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"El arte, afirma Markus Gabriel, es radicalmente autónomo, posee leyes propias y es ingobernable no solo para el capitalismo sino también para el propio ser humano. Lo primero, si no recuerdo mal, ya lo dijo Marx; lo segundo me ha parecido definitivamente lo más cautivante de su argumentación en El poder del arte".

1. Pensamientos virales       

1.1 Debido a su simplicidad y casi evanescencia biológica, la existencia de los virus –esos organismos venenosos, si nos remitimos a su etimología— han resultado siempre incómodos a la mirada científica. Alcanzan el estado de vida compleja solo cuando, tras ocupar las células de una criatura, multiplican en ella —secuestrándola— su material genético. Por principio, evidentemente, los virus no son estúpidos; son elegantes ejemplos de la adaptación natural que le da orden al universo. Este ordenamiento pasa inexorablemente de la condición sencilla a la compleja, dado que la evolución favorece, como ya es bien sabido, la dificultad. Por esta razón no se “vuelven malas personas” los virus, porque su sola existencia depende del anfitrión cuya naturaleza incautan; sería contraproducente —y queda claro que así es— que conspirasen para eliminar su único recurso sustancial, pues hasta esta micropartícula fantasmal ansía para sí misma la ilusión que parece compartir con nosotros, criaturas semejantes a Dios: el deseo eufórico de la propia conservación de la vida.  

     A nivel elemental, la subestimada determinación del virus nos imita en el deseo de la inmortalidad y, por eso mismo, aunque lo anhela —quizá gozosamente— no nos aniquila del todo por más irrefrenable que sea su necesidad. A la luz está entonces que el debate público en torno a tales espectros deja de lado, por estos tan aciagos días, el estudio de un peligro a la larga mayor para nuestra especie: el de otros virus culturalmente estúpidos que contraviniendo todos los principios básicos de la evolución son capaces de asfixiar el cuerpo que les permite existir. En ese orden inverso al de toda lógica evolutiva, la complejidad se hace simpleza y el anfitrión padece, absorto y silencioso, el abuso desmedido de su hospitalidad. De tal forma, se ve empujado constantemente hasta las orillas mismas de su resistencia. Nada es capaz de salvarse de esta clase de veneno que se vulgariza en su propagación, saltando de boca en boca y de corazón en corazón.     


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1.2 El arte afirma Markus Gabriel es radicalmente autónomo, posee leyes propias y es ingobernable no solo para el capitalismo sino también para el propio ser humano. Lo primero, si no recuerdo mal, ya lo dijo Marx; lo segundo, en cambio, me ha parecido definitivamente lo más cautivante de su argumentación en El poder del arte, esa breve y concentrada obrita traducida al español hace tres años: “El arte", dice Gabriel, "se ejecuta en nuestro ser como un programa en un computador. Más aún, es gracias al surgimiento del arte que nos hemos convertido en seres humanos”. Y más adelante:  


El hecho de que nosotros, los seres humanos, seamos una inteligencia artificial ha pasado desapercibido hasta aquí. El pensamiento humano ha sido formado por las producciones de nuestros ancestros (herramientas, pinturas, joyas, tatuajes y vestimentas); estos objetos se han apoderado de la imaginación humana, que luego utiliza para transformar (...) Aquello que tiene poder sobre nuestra imaginación tiene poder absoluto sobre nosotros.    

     Bien visto, somos apenas anfitriones del arte, esa fuerza incorpórea que “utiliza nuestros sistema nervioso y nuestro espíritu para poder hacerse realidad”. Alien de Ridley Scott sería, de este modo, para él, una suerte de metáfora de la realización artística: “Las películas se proyectan en las pantallas de nuestro espíritu y no como pensamos ingenuamente en la pantalla del cine”. Al relacionarnos con el arte, permitimos que se nos implante “una experiencia estética”, dado que al final es el arte quien nos elige como anfitriones y no al contrario. Lo anterior hace de la creación un acto de hospitalidad en toda regla, tal como la entendía Felisberto Hernández. Recordemos aquella bella metáfora de Felisberto en donde, al comparar su propia escritura con la jardinería, nos alertaba acerca de la leyes de la paciencia que enseñan “a la conciencia a ser desinteresada”. Cada vez que vemos “El pensador” de Rodin, no es el objeto inanimado quien —insiste Gabriel—, “representa” para nosotros el pensamiento. Es la escultura, en realidad, quien nos “hace pensar” a nosotros. Por eso, para existir, el arte necesita de nuestro espíritu tal como el alien de Scott requiere el cuerpo de sus anfitrionas para mutar y fortalecerse. El arte actúa, en consecuencia, como un virus: se trata de un fantasma —que como el lémur de lo romanos— siempre merodea en la búsqueda constante de un cuerpo que le procure la existencia. La condición humana queda así expuesta a una trascendencia accidental, al menos en lo que refiere a la experiencia estética. Considerar ello nos debería obligar a pensar en el artista como sujeto desinteresado o incluso indiferente ante el hecho o el quehacer artístico.     


