ISSN 2767-1844
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Es ya un lugar común hablar de «narrativa torrencial». Con esta clase de expresiones liquidamos de un plumazo una tentativa que merece ser perfilada de un modo más atento. Hay fábulas narrativas virtuosas que son capaces de tejer los diferentes planos contradictorios, ambivalentes, de personajes y hechos. Asistimos al milagro de construcción subjetiva de un carácter, de un conjunto de atributos, de diferentes papeles actanciales que permiten adentrarnos en el universo moral de esos personajes (sean centrales o no en la ficción). La inestabilidad psicológica del sujeto se ha vuelto la clave de significado de buena parte de la novelística contemporánea. Acciones, rasgos, valores, interacciones, componen los ingredientes del personaje diegético (que dirían los teóricos de la literatura), su consistencia estética y moral. Sin embargo, es la voz/visión del narrador la que termina por regular la temperatura de todo el andamiaje, la que despliega y proyecta la potencia poética de una obra narrativa.

            ¿Por qué comento todo esto para hablar de Jávea de Alberto Torres Blandina? Por una razón muy sencilla. Más allá de las virtudes de esta novela (que son muchas), más allá del descarnado relato sociológico de un mundo que merece ser descrito sin piedad (el de la España post transicional de los ochenta y noventa, protagonizada por los chavales de entonces, hoy cuarentones ya), más allá de su furia (no se anda con paños calientes respecto a los distintos perfiles sociales), más allá de su agudeza conceptual e ideológica, más allá de las verdades como puños que dispara en torno a la desigualdad y los distintos modos de violencia (tanto de las élites progres como de los pijos y obreros), más allá de los múltiples personajes que atraviesan los acontecimientos (interesantes, mezquinos, drogados, intelectuales, tiernos, bestias), más allá del retrato generacional subyacente, más allá del país cochambroso que sirve de escenario, más allá de los viajes descritos casi como huida hacia delante por escapar de una marca familiar imborrable... lo que impresiona es la construcción de su voz narradora. No se trata sólo de un virtuosismo técnico (que también), sino de una lucidez inquebrantable que la vuelven (a la voz narradora, digo) la verdadera protagonista de esta obra. Si su lectura arrebata, si uno no puede despegarse de las ciento ochenta y nueve páginas que alberga, es por la capacidad evocativa, plástica, que tiene de articular diferentes planos de pensamiento y habla en un mismo flujo narrativo.

            Pero detengámonos un instante en la cualidad de esa voz, pues es ahí donde esta reseña encuentra su sentido. No en vano reseñar no es otra cosa más que proponer una posibilidad de lectura. En este caso, hay dos imágenes críticas que se me vienen a la cabeza cuando intento pensar la voz narradora que despliega Torres Blandina. La primera guardaría relación con eso que Alicia Molero de la Iglesia denomina «narratología del discurso», y pone el acento en la variabilidad de modalidades discursivas que es capaz de incorporar el narrador de esta novela. La segunda, más filosófica, supone releer Jávea a partir de la idea de «potencia» que tenía Baruch Spinoza. Veamos, telegráficamente, cada una de estas dos imágenes.

            La instancia narrativa creada por Torres Blandina presenta una enorme riqueza de matices, ya que es capaz de cruzar dentro de sí tanto una voz (¿quién habla?) como distintos modos de focalización y visión (¿quién ve?). Encontramos en un vaivén continuo que envuelve al lector tanto «narraciones posteriores» (referidas a un pasado), como «narraciones anteriores» (referidas a un futuro o a un relato hipotético), «narraciones simultáneas» donde la acción y la narración se dan al mismo tiempo, y «narraciones intercaladas» donde el presente y el pasado se confunden y entrometen de forma constante. Encontramos un narrador «autodiegético», es decir, un personaje-narrador de la historia, pero que tiene la capacidad de ofrecer una vívida recreación de otros seres y hechos con los que se relaciona. Y eso lo hace proyectando una pluralidad de puntos de vista, o modos de visión/focalización, que sorprende. Unas veces atiende al detalle, otras al panorama, unas veces usa diversos recursos de temporalización narrativa acelerando o decelerando el relato, otras, se cuela en las almas de los personajes secundarios ofreciéndonos una radiografía del mundo vista desde ellos mismos, consiguiendo un «perspectivismo narrativo» (muy difícil de lograr) que permite al lector asistir a un auténtico crisol sociológico. Torres Blandina, de forma hábil, juega con la simultaneidad y la yuxtaposición, haciendo de este libro un territorio amalgamado, en permanente desborde de sí mismo. Consigue dotar de verosimilitud a esa inestabilidad psicológica del sujeto de la que hablábamos antes, y que es tan característica del tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Por todo ello, considero que estamos ante una obra sólida, altamente recomendable para quienes quieran empezar a escribir y deseen atisbar la dificultad (y el desafío) que supone armar un narrador.

            Y luego estaría la otra imagen, la de la «potencia», que también puede ayudarnos a calibrar el interés de este libro. Cuando uno va devorando sus páginas, va tomando conciencia de que esa voz narradora, ese tejido complejo que hilvana sucesos y personajes, «persevera en su ser», como diría Spinoza, se vuelve «conatus», impulso, existencia misma. Es una voz que es «causa de sí», «obra en virtud de la sola necesidad de su naturaleza», se dota de sus propias reglas, las viola, se despliega ante nosotros desde su propia complejidad, componiendo el laberinto de afectos (contradictorios y ambivalentes muchas veces) que le son constitutivos. Va de un lado a otro. No sigue un plan premeditado. Reconstruye las interferencias de lo social en lo individual, y de lo individual en lo social. Se vuelve una materia viva que late más allá del juego narrativo. Torres Blandina parece apostar por la propia autonomía del texto, dotándolo de una espesura somática de gran intensidad, pero en permanente diálogo con las realidades extratextuales e históricas en las que se halla enredado.

            Acabo ya. Una reseña es también una pasión. Una apuesta estética e intelectual. Forma (microscópica) de intervenir en el mundo a través de los libros de otros. Pues bien, como lector de Jávea, creo que en sus páginas descubrimos un tono para habitar la memoria, y hacerlo sin concesiones, sin trampas al solitario, sin caer en cinismos impostados, tampoco sin dejarnos atrapar por una melancolía o pasión triste que de nada sirve. Encarar, en su desnuda y áspera condición, el presente de un pasado, que se vuelve la arena sucia donde entrever las huellas de un futuro.     

RESEÑA

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"Es una voz que es «causa de sí», «obra en virtud de la sola necesidad de su naturaleza», se dota de sus propias reglas, las viola, se despliega ante nosotros desde su propia complejidad... Va de un lado a otro. No sigue un plan premeditado. Reconstruye las interferencias de lo social en lo individual, y de lo individual en lo social. Se vuelve una materia viva que late más allá del juego narrativo".

Jávea
Alberto Torres Blandina (Candaya, 2020)

Reseña de Ernesto García López     / Publicada en Agosto, 2021