conspiración del infortunado Catilina, aunque serán todavía insuficientes —y probablemente siempre lo serán— para revelar en su real dimensión la envergadura de sus implicancias, entre otras cosas, porque nunca se supo realmente quienes lo apoyaban antes de verse expuesto en el propio senado. Porque al final, su rebelión fue descubierta y denunciada públicamente por el entonces cónsul Cicerón —que, por su parte, lo había derrotado en las elecciones—, y acabó muerto en el campo de batalla, vencido —todo hay que decirlo— dignamente, por las legiones del comandante Antonio Híbrida.

            Gracias a esta hábil maniobra de vigilancia y exposición política, Cicerón elevó seguidamente su imagen pública hasta ser proclamado como salvador de la patria, pater patriae, eufemismo con el cual, muy indignamente, hoy designamos a nuestros propios congresistas. Tomó poco tiempo, sin embargo, que los excesos legalmente concedidos al cónsul —en particular, la ejecución de varios ciudadanos romanos acusados de formar parte de la revuelta, sin juicio previo— terminaran perjudicándolo, cuando al fin sus opositores decidieron examinar con más moderación las decisiones que había tomado durante los eventos que el historiador Salustio denominó De Catilinae coniuratione. Y así como alcanzó raudamente la gloria, Cicerón también la perdió. Poco más de veinte años después, fue decapitado por los partidarios de Julio César durante las guerras civiles que siguieron al Idus de marzo del año 44 a.C.

            En su momento de mayor popularidad, Cicerón escribió algunos discursos magníficos, elogiados durante siglos como ejemplos de la más sublime retórica latina. Entre los más célebres, desde luego, encontramos las llamadas Catilinarias, cuya famosa apertura reproduce la interpelación que dedicó a Catilina en el senado romano la tarde en que lo desenmascaró:

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia? Nihilne te nocturnum praesidium Palati, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi, nihil concursus bonorum omnium, nihil hic munitissimus habendi senatus locus, nihil horum ora voltusque moverunt? Patere tua consilia non sentis, constrictam iam horum omnium scientia teneri coniurationem tuam non vides? Quid proxima, quid superiore nocte egeris, ubi fueris, quos convocaveris, quid consilii ceperis, quem nostrum ignorare arbitraris?

[¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos sé arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este protegidísimo lugar donde el Senado se reúne, ni las miradas y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves tu conjuración fracasada por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste; a quiénes convocaste y qué resolviste?]

             De Catilina escribió Salustio: “A este, desde la adolescencia, le resultaron gratas las guerras civiles, las matanzas, las rapiñas y las discordias ciudadanas. Y en ellas estuvo siempre ocupada su juventud”. A este episodio, suerte de moraleja arquetípica para los más audaces perdedores políticos de la historia, le ha dedicado un magnífico capítulo Mary Beard en SPQR. Una historia de la antigua Roma (Barcelona: Crítica, 2016).


2.2. El largo sueño

A mitad de aquel relato que, de una forma u otra, ya todos conocemos gracias a esa memoria colectiva que es la tradición popular, el viejo Rip Van Winckle retornaba a su villa, todavía un poco desorientado a causa de la siesta que se había prolongado más de la cuenta en el corazón de las montañas. Las orillas del Hudson, en Nueva York, hacía mucho que habían dejado de ser el lindero inocuo de una aldea colonial holandesa para convertirse en el límite de una ciudad en donde, como evidencia de su desarrollo urbano naciente, sus habitantes ahora se regodeaban vivamente en la práctica de una flamante democracia. Rip Van Winckle, sin embargo, lo ignoraba. En la taberna que solía frecuentar hasta poco antes de su largo sueño, es abordado, a su regreso, por ciertos desconocidos que lo encaran con un vivaz e inquisitivo entusiasmo: “¿Es usted federal o demócrata?”. Que el anciano se reivindique súbdito del rey Jorge III mientras los vecinos se aprestan a votar no parece en absoluto prudente —es lo que, de hecho, traza el acontecer humorístico del relato de Irving—; pero Rip Van Winckle, apolillado demasiado pronto, ignora los cambios que han sobrevenido a su alrededor y responde honestamente, insistiendo en la que considera una respuesta tradicional, y, naturalmente, poco inconveniente. Son los vituperios de deslealtad contra la república con los que es acusado a continuación los que, en realidad, lo despiertan. El pobre infeliz no tiene la culpa, después de todo, de haberse quedado dormido el día anterior. Se había acostado colono y ahora, veinte años después, despertaba convertido en un demócrata.

