ISSN 2767-1844
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El primer Batman que conocí se llamó Adam West, un señor alto de piernas de fideo y vientre encorsetado cuyo mayor acto de violencia era repartir golpes de cómic a The Joker. Pow. Zap. Wham. Aquel Batman, protagonista de la serie de televisión de la cadena ABC entre 1966 y 1968, era un correctísimo caballero incapaz de un insulto o de una inquietud moral. Para redondear la idea de su bondad indiscutible, los guionistas crearon un Robin a medida, tan bien comportado como un niño de escuela religiosa. 

            Ese Batman afectado y teatral, casi hecho de merengue, fue el intento de ABC por limar la imagen sombría del murciélago original creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939. El Batman primitivo era un ser lúgubre, un cazador de criminales bajo la negrura de la noche y de moral tan imprecisa como el sentido de justicia de los héroes divinos que inspiraron su nacimiento. Tétrico y sigiloso, Batman vivía preso de las mismas dualidades y obsesiones que sus enemigos, carcomido por la misma pregunta que abruma a toda la humanidad: ¿quién soy?

            El Batman de Kane y Finger recuperó su ambigüedad en 1986, cuando Frank Miller lanzó el comic BATMAN: THE DARK KNIGHT RETURNS, y profundizó su costado lóbrego en el cine hasta alcanzar al traumado y despiadado vigilante interpretado por Christian Bale. Con eso se ganó a una generación que en los últimos treinta años creció con cómics resecos de esperanzas, plagados de héroes con nervaduras morales discutibles pero también de villanos capaces de compasión momentánea. El rescate del Batman opaco de Miller y Bale me devolvió el foco sobre el Batman de West: ¿qué había llevado a un héroe anguloso a convertirse en un murciélago blando? ¿Por qué aquel ser atormentado era, ahora, un señor conforme con su doble vida? La respuesta: nosotros. O bien, la Historia.

            Nuestros —viejos— héroes modernos son, como toda obra, hijos de su circunstancia. Superman, Batman, Captain America, Spider-Man nacieron con el propósito moral, la ética y la mirada del mundo cultivada en Estados Unidos entre los años 30 y 60, entre su primera gran crisis y su consolidación como potencia mundial. En un extremo, el niño Bruce Wayne presenciaba el asesinato de sus papás a manos de un ladrón en una calle tenebrosa que rememora la Gran Depresión de 1929. En el otro era 1963 y Stan Lee creaba a Iron Man para explorar cómo el capitalismo americano combatía al comunismo durante la Guerra Fría. 

            El siglo XX construyó los superhéroes con las herramientas de los Aquiles románticos del XIX, de modo que la generación de nuestros padres fue educada en el estereotipo del héroe de bronce. Los paladines de hoy, en cambio, reflejan el ceño fruncido del malestar de un siglo donde no hay mucho a qué aferrarse. Ha colapsado la arquitectura de los relatos históricos absolutos: el comunismo es una fruta podrida y el capitalismo dejó de ser el joven vigoroso de la película. La idea de nación está en crisis, las religiones están en crisis. ¿Queda algún faro moral indiscutible? 

            Las tecnologías hicieron más chico el planeta y pronto descubrimos que el presente puede oler a orina 24/7. Crimea, Boko Haram, Ayotzinapa: todo pasa aquí, ahora, en la pantalla, en la cuenta de Twitter y el post de Facebook. Cerca. Los malos circulan en Michoacán como narcos, en Nueva York como banqueros y en Rusia como presidentes de torso al aire montados a un oso de meme. Si alguna vez supusimos que el mundo jamás fue una fábula de castillos de Disney, ahora sabemos que se parece más a una ciudad con un buen número de esquinas elegantes y bastantes arrabales descarnados. ¿Cómo, entonces, un superhéroe puede seguir peinado?

            Ahora Iron Man nos habla de crímenes corporativos y cibernéticos y Batman batalla para acabar con los fanáticos y los terroristas a la vez que, ambos, deben lidiar con sus propios traumas. Nuestros adalides de la ficción son contradictorios, acomplejados, débiles, distantes de la figura dogmática incapaz de cuestionar su misión. Sus luchas interiores los igualan al hombre común. Pueden ser derrotados —y muchas veces se derrotan a sí mismos.

            Desde siempre ha habido héroes complejos y brutales, capaces de provocar repulsa y sensualidad —hello, Olimpo griego—, pero si antes la industria cultural había universalizado los dramas de nuestros salvadores, ahora la interconectividad convirtió su abatimiento en una conversación simultánea y omnipresente. 

