ISSN 2767-1844
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Los expatriados
Por Miguel Serrano Larraz   

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"En el camino de acceso nos había recibido el cartel que enumeraba las libertades que quedaban limitadas para los visitantes: estaban prohibidas las chancletas, el tabaco, el alcohol, los recipientes de cristal (de cualquier tipo), las mascotas, las gafas de sol, las maletas con ruedas, las armas de fuego, las cuerdas".

CONTEMPLAR EL PAISAJE    / Publicado en Agosto, 2021


En las interminables semanas del verano, las excursiones eran el único alivio a nuestro desarraigo. Procedíamos de distintas zonas del país y teníamos costumbres distintas, pero nos unía la imposibilidad de regresar, de huir (aunque solo fuera durante unos meses) de las imposiciones de nuestros contratos con la administración. En julio metimos los pies en el Arroyo Claro, alquilamos un bote en el Lago de la Concordia y estuvimos a punto de perdernos en el Bosque del Cementerio. Todo era nuevo y antiguo, porque aquella zona a la que nos habían destinado carecía de historia. En ausencia de historia, la naturaleza adquiere una pátina mítica, primigenia. La primera semana de agosto nos propusimos alquilar una cabaña en el norte de la provincia, con la esperanza de pasar dos o tres noches fuera, todos juntos, pero no conseguimos ponernos en contacto con el administrador del Poblado en la Montaña. El Poblado en la Montaña: a falta de batallas y tratados que reivindicar, todo se llenaba de mayúsculas, como si el lenguaje mismo quisiera corroborar la jerarquía de un mundo anterior a todos nosotros, un pasado ficticio, o reconstruido, en el que la posibilidad del lenguaje resultaba inconcebible.

            La excursión que más nos impresionó fue sin duda nuestra primera visita al Hoyo. En otra parte del país con una concepción menos esencialista, aquella configuración geológica habría fomentado el asombro y las teorías disparatadas. En la isla de la que procedía yo, por ejemplo, no habría faltado quien viera en aquella hondura la mano de una civilización extraterrestre, o de una raza ancestral con una conexión más profunda y sabia con el universo, o incluso una conspiración de élites invisibles para perforar el planeta y extraer sus bienes más preciados. En aquella región del interior, sin embargo, el Hoyo simbolizaba tan solo el arrojo de sus descubridores. Les debía su existencia. En lugar de venerar al agujero mismo, la sensación de insignificancia que provocaba en quien se asomaba a sus bordes, se admiraba al primer hombre o la primera mujer que acamparon en su orilla y dijeron: a esto vamos a llamarlo el Hoyo.

            Se habían producido muchos accidentes a lo largo de los años. Las familias de los afectados no habían denunciado a nadie ni habían maldecido su suerte ni se habían exiliado en busca del olvido: se habían limitado a aportar fondos para mejorar las instalaciones, para asegurarse de que la fuerza de atracción de aquel sumidero no se cobrara más víctimas. La valla que rodeaba el perímetro, por ejemplo, estaba financiada por Laura Finseneri, la madre de un niño de tres años que resbaló en una zona de arenilla, se abismó en la profundidad, agitó una manita mientras caía y ya no volvió a aparecer. La estructura de aluminio, liviana pero resistente, estaba integrada perfectamente en el entorno y parecía una extensión del propio agujero, una red metálica casi invisible que protegía a los visitantes y, al mismo tiempo, intensificaba su vulnerabilidad. El conjunto se sostenía sobre veinte postes colosales, simétricos, que parecían emanar de la tierra, como árboles rabiosos. En la base de cada uno había una plaquita metálica de una humildad sobrecogedora: En memoria del niño Samuel Finsereni, que decidió quedarse.

            Había historias menos trágicas: bancos de madera en honor a torceduras y esguinces de tobillo, fuentes y pérgolas que rememoraban una insolación, barbacoas de piedra en recuerdo de un súbito ataque de hambre. Otros patrocinios no se apegaban a una experiencia concreta, sino al orgullo de la colectividad: junto a la entrada a la Pasarela, una humilde lápida de piedra aparecía moteada con los nombres de cientos de humildes benefactores. La erosión había desfigurado muchas de aquellas minúsculas inscripciones, que resultaban ilegibles.

