ISSN 2767-1844
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ENSAYO

Para escapar…

…a veces es preciso
cambiar de lengua.

Ricardo Piglia



I


 El siglo xx mexicano inició en una cárcel. O con la promesa de una cárcel. O es que el siglo xx mexicano, tal vez también lo que va del xxi, es en esencia una cárcel. La duración, como escribió Álvaro Mutis, es un rasgo de las prisiones.

            ¿Cómo se habla sobre la experiencia de un país?

            A veces pienso que esa experiencia tiene que ver con una forma determinada de la muerte, o de los linderos de la muerte, todo aquello que sucede en sus alrededores. A veces, también, pienso que los países, su esqueleto esencial, nada tienen que ver con nosotros ni con la cotidiana manera que tiene de esfumarse la vida. Luego imagino al Indio, su voz de borracho sabio, que viene y me dice que un país no es otra cosa que una muerte, solitaria casi siempre, con nombres y apellidos y deudos tardíos que solamente aparecen cuando hay que recoger los restos, cuando alguna cosa terrestre ha de reclamarse, cuando es indispensable la aparición de unos para asentar la ausencia de otros.

            Ahí, me diría el Indio, se funda un país.

            En esa prisión del siglo mexicano de la modernidad, Álvaro Mutis conoció varias muertes de esa naturaleza. ¿Qué símbolo de una historia nacional puede extraerse de un asunto como este: el 29 de septiembre de 1900 se terminó de construir la prisión de Lecumberri, llamada el palacio negro, y 76 años después se convirtió en el Archivo General de la Nación, es decir, en el edificio donde se resguarda la memoria colectiva?

            Me pregunto si entre las antiguas celdas y pabellones, donde ahora se acumulan carpetas, archivadores y estudiosos, quedará algo de Ramón, el peluquero que Mutis vio morir intoxicado por una dosis de falsa heroína durante una epidemia de envenenamientos dentro de la cárcel. Me pregunto si el único y último registro de la existencia de Ramón han sido las palabras con las que Mutis recordó la mirada final que su esposa le echó encima mientras se moría, temblando: «Su mujer le miraba fijamente, con rabia, con odio, como se mira lo que ya no sirve, lo que no sirvió nunca». Ramón, el peluquero, murió en la página 13 de la edición del Diario de Lecumberri publicada en Llibres del Mall, en Barcelona, en el año 1986, pero ya había muerto antes, en la edición original de 1960, y entonces lo pienso muriendo una y otra vez entre temblores y páginas, negándose a decirle a los guardias quién le había dado la heroína falsa, el veneno que antes ya había matado a otros y que mataría a varios más en los días siguientes, todos en la enfermería de Lecumberri. Pienso en la muerte inicial de Ramón, la del cuerpo, cristalizada en el recuerdo de Mutis y me parece que todo esto, estas repetidas muertes escritas de Ramón, el peluquero, las repetidas miradas de la Güerita, su esposa, las preguntas del médico y los guardias que hasta ese momento, y todavía hoy si la lectura se detiene ahí, siguen sin saber quién vendía la heroína envenenada, todo esto, incluso la idea de un veneno que se falsifica con otro veneno, todo, de alguna manera que no puedo sintetizar, se agrupa en la definición de lo que entiendo por «país».

            Si el Indio me escuchara explicándolo, me llamaría ridículo, y luego se quedaría callado, pensando en que, de alguna manera, no todo en la idea es locura.



II


Alguna relación encuentro entre el veneno falso y la transformación del edificio que nació como cárcel y ahora es el depósito de la historia nacional. Un veneno disfrazado de veneno. La prisión y la memoria como palacios entrelazados por el tiempo.

            Me llamó el Indio y me dijo: No sabes lo que es estar en la cárcel.

            El Indio nunca ha estado en la cárcel, pero lo ha soñado muchas veces. Y un día de un futuro que ya nos sucedió, su propio cuerpo terminaría siendo un encierro para él, y nunca salió de ahí después del ictus.

            Álvaro Mutis pasó 15 meses en Lecumberri, entre 1959 y 1960. Escribió los relatos del Diario… durante la estancia, después de haber escrito y publicado sus primeros libros de poesía. Luego dijo que sin la experiencia de Lecumberri nunca habría escrito las novelas de Maqroll, el Gaviero.

            Desde que leí los textos del Diario…, cada vez que recuerdo el nombre del personaje de las novelas de Mutis pienso en Ramón, el peluquero. Empresas y tribulaciones de Ramón, el peluquero. Alguien debería escribir ese libro. O ya lo hizo Mutis y se dio cuenta de que era un libro brevísimo, en el que Ramón ni siquiera tiene apellido ni rostro ni nada: un temblor en el cuerpo mientras se muere, una esposa sin nombre que lo observa como si ya estuviera lejos, lejos y roto, y un reclamo, porque acaso eso es lo que Ramón, el peluquero, encarna más que nada: cuando le pidieron que revelara el nombre de quien le había dado la heroína falsa, Ramón dijo que solamente lo revelaría si lo salvaban de la muerte, si no, que se mueran todos: «A los otros que se los lleve la tiznada», dijo.

