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Las descarriadas
Por Fernanda García Lao    / Publicado en Marzo, 2021

"Los reparos de la Iglesia hacia nosotras y sus innovaciones tardías ya no coinciden con el deseo de un nuevo orden que descree de sus postulados por retrógrados y patriarcales, y da un paso más allá: el de terminar con el enlace funesto entre Iglesia y Estado, el siguiente eslabón podrido)".

En la vetusta tradición de la Iglesia Católica, las mujeres tenemos dos opciones: ser vírgenes o vivir en el pecado. Desde el principio ha sido así y parece difícil modificar el estereotipo. Se puede elegir entre castidad, entrega y mutismo a la manera de la Virgen María, o desobediencia a la manera de Eva, la subsidiaria de una costilla que se dejó tentar por el deseo de saber y terminó complicando las cosas. Su antecesora, Lilit, ya había abandonado a Adán y al Paraíso; fue omitida del relato por demonia, por criatura de la noche. «Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilit y en él encontrará descanso»,  Isaías 34:14.

     Nos imaginaron desalmadas, tirando el edén por la borda. Sería insólito que nos aceptaran para dirigir el rebaño. Ni siquiera postulamos para oveja. Sin voz propia, la interpretación de la palabra divina es un asunto masculino. Si fuera por la Iglesia, el silencio sería nuestro mejor estado.

     El Nuevo Testamento alecciona así:

“...pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; ¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? (1ª Cor. 14:33-40).

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1ª Timoteo 2:11-12). 

JUANA, OTRA PERDIDA

Las versiones acerca de la existencia de una Papisa surgen a mediados del 800 después de Cristo y fueron publicadas en el siglo XIII por varios historiadores de la época. Su existencia fue aceptada por la Iglesia Católica hasta el siglo XVI, momento en el que decidieron negar el asunto. A partir de entonces llegaron a decir que la fantasía habría surgido como una burla al papa Juan VIII, de mano blanda y carácter ambiguo, al que sus detractores llamaban Papisa Juana. Ese papa, Juan VIII, murió en 882, en circunstancias extrañas. Algunos apuntan que fue envenenado y que tardaba tanto en morir que fue rematado a martillazos. Otros aseguran que el papa mujer había sido Benedicto III. Sin embargo, en varias representaciones medievales de la papisa Juana, aparece con el nombre de Johannes. Su imagen se encuentra en multitud de grabados y tablas medievales, o en crónicas de la época, como “Crónica Universal de Metz”, escrita alrededor de 1250 y en ediciones subsecuentes de la “Mirabilia Urbis Romae” del siglo XII.

     Juana, Agnes, Gilberta o Margarita, era hija de un clérigo y desde muy chica fue instruida por su padre en las artes liberales: gramática, dialéctica, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música, además de estudiar latín y otras lenguas modernas. Como deseaba continuar sus estudios fuera de la casa paterna y la única opción era la carrera eclesiástica, absolutamente vedada para las mujeres, decidió modificar su aspecto con un hábito de fraile y adoptar un nombre masculino. 

     Como Johannes Anglicus –Juan el Inglés– consiguió un trabajo de copista. Más tarde, viajó por distintos monasterios de Europa y se relacionó con las figuras más influyentes del momento, sorprendiendo a todos con su carisma y erudición. Después de codearse con la emperatriz Teodora de Constantinopla, pasó por la corte alemana y llegó por fin a Roma.

     Allí fue admitida como profesor de la Schola Graecorum, antiguo colegio de diáconos, donde enseñó y obtuvo el título de Príncipe de los sabios. Gracias a sus brillantes disertaciones, la nobleza, los cardenales y los sacerdotes admiradores de su palabra la postularon como sucesor de León IV, del que había sido secretario de asuntos internacionales. Johannes Anglicus fue consagrado papa en San Pedro en el año 855 por unanimidad. 

     Los problemas habrían comenzado en el segundo año de su papado. Nadie había objetado sus facciones suaves ni su palidez, pero, de pronto, el Papa no entraba en sus ropajes. Es sabido que los altos cargos provocan ensanchamiento de estómago, apetito sin freno. No era el caso. Johanes/Juana estaba preñada. Y la criatura no tuvo mejor idea que nacer en una procesión de rogaciones desde San Pedro a Letrán, en el camino que va del Coliseo a San Clemente.

     Imagine usted el cortejo solemne interrumpido por la caída intempestiva del líquido amniótico, los dolores de parto y los berridos del recién llegado. El espanto se sombreó las sotanas, las palabras sacrilegio y demonio llenaron las bocas beatas y aquello pasó de procesión a vía crucis, en menos que canta un gallo. 

     Las versiones hablan de turbas enfurecidas, piedras, caballos desbocados con la papisa a la rastra, muerte instantánea, prisión, convento y otras formas de castigo non sanctas. Según Martín de Troppau, quien fuera capellán penitenciario en Roma hasta 1278, tras el parto, Juana fue destituida e hizo penitencia hasta el último de sus días. Su hijo sobrevivió y llegó a ser obispo de Ostia, donde fue enterrada la rebelde.