            No había bar, ni se cobraba la entrada, ni había nada a la venta. En vano buscamos algún capricho en el que gastar unas monedas. El primer comentario de Vicente, después de descubrir la majestuosidad del lugar y de comprobar la afluencia de público, resumió el espíritu de todos nuestros pensamientos: ¿cómo puede ser que nadie esté ganando dinero con esto? Sentados sobre la hierba (sobre una manta desplegada en la hierba, en realidad), mientras devorábamos la ensalada de tomate y las pechugas de pollo que habíamos llevado para el almuerzo, trazamos el límite imaginario de una terraza con vistas al Hoyo, elaboramos el menú de lujo que se serviría en nuestro restaurante, repasamos la lista de precios de la tienda de regalos y souvenirs. Si fundábamos una empresa y la poníamos en marcha, nos forraríamos. Ana María dibujó en una servilleta el logotipo que estamparíamos en las gorras, las camisetas y las tazas de desayuno: una mezcla de ojo, de tornado y de raíz descomunal que sintetizaba la angustia de mirar allá abajo y no ver hasta dónde llegaba aquella monstruosa concavidad. No nos pusimos de acuerdo en el lema más adecuado para acompañar la imagen. Yo sugerí El Ombligo del Mundo, pero cuando percibí la reacción del grupo fingí que lo había dicho en broma.

            A diferencia de los ciudadanos de la región, ajenos a cualquier atisbo de espíritu emprendedor, no podíamos evitar pensar en las rentabilidades posibles de nuestras inversiones imaginarias. La estructura con mayores posibilidades comerciales ya estaba construida: la Pasarela, suspendida en voladizo sobre el Hoyo mismo, permitía colocarse sobre el vórtice de aquella oscuridad que se perdía en las entrañas del planeta. Pasamos buena parte de la tarde decidiendo el precio de las entradas y de los bonos anuales. Si evitábamos gastos superfluos y descontábamos tan solo el sueldo de los guardias de la seguridad y el mantenimiento de la taquilla, los beneficios serían extraordinarios. ¿Quién no pagaría para caminar sobre la nada?

            En el camino de acceso nos había recibido el cartel que enumeraba las libertades que quedaban limitadas para los visitantes: estaban prohibidas las chancletas, el tabaco, el alcohol, los recipientes de cristal (de cualquier tipo), las mascotas, las gafas de sol, las maletas con ruedas, las armas de fuego, las cuerdas (y cualquier tipo de instrumental de alpinismo o espeleología). No se podía fumar, ni cantar, ni gritar (por peligro de derrumbe, imaginamos), ni hacer las necesidades al aire libre (nos reímos mucho con aquel eufemismo que habíamos utilizado en nuestra infancia: «hacer las necesidades»). Solo se podía aparcar en la zona designada. No faltaba la nota de humor: Prohibido, bajo cualquier circunstancia, dar de comer al Hoyo. No había ninguna referencia a las multas o las leyes que respaldaban estas limitaciones, pero sabíamos, por experiencia, que esos detalles no eran necesarios. Los habitantes de aquella provincia cumplían siempre las normas, incluso las más absurdas. Tal vez por eso mismo no se habían atrevido a rentabilizar el espacio, a permitir que los turistas dejaran su dinero allí para que la experiencia adquiriera unos valores más concretos, memorables.

            Estábamos tan embebidos en nuestros proyectos empresariales que tardamos en reparar en un detalle fundamental. Alonso fue el primero que cayó en la cuenta. Ya empezaba a atardecer cuando anunció que se meaba. Todos coincidimos en que, dada la prohibición expresa de «hacer las necesidades al aire libre», las instalaciones debían contar con alguno de esos retretes portátiles que se utilizaban en las obras y los festivales de teatro. Tal vez estaría financiado por algún visitante que se había orinado en los pantalones, y habría una placa que dejaría constancia de aquella humedad inaugural. Descartamos la posibilidad de que existiera un edificio, por pequeño que fuera, destinado a las evacuaciones: lo habríamos visto en alguno de nuestros paseos de circunvalación del Hoyo. Acordamos dispersarnos en busca de un lugar en el que aliviarnos y compartir la información que recabásemos. Nos dimos un plazo de diez minutos. De pronto, todos teníamos ganas de mear, y no queríamos exponernos a la posibilidad de que nos deportaran.

