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ARTES

La persistencia de la memoria
(Sobre la obra de Violeta Quispe)
Por Pancho Guera García    / Publicado en Agosto, 2021
Todos los textos son propiedad intelectual de sus autores. / El website es propiedad intelectual de La Vaca Multicolor & Gustavo Faverón Patriau. / La Vaca Multicolor es un mamífero imaginario sin fines de lucro.

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Violeta Quispe

Joven artista de una nueva generación, actual y vigente y con muchas cosas que decir, y por supuesto con muchas cosas que decirme, desde nuestras grandes diferencias, de edad, de formación, de género y de lugar de origen. En cierta forma, es en la técnica y en nuestro interés compartido por ella donde nos encontramos, y por eso conversamos como dos viejos amigos, otra vez debido a las nuevas formas de proximidad de estos tiempos, por medio de una videollamada, un día en que yo acababa de ver la película El Cholo y cuando resonaban todavía en mis oídos la música del Polen, y en la cabeza tenía preguntas sobre identidad, sobre arte, sobre artesanía y, claro, sobre fútbol...  

            ¿Cómo pinta Violeta? Recoge información sobre el entorno de Sarhua, ahora lejano para ella: pregunta sobre las flores y los animales de esa región de la que partieron su padres. Contrasta lo escuchado con las cosas que puede encontrar en internet. Dibuja, y cuando dibuja evoca y también imagina. ¿Y las tintas? Tradicionalmente, en las tablas de Sarhua, se usan tierras que dan colores de una gama baja, terrosa, no llena de color, muy diferentes de las pinturas que se usan, por ejemplo, en los retablos ayacuchanos, y aún más en los afiches chicha, con sus tonos explosivos y sus neones. Los menciono y ella de inmediato recoge la sugerencia y me dice que por qué no, que tal vez los use en el futuro. Por ahora, se ha alejado de algunos usos tradicionales: pinta con acrílico y con látex, preparando las mezclas con cola sintética. Atrás ha dejado las tierras, la goma de plantas para fijar, la cola de conejo, el hollín para hacer el negro que se usa para dibujar las líneas. Ya no recurre a las plumas de las aves ayacuchanas sino a las de aves costeñas, incluso plumas de pavo, que va recogiendo en las granjas cuando se acerca la navidad y se multiplican los pavos: va de madrugada para arrancarle tres o cuatro plumas a cada animalito, con cuidado, y regresa a casa con las plumas, chispeadas del rojo que queda en ellas tras sacárselas al pavo, y lo mismo hace con las gaviotas que alcanza a capturar, por un minuto, en las playas de Villa.  

           Otra ruptura en las formas: las tablas de Sarhua son siempre verticales. En la obra de Violeta priman los formatos horizontales, porque le parece que se prestan más para contar historias en el tiempo, y al hacer ello quiebra el orden clásico de la tradición, el orden de lo vertical en las tablas, que hace pensar en cosas que ocurren en un mismo instante o en momentos inconexos o simplemente cíclicos, mientras que ella quiere contar historias en las que el tiempo se suceda. Así ocurre, por ejemplo, cuando cuenta la historia de las "morochucas" que le salen al frente a los hombres de a caballo —legendarios y heroicos en la tradición— con preguntas sobre sus compañeras, sus esposas, sus hijas, señalando y representando de esa forma a las rabonas de la guerra del Pacífico, pero deslizando referencias al tiempo posterior y a hombres y mujeres de ese otro tiempo histórico. Porque Violeta busca narrar una historia más igualitaria y pareja que aquellas que se ven en las tablas tradicionales, subrayando, en las suyas, la presencia de las mujeres.   

           

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Me jaló el ojo de inmediato: era la imagen de una mujer vestida como un Ekeko, el popular vendedor criollo del altiplano. Pintada al estilo de las tablas de Sarhua, me prometía buena suerte para el 2021, y, como algo había que hacer frente al catastrófico año anterior, la compré. Cuando la tuve en las manos, me gustó pasar del olfato al tacto y quise descubrir la técnica de la artista, además, por supuesto, de lo que la figura misma representaba: un ser divino tiawanaku, ligado en tiempos remotos a la fecundidad y después al comercio, un personaje que yo mismo, además, había pintado muchas veces. Quise saber sobre su autora, Violeta Quispe de Sarhua, y entonces me dije, si La Vaca Multicolor me pide que presente, en mi condición de artista plástico mayor y avejentado, a alguien más joven y lozano, ¿por qué no hacerlo con alguien en gran medida ajeno a mi mundo? Y aquí estaba: la encontré en Facebook. En la foto llevaba un sombrero y muchas flores y una pollera multicolor. La presento, entonces, como en un rápido boceto, un apunte, pensando más en descubrir cómo es que Violeta Quispe hace lo que hace, que en interpretar lo que su obra significa.

"Violeta es innovadora pero no quiere desprenderse de la memoria. Por el contrario, el arte de Violeta es una forma de persistencia de la memoria: es una herencia del padre fallecido cuando ella tenía diecisiete años, pero también es una forma de presente, de actualidad".

