ISSN 2767-1844
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Quedamos para conversar un viernes y está en Atenas. Le cambio la cita y me dice que el siguiente viernes estará en París. La vida de Rodrigo Rey Rosa es un constante viaje que se manifiesta en todos los lugares donde ocurre su literatura. Con doce novelas escritas y dos películas (aunque no le guste hablar de sí mismo como director de cine) Rodrigo Rey Rosa es probablemente uno de los escritores centroamericanos más prolíficos y agudos de su tiempo. Entre sus novelas está Lo que soñó Sebastián (1994) que ocurre en la selva del Petén, frontera con Belice, en Guatemala, donde el autor vivió por más de un año. Fue con la intención de pasear a sus amigos españoles, pero se enamoró de ese lugar y se quedó un largo tiempo. En la novela, como en la película, trata de registrar la vida de los cazadores de la zona, así como su gran diversidad. La película se filmó diez años después del libro, y ahora es un documento de memoria, porque el Petén ha sido destruido por la mano del hombre. El País de Toó (2018), es una historia que contrasta la vida de una pareja de gente guatemalteca de clase alta dueña de petroleras transnacionales. El otro gran personaje es Polo, un activista ambientalista que fue amigo personal de Rey Rosa, y quien defendía la ecología: se oponía a las inversiones que destruyeran el medio ambiente. En medio de esos mundos está la comunidad de Toó, que sigue funcionando de manera comunitaria maya, pero adaptada a la modernidad. Allí los personajes literalmente renacen. En Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre (2020), el narrador, otro alter ego de Rodrigo Rey Rosa cuyo nombre también incluye las tres Rs, Román Rodolfo Rovirosa, le escribe una larga carta al Papa Francisco explicándole cómo las tierras de la comunidad Kaqchikel de Santa Cruz Canjá (un pequeño pueblo al norte de la Ciudad de Guatemala) han sido expropiadas a los cófrades por la Iglesia Católica, cuando en realidad les pertenecen. Esta novela epistolar muestra de manera magistral la simbiosis entre la religión maya y la católica y cómo lo maya persiste escondido o fusionado con el catolicismo. En Cárcel de árboles (1991), novela de ciencia ficción, la doctora Pelcari, que tiene un laboratorio macabro en la selva del Petén, y cuyo accionar resuena con los procedimientos del doctor Mengele en Auschwitz, les ha hecho una operación quirúrgica a los prisioneros para que solo puedan pronunciar una sílaba, con lo cual estos hombres-zombie sólo pueden aceptar órdenes de los militares. En su experimento científico se olvidó de amputarles el pedazo de cerebro donde sí podrían analizar textos complejos por escrito. Eso es precisamente lo que pasa en la novela. Un preso se da cuenta de que, por más que todos los prisioneros han sido transformados en hombres-máquina, él tiene la potestad de crear pensamientos complejos a través de la escritura y deja su testimonio en un cuaderno. Finalmente, El material humano (2009), su novela más leída, es intencionalmente una obra de autoficción que transcurre en la Ciudad de Guatemala cuando Rey Rosa regresó de Tánger, Marruecos, y visitó el Archivo de la Policía Nacional, un edificio siniestro que antes fue la cede castrense donde los militares de ultraderecha dirigidos por el general Ríos Montt, decidían quiénes serían asesinados. El archivo era un caos y había años en que no se podía revisar “por seguridad”. El autor escribe una novela, en lugar de un texto de no ficción (lo que había sido su objetivo), porque después de realizar unas cuantas visitas le cierran las puertas. Lo que nos deja es un libro fascinante sobre el trauma guatemalteco después de 36 años de guerra civil, y cómo las heridas del pasado siguen vivas para él y los suyos. Este escritor prolífico incorpora en sus novelas otras partes del mundo: La orilla africana transcurre en Tánger, El tren a Travancore (Cartas Indias) y Que me maten si… ocurren entre Europa y Guatemala.

            En esta entrevista hablamos de una diversidad de temas: cómo sus viajes lo inspiran a escribir, la situación de Guatemala, las películas que llevó al cine (Cárcel de árboles y Lo que soñó Sebastián) y su experiencia en el Archivo de la Policía Nacional.
 

¿Cómo decidiste ir a vivir a Tánger en Marruecos? ¿Y por qué te quedaste tantos años viviendo en esa ciudad?

