ISSN 2767-1844
Cartas del Preste Juan
Por Carlos Yushimito

Tengo un problema con las series. Con las adicciones, en general. Debo esforzarme mucho para seguir fumando y bebiendo. Asisto con asombro  a los intentos de la gente por abandonar el vicio del tabaco y el alcohol. A mí me sucede todo lo contrario. Me costó mucho adquirirlos y ahora no quiero tirar todo ese esfuerzo por la borda. Pues lo mismo con las series. Es solo que con ellas soy menos disciplinado. El alcohol y la nicotina acabaron doblegando mi voluntad, no así la trama. Reconozco el picotazo de la intriga, la palpitación que precede a la catástrofe. A veces la adicción se prolonga durante dos o tres capítulos; excepcionalmente, durante toda una temporada. Pero después mi interés decae. Es como montar en una montaña rusa durante horas. A quién le apetece eso. A mí no, desde luego. Paren, que me bajo. Lo he intentado con las mejores (o eso dicen mis amigos y aquellos por los que me dejo aconsejar), y -casi- nada. No lo suficiente, al menos. No sé en realidad si soy el sapiens o el neandertal en este nuevo ecosistema de los hábitos culturales. A mi cerebro le sobra o le falta algo. Me fatiga el entretenimiento o más bien no tengo paciencia para ello. El entretenimiento, a la larga (o no tanto), me produce hastío. Qué aburrido, el entretenimiento. Ni siquiera resulta autodestructivo. Uno puede vivir cien años entretenido. Un fumador o un bebedor (o ambas cosas juntas) lo tiene más complicado. Siempre sentí predilección por los caminos tortuosos y esforzados. Además, están los spoilers. Si te destripan una serie, apenas queda un frágil exoesqueleto, un puñado de movimientos de cámara. La mayoría de las series solo tienen tripas, casi nada de músculo; menos aún de cerebro. Una serie es buena cuando resulta inmune a los spoilers. Mira si no el Cristianismo. Todo el mundo sabe cómo acaba la historia y, a pesar de ello, el cuento lleva ya dos mil años dando tumbos. Ningún espectáculo de Broadway puede rivalizar con eso. Ni siquiera Juego de tronos. Tal vez lo mío tenga diagnóstico y una posible cura. Constato que la homeopatía no funciona. Hablo de las series, pero también podría hablar de las novelas. Es la trama lo que se me atraganta y se me hace bola. La trama sucede a la vida, nunca al contrario. Uno vive y después se inventa su propia historia. Con la ficción sucede a la inversa. La ficción invierte el vector de la causalidad. Son la previsión -por adelantado- del guión y el orden necesario de los acontecimientos los que justifican la ocurrencia de los mismos. Es el viejo truco del post hoc ergo propter hoc, la consolación del sentido. Qué poco realista, la trama. Igual soy un realista recalcitrante y no me había dado cuenta. Ya lo dice Tolstoi en Guerra y paz, que la historia está fraguada de pequeños acontecimientos incalculables y que el sentido, la justificación de ese maremagnum, si es que llega, lo hace a los postres. Yo quisiera que la literatura -y el audiovisual- se asimilasen a la vida, no que se hiciesen pasar por ella. Tatarkiewicz habla en su Historia de seis ideas, en el apartado dedicado a la mímesis, de dos concepciones enfrentadas de la misma. Una de ellas tendría que ver con la copia y la imitación que desemboca en la ficción. En contraposición a esta idea de mímesis se erige la de la pura expresión que no imita sino que se confunde con la vida. Personalmente me decanto por la segunda. Las razones pueden ser cromosómicas o de carácter, lo  mismo da.  Me gustaría que mi literatura tuviera el espíritu de lo imprevisible, que el lector, tras acabar uno de mis libros, pensase, no que había pasado por algo sino que le había pasado algo. Baudrillard afirmaba que la única revolución contemporánea era la de la incertidumbre. No saber qué ocurrirá en la próxima página, el salto de párrafo como un abismo donde desbarrancarse o el abracadabra que haga salir un conejo de la chistera.    

     Lo que a mí me gustaría, en realidad, es ser un accidente. 

COLUMNA

Columna itinerante

     INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      DIRECTOR     

OTRAS COLUMNAS

"A mi cerebro le sobra o le falta algo. Me fatiga el entretenimiento o más bien no tengo paciencia para ello. El entretenimiento, a la larga (o no tanto), me produce hastío. Qué aburrido, el entretenimiento. Ni siquiera resulta autodestructivo. Uno puede vivir cien años entretenido".

FACEBOOK         /         INSTAGRAM         /         TWITTER

INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      EDITORES


Artefacto Arirang
Por Ricardo Sumalavia
Todos los textos son propiedad intelectual de sus autores. / El website es propiedad intelectual de La Vaca Profana & Gustavo Faverón Patriau. / La Vaca Profana es un mamífero imaginario sin fines de lucro.

Contacto
Otras:
Klara y yo

Ser un accidente
Por Javier Moreno

Estética
covidiana

Por Mónica Belevan