ISSN 2767-1844
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Una de las ventajas del arte sobre la vida es que permite que uno transforme la limitación en virtud. O por lo menos en algo así como el resto de una estructura sobre la cual empezar a construir las bases de una edificación estable. Ya lo decía, a su modo, Paul Valéry: “quizá los zapatos demasiado estrechos nos harían inventar nuevas danzas”.  ana c. buena –así, en bajas–, el cuarto libro de poemas de Valeria Román Marroquín, recurre nada menos que a la limitación que presupone el formato panfleto, es decir: la instrumentalización en estado químicamente puro; lo que no es otra cosa que el reverso perfecto de la poesía, ese territorio donde reina la ambigüedad –uno de los nombres bastardos de la libertad– y que se abre solo cuando se emancipa a la lengua de su necesidad de ir en una única dirección, de solidificar sentido. ¿Qué hace, entonces, Román para transformar esa limitación extrema en poesía? Hace un par de cosas. Veamos.

            Lo primero que hace es definir unas reglas de juego muy singulares: la voz que recorre los poemas parece existir en un espacio pendular, contradictorio, extraño: imágenes, axiomas y ramalazos de un fraseo que parecen remitir a la filosofía política contemporánea forman urdimbre con las sensaciones, los cálculos y las reflexiones propias de la experiencia de una cocinera y/o trabajadora doméstica. El regimen discursivo que propone Román se puede sintetizar más o menos así: la disciplina intelectual “mira” al cuerpo volviéndose únicamente carne, víscera, y de ese modo deja de ser disciplina intelectual para empezar a escenificar una situación límite: la de alguien que prepara una receta de carne mientras sospecha que es solo carne; la de alguien que limpia inodoros mientras sospecha que es solo sobras, desperdicio, excrecencia. Dicha situación límite, por supuesto, activa diversas violencias, entre ellas, sobre todo, la del lenguaje.

            Lo segundo que hace Román es sostener esa violencia a lo largo de las tres secciones del libro, en las que el personaje del título –sobre cuyo nombre se cierne una advertencia permanente, casi kafkiana– se desdobla, se examina y se interpela. (A estas alturas deberíamos desconfiar de la poesía en la que el autor se esfuerza por enrostrarle al lector cúan confesional, “íntimo”, es su punto de vista). Transacción, precariedad, desprecio y hambre.  Esos son los nombres del juego. Y el juego funciona bien precisamente porque dicha violencia es una puesta en acto. No es una declaración de principios. No es una denuncia. Es más como un movimiento rítmico que escanea rutas y busca salidas, y que se recalienta como un motor por la presión de no encontrarlas. Y todo ocurre en el lenguaje, a partir del lenguaje: “ofendidos verbos por montón / susurro tras susurro / al ras asomándose / de las bocas estomacales / rozan el resplandor / del exterior, se estrellan / se estampan / se hacen añicos contra / el pavimento”.   

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"Transacción, precariedad, desprecio y hambre.  Esos son los nombres del juego. Y el juego funciona bien precisamente porque dicha violencia es una puesta en acto. No es una declaración de principios. No es una denuncia. Es más como un movimiento rítmico que escanea rutas y busca salidas".

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ana c. buena
Valeria Román Marroquín (La Balanza Taller Editorial, 2021)

Reseña de Diego Otero     / Publicada en Agosto, 2021