ISSN 2767-1844
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Desertar
Por Ariana Harwicz y Mikaël Gómez Guthart    / Publicado en Marzo, 2021

"Mis abuelos paternos huyeron del franquismo y la miseria. Mi familia materna era judía de Polonia, sobrevivientes de la catástrofe. Me crié rodeado de adultos que no podían comunicarse. En mi opinión, no existe nada peor que estar en medio de dos personas, o más, que no se entienden" (MGG).

El caballo de Apollinaire / Por Rodrigo Blanco Calderón / Publicado en Marzo, 2021.

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[Desertar, recién aparecido en Argentina bajo el sello Mardulce, será publicado en España por Candaya dentro de poco. El libro recoge una serie de conversaciones, en su mayoría electrónicas y a la distancia, entre la novelista argentina Ariana Harwicz y el poeta y traductor franco-argentino Mikaël Gómez Guthart. El tema central es la traducción pero lo abordan desde tantas perspectivas, que termina siendo un largo diálogo sobre la literatura misma y sobre todas esas otras traducciones que hacemos en la vida cotidiana. Aquí algunos pasajes del libro].


MGG: ¿Cómo ves vos el tema de la fidelidad y el adulterio con la lengua materna? 

AH: ¡Fidelidad y adulterio! Los conocidos tránsfugas en las grandes adopciones de otras lenguas, Conrad, Nabokov, Beckett, Kundera, Cioran, que nunca quiso volver al rumano ni cuando Rumania se vio libre de la ocupación soviética, Agota Kristof, Wilde… y Jack Kerouac, que en verdad es Jean-Louis Kérouac, un aspecto de su obra que empezó siendo bilingüe que no se destaca mucho. Uno identifica a un autor con una lengua, y una lengua a un autor y pensar que Kerouac es Jean-Louis es medio difícil… 

MGG: El traductor es por naturaleza infiel, el ejemplo de Max Brod lo dice todo: además de haber sido el amigo supuestamente infiel de Franz Kafka al no haber quemado sus escritos, Brod fue crítico musical para distintos diarios en lengua alemana de Praga antes de la guerra. Fue también un novelista muy productivo, escribió varios ensayos, guiones de cine, obras de teatro, cuentos, etc. Hoy en día su obra ha caído en cierto olvido y su nombre es casi siempre sinónimo de “traidor”. En fin, conoció a muchos compositores y empezó a traducir (él decía “adaptar”…) óperas para Leoš Janáček. Al parecer no solamente traducía los libretos del checo hacia el alemán sino que también lo “asesoraba” en sus composiciones. Añadía ideas suyas, cambiaba títulos, quitaba frases que no le gustaban. En ese caso, influía directamente en la construcción y la difusión de la obra. Me parece que hizo exactamente lo mismo con la obra de Kafka. De hecho, queda clarísimo que Kafka no creía en las traducciones, hay un par de cartas a Felice Bauer bastante divertidas donde dice que las traducciones son en realidad “adaptaciones insoportables”… Los grandes tránsfugas de lengua… Si me meto en esta brecha, ¡no salgo más! ¿Conocés a Juan Rodolfo Wilcock? ¿Edouard Roditi? 

AH: Juan Rodolfo Wilcock cubre todo el arco de la experiencia del traductor al ser también poeta y crítico, con ese apellido junto a esos dos nombres Juan + Rodolfo que no sé cómo lo pronunciarían acá en Francia, es más Borges vuelve de la mano de su hijo, que es su traductor. Cuando se instala en Italia participa en El Evangelio según San Mateo de Pasolini, filósofo, periodista, actor, novelista, dramaturgo, pintor, otro ejemplo de traducción y adaptación dentro del arte o de que el arte es un acto de traducción. Wilcock reescribiendo sus propias obras importándolas al italiano creo que cierra el círculo virtuoso. En esos años cuentan que le escribió a Miguel Murmis diciéndole: “Veo a la Argentina como una inmensa traducción”, eso es alguien que entendió qué es la Argentina, ¿no? Cada vez más, cada vez que llego a Buenos Aires pienso que es una ciudad de traducción. Edouard Roditi participó como intérprete del ejército americano en los Juicios de Núremberg, qué interesante después de haber sido el traductor al inglés de André Breton, haber traducido al surrealismo y a los nazis. Roditi, qué diferencia con los traductores profesionales que acumulan traducciones por encargo de textos multipremiados y con visibilidad, toda una marca de época. 

