ISSN 2767-1844
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El viejo catecismo es el nombre que la artista española Esperanza Suárez ha dado a la instalación que acaba de inaugurarse en la sala Matadero. Cuando se entra en la sala, nos encontramos con la recreación de un aula de un colegio abandonado. Hay una fila de pupitres desvencijados, una pizarra rota y sucia; el suelo está lleno de cascotes y, en las paredes, además de viejos percheros oxidados, se han recreado manchas de humedad y pintadas vandálicas de contenido sexual. La vegetación invade todo el espacio, y una grabación reproduce el aullido del viento; el sonido repetitivo de una fuga de agua o gotera completa los efectos sensoriales que provocan en el espectador esa sensación de estar adentrándose en una ruina. No obstante, dejando al margen el efectismo de esos “trucos” de inmersión sensorial, el núcleo conceptual de la instalación reside en el elemento de extrañeza que la artista introduce en los libros que hay abiertos sobre los pupitres y en los descoloridos carteles y cartulinas que adornan las paredes del aula. A primera vista, el espectador reconoce en ellos el inconfundible estilo de aquellas ilustraciones ingenuas y anticuadas que adornaban los manuales de religión y de catequesis: colores planos y empalidecidos por el tiempo, rostros de niños y niñas saludables y sonrientes, imágenes de Jesucristo o de la Virgen trazadas con sencillos trazos infantilizados y cargados de bondad. No obstante, cuando nos acercamos para ver mejor las ilustraciones y, sobre todo, el texto que acompaña a las mismas, no es la doctrina cristiana simplificada para edades infanti  les lo que encontramos, sino una serie de mensajes de contenido ideológico completamente distinto. Pondré varios ejemplos para que el lector se haga una idea: uno de los carteles medio rotos que sobrevive en las paredes muestra un dibujo infantil en el que una especie de Moisés sujeta una enorme piedra en forma de tabla donde puede leerse la siguiente inscripción: “Pagarás tus Deudas sobre todas las cosas”. En un libro llamado Vidas de Santos encontramos sencillas narraciones en viñetas en las que se relatan las vidas ejemplares de personas que empezaron con orígenes humildes y que alcanzaron la santidad del Billón gracias a su Fe y a su Esfuerzo Emprendedor. También hay en la pared una cartulina con un dibujo hecho con ceras, imitando el estilo de los trabajos escolares de Ciencias Naturales en los que se ilustra el ciclo de la lluvia; pero, en lugar de las flechas de evaporación, condensación y precipitación del agua, lo que muestra es un diagrama que explica la llamada “teoría del goteo”: en una elemental pirámide, se ha representado en la cúspide a un rico empresario con aureola de santo, de cuyas manos abiertas y levantadas al cielo cae una lluvia de monedas, dibujadas con unas flechas azules, que van descendiendo hacia los escalones inferiores de la pirámide haciendo florecer otras empresas, y más abajo pequeños comercios, y más abajo empleados o ciudadanos que usan esas monedas para consumir, y desde ahí surgen unas flechas rojas, que van recorriendo el camino inverso, hasta llegar de nuevo hasta la cúspide de la pirámide y cerrar el círculo. Otra cartulina de Ciencias Naturales explicaba con ilustraciones la Ley de la Oferta y la Demanda. Presidiendo el aula, sobre la pizarra, hay una especie de bandera en la que, a pesar de los jirones y el efecto de paso del tiempo con que la artista la ha tratado, se distinguen claramente dos elementos del billete de un dólar norteamericano: la leyenda In God We Trust y la pirámide con el ojo divino y la leyenda Annuit coeptis/Novus ordo seclorum (Favorece nuestras empresas/El nuevo orden de los siglos). 