             Roland Barthes escribió que la novela es una muerte porque transforma la vida en destino. Y Mutis escribió, hacia el final del relato de la epidemia de envenenamientos: «Allá afuera, el mundo no entenderá nunca estas cosas». Le escribí al Indio para contarle que extrañamente se habían conjugado esas tres lecturas: la del diario de Mutis, la de unos ensayos de Barthes y la de unos textos de Piglia. Quería saber si él podía ayudarme a entender la relación entre ellos, como si no hubiera sido el azar el que los encontrara, sino una suerte de destino. El Indio, que tardó semanas en responderme, me dijo que en las prisiones, y Lecumberri no sería una excepción, se percibe con más intensidad la jerarquía de la sucesión. Es ahí, dijo, donde resulta irremediable reconocer que unas cosas suceden a otras y que hay un lazo entre todo lo que acontece.

             Esa muerte de la que habla Barthes se asemeja, creo, a una idea que rige desde hace tiempo toda escritura a la que intento aproximarme: las palabras son indispensables ahí en el lugar donde se pierden. Como el perdón, diría Jankélévitch, que es indispensable ahí donde lo imperdonable marca la vida. Una vez que nos golpea un hecho, en su ocurrencia intensa, en su afectación, perdemos la capacidad de hablar. Se nos suspende el lenguaje. Nada tiene nombre, nada existe. Cuando no hay palabras, cuando las palabras que nombran las cosas desaparecen, todo lo que queda en el mundo es emoción, cuerpo de la emoción, desmesura, un sentir abrumador que desborda la comprensión del mundo y nos orilla a un grito, un gemido, un estertor lejano que perdimos en las cavernas, alrededor del fuego, cuando el habla nos dio el horizonte de los tiempos verbales. ¿Cuál habría sido la forma, y cómo habríamos llamado, al sonido humado equivalente al ladrido o el relincho?, me decía el Indio.

            En la prisión, como dice Mutis, donde se han perdido tantas cosas desde el momento del ingreso, la mente lucha por encontrar, por regresar, a un «cierto denso cauce antiguo en donde las palabras sirven para nombrar cosas, hechos, sentimientos enterrados profundamente». Un intento de volver hacia la posibilidad de hacerse entender con matices, con énfasis, con puntillosa y detallada desesperación.

            No es lo sucesivo lo que más se expresa en la proximidad de los otros, le respondí al Indio cuando tuve tiempo de pensar las cosas un poco más, cuando me armé de valor para confrontar su parecer, sino la ausencia de continuidad, precisamente: cuando se anula la distancia, también perdemos la capacidad de mirar.

            La duración del encarcelamiento, como lo explica Mutis, es más bien una suspensión del tiempo, un tiempo eterno sin transiciones más allá de la muerte, e incluso la muerte no es sino una repetición, una muerte única casi siempre igual, apuñalada o envenenada, en soledad y sin gritos, a veces, incluso, sin nombres, y la escritura o el relato, el orden y la odiada necesidad de la sucesión, se convierten en un asidero desesperado que parcela aquella inmensa llanura.

            La experiencia de un país sería, le dije al Indio, medir con palabras y personas sus distancias internas.



III


Por eso no se puede explicar un país, sueño que le digo al Indio. Al despertar recuerdo que me respondió que me dejara de pendejadas, que así no habla nadie, que en la vida hay otras cosas, más simples, que no requieren de un lenguaje, que deje de pensar en países y en palabras. Si pudiera contarle el sueño al Indio, seguramente me reclamaría que él nunca ha hablado en la forma en que yo lo escucho, o en la forma en que intento reproducir su voz. Eso es un país, me dijo al final, un temblor en el cuerpo mientras se muere.

            ¿Ya te diste cuenta de que Mutis escribe sobre los cuatro puntos cardinales de México?, fue lo último que decía el Indio en su mensaje. Me pasé días releyendo el libro, tratando de desentrañar de qué se trataba el asunto de los puntos cardinales, si residía en la procedencia de los presos que se van convirtiendo en personajes, si tenía que ver con los destinos de algunos de ellos, si había alguna mínima referencia espacial que se me había escapado.

            Solamente llegué a una primera aproximación, un comienzo de conclusión que no logró responder la pregunta del Indio: «Palitos», el personaje del tercer relato, le cuenta su vida a Mutis, y entre los vericuetos de una existencia casi sin origen, le explica que durante un tiempo vivió en Tijuana. Y un poco más: Rigoberto, el personaje del cuarto texto, huyó de una celda improvisada en un barco cuando fue condenado a una pena en las Islas Marías, y acabó en Mazatlán, y luego siguió huyendo y en algún momento, en ese delirio en el que le relata a Mutis el rosario de asesinatos que cometió, menciona otro pueblo costero de Sinaloa, Escuinapa, a donde prometió llevar a un par de muchachos que terminó matando en un descampado.

