ISSN 2767-1844
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"Atrás quedaban aquellas imágenes rompedoras que habían agitado el panorama artístico de Barcelona, treinta años antes. Según nos explica Nadia Hernández, la razón que motivó ese giro es clara: Sacharoff no deseaba luchar más contra su condición de mujer, pintora, vanguardista, rusa y expatriada".

Estética
covidiana

Por Mónica Belevan

Existen lugares que albergan un mundo. Un universo en miniatura, evocado de forma fugaz por quien lo observa cuando pasa a su lado. El lenguaje lo revive, lo trae de vuelta, aunque esa mención solo dure unos segundos y no pase de una simple oración enunciativa: «En esta casa, entre 1935-1950, vivió y creó su obra la pintora Olga Sacharoff». Apenas nos bastan unas pocas palabras para que la realidad se expanda y nos desplace desde el jardín de la entrada hasta la memoria. Hacia esas zonas oscuras del pasado que nos aproximan a una época en la que hubo gente que fue, por un momento, ligeramente feliz.

            En la calle Manacor uno se encuentra en un barrio de Barcelona, pero no en Barcelona. No es que la ciudad quede a nuestros pies, es que la ciudad ha desaparecido. Subimos por el Putxet y la sucesión de palacios y casas de belleza remota nos hace escabullirnos del presente para retroceder muchos años atrás. Sin darnos cuenta habitamos un territorio distinto, alejado de Barcelona. Allí, en la ladera de la montaña, la vida sucede de otro modo.

            En el número 3, una nueva edificación se oculta entre los árboles. El tono ocre de la tapia adopta el color terroso de la naturaleza urbana. Tres palmeras ascienden como chimeneas de una antigua fábrica. La plasticidad existe, aunque es discreta, sin grandes alteraciones. Solo algunas explosiones de luz que proyectan varias flores amarillas y violetas. Las ventanas, a lo lejos, dan paso a un escenario en el que parece congregarse todo: quién fue una pintora, cómo se desarrolló una época, en qué consistió una ciudad.

            El malogrado Salvador Font i Rius, un pintor ya casi olvidado, fue una de las primeras personas que me habló de Olga Sacharoff. Lo hizo con entusiasmo, con ese tipo de exaltación que tiene más que ver con una deuda de vida que con un interés desmesurado. En cierta forma, Sacharoff había sido quien le encaminó a la pintura, aunque Font i Rius abandonara pronto su carrera artística y optara por ocultar sus cuadros en una pequeña casa de Mont-roig del Camp. No obstante, la primera noticia que tuve de Olga Sacharoff no vino de Font i Rius, sino de un cuento. Se titula “Tuyo es el siete”. Su autor, Juan Vico, lo publicó hace siete años. Por conmemorar esa coincidencia de fechas decidimos, una tarde de 2021, subir hasta el número 3 de la calle Manacor.

            Buena parte de lo que sé sobre Sacharoff lo aprendí durante aquel paseo. Al llegar a su casa y pararnos frente a ella, tuve la sensación de que en ocasiones nos bastan unas pocas palabras, proferidas en un tramo breve, para que ciertas personas nos alcancen para siempre. Como si, llegados a un punto, no nos hablaran de alguien, sino que nos empujaran a su recuerdo.

            El recuerdo, aquí, abarca también a una ciudad. Durante el primer tercio del siglo pasado, me explica Juan, Barcelona era un París de tercera clase, un simple refugio donde dejar pasar la guerra del 14. Eso hizo que Olga Sacharoff y su marido, Otho Lloyd, vinieran a Barcelona, primero como visitantes esporádicos y, más tarde, como residentes perpetuos. Si hacemos caso a Eugenio d´Ors, fue Josep Dalmau quien la trajo a Barcelona por primera vez, a finales de 1915. Sus primeras residencias orbitaron alrededor de la plaza de Lesseps, en la calle de los Albigesos y en Luis Antúnez. Años después, se mudó a esta casa de la calle Manacor. Su vida, de ese modo, quedó anudada no solo a una ciudad, sino a un barrio. La colina fue, por un momento, una réplica de Montparnasse.

            Según el historiador Alexandre Cirici, Sacharoff introdujo el cubismo en Barcelona. Ni Picasso ni Braque, fue ella quien se encargó de presentarnos la primera vanguardia. En sus cuadros Sacharoff nos exponía un mundo diferente, inquietante y profundo. Un universo de ojos vacíos que escondían secretos inconfesables, con personajes secundarios, como a pie de página, que activaban nuestra imaginación cuando los observábamos de espaldas. En 1923, tuvo cierto éxito y la crítica se comenzó a fijar en ella. También lo hicieron diferentes galerías y publicaciones: Excelsior, Mercure de France, Les Nouvelles littéraires, Le Petit Parisien.