MGG: Volviendo al tema de la fidelidad/infidelidad, te tiro otra: el otro día me di cuenta de que “trucho”, palabra y concepto tan importante en Argentina tiene la misma raíz etimológica que “trujamán”, el intérprete…  

AH: Trucho es una palabra clave para nosotros. ¿Cómo podríamos nombrar a los políticos, a los “ñoquis”? Justamente otra palabra intraducible, de ahora en más los voy a llamar así a los traductores; esos truchos. ¿Cómo se hace para calcar aritméticas que no existen, Céline, Lowry? Siempre que estoy en correspondencia con un traductor le digo lo mismo, que no importe el idioma, que no importe la palabrita, que no importe estar pegado al sentido, que solo importe la lengua. Si no hay que pensar que una traducción es una lectura más que una reescritura como decía Piglia. ¿Vos qué pensás de las palabras, los juegos de palabras y las frases intraducibles? ¿Existen? ¿Traducir es leer, reescribir, versionar, mejorar, corregir, interpretar…? 

MGG: Mientras pienso en lo que me decís o en lo que te puedo decir, todo pasa entre dos caminatas nocturnas por las avenidas vacías de Neuilly-sur-Seine, en las afueras de París, donde fui a esconderme. Este lugar resulta perfecto, no tengo ningún recuerdo de infancia o de juventud. Para mí París siempre seguirá siendo la ciudad de la cual huí. A dos cuadras de mi casa vivió un tiempo Witold Gombrowicz. Salgo a caminar casi todas las noches por el barrio, para hacer algo de ejercicio y sobre todo para tratar de ordenar ideas. Mientras camino solo intento imaginarme que haría Gombrowicz allí… 

AH: Yo tampoco tengo recuerdos de infancia ni de juventud en ningún lado acá en Francia. Por eso cuando llego a Buenos Aires tengo recuerdos falsos en cada lugar, es agotador. En el barrio de Villa Crespo hay un balcón en el que quedó intacto un farol verde que pusimos cuando era adolescente y en la casa chorizo en la que viví en Balvanera están las persianas que pinté, y hasta una planta. Mientras estamos escribiendo este diálogo sobre traducción —que en verdad es más sobre otra cosa que tampoco sabemos qué es— estoy encerrada en los viñedos, te escribo, te pregunto subiendo y bajando a toda velocidad, recorriendo vinerías desiertas, en la repetición de atardeceres y de nuevo lunas. Te escribo, te hablo cuando todos están durmiendo, mientras se caen y sangran los chicos, o mientras veo culebras muy largas entrar en el monte. Te escribo y pienso qué es traducir, qué no es traducible y si esta tarde puede ser traducida. Si este momento podría traducirse antes de que vuele.  

MGG: Borges decía justamente que el Ulises de Joyce era intraducible al castellano y al francés al ser idiomas de palabras polisilábicas y sin palabras compuestas.  

AH: Eso lo dice Borges porque a Borges no le gustaba Joyce porque sabía que era mejor escritor que él, Borges estaba operando todo el tiempo.  

MGG: De paso, es interesante recordar que la publicación de este monumento de la lengua inglesa haya nacido fuera del mundo anglosajón, fuera de Irlanda, en París en 1922. Algo similar pasó con Diderot: se perdió el manuscrito de El sobrino de Rameau por razones turbias y el texto no volvió a aparecer hasta que un tal Goethe lo tradujera al alemán un cuarto de siglo después. El texto francés de Diderot no se imprimió hasta finales del siglo XIX, es decir casi otro cuarto de siglo después. Volviendo a la traducción de Joyce al castellano, curiosamente, lo terminó llevando a cabo un autodidacta casi completo, un empleado de una compañía de seguros que apenas sabía inglés, José Salas Subirat. Durante casi veinte años la única traducción española estaba llena de argentinismos. Creo además que es la única traducción de Subirat. Tradujo todos los días durante cinco años casi palabra por palabra y dicen que su mezcla rara de castellano rioplatense con sus carencias en inglés dio un resultado relativamente parecido al inglés refinado lleno de referencias y modismos irlandeses de Joyce. En el prólogo Subirat escribe: “Traducir es el modo más atento de leer”. Escribió además de un poemario, un manual intitulado El seguro de vida, teoría y práctica. Análisis de la venta y varios libros de autoayuda. 


*** 


AH: Mientras hablamos escribiendo, nos ponemos contentos porque nos responde Pierre Michon un largo mensaje lleno de anécdotas jugosas con su traductor inglés, pero unas horas más tarde nos apenamos porque después ya no vuelve a responder y como yo desconfío de todo y de todos, empezando por mí, pienso que todo, siempre, puede desaparecer. Empezando por mí. Desconfío también de eso que es el yo, cómo mantener la credibilidad de lo que se supone que se es, durante toda una vida, es el mismo esfuerzo en mantener a un mismo personaje durante varias novelas. Por eso hablar otro idioma me parece que es una comedia. Cómo no cambiar de rol y de vestuario. Estamos a salvo porque escribir destruye ese modelo de vida que alienta la epidemia del momento, pero volvemos a sufrir cuando parece que perdemos el hilo de la conversación. Hablar y que parezca una conversación es el género más difícil. Hablar de a dos, eso imposible, eso que casi nadie logra, a excepción de los filósofos. Que no sea una entrevista, que no sea un monólogo, que no sean dos tipos hablando solos, que parezca verdad.  