            Los superhéroes están en crisis porque el relato de la Historia —este presente— está en crisis. No puede haber superhéroes perfectos en sociedades rotas. Y como la trama de aquellos que suponen cierta guía moral se complejiza, por lo mismo todo el universo de ficciones narrativas debe seguir ese descenso al foso. El criminal que interpreta Heath Ledger como The Joker enamora con su mirada libertaria como antes nos atrapaban su primo psicótico Alex DeLarge o el sociópata Jay Gatsby. Cualquier villano romántico y adorable, propietario de una maldad creíble y mundana, supera toda fantasía edulcorada del pasado. Los malos ahora sienten, pero también están más desquiciados.

            Si el héroe y su antagonista recorren las laderas de los fallos y aciertos humanos, también los antihéroes deben mantenerse en cuadro. La oscuridad debe ser completa. ¿Acaso alguien ha deseado con fervor que el inflexible Walter White deje de cocinar metanfetaminas y sea atrapado por su cuñado agente de la DEA? El nuevo antihéroe es capaz de desafiar la ley sin temor a nada ni nadie y corromperse por la necesidad de salvar su vida —un hijo, una familia. Actúa con el libre albedrío que nosotros, pequebús de mi vida, chirles mortales atados al gran contexto moral de la vida en sociedad, no podremos. De algún modo, no ha cambiado mucho: la humanidad siempre ha encontrado en el arte y el entretenimiento campo para liberar pulsiones. Sólo que ahora, sin demasiado en qué creer, las pulsiones parecen ser más intensas.

            En la vida real, es angustiante tolerar a un crápula como presidente, pero nos fascinaba que en HOUSE OF CARDS Frank Underwood manipule, domine y mate sin reparos ni condena. Por eso es intolerable la maldad edulcorada de ese pobre tipo llamado Johnny Lawrence: tenía todo para ser un caído del sistema y conmovernos y hacernos vomitar con su derrota, pero es un malo demasiado acomplejado, incapaz de tener la (des)compostura de su papaíto inmoral, John Kreese. Y por esa inconsistencia para ser un malo-traumado-bueno —esto es, creíble; esto es, moralmente cuestionable pero entendible—, COBRA KAI fracasa: porque cuando pudo mostrarnos la caída en desgracia del mal tipo con contradicciones atendibles y aceptables para nuestro zeitgeist, eligió la pasteurización telenovelera. Ya nadie se cree a los malos que no se animan a ser malos del todo. Y por lo mismo, tampoco aceptamos a esos villanos cuando dicen volver del lado oscuro redimido: un mal guión es una mala construcción moral; la mala fábula es un cuento pedorro de animalitos. La moraleja acaba en moralina.

            Nuestros antihéroes mienten, traicionan, corrompen. O mejor: deben mentir, traicionar y componer con fondo. Convencernos de que su impostura es plausible. No pueden ser, nada más, seres de acción: si no vienen armados de un volumen de Kierkegaard acaban ultrajados por una audiencia mejor preparada para el drama que un guionista de los sesenta. Su coraje, hoy, ha de ser amoral: les exigimos que hayan extraviado la compasión y se hayan deshecho de toda misericordia. Y nosotros babeamos por ellos, incondicionales, adictos. Absorbidos y cautivados por hombres y mujeres que en una serie violan todo aquello que en la vida real nos mantiene del lado correcto de la historia. Es catártico: en la ficción podemos liberar el tánatos sin riesgo. Respetamos al antihéroe porque demanda respeto, porque su egoísmo refleja el nuestro. Porque sus búsquedas —de indulgencia, de fortuna, de algún amor— son las nuestras. Esas vidas raspadas han hecho el contacto más profundo. El Batman originario y el panteón de superhéroes y antihéroes existencialistas nos empujan a mirar detrás de la máscara y, con ellos, preguntarnos quiénes somos.  Una primera versión de este texto fue publicada en Esquire Latinoamérica.

La humanísima vida del héroe sucio
Cómo un titán conflictuado habla del mundo en que vivimos
Por Diego Fonseca    / Publicado en Setiembre, 2021

"En una de las conversaciones de Ciudades invisibles entre Gengis Khan y Marco Polo, Calvino cuenta que el mongol ha soñado una ciudad que lo apabulla así que ordena al veneciano que la visite y regrese a contarle por qué en su puerto las personas se despiden en silencio pero con lágrimas..."

ENSAYO