     Si tomamos la clasificación que Brian Dillon realizó sobre las manifestaciones artísticas de la ruina en el siglo XXI, surgidas a partir del 11S, en la que distinguía entre proyectos artísticos que se centran en el vestigio material y otros proyectos cuyo proceso conceptual plantea la ruina como una invitación a la deconstrucción y, por tanto, a la apertura de mundos posibles, es en esta última categoría en la que debemos situar El viejo catecismo. La autora explica en el catálogo que la idea de la instalación surgió cuando encontró sus viejos libros y cuadernos escolares: “el impacto que me produjo ver aquellos viejos libros de religión, con sus mensajes sobre Dios, sobre el pecado y sobre el sentido de la vida, y ver mi propia letra repitiendo y glosando con toda convicción aquellos mensajes delirantes me hizo darme cuenta de hasta qué punto mi vida ha estado marcada por aquel implacable lavado de cerebro. Pero no fue ese elemento biográfico el que está en el origen de la instalación, sino la reflexión que surgió del encuentro con aquellos manuales adoctrinadores. Me di cuenta de la forma radical en que habían envejecido: no se trataba de que yo hubiera madurado y desarrollado un pensamiento crítico hacia esos mensajes religiosos, sino que era la propia sociedad la que había convertido aquellos libros y sus mensajes en una ruina; no eran textos y consignas que tuvieran ya sentido alguno en nuestro mundo, solo podían ser leídos como arqueología, como documentos de una civilización y una forma de entender el mundo ya extinta. Y eso me llevó a plantearme que siempre nos parece evidente el elemento de ficción que hay en toda cultura o pensamiento anterior o distinto al nuestro y nos parece inverosímil que la gente pudiera creer en eso; siempre miramos con desprecio o con una mueca irónica los relatos míticos de sociedades primitivas, y asumimos con condescendencia la idea de que todo su sistema de creencias, sus leyes y su mismo pensamiento, estaba en realidad sostenido por unos mitos, por unas narraciones ficticias que solo eran tomadas por ciertas debido a la simpática ignorancia e ingenuidad de aquellos hombres, pero rara vez somos capaces de practicar ese tipo de mirada hacia el sistema de creencias dominante. Creo que esa posibilidad, la de la mirada exterior, la de la distancia y el extrañamiento respecto al mundo que asumimos como natural es una de las más interesantes funciones del arte, y es lo que he intentado con esta instalación”. 

     He de decir que, en ese sentido, la obra de Esperanza Suárez consigue su objetivo. Pasear por esa escuela abandonada y leer los eslóganes y mensajes básicos del neoliberalismo insertados en el contexto de la estética escolar y del catecismo cumple sobradamente la función de extrañamiento a la que la artista apela en su texto. Como dice Dillon: “la mirada cultural hacia las ruinas es una manera de liberarnos de cronologías puntuales, ubicándonos a la deriva del tiempo”. El recurso a la ruina como espacio artístico está, pues, plenamente justificado, pues sitúa al espectador en un no-tiempo desde el que se mira la doctrina del relato dominante en nuestra sociedad con la necesaria distancia para conseguir que pueda producirse un proceso de deconstrucción por el cual se revelen las metáforas y relatos que lo sostienen. También está justificado, en mi opinión, el contexto religioso de gran parte de dichos mensajes: al fin y al cabo, una religión no es sino un relato que intenta explicar el sentido de la vida del hombre y, también, un sistema ético de comportamiento acorde con dicho relato. En ese sentido, la equiparación Dinero/Dios que hay en toda la obra, y otras equivalencias como Beneficio Económico/Gracia Divina, o el paralelismo entre la idea cristiana de sacrificio o ascetismo como vía para acercarse a Dios y la idea neoliberal del sacrificio de salarios y condiciones laborales para conseguir el sagrado Beneficio del Empresario, también mantienen una interesante coherencia. Mientras recorría la instalación, entendía perfectamente esa intención de la autora por destacar (tal vez por subrayar, y eso es algo que siempre incomoda al espectador) esa idea de que la religión de nuestra sociedad actual es el capitalismo neoliberal, un sistema económico que no es considerado como una alternativa entre varios modelos o posibilidades, sino como una Ley Natural o como una religión revelada que solo puede aceptarse por cierta fe en su mágico e inescrutable funcionamiento.  

     Encuentro, no obstante, dos grandes defectos a esta, por otra parte, interesante instalación. El primero tiene que ver con el contexto que la autora ha elegido para presentar su material conceptual. El aula de un colegio, en mi opinión, no es el espacio más adecuado para que ese proceso de deconstrucción se realice plenamente. Tal vez, ese elemento biográfico que la autora señala en el catálogo la ha cegado en un punto que me parece esencial: la doctrina del capitalismo neoliberal, a diferencia de otras doctrinas como la católica a la que hace referencia (y podríamos incluir también la ideología fascista o comunista), no se ha implantado a través del sistema escolar. Soy consciente de que la coherencia artística no tiene por qué respetar la lógica argumentativa de la coherencia racional pero, una vez que la autora plantea su obra con un componente conceptual e ideológico tan marcado, considero que queda expuesta a objeciones de este tipo. El discurso y la narrativa del capitalismo neoliberal se han insertado en la sociedad de una manera mucho más sutil, permeando y pervirtiendo el lenguaje en su totalidad (véase la evolución de la palabra “libertad”), desde las noticias hasta las ficciones cinematográficas y, por supuesto, las publicitarias, constituyendo un sólido armazón de dos caras: una teórica, humanista y democrática, y otra práctica, economicista, antihumanista, que limita la posibilidad de un pensamiento o un lenguaje exterior y, por tanto, una alternativa crítica a dicho modelo. Uno de los grandes “logros” de esa ideología es que, careciendo precisamente de una doctrina escrita y explícita como la que la autora plantea en su obra, es capaz de modelar toda la vida y el pensamiento de una época y una sociedad. De hecho, si la ideología capitalista neoliberal fuera expuesta en forma de doctrina o catecismo, como la autora plantea, sería el primer paso hacia su desaparición, una muestra de debilidad que obligaría a una imposición directa, como ocurría con la decadente religión católica durante la infancia de la autora. Toda imposición directa de un lenguaje y unas normas favorece la aparición de la reflexión sobre dicho lenguaje y de la rebeldía ante sus normas, como sucedió con la autora cuando maduró y pudo, racionalmente, alejarse de la doctrina católica.  

