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Marlen Haushofer: la impropiedad de los afectos
Por Gabriela Ponce    / Publicado en Marzo, 2021

ENSAYO

Todos los textos son propiedad intelectual de sus autores. / El website es propiedad intelectual de La Vaca Profana & Gustavo Faverón Patriau. / La Vaca Profana es un mamífero imaginario sin fines de lucro.

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MARLEN HAUSHOFER

"Leer a Marlene Haushofer es entrever, en medio del silencio de las cosas, de los paisajes siempre inhóspitos de lo cotidiano, de los ojos de los animales, una clave para vivir o sobrevivir a la soledad, a esa condición desgarrada que ronda los universos femeninos: las buhardillas, las habitaciones privadas, el diario de escritura".

El primer libro que leí de Marlen Haushofer fue Nosotros matamos a Stella (2008). Me llamó la atención por un título que, a través de su declaración, sugiere una complicidad problemática, y leerlo fue ingresar en un universo literario tan singular y bello como doloroso. Luego leí, con igual entusiasmo, Un puñado de vida (2005) y La puerta secreta (2003). Finalmente, El muro (2003), su obra más conocida y La buhardilla (1998), novela que escribió poco antes de morir y cuya lectura fue una de las experiencias literarias más conmovedoras que he tenido: desde el acontecer de una rutina solitaria, desprendida de los afectos humanos, una mujer dibuja en una buhardilla pájaros y lee su diario, mientras recompone el escenario de un evento extraordinario, de una pequeña pérdida, una sordera temporal, que obró en ella de modos recónditos.  

     La trama, en las narraciones de Haushofer, acontece, o se suspende, entre la cotidianidad de las cosas y los recuerdos que en ellas se cifran, y el diario de escritura es dispositivo de la memoria y es materialidad viva que ocupa en algunas de sus novelas, un núcleo narrativo fundamental. Es a las cosas, dice Emanuele Coccia, “mucho más que a los hombres y a los dioses, que les hemos confiado y les confiamos, cotidianamente nuestra historia, nuestra fortuna, nuestro futuro. Son las cosas las que conservan la memoria y el espíritu de una comunidad (…) es a los libros y a las piedras a los que debemos preguntar por la identidad de los pueblos del pasado.” (75) En Haushofer, se escriben diarios o se los leen (escritura dentro de la escritura) como entrada privilegiada al pasado o como posible sobrevivencia en el porvenir, como invocación de las imágenes favorecidas o de las tramas de un tiempo de aprendizaje, sintomático, misterioso que con urgencia se registra. La escritura del diario pone en marcha, en sus textos, un registro minucioso de sensaciones impacientes, pequeñas, que revelan la estructura íntima de los afectos, su fina arqueología.  

     En el caso de La buhardilla, la narradora, refiere, a través del diario que cae en sus manos misteriosamente, el momento en que sabiéndose sorda, decidió aislarse en el campo y ahí se encontró con un hombre cuyo pedido fue insólito. Un hombre (X) que necesitaba hablarle. Que ella lo mirara hablar, aún sin poder escucharlo. Un hombre que necesitaba confesarse frente a una sorda. En uno de esos encuentros sucede que el hombre pierde la cordura, se confiesa y ella observa su sufrimiento en su descomposición, en su cuerpo desencajado, violento, sin poder entender ni una sola palabra de lo que dice, pero leyendo en su gesticulación la brutalidad de ese testimonio y descubriendo entre ambos, la connivencia de cierta precariedad que los hermana: un grito que en el cuerpo de la narradora retumba en su mudez. ¿Qué sucede en ese instante entre esos dos seres necesitados, lesionados, solos? Esa escena condensa uno de los motivos de la escritura de Haushofer porque en ella se cifra la experiencia de la distancia insalvable que se siente frente al mundo: una ajenidad que opera como desfase y que atraviesa a toda experiencia afectiva. Una ajenidad que el diario contiene y en cuya lectura, años más tarde, la narradora logra una aguda observación, una pequeña verificación, una comprensión mínima a través de lo que fue, su escritura, en ese momento. 