Permanece, sin embargo, el horizonte de la pampa ayacuchana, siempre marcado con esa línea negra, que va con el color bajo una armonía casi monócroma, a diferencia de, por ejemplo, un cajón de San Marcos o un retablo, que son siempre muy coloridos y deslumbrantes. Otra cosa que mantiene es el uso de plantillas para el calco, en busca de guardar modelos y preservar una memoria. Porque, a fin de cuentas, Violeta es una artista innovadora pero no una que quiera desprenderse de la memoria. Por el contrario, el arte de Violeta es una forma de persistencia de la memoria: es una herencia del padre fallecido cuando ella tenía diecisiete años, pero también es una forma de presente, de actualidad: no quiere nunca más trabajar en un banco, quiere el tiempo liberado para su arte, quiere que su obra muestre su juventud y su condición femenina, quiere que en su trabajo se sume lo ancestral a lo moderno. Sus redes sociales nos dicen su edad: post sobre viajes, nuevos contactos, cursos de capacitación, campañas de ayuda. Quiere mantener (y lo hace) el arte de Sarhua, pero también innovar. En la pandemia, por ejemplo, se reinventa: se vuelca a confeccionar cubrebocas, pero cubrebocas con historia, y con sonrisas. Sabe renombrar la historia de su pueblo, que viene de lo colonial y se apoya en esas vigas, las viejas tablas, y sobre lo andino y la presencia familiar, y ante la presencia casi exclusivamente masculina de los personajes en las tablas tradicionales, ella responde con la presencia de las mujeres, y solo con eso ya ha renovado ese arte, que en sus manos se llena de desenfado, reescribe la historia, visiblemente, como en una columna de Trajano.               

            Como dije, justo antes de hablar con Violeta vi la película El Cholo, la historia de un migrante exitoso en la ciudad, y durante nuestra conversación me regresa a la memoria y además trae consigo el viejo debate sobre el estatus de la artesanía en relación con el arte, una caja de Pandora que en el Perú fue abierta, en los años setenta, cuando otro migrante, don Joaquín López Antay, el notable retablista ayacuchano, recibió el primer premio nacional de cultura. Don Joaquín era mi vecino, yo lo veía a diario y visitaba su taller y aprendí mucho de él y de su nuera, Eulalia, y todos esos recuerdos y lo aprendido me hacen saber con claridad que el trabajo de Violeta no es otra cosa que arte, arte popular, arte original, renovado, arte de hoy.  

            Va terminando la videollamada. Violeta me habla de ciertas tradiciones de los carnavales; me habla, muy animada, de la Putafina, otro personaje híbrido que de alguna manera ella plasma en esa Ekeka tan particular que me mira coqueta. Pienso en un personaje de tamaño real y que lleva un disfraz pero de pronto aparece en la pantalla una muñeca, en manos de Violeta. Me la muestra, la blande en el aire como a un títere de teatro infantil. No por lúdica deja de ser, a la vez, fuerte e interpelante: se trata de una joven mujer que ha sido insultada y estigmatizada por su género, discriminada por inocente y por pastora y por lo mismo asediada por los hombres. Vuelvo la mirada a mi Ekeka, tratando de descubrir en ella algo de Violeta, pero apenas paso mi mano sobre la superficie me pregunto cómo la pintó y creo tener más preguntas que respuestas, pero ya es hora de apagar el celular.

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En esta época tan visual, las imágenes personales van y vienen como en un intercambio de figuritas, por ejemplo en Facebook o en Instagram, como los cromos de un clásico álbum Panini, en una especie de yala y nola moderno a través de las redes sociales. Así ocurre también, según descubrí, en algunas comarcas de la sierra peruana, con las conocidas y sin embargo, para mí, a la vez ajenas tablas de Sarhua: la tradición de documentar, pintándolos sobre troncos cortados y blanqueados con yeso, el paso de las generaciones y los hechos cotidianos de pueblos, clanes y familias, se da todavía, gracias a la persistencia y el trabajo creativo de unas quince familias guardianas de la memoria en madera, en la provincia de Víctor Fajardo, en Ayacucho, pero no solo allá: también en Lima, en Chorrillos, la costumbre continúa, en manos de aquellos hijos de Sarhua que migraron a la capital en los años ochenta, huyendo de la violencia del Estado y de la violencia subversiva. El intercambio de imágenes de Sarhua se ha expandido, entonces, lejos de perderse, y se está tejiendo con las costumbres y los modos de la ciudad.

            Todavía hoy se hacen con la misma técnica y en los mismos soportes, pero con una buena mezcla de tradición y modernidad, entre otras cosas influida por esa tendencia al intercambio rápido de información que es tan actual como el coleccionar imágenes propias y consumir imágenes de gente a la que uno no ve directamente y a la que, sin embargo, de esa manera, puede llegar a conocer. En mi caso, recibir la figura, tenerla en mis manos, sentir su textura, pasar de ver a tocar, me llevó a averiguar más sobre esta artista de treinta años, limeña pero con corazón sarhuino, formada íntegramente en el taller de su padre, don Walberto Quispe, y de su madre, doña Gaudencia.

[Cada cierto tiempo, La Vaca Multicolor le pide a un artista plástico que elija a otro, de su generación o menor, que le parezca no solo promisorio sino incluso admirable, y luego escoja un cierto número de obras de ese artista y escriba comentarios sobre ellas. En esta ocasión el pintor Pancho Guerra García eligió las siguientes piezas de Violeta Quispe.]

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