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Criticar el tatuaje
Por Nadal Suau    / Publicado en Septiembre, 2021

Bruce Davidson, 1959. Pandilleros frente a una selección de diseños para tatuaje en Brooklyn.

"El tatuaje es un gesto antimoderno: no conservador, tampoco nostálgico, sino ligeramente fuera de marco, que se produce en una ceremonia de ritmo lento y carnalidad tangible. Nos tatuamos para controlar la imagen que ofrecemos, y para ello confiamos íntimamente en un coautor de nuestra identidad, el tatuador".

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Si descartamos a unas pocas viejitas de provincia, probablemente adorables, convengamos en que un tatuaje ya no es motivo de escándalo. Cincuenta tal vez sí, o tres de ellos diseminados en un rostro, o un único tatuaje cuya violencia icónica o ideológica permitan inferir una amenaza; pero estos son casos poco relevantes a efectos de estadística, sobre todo el tercero. En general, en 2021, las reacciones negativas ante un tatuaje, que se siguen produciendo con cierta regularidad, tienen más que ver con la incomodidad paterna por un lado, y con un modo sobreactuado de menosprecio por el otro. Lo primero es normal: el juego de poder y relevo genético-patrimonial inherente a la institución familiar se puede activar contra el hijo lo mismo con una modificación corporal que con el empeño en estudiar, qué sé yo, un grado de Humanidades. Es todo parte de la gran juerga del linaje compartido. 

            Pero, en cuanto a lo segundo… Todos esos que le echan un ojo a las personas tatuadas que pasean arriba y abajo por las calles y luego dicen “otro moderno”, o bien “es una moda ridícula”, o “ahora lo transgresor es no llevar tatuajes”, todos esos pedantes del qué-tontería o, peor incluso, los que insinúan subrepticiamente que “¡Vaya, no recuerdo que a Occidente lo forjaran poetas tatuados!”, esos enemigos de lo primitivo y lo no prestigiado... Todos ellos, ¿quiénes son? ¿Los necesitamos? Yo, desde luego, me siento más cercano a la egresada de suburbio rico que se inscribe una estrellita anémica en el omóplato para festejar su juventud que a la mucho más anémica imaginación crítica de esos menospreciadores automáticos, incapaces de interpretar la normalidad conquistada del tatuaje como la ampliación del campo de batalla socioeconómico que sin duda es, o de analizar la moda paradójica de una modificación permanente en clave de ansiedad y deseo, o de saludar la posibilidad de forjar complicidades nuevas gracias a la expansión de un gesto cultural tan sólido… 

            Solo trato de decir, en fin, que los tatuajes necesitan lectores, o mejor: que son un buen ángulo desde el que leer el mundo. 

            En defensa de semejante idea, se me ocurrió por un momento empezar esta pieza para La Vaca Multicolor con una pregunta: ¿por qué no fundar una crítica del tatuaje? La academia ya ha producido toneladas de escritura científica en torno al fenómeno, a menudo muy interesante: historia, sociología, antropología, arte… Sin embargo, ni los medios de comunicación convencionales ni los supuestamente novedosos han incorporado de forma sistemática una discusión en torno a los artistas, obras, tendencias, portadores, tradiciones o significados de la piel labrada; si reseñamos libros, películas, series, conciertos… ¿Por qué no tatuajes, trayectorias de tatuadores, cuerpos tatuados…? ¿Acaso no es una disciplina tan viva como esas otras, más incluso que alguna de ellas? ¿No captáis el el raro ritmo de lo significativo en la vibración monótona de las agujas eléctricas perforando la piel?

            Pero, cuando ya había tecleado la pregunta inicial, caí en la cuenta de que hay muchas más cosas que todavía no ha generado el tatuaje, la mayoría relativas a su desarrollo en tanto que ‘industria’: por ejemplo, apenas existen intentos de explotar estudios en régimen de franquicia, y los pocos casos conocidos han tenido un éxito menos que modesto; aún no se inventó la posibilidad de tatuarse sin la intervención presencial del artesano; tampoco nadie nos salió con el horror definitivo de una técnica indolora; y sigue sin ser una opción real que una colección de tatuajes inscritos en tu piel se revalorice con el tiempo y, por lo tanto, pueda contemplarse como una inversión patrimonial. No se aplica copyright al tatuaje, nadie se ahorra impuestos patrocinándolo. No hay formación profesional en la secundaria ni títulos universitarios, al menos en mi país. Es decir: en un mundo aceleracionista, el tatuaje se resiste a circular por las vías oficiales y a las velocidades ortodoxas (aunque nada es tan unívoco en esta vida: concedamos que sí existen el merchandising, las cuentas de Instagram, los reality shows o las convenciones internacionales…). 