MGG: ¡Me estás pidiendo que escriba sobre qué estoy escribiendo! No quiero hacerme el filósofo pero soy muy escéptico en cuanto a lo que llamas “verdad”. Es más, creo que el solo hecho de agarrar una pluma o typear en la computadora y empezar a escribir es sinónimo de mentira, de ficción. O de “verdad mentirosa”, como dijo un poeta. 

AH: Mentir para decir la verdad. Hay que saber que se puede ser totalmente sincero, mintiendo, y no ser honesto, diciendo la verdad. Las primeras veces que me siento a hablar con alguien veo la conversación dentro de un escáner. Todo el tiempo me pregunto qué pasará, qué se armará en el ida y vuelta, a dónde iremos. Todos estos días apareció otra charla como tiros o explosiones lejanas, yo gritándote subida al techo de una casa de piedra, en la arena sucia de las playas del desembarco olvidadas de la Loire. Frente a la barrera baja en el cruce de un tren, en un fogón armado a resguardo de un vendaval o dentro del auto bajo un sol asfixiante. Guerra, Mikaël, guerra. 

MGG: La guerra.  

AH: No me imagino otra forma de escribir que no sea estando en guerra.  

MGG: Estoy de acuerdo. Esto es una guerra, una batalla continua. Venía pensando hace rato en mis abuelos paternos que eran españoles y huyeron del franquismo y de la miseria. Mi familia materna eran judíos de Polonia, sobrevivientes de la catástrofe. Me crié rodeado de adultos que la mayoría del tiempo no podían comunicarse. Por asuntos políticos o ideológicos, a veces, pero sobre todo por una cuestión lingüística. En mi opinión, no existe nada peor que estar en medio de dos personas, o más, que no se entienden. Algunos hablaban francés, otros no, o muy mal, o con acentos tremendos. Algunos hablaban castellano, o solamente vasco, otros idish, ruso o polaco. Ciertos idiomas no debían transmitirse, lo cual fue logrado con cierto éxito, otros no podían hablarse en público o se hablaban en público lo más bajo posible y con mucha vergüenza. Supongo que debe ser el origen de mi postura de intérprete.  

AH: Las pocas veces que te escuché hablar, porque casi siempre te escucho en mi cabeza al leerte, fue como el efecto Barenboim. Barenboim parece que adapta su lengua al entrevistador. A veces parece porteño, otras, italiano que vive afuera, casi siempre ruso israelí o turista que vive en NY. Él dice algo sobre la música que creo que sirve para la traducción. Dice que el que ejecuta la melodía debería hablar la lengua del compositor, porque la lengua materna define el sonido y da un ejemplo muy lindo: los acordes alemanes tienen mucho peso, ese peso viene del peso de sus consonantes. Hermana, sœur, sorella pero los alemanes dicen: Schwester.  

MGG: Me crié en un ambiente donde la cuestión de adaptar, o no, su lengua, era una realidad muy concreta, Siempre tuve la extraña sensación de hablar en otro idioma. Al parecer pertenezco a una familia de traductores con algún problema en la relación con su propia lengua. De hecho, ahora mismo estoy escribiendo en castellano, o sea que ya estoy traduciendo lo que pienso en francés mientras escribo. 

AH: Y recién cuando te hablé en francés me dijiste que tenía otra voz, que parecía más insegura y supongo que eso hace que cambie todo, porque al hablar más agudo elegís otras palabras, otras frases, se razona distinto, naturalmente distinto, se eligen otros argumentos, otros caballos para la cruzada, se arma otra estrategia para la misión y se mata de otro modo. No es lo mismo clavar una navaja que darle un tiro a alguien en los ojos, o lanzarlo al río, eso es elegir en qué idioma y en qué lengua. Hablar siempre me pareció que es una carpa de campaña militar y varias personas con un mapa delante.  

MGG: Durante mucho tiempo hablé solo castellano en España con terror a ser descubierto y tomado como extranjero…  

AH: Cuentan los que estuvieron en una unidad secreta de la armada israelí que los que integran el batallón de elite, la unidad Douvdevan, donde los miembros se mezclan con la población palestina con una falsa identidad y clandestinamente, al margen de hablar a la perfección el idioma, tienen un riesgo suplementario. Cualquier error en una expresión, en un acento, en un chiste, una sola palabra equivocada te puede llevar a la muerte.

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