El objeto de la literatura es hacer delirar a la lengua. Y lo que hace delirar a una lengua es la perforación de un ducto y el drenaje de una especie de lengua extranjera desde el interior de dicha lengua. Esa es la hipótesis que famosamente sostiene y defiende Deleuze en su artículo “La literatura y la vida”. Esa lengua extranjera –esa lengua que deviene– es, por ejemplo, en el caso de Kafka, una lengua menor al interior del alemán que el narrador checo escogió como medio de expresión. Una lengua particular, a ratos áspera y a ratos atraída por los circunloquios, fría, extraña. ¿Cómo consigue Kafka construir esa lengua? A través de una articulación singular, de una sintaxis idiosioncrática, y a través del planteamiento de un clima que “juega” en consonancia con dicha articulación, con dicha sintaxis. Kafka recoge cierto aire jurisprudencial, burocrático, para echar a andar esa lengua que levanta un mundo entre lacónico y absurdo, que nos interpela brutalmente. Por eso es tan eficaz el humor seco que atraviesa su literatura. Y por eso no es casual que Santiago Vera cite –en una entrevista para El Comercio, de marzo de 2021– al autor de El proceso como una de las referencias centrales de su tercer poemario, Constitución política del Perú.

            El libro de Vera es un interesantísimo libro de poesía. Pero es más que eso. Su formato vehiculiza la poesía para proyectar una obra de carácter más bien conceptual. La operación consiste en “tomar” –ese es el término que el propio Vera usa en la "Nota final"– las palabras que figuran en cada uno de los capítulos de la constitución de 1993 para usarlas como cantera única de la hechura de un igual número de poemas, los cuales llevan por título precisamente el título original del capítulo constitucional. El efecto que la operación genera es el de develamiento, de promesa de revelación: de algún modo es como si leyeramos lo que la constitución aún vigente no dice explícitamente, pero quizá sí en latencia. Esto es: que vivimos regidos por una ley que –mirada bajo otra lente– es completamente absurda, opaca, humorística y trágica. Como Kafka. En ese sentido impresiona mucho cómo los términos jurídicos se escapan de la rigidez carcelaria de la prosa para reconfigurarse de manera expresiva, rítimica, en los versos y la página: “El Estado es un consejo al Vacío / El Vacío es un consejo enérgico de la Razón // La razón es un consejo // de las personas naturales / a las fronteras de dominio público // Peruanos: una acción / que debe ser constante es su derecho al Vacío”.

             Desde luego existen muchos antecedentes, de diverso tipo y alcance, para un proyecto artístico y literario como este. A mí, por algún motivo, me trajo a la mente El Aleph engordado, un librito experimental del narrador y poeta argentino Pablo Katchadjian. El proyecto de Katchadjian consistía en “engordar” con más palabras el texto íntegro del célebre cuento de Borges, y se hizo conocido no precisamente por sus méritos artísticos sino porque María Kodama le plantó una querella, por plagio. Ese proyecto literario y artístico de apropiación, recontextualización y reescritura terminó en el ámbito de la ley. Como en un reflejo inverso del proyecto de Santiago Vera, que partió de la ley y terminó en el ámbito del arte. Sin embargo, en El Aleph engordado, no solo se veían las marcas de intervención sobre el texto apropiado, también podíamos registrar cómo aún la sintaxis borgeana persistía, chocaba y friccionaba con otra sintáxis, con otra articulación, “nueva”. Por eso pregunto: ¿qué hubiera pasado si Vera no solo “tomaba” las palabras de la constitución del Perú sino también ciertas frases, cierta sintáxis, cierta articulación o tejido ya enhebrado? ¿No hubiera sido esa una forma de hacer delirar doblemente a la lengua?
           
             Más allá de las preguntas y más acá de los calificativos, el libro de Santiago Vera se inscribe en una ruta poco explorada por la poesía peruana contemporánea, y deja que una corriente de aire fresco ingrese a levantar el polvo y sacudir las convenciones. Experimentalidad, juego, ambivalencia disciplinar y comentario político mordaz pero en los márgenes de toda doxa. Esos podrían ser algunos de los monolitos entre los que se desarrolla el proyecto. “Cualquier peruano puede / a cualquier Hora / y por escrito renunciar a / Todo // Ser disuelto al / Tercer Día (o // elevarse // tras / las / llamas / del / Poder”, dice Vera en el “Capítulo VI. De las relaciones con el poder legislativo”. Quizá lo que hace de esta Consitución política del Perú un objeto literario de potencia innegable es el hecho de que la voz que hilvana el texto está construida a partir del desmantelamiento de la voz que representa a la ley y al Estado. Si la letra de lo que nos rige y nos constituye como sociedad es letra muerta o letra fosilizada por el dogma ideológico, quizá solo la poesía  –esa sabia y lenta ave carroñera– puede comer de sus restos para convertirla en letra viva, para quebrar el ambar, y escapar.


"La voz que hilvana el texto está construida a partir del desmantelamiento de la voz que representa a la ley y al Estado. Si la letra de lo que nos rige y nos constituye como sociedad es letra muerta o letra fosilizada por el dogma ideológico, quizá solo la poesía puede comer de sus restos para convertirla en letra viva, para quebrar el ambar, y escapar".

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Constitución política del Perú
Santiago Vera (La Balanza Taller Editorial, 2021)

Reseña de Diego Otero     / Publicada en Agosto, 2021

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