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1.3. Desde al menos el siglo XVIII, a decir de Lévi-Strauss, la ciencia no ha cesado de humillar al ser humano. A partir de entonces, y con el correr de los siglos, le ha ido mostrando repetidamente su insignificancia en el orden natural de la cosas. Si bien desplazado del ámbito privilegiado que antes creía gobernar, el ser humano no ha dejado de encontrar refugio en el pensamiento mítico que, por el contrario, antaño tonificaba su narcisismo. “La ambición totalitaria de la mente salvaje es bastante diferente de los procedimientos del pensamiento científico”, escribe Lévi-Strauss. Cierto es que su ambición metafísica no le permite alcanzar el dominio natural que ha obtenido, a su vez, el homo scientificus, pero si es capaz de olvidarse de dicha evidencia, el pensamiento mítico le “brinda la ilusión, extremadamente importante, de que él puede entender el universo y de que, de hecho, lo entiende”. Es fácil de entender entonces la persistencia que anida detrás de la hostilidad que las personas manifiestan, incansablemente, hacia las explicaciones científicas. Ya decía Sigmund Freud, a propósito, que una de las tareas de la cultura era defender al individuo de sí mismo. 

     En la literatura podemos introducir esta ligera variación: Los lectores asumimos que somos capaces de controlar la diégesis dado que disponemos, a voluntad, de la autonomía para entrar y circular por el espacio y el tiempo del relato. Sin embargo, a la larga, se trata de una ilusión trivial, pues igualmente el relato nos humilla a través de su función pedagógica. Como dejó escrito Umberto Eco, la ficción nos alecciona, cada vez que terminamos un libro, sobre la naturaleza irreversible y categórica de los hechos leídos: “Necesitamos de esa severa lección represiva. Los relatos ya hechos nos enseñan también a morir”. Aprender a leer es aprender a morir en la lectura, morir también un poco a medida que nos dejamos absorber, contagiados por el relato, pues la literatura, semejante a un virus, nos inocula un falso recuerdo. En esa liturgia secular que es la lectura moderna —alejada, precisamente, del mito—, la razón, enemiga de la ingenuidad, impide el ingreso a ese estado de trance necesario para cristalizar la lectura; esa “suspensión voluntaria de la incredulidad”, como decía Coleridge.     


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1.4. Este último tema fue desarrollado, yo diría, maravillosamente por Joseph Campbell en el primer volumen de Las máscaras de Dios. En la esfera del mito, la mentalidad primitiva coincide con la actitud del niño que juega. Todos habremos visto alguna vez la seriedad del juego infantil, en cuya praxis la máscara no significa tan solo una representación sino una metamorfosis de la identidad propia. De igual forma, en el dogma católico, la transustanciación hace del pan y del vino consagrados el cuerpo y la sangre de Cristo, no una metáfora del cuerpo y la sangre de Cristo. Sin la voluntad de jugar, no hay ritual ni hay tampoco mito. Hay, quizá, espectáculo, simulación o mala política.  

     Ahora, antes de terminar, voy a detenerme en un extraordinario atavismo urbano que pasa desapercibido diariamente ante nuestros ojos. Esto ocurre cada vez que nos adentramos en varios de nuestros edificios públicos. Afirma Campbell que los leones que custodian simbólicamente la entrada de bibliotecas, palacios o edificaciones gubernamentales nos recuerdan que el espacio al que acabamos de ingresar exige de nosotros un consentimiento y un cambio de conducta. Están allí, precisamente, a la manera de una antigua advertencia: esos pétreos y solemnes felinos que flanquean la entrada del palacio de justicia no son otra cosa que los guardianes de un viejo pacto lúdico. Una vez que entrábamos en él, conveníamos en que en ese edificio hallaríamos justicia, no una metáfora de la justicia; del mismo modo como los niños que entran a un auditorio, lo hacen convencidos de que serán vistos como un árbol o una ardilla, no como niños disfrazados de árbol o de ardilla.     


El poder del arte, Markus Gabriel (Hueders, 2019) (2018). 

Mito y significado, Claude Lévi-Strauss. (Alianza Editorial, 2019) (1978). 

Las máscaras de Dios. Mitología primitiva (v.1). Joseph Campbell (Atalanta, 2017) (1965). 

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