            Sin embargo, a pesar de aquel reconocimiento, pocas veces se la menciona como representante de un ismo. O como el motor de arranque para una nueva corriente. Con el tiempo, su estilo, rompedor en su primera etapa, va acomodándose a formas clásicas y predecibles. Cuando se instala definitivamente en Barcelona, en los años cuarenta del siglo pasado, su pintura se vuelve definitivamente más realista, serena, alejada de aquellas figuras iniciales que la emparentaban con Rousseau y Modigliani. Aquí adopta un estilo dulce, naif en ocasiones, aunque algunos críticos hayan visto en esas composiciones ecos del arte iraní y el Trecento italiano.

            En cierta forma, Sacharoff ha claudicado. Por eso, durante la posguerra española y los años siguientes, se convierte en una pintora de retratos. A la burguesía catalana le gustaba servir de modelo para Sacharoff, como símbolo de distinción de una clase social que jugaba a ser aristocrática. No hay nada cubista en esos cuadros. Solo retratos amables de gente acomodada. Casi cien piezas al año, todas por encargo. Atrás quedaban aquellas imágenes rompedoras que habían agitado el panorama artístico de Barcelona, treinta años antes. Según nos explica Nadia Hernández, la razón que motivó ese giro es clara: Sacharoff no deseaba luchar más contra su condición de mujer, pintora, vanguardista, rusa y expatriada.

            Toda esta vida vuelve ahora, mientras observamos la casa de la calle Manacor. Una vida amplia y reducida; una historia breve que se dispara. Se convoca el pasado a través de una puerta cerrada, porque la vivienda ya tiene otros propietarios y a nosotros solo nos queda fabular a distancia. No poder acceder al jardín es la metáfora perfecta para una historia también clausurada. Lo que recordamos se filtra con la imaginación. Con el deseo de imaginación. Eso es lo que hacemos cuando nuestra memoria no alcanza: rellenar los huecos con pequeñas licencias inventadas que nos sirven para entender mejor qué sucedió. Así evocamos un tiempo pretérito, como una cascada de imágenes que parten de la realidad y terminan en el sueño. Y así esperamos Juan y yo, mientras se despliegan fotogramas y sentimos que nos adentramos en una propiedad privada, abierta de par en par para que podamos movernos por cada rincón de la casa. Avanzamos por el jardín y proyectamos experiencias remotas, perdidas en la noche de los tiempos: las vacaciones en Tossa de Mar y las sesiones de espiritismo con Arthur Cravan; la escena de La colla, el cuadro que pintó Sacharoff para retratar a sus amigos; las personas que pierden su realidad para convertirse en seres menos reales, pero más duraderos; la belleza triste, la elegancia que decae; los nombres cazados al vuelo como puntos de encuentro con la lejanía (Colette, Amat, Bolarque); la gente que se congregó en aquel vergel de la calle Manacor; las obras de teatro, las paellas o el té servido a la manera rusa, con el samovar como protagonista; el espíritu heterodoxo y ligeramente feliz, como de vida breve; los desniveles pronunciados que, junto a las flores, los gatos y los perros rescatados, hacían del jardín un espacio intermedio entre el romanticismo y la vanguardia; las memorias prestadas de quienes sí estuvieron: Cirlot, Perucho, Lola Anglada, Miró, Tàpies, Mompou, Soledad Martínez, Mallol.   

            Un jardín es capaz de inaugurar un mundo. Y también de clausurarlo. Un pequeño paraíso escondido en una villa dentro de otra villa. Un lugar de encuentro que conecta, tiempo después, con la presencia de dos personas que se detienen, observan y se dedican a imaginar el pasado. Desde fuera, sin certezas ni datos inapelables, solo con memoria y deseo. Un jardín selvático en una esquina del Putxet, con terrazas y escaleras que ascienden hacia un mundo que desapareció, como la arena de una playa.

            Barcelona era una ciudad delirante y llena de luz. Sin embargo, esas luces también se apagan. Lo que nos quedan son las sombras. El mensaje cifrado de las tapias. Las palabras ocultas en paredes que desconocemos, porque de todo aquello ya no queda nada. Son otros habitantes los que han venido a reclamar su propia historia. Por eso, Juan y yo decidimos marcharnos de esa esquina de la ciudad. Abandonamos la calle Manacor mientras me viene a la memoria un fragmento de “Tuyo es el siete”. Así es la vida, pienso yo también: un relevo constante. Una nueva esperanza que se erige sobre las cenizas. Tras los recuerdos, siempre hay una semilla que hace florecer una oportunidad para seguir adelante.


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