Eso último te lo puedo explicar más fácil que cómo. Antes de viajar, antes de salir de Guatemala tenía mucha curiosidad de vivir en África y conocerla. Y cuando estuve en Europa tuve la oportunidad de hacerlo. Pero era un instinto, un deseo. Cuando tienes dieciocho años no tienes más que instintos y deseos. En parte por lo que había leído. Siempre me gustó leer ficciones que tuvieran lugar en Africa. Tenía, así, mucha curiosidad. La primera vez que estuve en Europa varios meses, estuve en Madrid esperando una visa para Marruecos porque era muy difícil, como guatemalteco, conseguir una. Me pasé más de un mes esperando en Madrid que me dieran la visa y cuando me la dieron, ya no tenía dinero, y me quedé con las ganas. Por fin me dieron la visa, pero ya no pude hacer el viaje (risas). Dos años más tarde se me presentó otra vez la oportunidad de ir a Marruecos y acababa de leer los cuentos de Paul Bowles y había la posibilidad de tomar un taller de escritura que él dio dos veces. Uno en 1980 y otro en 1982 (dejó de darlo un año porque hubo en el norte de Marruecos varias manifestaciones violentas porque había subido el precio del pan en 1981). En 1980, estando en Nueva York, fui simplemente por ganas. Esa vez fui solo seis semanas, pero conocí a Paul y comenzó una especie de amistad. Él era un hombre de setenta años y yo de veinte. Pero me cayó muy bien y él me propuso traducir algunas de las cosas que yo escribí durante su taller de escritura y todo el año siguiente yo le mandaba lo que escribía, y él iba juntándolo y me dijo: “pronto haremos un libro”. Dos años más tarde pude volver y ya él tenía una traducción lista. En ese momento pensé que no tenía sentido estar en Nueva York estudiando cine cuando me gustaba tanto escribir y sobre todo vivir en Tánger, lugar que me permitía escribir de lleno. En 1983 decidí quedarme y escribir. Siempre volví a Nueva York para trabajar en los veranos (en lo que fuera) porque Marruecos se llenaba de turistas y era el momento del año que menos me gustaba. Y varios años pasaba todo el año en Marruecos y vivía en julio y agosto en Nueva York. Así se volvió mi vida hasta 1993.

Es bastante tiempo, 10 años. ¿Tánger es tu segundo hogar después de Guatemala?

Pero hubo un año entero en que interrumpí esa secuencia, en 1986, cuando terminó la dictadura en Guatemala y me fui a vivir un año allá. Hubo un primer gobierno civil electo en Guatemala. Allí Guatemala no cambió mucho, hasta 1994 que hubo un “cese del fuego”, y allí sí Guatemala comenzó a cambiar más. De allí volví. Me establecí en Guatemala. Siempre volvía a Marruecos a pasar tres meses cada año que podía, sobretodo en invierno que es cuando más me gusta.

¿Qué es lo que más te gusta de Marruecos?

Me gustaba el ambiente, aunque he viajado por todo Marruecos, me gustaba Tánger. Había algo del ambiente mediterráneo y eso me gustaba mucho. Se vive muy bien, hay buen clima, es muy alegre y era barato. Muy diferente también (ahora ya no me gusta tanto porque ha crecido mucho). Pero yo vivía bien, me podía dedicar completamente a leer, escribir y traducir. Era una ciudad llena de vida y con muchas diferencias. Y estaba allí Paul que traducía los libros que yo le daba. La amistad de Paul fue uno de los motivos por los que seguí yendo y quedándome. No necesitaba una biblioteca porque tenía la de Paul. Esa y la del Instituto Español donde había una. No me hacían falta libros para escribir. No tenía que gastar en eso ni tener un lugar. Vivía con una maleta y creo que en Tánger estuve en diez direcciones distintas. Vivía con muy poco, pero estaba contento. No me hacía falta nada. En el noventa y pico cuando Guatemala comenzó a cambiar, me empezaron a dar ganas de volver y ver qué estaba pasando. Pero siempre también seguí volviendo por temporadas largas a Tánger hasta 1999, que es cuando murió Bowles. Fue allí cuando escribí mi último libro de ese ciclo: La orilla africana. En ese momento Tánger estaba comenzando a cambiar. Había muerto el rey, el padre del actual rey. Tánger comenzó a crecer. El rey Hassan no tenía una buena relación con la ciudad, en cambio la madre de este hijo era rifeña y vivió en Tánger, entonces la relación con la ciudad cambió mucho. Ahora era un lugar que este rey quería, y comenzó a transformarla, tanto, que ya no era la misma ciudad que hacía veinte años. Tánger de hoy no es el Tánger donde yo viví.

Te estoy preguntando tanto de Marruecos porque no es muy común encontrar a un guatemalteco que decida hacer su segundo hogar en Tánger….

(Risas.) Quizá también eso. Yo quería estar en un lugar donde no hubiera un solo guatemalteco. Me gusta la idea (risas).

El tema de la autoficción aparece constantemente en tu obra. En Lo que soñó Sebastián (1994), El material humano (2009), Caballeriza (2006), Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre (2020), los alter egos escritores tienen mucho de tu biografía. Yo me preguntaba si este juego metaficcional te interesa porque te hace participar en tu propia ficción, es decir como un juego borgeano, ¿o tiene que ver más con lo político de Guatemala?

Yo creo que además es una tendencia actual y no es original. Lo veo por todos lados. La influencia de Borges tiene mucho que ver. Pienso en ese texto, “Borges y yo”, que contiene un planteamiento clarísimo según el cual el escritor y el que escribe no son lo mismo. En el tipo de autoficción de Lo que soñó Sebastián a El material humano hay todo un mundo. Es completamente de otro tipo. La autoficción de Lo que soñó Sebastián es casi inconsciente, se me ocurrió a medio camino, en cambio en El material humano es deliberada. Era parte del proyecto. No es algo que se incorporó sobre la marcha.

            En Guatemala, el hecho de escribir y el ser parte de cierta clase social está haciendo que te cuestiones todo el tiempo tu razón de ser y tu identidad. Políticamente te hace crítico de ti mismo porque sí, hay como una especie de complicidad de clase involuntaria, de parte de la clase privilegiada, que, en cierta manera, es más responsable de cómo no funciona Guatemala, que la clase media o las clases obrera o campesina. Sí, creo que en las ficciones donde hago ese ejercicio de autoficción es inevitable tener eso presente. Aunque escribas sobre la China o sobre un mundo fantástico, estás escribiendo sobre tu realidad. Y creo que la literatura postmoderna tiende a la autoficción en todos lados, no sólo en Latinoamérica o Centroamérica. Es una manifestación del Zeitgeist: todos somos parte de eso.