     El segundo defecto (además de ciertos subrayados y efectismos antes señalados), implica que me vea obligado a incurrir en el peor vicio en el que a veces caemos los críticos de arte: cuestionar no aquello que hay en la obra, sino aquello que no hay o que podría haber habido, o que el propio crítico cree que habría sido más acertado. Y justo a esa aberración crítica me dispongo. La autora explica en su catálogo esa “revelación arqueológica” que sufrió ante sus infantiles libros y cuadernos. Pero, para intentar trasladar al espectador una experiencia similar respecto a su presente, ha elegido el recurso artístico de la ruina que, ya lo hemos dicho, es un recurso que es conveniente cuando se quiere deconstruir determinada apertura temporal o significativa. La cuestión es, ¿qué tipo de ruina plantea El viejo catecismo, y por qué? El sonido del viento, el goteo del agua, la vegetación que cubre el aula, el abandono, la suciedad, la ausencia de todo rastro humano vivo o reciente, sitúan al espectador en un tiempo apocalíptico: esas ruinas invadidas por lo no humano, por la naturaleza triunfante representan la desaparición del hombre. Y, todo el tiempo que pasé dentro de la instalación, escuchando el sonido del viento, no dejaba de pensar en esa idea de apocalipsis y, sobre todo, en cómo habría sido la instalación si, en lugar de esa ruina apocalíptica, la autora hubiera optado por el museo. Recrear un museo antropológico: situar esos libros y carteles dentro de vitrinas, sugerir la misma sensación de distancia y el mismo proceso de deconstrucción de una ideología, pero situando al espectador en un tiempo/espacio de la civilización, y no en uno de la degradación. El museo implicaría una civilización posterior, triunfante, desde la que el espectador miraría este presente del capitalismo neoliberal con la curiosidad, incredulidad y condescendencia con que hoy día recorremos los museos arqueológicos. El hecho de que el espectador recorra un espacio destruido, presidido por la otredad radical de lo vegetal, del viento y del agua, produce una ansiedad que, por otra parte, es muy característica de nuestro tiempo (solo hay que ver la abundancia de películas y series apocalípticas): ¿no es posible imaginar una sociedad más allá del capitalismo neoliberal?, ¿solo la destrucción, el apocalipsis, la idea de fin del mundo (es decir, de fin del hombre) es lo que ocupa nuestra imaginación cuando intentamos pensar en un mundo que no esté regido por el capitalismo neoliberal?, ¿es el fin del capitalismo el fin del mundo? 

     Tal vez, ya para terminar, merezca la pena recordar una vez más a Dillon: “Las ruinas son un recordatorio de la realidad universal del colapso y la putrefacción, un aviso llegado desde el pasado sobre el destino de nuestra civilización, un ideal de belleza que resulta atractivo precisamente por sus defectos y fallos, un monumento a los caídos en una guerra antigua o reciente, la imagen precisa del exceso económico y el declive industrial”. Puede que la incomodidad que produce El viejo catecismo no tenga tanto que ver con mis objeciones artísticas, sino con la certeza de que no es a nosotros a quienes corresponde hacer la instalación del museo y de que es el colapso y la putrefacción lo que nos toca; serán nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos quienes tengan la oportunidad de hacer las vitrinas y las urnas en las que quedarán nuestros restos para asombro e irrisión de futuras civilizaciones. 

"No es a nosotros a quienes corresponde hacer la instalación del museo... Es el colapso y la putrefacción lo que nos toca; serán nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos quienes tengan la oportunidad de hacer las vitrinas y las urnas en las que quedarán nuestros restos para asombro e irrisión de futuras civilizaciones".

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El viejo catecismo
Por Diego Sánchez Aguilar    / Publicado en Marzo, 2021