            “Se resiste”, escribí, y no en vano: es obvio que, con la normalización en nuestras sociedades de este arte o artesanía (discutámoslo en otro momento), se volvió imposible interpretar de un modo unívoco todas las pieles tatuadas: de ser un lenguaje compartido por minorías contrastadas que se decodificaba casi automáticamente, pasó en pocas décadas a significante disperso que transmite todo tipo de estatus altos o bajos, presunciones morales, ideologías políticas o socializaciones fallidas o exitosas. Un futbolista de élite y yo no hacemos lo mismo al tatuarnos. Hechas estas aclaraciones, toca insistir: en buena medida, el tatuaje se ha convertido en un recurso de resistencia. Puede que haya visto cercenada su capacidad de ofender o agredir, pero conserva los visos de un impulso negativo, contrario a la lógica obsolescente, desmemoriada y aséptica del siglo XXI. La única violencia creativa y contracultural que perpetúa es la del frenazo, que se combina, eso sí, con su electrizante dimensión lúdica, afectiva, caprichosa: tatuarse es un juego, un placer doloroso, un ritual o una añoranza de ritual… 

            ¿Funda algo el tatuaje? Es una buena pregunta que hacerse. ¿Señala el tatuaje algún mal de época? Yo estoy convencido de que sí, a saber:  lo difícil que resulta conciliar un mínimo de densidad individual en este mundo homogeneizado de facto con la añoranza de vínculos comunitarios fiables en esta cultura cuya psicosis es el individualismo. En ese cruce, el tatuaje aparece como un gesto antimoderno (no digo conservador, tampoco nostálgico, sino ligeramente fuera de marco y corte-manguista) que se concreta en una ceremonia lenta de carnalidad tangible. Nos tatuamos para controlar la imagen que ofrecemos, y para ello tenemos que confiar forzosamente en un coautor de nuestra identidad, el tatuador. Nos estrenamos desde el Yo y luego, si decidimos repetir, acabamos por abrirnos (o podemos hacerlo) a una comunidad heterogénea que se constituye en torno a esos ritmos, esa carnalidad, una actitud compartida ante el paso del tiempo y su resguardo en la memoria. El tatuaje no resuelve la paradoja, pero la ilumina y la registra. 

            Además, tatuarse es muy divertido. Duele y coloca un poco y es una belleza.

            En mi caso, me hice el primer tatuaje seis años atrás, aunque desde entonces he reincidido a menudo con la pasión del converso, acumulando piezas de artistas de varios países. Me han hecho una golondrina sacada de la primera portada de mi libro favorito, un dragón en la espalda que comparto con mi mujer, un junco mediterráneo delicadísimo, una sibila, tres rosas…  ¿Por qué empecé y por qué seguí con el juego? La respuesta inmediata es narcisista: un cambio sentimental, la biografía que se parte por la mitad, el reto, la adolescencia rediviva a los treinta y cuatro años, la coquetería c’est moi… Pero por debajo de esas razones, que son mías y defiendo con gusto, estoy convencido de que corre el tipo de inquisición feliz y universal subyacente a cualquier vida obsedida por un arte. Te tatúas, lees, escribes, compones o escuchas música por motivos similares. Nadie se tatúa todo el cuerpo porque el dolor libere endorfinas, loco, sino para completar una obra que exige siempre un matiz más, otro estrato, un nuevo capítulo. Lo hacemos porque el tiempo pasa y eso es un escándalo insalvable, definitivo, irresuelto. Y lo hacemos en un contexto sociopolítico determinado que puede rastrearse en los estilos que se suceden (hiperrealismo, orientalismo, abstracción, minimalismo, saturación, etcétera), en las tarifas que se aplican, en la ubicación de los locales en cada mapa urbano. 

            Me tatúo porque es algo que puedo hacer sin traicionar a nadie, tampoco a mí. Prolongo una expectativa.   

            Y mientras voy pensando en todas estas intuiciones que quedan abiertas a desarrollo y revisión, regresa a mí aquella pregunta inicial que ahora se revela más pertinente como cierre que como arranque: ¿por qué no fundamos una crítica del tatuaje? Es decir, ¿por qué no empezamos a pensarlo a fondo, sin cesar, desde la inmediatez, como una de las manifestaciones estéticas que alienta nuestra época y pugnan por darle forma?

ENSAYO