            Antes de la autoficción, por ejemplo, la literatura policial se volvió la tendencia más amplia, porque no hay ningún autor del siglo XX tardío que no haya experimentado con la literatura policíaca. Hoy en día la mayoría de los escritores experimentan con la autoficción. Tal vez de manera inconsciente, no siempre es algo deliberado. Es una especie de facilidad. Para mí por lo menos, el acto de escribir es más un ejercicio de libertad, no analizo ni me pregunto por qué, ni cómo, sino que hago.

¿Tu novela El material humano, que es una autoficción, surgió cuando estuviste tú en el Archivo de la Policía Nacional encontrado en el 2005 donde se planificaba a quién desaparecer?

El tema del archivo es un poco distinto porque allí sí, en realidad, yo pensé escribir no ficción. Mi primer impulso fue tratar esto como una investigación literaria pero no ficcional. Cuando a medio camino me cerraron completamente las puertas del archivo, allí decidí hacerlo una ficción para poder seguir hablando con este material y no depender de un permiso burocrático y poder usarlo como yo quisiera, sin la responsabilidad, digamos, de un investigador, sino que como novelista.

            De hecho, cuando yo entré, no había un archivo. Eso era un montón de papeles tirados. No había ningún orden, había un montón de hojas tiradas y juntadas. No se podía hacer una investigación tradicional de buscar fichas y encontrar datos. Yo comencé a trabajar allí mientras ellos comenzaban a ordenarlo. Lo único que me permitieron fue visitar con cierta regularidad “El Gabinete de Investigación” que fue encontrado bajo tierra. ¿Qué orden había allí?  Sacaban los papeles de la tierra. Y los iban poniendo por fecha. El archivo no se llegó a ordenar completamente. Y ya ese proyecto se arruinó en cierta manera. Se salvaron diez años. Lo que los investigadores que estaban allí lograron cerrar de 1975-1985. Esa década, la digitalizaron y está casi toda en la nube y en la Universidad de Texas, donde tienen copias. Con lo demás no se sabe qué pasó porque ahora el gobierno logró recuperarlo y apoderárselo. De hecho, el que lo dirige ahora es un tipo de ultraderecha muy cuestionable y lograron institucionalmente criminalizar a mi jefe (del que hablo en la novela), quien salió fugado de Guatemala. Era un hombre de izquierda y se tuvo que exiliar. Lo iban a meter a la cárcel por malversación de fondos, pero no hay ninguna. Era un enemigo del status quo. Ese archivo ya no es ni lo que era y está como castrado. Como de allí salió mucha información que llegó a casos judiciales y que llegó a condenas de policías o expolicías y gente del servicio secreto, lo comenzaron a ver como la amenaza que era. El gobierno, que era de derecha o, mejor dicho, de ultraderecha, criminalizó a los directores del archivo porque, si no, ellos estarían en la cárcel con alguna acusación por los crímenes que aparecían. Al archivo lo veían como una amenaza porque había huellas de todo lo que habían hecho. El sistema no cambió. Se cortaron hilos de aquí, y amarraron por otro lado.

¿Hay todavía partes que no se pueden consultar que son las que no te dejaron ver como lo cuentas en la novela?

No, eso sí se deja ver ahora porque fueron los años de la guerra más intensa y que lograron, en algunos casos, constituirse en causas que llegaron a juicios y condenas de gente importante: se veía allí la línea de mando. Eso efectivamente no me lo dejaron ver cuando estuve allí, y ellos decían que por mí seguridad y por la seguridad del caso, porque si se vicia eso se invalida. Ellos con razón me dijeron “te ponemos este límite”, porque allí hay todavía cosas que están vivas, digamos. El sistema finalmente logró destruir ese proyecto, y ahora claro que hay gente que está protestando y pidiendo que se vuelva otra vez de consulta pública. El Estado lo ve como secreto, como secretos de Estado. Es absurdo.

¿Ahora es un archivo al que no se puede entrar?

Efectivamente. Mira, yo hace como dos o tres años intenté entrar y no pude. Las últimas noticias que tuve fue que estaba otra vez acordonado. El jefe, mi jefe, está exiliado (no te voy a decir dónde, pero yo sé dónde está). Todos los temores que ellos tenían se hicieron realidad. Mi jefe hizo sus maletas y un día se fue de Guatemala. Habían dado una orden de captura contra él por una tontería. Si eso está controlado por la policía, puedes estar segura de que han destruido ya todo lo que los puede incriminar más allá de lo que ya se incriminaron.

En Lo que soñó Sebastián, tanto en el libro como en la película, veo un esfuerzo por hacer lo que la represión y la policía no te deja hacer, que es grabar el mínimo detalle de la selva del Petén porque la cámara se enfoca muchas veces en los animales y en la naturaleza. ¿Es un archivo?

Esa es la intención primordial de esa película, una especie de memoria fotográfica de eso que viste y ya no lo ves. Es un documental. Lo que hay allí en la selva del Petén ahora son plantaciones para ganado y plantaciones de palma. Así como dice el prólogo de mi libro, eso pasó. Sí, es un archivo de algo que ya no está. En el libro quería hacer lo que no podía hacer la cámara. En el libro también hay como un registro de cómo era la vida allí en ese momento.