            Una geografía trazada por las muertes. Eso también puede ser un país. México no sería el único atravesado de esa forma por la violencia. Pero más allá de los breves lances del autor sobre algunos rasgos espaciales de un país que podría ser un continente, no pude encontrar ningún otro rasgo cardinal que me abriera los ojos ante la propuesta del Indio. Avergonzado, no se lo pregunté. Pensé entonces en escribirle a Francisco, y mientras lo hacía, tratando de encontrar la forma de recomponer el desorden de ideas sin irme por las ramas, el Indio volvió a llamar.

            Antes de que dijera nada, le hablé de «Palitos», ese personaje que muere de una cuchillada en el corazón. Pero me interrumpió diciendo que «Palitos» no era un punto cardinal, sino el último eslabón de la historia. ¿Aunque aparezca en el tercer relato?, le pregunté. Me volvió a decir que era un pendejo. En el momento en que el problema de la sucesión nos golpea con más intensidad es cuando uno ha de romper con las jerarquías del orden, me decía el Indio.

            Por eso, si una cárcel puede convertirse en el depósito de la memoria de un país, ese archivo de la identidad nacional oficial contiene los huesos y los fantasmas de la prisión que fue: «Palitos», Rigoberto, Ramón, el peluquero, sus cuerpos y el martirio que les dio la última forma, son parte del material indispensable de la historia nacional.      

            La escena en la que Rigoberto, enarcecido en el delirio de la heroína, entra en la celda de Mutis y toma uno a uno los objetos que lo rodean, los limpia, les quita el polvo, los lustra hasta que un brillo imaginario le cierra las pupilas ensanchadas por la química, mientras va soltando el recuento de todos los muertos que debe, de todas las personas a las que fue asesinando a lo largo de su vida, las causas, las formas, los golpes certeros en la cabeza o las cuchilladas en el pecho o aquel panadero, Pancho, al que metió vivo en un horno, me remite de inmediato al estremecimiento de «La parte de los crímenes», en 2666 de Roberto Bolaño: cada mujer asesinada debía ser nombrada, como cada preso que se cruzó en el camino de Mutis, como cada víctima de Rigoberto, como cada envenenado en la epidemia de heroína falsa, pero también cada herida, cada lugar tocado por sus cuerpos, cada realidad transformada por su ausencia. No veo en estos recuentos ni escándalo ni morbo ni exageración: creo que Mutis, como Bolaño, comprendió que los nombres importan para que la muerte no se confunda con descanso y liberación. El colombiano lo presintió cuando, frente al cuerpo de «Palitos» en la morgue de Lecumberri, leyó la etiqueta atada a su tobillo: «Antonio Carvajal o Pedro Moreno o Manuel Cárdenas, alias «Palitos». Edad: 22 años. Libre por defunción». En Lecumberri, así parece, solo los muertos encontraban la libertad.



IV


Le conté todo esto a Faverón, que algo debe saber de prisiones en la manera en que el Indio sabía de prisiones. Hicimos una pequeña lista de libros que hablaban sobre cárceles, una poética posible del encierro. Ya le había mencionado yo el Diario de Lecumberri de Álvaro Mutis, y él recordó El sexto, de Arguedas. No sé si alguno de los dos dijo que El Conde de Montecristo es, por excelencia, la novela carcelaria. Yo le hablé de El apando, de José Revueltas, y en la lista enumeramos El beso de la mujer araña y La casa muerta. Luego nos enredamos en una discusión sobre novelas escritas en cárceles, novelas con el tema de la cárcel o novelas que se leen como si uno mismo fuera el prisionero, como si uno estuviera encerrado o como si a cada página, a nuestro alrededor, piedra a piedra se fueran levantando los muros de la prisión. La lectura, o la escritura, como una cárcel.   

            Entonces Faverón me contó que la primera edición de Trilce se imprimió en los talleres del panóptico de Lima. Creo que para mí, Vallejo es uno de los poetas más libres y vivos que he leído, uno que supo cambiar de lengua para escapar. Quizá, en esa indispensable ensoñación del escape, los prisioneros del panóptico de Lima eran los más aptos para comprender lo que el poema de Vallejo busca, percibir los vericuetos por donde la libertad podía encontrarse no como una renuncia sino como una transformación.  

            El Indio se murió antes de explicarme el asunto de los puntos cardinales. No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché su voz ni dónde estábamos en el último encuentro. No vi su cuerpo ni los temblores del suspiro final ni puedo describir la forma en que el ojo, el último ojo vivo que le quedaba, giró enloquecido a su alrededor buscándonos a todos, quiero pensar, buscándonos para saber que seguíamos ahí, aunque estuviéramos lejos, perdidos, cada uno en su destino. Le escribí un último mensaje, creo que nunca llegó a verlo: Un país es un lugar que, allá afuera, nadie logra entender.


"Por eso, si una cárcel puede convertirse en el depósito de la memoria de un país, ese archivo de la identidad nacional oficial contiene los huesos y los fantasmas de la prisión que fue: «Palitos», Rigoberto, Ramón, el peluquero, sus cuerpos y el martirio que les dio la última forma, son parte del material indispensable de la historia nacional".

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Para escapar
Texto a partir de Diario de Lecumberri, de Álvaro Mutis
Por Eduardo Ruiz Sosa    / Publicado en Agosto, 2021