            Algunos han visto en esta alegoría del siglo XIX, precisamente una advertencia sobre la celeridad con que se desarrolló la historia americana. A fin de cuentas, cuando Washington Irving publicó este relato allá por 1819 en un volumen titulado The Sketch Book of Geoffrey Crayon, la joven república del norte empezaba a imaginar su propia narrativa nacional sobre la base de una idea, por entonces, revolucionaria. No olvidemos que el populismo nació, radicalmente, en los Estados Unidos. ¿Quién era capaz de seguirle el ritmo a ese brillante pueblo de extramares que se fundaba sobre la novedad del excepcionalismo y de la utopía democrática? Naturalmente, la modernidad estaba destinada a avanzar más de prisa a partir de entonces, tanto en su suelo como fuera de él. Y los habitantes que coincidían en ese mismo periodo se veían sin duda apremiados para despertar, de súbito, como el viejo Rip Van Winckle, en un desconcertado y siempre obsoleto intento de habitar un nuevo tiempo histórico.

            Esta historia, con las exageraciones propias de los sumarios y las simplificaciones, no es en todo caso ajena al relato de todos los despertares prematuros que las naciones han debido atravesar a lo largo del tiempo. Cuando al anacronismo del Japón imperial lo sacudió el resplandor de una ojiva nuclear aquella mañana del 6 de agosto de 1945 a las 8:15 am, hacía meses que los estadounidenses se preguntaban cómo terminar con un guerra desconcertante. La solución militar fue, a todas luces, criminal; por lo que meses más tarde, intentando subsanar en parte dicha atrocidad, la Oficina de Información de Guerra de los Estados Unidos le solicitó a la antropóloga Ruth Benedict que los ayudara a descifrar la mentalidad contradictoria de aquel pueblo milenario con el que habían inaugurado el periodo de la catástrofe atómica. Al cabo de un año, Benedict publicó un texto titulado El crisantemo y la espada: Los patrones de la cultura japonesa (Madrid: Alianza Editorial, 2011), donde entre muchos temas de interés presentó su hipótesis —hoy controvertida, pero no por ello poco razonable— sobre la diferencia entre los pueblos que se guían por la vergüenza y aquellos otros que lo hacen por la culpa.

            Los japoneses, razonó Benedict, al igual que otros pueblos de fuerte raigambre tradicional —el helenista Eric R. Dodds aplicaría esta teoría, años más tarde, a la cultura micénica en su maravilloso libro Los griegos y lo irracional (Madrid: Alianza Editorial, 2019)—, se guían moralmente por una gran responsabilidad colectiva. Por eso sus acciones son graduadas a partir de la opinión de los otros. A los estadounidenses, por ejemplo, les desconcertaba descubrir que los prisioneros japoneses que conseguían capturar —esos mismos japoneses que minutos antes habían visto lanzarse voluntariosamente sobre sus portaviones o abriéndose el vientre ante la inminencia de la derrota— no solo se resignaban a la rendición sino que, además, se convertían, en adelante, en aliados muy firmes. Esto tenía un explicación para Benedict: ser derrotado era ya para los japoneses una muerte moral tan definitiva y tangible como la biológica. Si no eran capaces de suicidarse antes de caer cautivos, ya no se veían dignos de retornar al Japón, ni a su comunidad ni a su cultura, por lo que colaborar con los estadounidenses era, en consecuencia, una forma de morir y renacer ya del todo forasteros a su antigua memoria grupal. La reacción, por el contrario, del individuo estadounidense —heredero de la tradición de los valores judeocristianos— era distinta bajo esas mismas condiciones. Ninguno anhelaba, ciertamente, la muerte; pero tampoco abandonaban su entereza ante el enemigo, incluso cuando este volcaba todos sus esfuerzos en doblegar su voluntad. De allí la resistencia obstinada o la traición culposa con la que sobrevivían a sus cautiverios en el Pacífico.