            Recién vuelto de Tánger, fui a acompañar a unos amigos españoles que estaban viajando por Guatemala, y querían conocer la selva del Petén. Me enamoré y me quedé. Cuando ellos se fueron yo me establecí allí por varios años. De hecho, esa casa, la de la película donde vive el protagonista, está allí todavía. Era extraordinaria. Han destruido gran parte del bosque que está alrededor, pero la casa está igual. Es una forma de vida que no es representativa de lo demás de Guatemala, porque allí la guerra no golpeó. Allí se iba la gente a refugiarse. No había interés por ese lugar en ese momento. Se encontraba gente de todas partes del país, gente de derecha y de izquierda. Se reinventaba uno como podía. Se contaban muchas historias. El libro Lo que soñó Sebastián está hecho de historias que yo escuché y vi en la mesa con los cazadores a los que llamo los Cajal en la novela. Fue un año que yo disfruté mucho. Escribí la historia en Tánger, pero como una memoria que me creó mucha nostalgia. Al volver ya vi que se había destruido la mitad de lo que yo había visto. Por mucho que escribas no es lo mismo… Entonces empecé a pensar que se tenía que hacer una película para registrar lo que quedaba. Por ese tiempo conocí a Guillermo Escalón y él tenía una cámara y la hicimos así con muy pocos recursos. Él conocía a mucha gente de cine. Comenzamos la película de una manera muy artesanal. Me las ingenié para conseguir más dinero. Una vez que ya estás metido en ese barco, ya no puedes salirte. Pensábamos que la película podía recuperar algo de dinero, pero no recuperamos nada. La comenzamos en el año 2000 y la terminamos en el 2004. Hubo un tiempo que nos quedamos sin dinero y con el proyecto parado. Por eso ya no quise hacer más cine porque es un trabajo carísimo y es una cosa muy desagradable pedir plata. Sí, hay un afán de documentación del modo de vida y de la vida animal también.

En Cárcel de árboles me parece increíble la imaginación de crear una cárcel en la selva porque yo he asociado la selva con la libertad. Me pareció una inversión del paradigma.

(Me mira con cara de escéptico y se ríe.) No, en Guatemala había cárceles clandestinas políticas en la selva. Para mí la selva no es un lugar de libertad. Una de las noticias que me hizo imaginar esta situación son las noticias de cárceles clandestinas políticas del ejército para guerrilleros en la selva del Petén, cerca de donde ocurre la novela. Y luego como para darte un dato de cómo la selva no es sinónimo de libertad, ni nada parecido, hay fotografías de presos de las FARC en Colombia, amarrados a los árboles. En mi imaginación la selva también es un lugar para esconderlo todo. Es un lugar opresivo, una especie de cueva. Se puede ocultar todo. Aunque haya satélites que todo lo vean, no se puede penetrar. Eso, por un lado. En cuanto al contenido de la novela, la idea de limitar la capacidad de inteligencia para poder dirigir es algo obvio, desde la propaganda hasta el lavado de cerebro, organizado por un sistema wittgensteiniano: que si no puedes hablar no puedes pensar. Si tú no puedes siquiera mantener un diálogo contigo mismo, si no puedes formular palabras, no puedes razonar. En mi ficción, a la doctora Pelcari solo se le ocurre mutilar la lengua y a los presos les han cauterizado parte del cerebro, para que cada grupo solo pueda pronunciar un sonido, por lo tanto, no pueden pronunciarse, pero sí pueden oír y asimilar las órdenes. Ahora, este preso que accidentalmente consigue un lápiz y un papel, sí puede rearticular su pensamiento y lenguaje complejo con el cual reflexionar y darse cuenta sobre lo que le está pasando. Y escapar. Le deja el cuaderno al otro preso para que también él pueda liberarse. Se lo deja como una herencia. Él ya sabe que se tienen que ir. Y decide dejarle eso. Se da cuenta que este preso sí puede escribir. Al primer vecino a quien él trata de dejarle el cuaderno tal vez era un analfabeto que no podía escribir, no podía utilizar este instrumento. Y cuando este primer preso logra escaparse a la civilización y alguien se da cuenta de esto, es ese momento en que la doctora tiene que quemar el sitio para que no la descubran. Sale en la prensa la noticia de que aparece un hombre con estos cuadernos en este lugar y se empieza a investigar, entonces se dan cuenta de que van a descubrir este experimento en la selva. Por lo tanto, destruyen todas las huellas para no verse implicados. Porque esta doctora y el consejero de estado, que son los que planean esta operación, utilizan a los presos experimentalmente, para excavar y conseguir arqueología maya. No sé si te das cuenta de que están buscando, excavando y luego limpiando para encontrar piezas de arqueología y venderlas en el mercado negro. Para un guatemalteco es sabido que en el Petén están todos los vestigios de la arqueología y cerámica maya desde piezas de jade hasta cerámica.

            El primero que escapa llega donde el doctor y lo encuentran vivo todavía. Sin embargo, se suicida porque lo encierran otra vez con los perros y no puede soportar otro encierro. El doctor lee el cuaderno. Todo lo que tú leíste es lo que lee el doctor. Luego aparece otro preso, y aparece ya muerto. El doctor ata cabos y se da cuenta de lo que está pasando. El secreto ya está descubierto y el lector lo descubre también.