     Tanto en La buhardilla como en La puerta secreta y en El muro, Haushofer acude al diario íntimo para confrontar también un estado de desconocimiento de sí, para anotar el mal, el pequeño horror que ocurre en la mutación. En el caso de La puerta secreta, un embarazo que intensifica la soledad mientras se desborda el cuerpo y cuya escritura presagia la imposibilidad de la maternidad. En La buhardilla la observación de un anacronismo, en el que el pasado y el presente se enfrentan en un acontecimiento enterrado y, que revela, a su vez, la limitación del lenguaje para capturar la vida: el momento en que la narradora finalmente escucha, ocurre inmediatamente después de que ve la sangre del hombre (X) brotar, la sordera la abandona mientras una imagen que se despliega en su potencia material, sin significado posible, le devuelve la escucha del mundo.  Algo que en el mismo diario ella es incapaz de explicar. En el caso de El muro, por otra parte, el desconocimiento con el que la narradora se enfrenta, se manifiesta a la par de un aprendizaje fundamental: de un día para el otro queda aislada del mundo, en medio del campo, y aprende a vivir a través de la potencia desconocida de su cuerpo. De lo que se apropia es de eso que le era absolutamente ajeno, siendo lo más próximo, la capacidad de sus manos de trabajar la tierra, de prender el fuego, de cuidar a sus animales. El registro en el diario es recipiente de cada logro y cada pérdida, y de cómo esa relación entre saber y no saber, entre actuar y padecer, lejos de seguir la lógica de una revelación progresiva (Ranciére), muestra un movimiento incesante, que fluctúa, atrapado en la extrañeza de su ser. En ese recuento del aprendizaje, el mundo que quedó atrás merece pocas referencias, apenas menciona a los afectos que dejó, entre esos el de sus hijas, a quienes recuerda precisamente por el dolor que le causó, otra vez, su devenir ajeno. 

     La maternidad es un tema que se toca tangencialmente en las tres novelas, pero es quizá en ese mismo tratamiento subsidiario, en donde se manifiesta la huella de su efecto en el cuerpo: a penas algo de lo que se puede hablar. Si los hijos son la expresión más cierta del amor, son a la vez entonces la constatación de su imposibilidad, los hijos son, para Haushofer, esos seres que en el despliegue de su frágil autonomía no solo se transforman en lo desconocido, sino que encarnan lo insondable: un extraño salido de las entrañas. En El muro esa constatación sucede, también, en la observación de los animales con los que la protagonista convive: en las relaciones de parentesco entre las madres y sus crías se ve el callado acontecer de lo que siendo parte de una, se precipita en un impulso inmediato, para encontrar su modo de individuación. En las tres novelas, la maternidad es la experiencia desoladora y triste del desapego, ese fardo tan natural como impropio, eso que las mujeres vivimos como lo más habitual y que porta toda la rareza que somos. Pero, así mismo, es al interior del universo sensible, siempre cargado de paradojas, que se puede vislumbrar algo que redime la desolación, que habilita la experiencia de un acontecimiento breve de comprensión, que recusa de un pesimismo absoluto para vislumbrar ciertas posibilidades genuinas del contacto.  

     Es esto último, lo que más me conmueve de Haushofer, porque los breves destellos de bienestar son esos en los que sorprende un microsuceso que se transforma en un instante de acoplamiento, un encaje que ocurre siempre entre lo extraño. Después de la muerte del hijo recién nacido, el roce con un desconocido en el mar le permite a la protagonista de La puerta secreta el surgimiento de una ilusión provisional, una nueva disposición para la vida. En El muro, ese encuentro es entre la protagonista y la noche, entre ella y el estado del tiempo, de la atmósfera, del clima y de lo animal. Algo similar a lo que ocurre en La buhardilla: descansar en la imagen del cielo, que solo se alcanza después de dibujar un dragón o un pájaro que ya no está solo:


Esas son las cosas que yo entiendo realmente. El mundo es un laberinto en el que nunca lograré orientarme con una cabeza que solo es capaz de crear imágenes y no de pensar razonablemente (…) por fin no pensaba en nada. Tenía en la cabeza un vacío y un silencio maravillosos. Así me imagino el cielo. Cerré los ojos y no pareció ninguna imagen, estaba vaciada, una cáscara sobre la nada. Pero no me dormí, me quedé así en el silencio y el vacío, y estaba satisfecha. (168)  


Leer a Marlene Haushofer es entrever, en medio del silencio de las cosas, de los paisajes siempre inhóspitos de lo cotidiano, de los ojos de los animales, una clave para vivir o sobrevivir a la soledad, a esa condición desgarrada que ronda los universos femeninos: las buhardillas, las habitaciones privadas, el diario de escritura. Desgarro que en el cuerpo de la mujer es constitutivo, que nos “impide abandonar a la suerte a los seres encomendados” —la maternidad—, y que es, a la vez, fisura a través de la cual se forman pequeñas correspondencias, concomitancias materiales que satisfacen provisionalmente un deseo imposible. 


Textos citados

Coccia, Emanuele. El bien de las cosas. España: Shangrila, 2015.

Haushofer, Marlen. La buhardilla. España: Ediciones TREA, 1998.

---. La puerta secreta. España: Ediciones Siruela, 2003.

---. El muro. España: Ediciones Siruela, 2003.

Ranciére, Jaques. El destino de las imágenes. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011.

ISSN 2767-1844

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