     Otros aseguran que en el lugar del nacimiento fue enterrada junto a su hijo, oportunamente ahogado por los sacerdotes, y que sobre su tumba erigieron más tarde una capillita con estatua de mármol alusiva, donde aparecía la papisa con hábitos sacerdotales y bebé en brazos. Benedicto III habría ordenado destruir la construcción, aunque las ruinas se conservaron hasta el siglo XV.

     A partir de entonces las procesiones papales esquivaron el camino donde se había producido el hecho.  

DEL VATICANO AL TAROT

La figura de Juana fue conversación recurrente a la salida de la iglesia medieval. Su existencia no era puesta en duda, aunque se multiplicaran principios y finales para ella o su descendencia. 

     Si bien la historia está llena de interrogantes, no es fácil desmentir la existencia de la papisa. Una cantidad nada despreciable de documentos –alrededor de 500– dan cuenta de su papado. Autores como Petrarca o Boccaccio la mencionan en sus escritos, documentos del siglo XV hablan de la estatua de “La mujer papa con su hijo en brazos”.

     El monje benedictino Marianus Scotus (1028-86), en su Historiographia escribe sobre lo acontecido en el año 854: “El Papa León murió en las Calendas de agosto. Fue reemplazado por Juana, una mujer, que reinó por dos años, cinco meses, y cuatro días”.

     Gotfrid de Viterbo, secretario de la Corte Imperial, en su obra el Pantheon, de 1185, señala que “después del papa León IV, Juana, el papa femenino, reinó durante dos años”.

     A partir de la reforma católica en el XVI, la Iglesia comienza a negar progresivamente a Juana, mientras los protestantes aseguran su existencia. Algunos autores han llegado a decir que fue un invento luterano para desprestigiar a la Iglesia romana. También se comentaba que estando camino a San Pedro, Lutero se encontró frente a una estatua ubicada en una de las vías, en la que aparecía una mujer con el cetro y la mitra papal, sosteniendo a un niño. “Estoy sorprendido –habría declarado– de cómo los papas permiten que la estatua permanezca allí.” Cuarenta años más tarde, la estatua había desaparecido.

     Hay quien afirma que el atrevimiento de Juana fue la causa de esa fea costumbre vigente hasta el siglo XVI de palpar las partes pudendas de los aspirantes a papa antes de ser consagrados. Sin embargo, otros sostienen que la silla en cuestión era para desalentar a eunucos. En una ceremonia conocida como de “inspección”, el candidato a Papa ocupaba la Sella Stercoraria y un diácono sopesaba genitales, verificaba que estaba todo en su lugar y declaraba por fin: “Habet!”, mientras la concurrencia daba gracias al Señor.

     El acervo popular inmortalizó a Juana en forma de naipe. Efectivamente, el tarot de Marsella, nacido en la Edad Media, concedió a la Papesse la carta número dos de los Arcanos mayores. Representa la sabiduría femenina. Aunque años más tarde su figura fuera rebautizada como la Sacerdotisa. 

RECORDATORIO PAPAL

Por si alguna despistada nacida en el siglo XX no hubiera comprendido que las mujeres seguíamos excluidas de las jerarquías y de las estructuras de poder de la Iglesia Católica, y frente a reclamos femeninos de igualdad en los estamentos religiosos, Juan Pablo II, antes de morir, emitió el siguiente comunicado:

“...con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Carta Apostólica. Ordinatio sacerdotalis del papa Juan Pablo II, sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres. 

HENOS AQUÍ, 2021

En los primeros días de enero, el Papa Francisco ha modificado el primer párrafo del canon 230 del Código de Derecho Canónico, donde se especificaba que en los altares sólo se permitía la presencia de lectores y ayudantes de sexo masculino (textual). 

     A partir de ahora las mujeres podrán leer y ayudar, lo que no significa que se las habilite a aspirar al sacerdocio: "con respecto a los ministerios ordenados, la Iglesia no tiene en absoluto la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres", ha dicho, repitiendo las declaraciones de su antecesor. Pero qué desgracia, dios santo. 

     Los reparos de la Iglesia hacia nosotras y sus innovaciones tardías ya no coinciden con el deseo de un nuevo orden que descree de sus postulados por retrógrados y patriarcales, y da un paso más allá: el de terminar con el enlace funesto entre Iglesia y Estado, el siguiente eslabón podrido. Porque el modelo de exclusión imaginado por la primera impactó de tal modo en el segundo que, sin alma, fuimos naturalmente excluidas de los asuntos políticos. El acceso al voto es muy reciente en términos históricos. Fuimos aceptadas como partícipes activas tras múltiples reclamos por la vía de la ley de cupo primero y la de paridad después, en algunos países. 

     Lutero separó Iglesia y Estado hace más de 500 años. Como señalaba Kierkegaard en su Diario “Sucedió para el catolicismo como para la tierra: vino un Copérnico, Lutero, quien descubrió que Roma no es el centro alrededor del cual todo gira, sino un punto periférico” (Diario II: 357).  ¿Las descarriadas seremos las nuevas copérnicas de la Iglesia Católica? Sin derecho a decir o disentir, perdimos la paciencia. El papa llega tarde. 

     Lean tranquilos sus salmos, señores.

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ISSN 2767-1844

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