El hecho de que exista el documental Cárcel de árboles, producido muchos años después, y que narre una historia parecida a la de la novela de ciencia ficción del mismo nombre, se parece a lo que ocurre en el cuento de Borges “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”: como si la ficción hubiera entrado a la realidad. ¿Cómo fue posible que pasara esa historia de una cárcel en la selva en la vida real y que te enteraras de ella tantos años después?

Sí, de hecho, es increíble que haya existido algo parecido. Esta película tuvo detrás una historia también increíble. Era otra película la que estábamos haciendo. Queríamos hacer un film pero que fuera en sí una investigación para buscar en ese sitio, en la selva del Petén, fosas comunes. Allí el líder de la secta había enterrado gente en ketos y junto con su compinche guatemalteco embarazaron a chicas y las hicieron abortar, eso nos lo habían contado. El doctor David Burden había embarazado gente y sabíamos que había cuerpos allí. Queríamos continuar usando ficción porque eso no lo podías hacer en un documental riguroso (silencio). No era fácil decir esas cosas en Guatemala. Queríamos hacerlo con una base de documental, pero luego hacer una ficción, y decir que era una ficción. Contratamos a un documentalista alemán, muy cuadrado él, que es el personaje central del documental. Le hicimos firmar un contrato, felizmente. Pero nosotros, con ese mismo material, haríamos al mismo tiempo una ficción mientras él haría el documental. A medio proyecto, él nos dijo que él creía que eso era demasiado serio para hacer una ficción y dijo que no, que no y que no, que no era material para hacer ficciones. Lo logró hasta cierto punto. El alemán comenzó a sabotear el proyecto. Logró sabotear a todo el equipo. Ya habíamos casi terminado de filmar la parte documental cuando él se opuso a hacer la ficción. Fue un divorcio. Sacó un artículo en la prensa diciendo que el ego de los artistas narcisistas no le permitía terminar su documental y se jodió la cosa. Teníamos que explicar que la ficción no es una burla de la realidad. No es burlarse. En fin, eso se volvió inmanejable. Él decía: se están burlando de la realidad. Guillermo y yo le decíamos: no, no nos estamos burlando de la realidad. Queremos llevar la realidad a otro nivel. Para mí se hizo lo que se pudo después de todo ese enfrentamiento. Esa película no es archivística, más bien es de denuncia. Queríamos que se investigara más el caso. La intención allí es pedir que se investigue. Más que una visión hacia atrás era una sugerencia de investigación más profunda para saber lo que pasó en el cerro San Gil en verdad. Las víctimas en este caso son de clase privilegiada, de la llamada oligarquía. No hay víctimas indígenas, sólo los que trabajaban en los campamentos del doctor Burden. Los que estaban siendo torturados eran niños ricos mal portados. Costó mucho que estas personas que dieron entrevistas las dieran. En fin, todo fue una experiencia pésima. Logramos sacar las castañas del fuego, pero no era la película que teníamos pensada, ni mucho menos. El documentalista (y allí tengo los contratos) incluso se había comprometido a actuar en nuestras escenas ficticias, pero luego ya no lo queríamos ni ver. En fin, yo al cine no le doy más. Para alguien que realmente es escritor y no cineasta, el balance de esfuerzo resultado no compensa.

Sigo pensando que es increíble que los hechos de una novela de ciencia ficción, como Cárcel de árboles, sucedan en la vida real.

Sí, es una locura, pero así es la vida (risas). Sí, claro que las intenciones de este doctor Burden del documental no eran tan sublimes como los de la doctora Pelcari en mi ficción. Él era más utilitario. Estaba creando esta especie de secta, de centro de rehabilitación muy lucrativo para él. Mucho más limitado que la ficción, pero digamos que sí. Las circunstancias eran casi iguales. Colaborar con el ejército y esconder esto en la selva para lucrar y usar estos métodos poco convencionales.  

Hablemos de tu última novela, Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre: ¿El Papa Francisco te ha respondido? (risas).

Esta novela es muy documental. Realmente el caso como lo cuenta el narrador nace de una serie de documentos legales por la tierra indígena. Cambié algunos nombres por no comprometer a los cófrades. Ellos preferían cambiar su identidad, pero todo lo demás es casi textual y el status del caso también es textual. A mí me dieron los legajos de quince años de pleitos. Yo lo leí todo (abre sus manos para mostrar la cantidad de papeles que recibió sobre el caso de las tierras). Tenía un saco. Y yo pensé, ¿qué hago con esto? A mí se me ocurrió escribirle una carta al Papa Francisco (el pinche Padre no me ha contestado) (risas). El libro explica cómo se escribió la carta, ¿no? En toda la segunda parte es una historia sobre el proceso de construcción de la carta: es un argumento circular. El investigador de religiones comparadas, Román Rodolfo Rovirosa, al principio no cree completamente lo que le dicen los cófrades ni la gente del pueblo y quiere enterarse para poder tomar cartas en el asunto. Porque le parece increíble que la Iglesia excomulgue a unos cófrades por un pleito de tierras, pero esto es en realidad lo que pasa. Va a conocer la comunidad y toma partido, evidentemente. Esa es la novela. En realidad, comienza la novela en el tiempo hacia el final de la historia, cuando decide escribirle la carta al Papa, tres días antes de que lo maten.