            ¿Qué habrá sentido Rip Van Winckle cuando, finalmente, dejó de reivindicarse súbdito del rey Jorge III para aceptar su repentino despertar democrático? Tal parece que no sintió vergüenza, aunque sí, quizá, una muy discreta culpabilidad. Por lástima, el desarrollo de este aspecto de la historia no le interesaba demasiado a Washington Irving, quien nos niega toda información al final del cuento: “Rip no era ningún político; las transformaciones de los Estados y de los imperios le hacían muy poca impresión”. Irónicamente, sin embargo, añade en seguida: “Había una especie de despotismo bajo el cual había gemido durante muchos años: la dictadura de las faldas.” Liberado, en última instancia, de la tiranía de su esposa, el viejo puede dar rienda suelta a su holgazanería, convertido no solo en ciudadano sino también en un memorioso patriarca.


2.3. La memoria de las víctimas

Dice el historiador italiano Enzo Traverso en Melancolía de Izquierda. Marxismo, historia y memoria (México: FCE, 2018), que a partir del año 1989, cuando el bloque comunista cedió su lugar al mundo unipolar que hoy vivimos, la utopía empezó a desaparecer como un impulso de la imaginación política. A partir de ese momento, solo se puede traspasar el lindero que desdibuja el territorio del Capitalismo a través de la catástrofe como trayectoria, lo cual significa que cualquier alternativa factible, o bien resulta ser apocalíptica —un colapso ecológico, por citar un ejemplo— o bien amenazadora. Atendiendo a esta última posibilidad —el escenario radicalmente posible de lo amenazador—, es revolucionario todo cambio que se perpetre sobre aquello que es percibido como un estado estacionario o presentista. De este modo, el futuro, incluso, acaba por resultar incómodo. “La obsesión por el pasado que da forma a nuestro tiempo”, escribe Traverso “es la resultante de ese eclipse de las utopías: un mundo sin utopías mira inevitablemente hacia atrás. La aparición de la memoria en el espacio público de las sociedades occidentales es una consecuencia de ese cambio”. Este último párrafo, cinco años después de la publicación del libro, explica por qué la obsesión con las memorias “amenazadoras” de un retorno a la Guerra Fría vienen incrementándose últimamente en el discurso público. La melancolía ha dejado de ser entonces, podría afirmarse, un sentimiento patrimonial de la izquierda.

            La melancolía, que es el ámbito de lo no resuelto, la zona fantasmal de la subjetividad, es siempre un estado del aplazamiento o de la postergación. No es lo mismo ser, a los ojos de la historia, una víctima que un vencido, aunque muchas veces ambas figuras pueden coincidir en el relato de una misma experiencia. En las luchas torpes e innecesariamente prolongadas de hoy, es todavía muy prematuro para hablar de vencidos y, por eso mismo, resulta más fácil referirse a las víctimas, sobre todo si uno se convence de que la víctima es uno mismo. El discurso de la victimización, aunque profundamente contagioso, nunca será tan turbulento ni autorreflexivo como el de la derrota. De la derrota se puede despertar, lo que significa llevar al plano de lo político la voluntad del duelo, es decir, de lo futuro.

 

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"Es muy prematuro hablar de vencidos y, por eso mismo, resulta más fácil referirse a las víctimas, sobre todo si uno se convence de que la víctima es uno mismo. El discurso de la victimización, aunque contagioso, nunca será tan turbulento ni autorreflexivo como el de la derrota. De la derrota se puede despertar, lo que significa llevar al plano de lo político la voluntad del duelo, es decir, de lo futuro".

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