            Me separé del grupo y comencé a andar hacia el noreste, rodeando el perímetro. No tardé en dar con uno de los cubículos. Se trataba de una caja de madera de apenas dos metros de altura. La pintura de colores terrosos explicaba que no nos hubiésemos fijado en aquella estructura en nuestras primeras exploraciones, a pesar de que se encontraba muy cerca del borde del Hoyo, justo en el lugar en el que la inclinación se hacía peligrosa (de hecho, la red metálica de seguridad comenzaba justo detrás de la caja, la tocaba, casi parecía que la sostenía). La puerta crujió cuando la abrí. El interior estaba limpísimo. Era un cuarto de baño en miniatura, con un inodoro, un lavabo y una pequeña ducha situada en una esquina. A diferencia de otras cabinas similares que había visto en mis viajes, no se trataba de un simulacro construido con materiales adecuados para la intemperie (aluminio y plástico, sobre todo), sino de un cuarto de baño real, de porcelana blanca y paredes embaldosadas. El techo era de una especie de vidrio casi transparente que permitía ver un fragmento de cielo. La luz natural aliviaba la claustrofobia de encerrarse en un espacio tan angosto asfixiado por la proximidad de un fenómeno casi inexplicable. Era imposible olvidarse de la proximidad del Hoyo, de sus palpitaciones y de su atracción gravitatoria. Y sin embargo, a pesar de todas las señales, nada me había preparado para lo que descubrí cuando subí la tapa del inodoro. El fondo de la taza no se estrechaba, sino que descubría un boquete, una abertura, una especie de embudo, que se desplegaba bajo la vista como un espacio infinito. Aquel retrete, de algún modo, estaba colocado sobre el Hoyo mismo. Miré al fondo y sentí un vértigo profundo. Desabroché el pantalón con enorme cautela, bajé un poco el calzoncillo y descargué un chorro de orina que se perdió en aquel precipicio como una lluvia de polvo de plata.

            Salí del cubículo mareado. Lo rodeé en busca del truco o de la perspectiva que explicara su funcionamiento, sin éxito. Cuando volví a encontrarme con el grupo, no necesitamos hablarnos para saber que todos habíamos tenido la misma experiencia. Me alivió descubrir que no había sido el primero, ni el único. No tratamos de explicarnos cómo podía ser que todos hubiésemos encontrado una de aquellas cajas, en lugares distintos del perímetro del agujero, a pesar de que no habíamos visto ninguna en todo el día. Caminamos lentamente hacia la pasarela y recorrimos aquellos veinte o treinta metros con una lentitud reconcentrada, como condenados a muerte. Cuando llegamos al pequeño espacio circular que marcaba el final de la estructura, nos apoyamos en la barandilla y agachamos la cabeza para escrutar aquel fondo misterioso que ya nos rodeaba. Nos pareció detectar, al fondo, un rumor gelatinoso, una especie de corriente, un murmullo, como una bañera que empieza a llenarse o como una presa que ya no resiste el empuje del agua y que, tarde o temprano, acabará desbordándose y arrasándolo todo a su paso.

            Hemos meado aquí, dijo Luisa. Hemos meado en el ombligo del mundo.

            Cuando transformemos todo esto, dije yo, avergonzado, tenemos que asegurarnos de cobrarles por mear. Hay una fortuna ahí, en la posibilidad de mear dentro de este agujero.


UN LIBRO

El escritor español Miguel Serrano Larraz, autor de tres libros de poesía y tres novelas (entre ella la premiada Autopsia),  ha escrito, durante el confinamiento del Covid-19 en Iowa City, un libro de cuentos, Los expatriados, que iremos publicando, relato por relato, periódicamente, en La Vaca Multicolor, antes de su lanzamiento como libro impreso.


Leer los cuentos anteriores:

"La posteridad".
"Antonio Armiño"