            Él sí se da cuenta de que la cultura maya está viva y que ellos no la quieren exponer tanto. Todas las visitas a este pueblo las hice yo con mi hija en realidad. En la novela la convierto en hijo, pero en verdad hice más de diez excursiones a este pueblo con ella. Los habitantes del pueblo no me dijeron hasta muy tarde que tenían estas imágenes precolombinas que son como ídolos y las tienen en sus casas y les siguen rezando a ambos y los adoran y esconden por varias razones. Es como en todo el mundo donde ha habido un sincretismo religioso. En el siglo XVI, XVII, XVIII los podían acusar de idólatras, era peligroso. Estaba mal visto. Hoy en día es casi ya motivo de orgullo.

¿Cuáles son esas dos deidades?

La serpiente y el jaguar, pero hay muchas más. Después le enseñé las fotos a una amiga arqueóloga. Eso quiere decir, me explicó mi amiga, que allí hubo un templo importante del juego de la pelota, porque los marcadores son las cabezas de la serpiente y el jaguar y que de ese gran tamaño sólo existen en sitios ceremoniales importantes. Justo son dos cabezas: una de jaguar y otra de serpiente. Estas las tenía el cófrade en el traspatio de su casa. Dice que los encontraron enterrados en la milpa. Eso no se puede creer. Eso debe haber estado más bien cerca del barranco cerca de unas grandes canchas donde podía haberse jugado un juego de pelota. Esos se jugaban en unas canchas como las que hay en México, en Chichén Itzá. Nosotros no tenemos descubierto ni mapeado ningún centro ceremonial allí, pero ellos no te van a decir nada. Las autoridades mayas han tomado posesión y otra vez controlan estos centros. Pero el pueblito de la novela es uno muy pobre. Allí temen que se los vaya a expropiar y que digan que es un tesoro nacional y que no tienen derecho a tenerlo ellos y por eso no quieren arriesgarse a decirlo.

¿La novela Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre también se puede leer como una novela de aprendizaje?

Sí, hay una parte de aprendizaje de parte del investigador y en las primeras diez visitas a la comunidad te hablan de que ellos son también brujos porque son sacerdotes mayas. Lo son. El mismo cófrade es brujo, el que oficia la iglesia es también curador, como cuenta él. Y como me contaba esta misma arqueóloga, me dijo que es el típico cuento de iniciación que te cuentan los brujos o sacerdotes mayas en las crónicas. Eso es lo que me contó el padre. Es un caso casi de manual, un típico cuento de aprendizaje de curandero. Que le dijo qué hacer, que llamara a los músicos, para celebrar a las deidades. Aprender a curar por sueños.

¿Tú tienes familia indígena o simplemente sientes un amor muy grande por la cultura maya?

Mira todos los guatemaltecos de familia vieja española tienen algo de indígena porque los españoles no llevaron una sola mujer. Todos los españoles de la primera generación de españoles somos mixtos. Lo sabes y lo ves. Había un tío mío que decía que uno de los Adelantados se había casado con una miembro de una familia noble de la élite maya de un pueblo en el altiplano y que él sabía la lengua kaqchikel. Lo trataban como miembro de la familia y era parte de la ceremonia. Pero es raro, no es algo que se haya cultivado, que alguien mantenga esa relación. Más bien se tiende a ocultar. Pero te digo, más bien, casi todos los hijos de españoles nacidos a principios del siglo XVI tienen sangre maya por necesidad.

Me interesó el tema de las multinacionales en El país de Toó. ¿El libro surge como una especie de denuncia de las grandes corporaciones por la destrucción de la naturaleza, cosa que no solo está pasando en la selva del Petén, sino en muchos lugares del mundo?

No es tan abstracto. Es una especie de denuncia, sí, de la muerte del que allí resucita. Mi amigo Polo. Era un amigo activista que murió de una manera súbita de una pancreatitis aguda muy misteriosamente porque estaba en buen estado de salud. Sus amigos sostenían que lo habían envenenado. Nadie les creyó y nadie pidió una exhumación para saber si lo habían envenenado, o no. En honor a él me empecé a imaginar cómo habían sido sus últimos días. Al final decidí resucitarlo en esta novela. Hice una investigación ficticia de qué pudo haberle pasado. Estaba muy mal que se muriera (risas), por eso no se muere de la trampa que le hacen con la picadura de escorpiones, sino que vuelve y sigue haciendo lo que hacía. Este hombre amigo mío era también un documentalista, un pésimo cineasta, pero con mucha energía, pero nunca se pudo hacer nada con el archivo inmenso que tenía porque era malísimo. Admiraba a este amigo porque él documentó todo de una manera muy indiscriminada. Se hizo muchos enemigos y se murió rápidamente, en un día. Yo lo reviví en la ficción. Yo me quedé pensando cómo habría sido su muerte. Pero, no como una denuncia: ¿ante quién? porque en Guatemala no pasa nada, sino como una especie de planteamiento ficticio que quería pintar sobre esta persona. Realmente así surge esta novela. En medio de la escritura empecé a tener una amistad más profunda con una chica de Totonicapán, éste es el nombre real de la comunidad: la ley maya, la religión maya, la cultura maya, allí es más sana. Es un lugar autosuficiente. Todo funciona como una comunidad. Ese lugar me inspiró a crear Toó.

¿Cómo es el verdadero Totonicapán que inspira al país de Toó?

Funciona como una comunidad, como se describe en la novela, con trabajo comunal. Son muy sabios. Y muy discriminadores también. No aceptan a cualquier persona. Yo le pregunté: ¿qué pasaría si una persona blanca quiere irse a vivir a tierra de ustedes? Me dijo: si hace el trabajo comunal, si se porta bien y no tiene problemas, se puede integrar. Puede llegar a ser parte del consejo, pero nunca va a tener voto, pero sí va a tener voz.  Puede expresarse, pero no votar para decidir las cosas serias. Pero sí podría naturalizarse. Cuando ella me contó esto, decidí yo que el personaje en lugar de huir a México, como pasaría normalmente, huiría al interior, y se transformaría. El Cobra (el personaje de la ficción) que es culpable de haber traicionado a su amigo, porque no tenía salida, en vez de irse de Guatemala, decide por amor, porque conoce a esta chica, convertirse en maya, e integrarse a esta comunidad. Según entiendo yo, por medio del trabajo comunal sí se puede. No es como una cosa completamente impermeable. Estas comunidades mayas son hasta cierto punto flexibles y han ido evolucionando. No es que se quedaron en el siglo XVI. La gente que no entiende dice: hay que progresar. Ellos también han progresado y de una manera ejemplar se han adaptado a la modernidad porque no se están muriendo de hambre y es la zona más sana de Guatemala. No hay tanta diferencia social y hay menos crimen que en el resto del país. Si hay alguien que se enferma y ha hecho su trabajo comunal lo cuidan entre todos. Es algo que también descubrí yo a medio camino de la novela y lo incorporé a la ficción.

Comparado con el personaje occidental de Jacobo en El país de Toó quien de pequeño sufre un accidente y luego sus padres lo internan en un sanatorio porque es y supuestamente será un hombre improductivo, un discapacitado…

 
Jacobo va para atrás. En él se ve el olvido en la cultura occidental. Es desechado... Hay algo de eso de cómo funciona la jurisprudencia maya en contraposición a la occidental. Hay una gran controversia en Guatemala sobre si es posible que puedan convivir dos modos de justicia: las dos jurisprudencias. La respuesta es que sí. Está firmado en la Constitución (seguro que no la leyeron y firmaron igual) (risas). Existe y funciona, no sin complicaciones. Lo que pasa, también, en algunos otros países, como Suecia y Canadá. Te repito, la convivencia de las leyes está permitida en la Constitución. Yo conocí a un hombre que era estudiante de leyes en la universidad en ese momento y que además formaba parte de uno de los consejos de la justicia maya. Lo entrevisté cuando ya se estaba graduando y me explicó cómo funciona la justicia maya: “nuestro sistema de justicia no es punitivo, es didáctico y curativo”, me dijo. Funciona en sociedades pequeñas, en una sociedad como Nueva York sería imposible. Los principios parecen contradictorios. Allí la gente que juzga al culpable de robarse una vaca, por ejemplo, es la gente que conoce a la persona. Son ellos quienes dicen si esa persona es capaz o no es capaz de cambiar. Si por ejemplo alguien robó, pero no tiene dinero, pues que trabaje para pagar. Se trata de enseñarles. A veces hay castigos físicos. Es el padre, el educador, el que le da los castigos. Al final es una vergüenza para ambos (para el ladrón y para el educador), porque es una vergüenza no haber enseñado bien. En los casos donde se cree que no hay rehabilitación posible, hay ostracismo, no se aplica la cárcel. Yo pregunté: ¿cómo se logra el ostracismo? El que no hace su trabajo, se le corta el agua, me contestaron. Y realmente la gente se va. Es un tipo de justicia de aprendizaje “suave” pero efectiva. Para mí es más efectiva. Ahora tenemos problemas porque llega gente de fuera que se quiere establecer allí y no entiende esas reglas. Pero siguen funcionando bajo la jurisprudencia maya. Si alguien comete un delito puede escoger quién lo juzga: lo maya o lo occidental. No puede ser juzgado dos veces. Curiosamente mucha gente prefiere ser juzgada por los mayas y no por la policía.   

Siempre se habla de ti como un escritor cosmopolita y muy viajero. Has vivido en Tánger, Madrid, India, Atenas, en la selva del Petén en Guatemala, pero yo siempre veo muy presente a Guatemala.

Sí, Guatemala es una especie de bendición y maldición al mismo tiempo. Aunque es el país donde más he vivido y que más conozco también es el país que menos conozco, por eso, mi curiosidad no se ha terminado, y es un país como tantos lugares que pones el pie en el suelo y luego te das cuenta que sacas el pie y está con lodo. Un poco como el Perú. Es un país que me sigue sorprendiendo al mismo tiempo.

¿Hasta en la novela Fábula asiática que transcurre entre Tánger y Atenas está presente Guatemala?

Sí, son tres mentes brillantes donde una es la de un astrofísico guatemalteco (risas). Ellos quieren destruir la red. Querían eliminar el sistema satelital para cargarse la red y hacer una especie de ‘reset’ del mundo. Los tres personajes deseaban que todo el mundo cibernético se cayera para poder parar la gran fechoría que es el sistema. Ellos están tratando de destruir el hipermundo de la red para volver a una realidad donde el poder no esté tan repartido, o tan mal repartido, para decirlo con mayor claridad. Quieren volver a tirar las cartas del juego. Porque ya como está, no se puede. Está de las manos de los militares y del dinero. El sueño de estas tres personas es repartir todo de nuevo para crear un mundo más justo. Sí, mi novela es completamente utópica.

Que me maten si…, ocurre después de 1996, después de la Guerra Civil en Guatemala, y todavía el personaje del viejo inglés deja los audífonos para grabar conversaciones y hay orfanatos clandestinos. En otras palabras, los mecanismos de represión y control continúan aún después de la guerra. ¿Nos puedes contar un poco de tu experiencia? Ya nos contaste que te fuiste a los 18 años a Tanger…

La novela fue publicada en 1996 en Guatemala (editorial del Pensativo) y está situada a principios de ese año. (No hay que olvidar que la llamada paz fue firmada en diciembre de ese mismo año.) Y el conflicto continuaba, sí. Y continuó en algunas partes mucho más allá de esas fechas. Así como en Colombia, después de la firma de la paz con las FARC el año pasado, todavía este año se cometen asesinatos de líderes sociales y exguerrilleros, en  Guatemala en 1996 y 1997 seguían persiguiendo a activistas y a guerrilleros desmovilizados. De todas formas, esos orfanatos, producto principalmente de la guerra, y organizados en la mayoría de los casos por militares, seguían existiendo más allá del año 2000.

            Fui a Tánger por primera vez en 1980. (En el 77 intenté ir, pero me quedé varado en Algeciras, por falta de cash). Pero, ya establecido en Tánger, iba y venía. Pasé casi todo el 86 en Guatemala, cuando tuvimos al primer presidente no militar y electo de manera democrática , o más o menos, pues en ese tiempo el porcentaje de abstención era altísimo, ¿quizá del 70 o aun el 80%? La mayor parte de la población maya, con toda razón, no confiaba y no participaba en los procesos electorales. En el 94 volví a establecerme en Guatemala, aunque seguí haciendo visitas largas —unos tres meses por año— a Tánger, para escribir sin interrupciones.

La orilla africana (título que me encanta), que ocurre en Tánger, es una novela con un ritmo pausado, casi lírico, donde hay tres historias que se conectan a través de una lechuza. Y es curiosamente la lechuza, la que puede resolver finalmente sus problemas mientras que los hombres no. ¿Nos podrías contar la importancia de este animal en el mundo árabe? ¿y cómo se te ocurrió que una lechuza uniera las tres historias?

Como en Guatemala y algunas partes de México, en Marruecos se dice que el canto de la lechuza anuncia la muerte de alguien en la casa o la vecindad donde se oye. También oí decir que los ojos de una lechuza o un búho pueden servir para hacer amuletos contra el mal de ojo. Y, como en esa novelita, según Westermark, alguna gente cree que con un ojo de lechuza pueden prepararse pociones o ungüentos para espantar el sueño o ver en la oscuridad. También Bowles contaba, si no me equivoco, que alguna gente en la región de Fez creía que si un hombre ponía el ojo de una lechuza en la mano de su hija o su mujer mientras dormían, se ponían a decir, en el sueño, lo que habían hecho durante el día. De todas formas, en la novelita, la lechuza tiene más relación con el colombiano que con los marroquíes, y creo que, de manera inconsciente, con lo que la lechuza significa en Occidente. Y me parece que también el colombiano, como auspiciado por la lechuza a la que le salvó la vida, logra salir con bien de su aventura norteafricana, y en vez de ser víctima de una estratagema termina escapándose con el dinero ganado en la quiniela por su amigo Rashid y que intentaron robarle, ¿no? Pero la unión de las historias por medio de la lechuza fue haciéndose ella sola, yo solo me di cuenta de cómo iba ocurriendo.

En la novela El tren a Travancore (Cartas Indias), el personaje-escritor está en la India buscando la vida de una poeta guatemalteca que vivió allí pero nunca sabemos más. Entre las cosas que me sorprendieron de este libro, una es la sinceridad de la carta que le escribes, tú, al editor, sobre el mercado, el tiempo, y el adelanto de dinero. ¿Piensas que hay asuntos sobre los que se puede, o no, escribir dictados por el mercado actual?

En un libro hecho por encargo, me pareció que convenía —ya que en un momento de la escritura parecía posible, incluso natural— ironizar sobre los libros hechos por encargo. Por cierto, después de esa experiencia me prometí a mí mismo no volver a aceptar ningún encargo. Pero claro que nunca habría que escribir por ningún dictado mercantil. No es lo mismo aceptar un encargo, algo que puede ayudar a sobrevivir y no implica escribir para el mercado, que escribir con fines comerciales.

Veo que siempre te han llamado la atención, digámoslo así, los “lugares exóticos” (exóticos vistos desde Guatemala) para inspirar tus historias…

¿Pero qué lugar más exótico que Guatemala? Nos engañamos al pensar que es otra cosa. Claro, no es exótico desde el punto de vista maya, pero sí desde el punto de vista occidental, y aun para un guatemalteco de la capital, el interior de Guatemala, el interior maya de Guatemala, puede ser muy exótico. Tienes que pasar una temporada en lugares como Chichicastenango o Totonicapán, o Cahabón, centros de la tradición maya en el aspecto jurídico, artístico, aun curativo, para entenderlo. Si partes de un lugar así, estás como condenado al exotismo. En rigor, lo exótico ahí es lo europeo, todavía en este siglo.



Foto: diario La Tercera.

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