ISSN 2767-1844
FACEBOOK         /         INSTAGRAM         /         TWITTER

INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      EDITORES


     INICIO      ENSAYOS      ENTREVISTAS      RESEÑAS      POESÍA & FICCIÓN      COLUMNAS      COLABORADORES      CONTACTO      DIRECTOR     

"Esa mañana, mientras me preparaba el café, ideé un método para evitar la repetición de mis rutinas (que podía desembocar en anotaciones idénticas y, con ello, en la constatación de que mi vida no avanzaba)".

Los expatriados
Por Miguel Serrano Larraz    / Publicado en Marzo, 2021

UN LIBRO

El escritor español Miguel Serrano Larraz, autor de tres libros de poesía y tres novelas (entre ella la premiada Autopsia),  ha escrito, durante el confinamiento del Covid-19 en Iowa City, un libro de cuentos, Los expatriados, que iremos publicando, relato por relato, periódicamente, en La Vaca Multicolor, antes de su lanzamiento como libro impreso.


Leer el segundo cuento:
"Antonio Armiño"
.

LA POSTERIDAD   

Yo había decidido escribir algo cada noche, todas las noches. Unas líneas, un pensamiento, casi lo primero que se me ocurriera. Mis motivos eran triviales y un poco tristes: había empezado a perder la memoria, y tenía miedo de que mi experiencia presente, tan poderosa y llena de vida, no dejara una sola huella en mi futuro, que intuía numeroso y prolijo a pesar de la amnesia que lo acompañaría. Después de todo, yo era joven. Había comenzado mi primer trabajo en la oficina, y no quería que los acontecimientos de mi vida se diluyeran poco a poco en la cabeza de otras personas. 

     El primer día, al volver de la oficina, abrí la libreta de tapas moradas y escribí mi primera entrada en el registro: Tengo más futuro que pasado.  

     Me di por satisfecho, en la creencia de que esas cinco palabras iban a bastar para recuperar mi estado de ánimo, incluso para revivirlo si fuera preciso. La frase tenía una cierta ambigüedad, porque unía la fe en el porvenir a la melancolía del no recordar. Si en el futuro no era capaz de extraer de mi memoria las circunstancias de aquella jornada, del día en que había inaugurado mi archivo de vida, de mi primer día en la oficina, bastaría con abrir la libreta por la primera página y recuperar aquella línea, aquella frase, y toda la experiencia sensible de aquellas horas se mostraría ante mí, llena de detalles. 

     Durante los primeros meses me di a la tarea con alegría. Pasaba todo el día observando muy fijamente mi vida y puliendo la frase que más tarde, después de la cena, tardaba solo un par de minutos en anotar en el papel.  

     El problema comenzó más tarde, algunos años después, la noche en que, tras un intenso ejercicio de examen de mi realidad (un examen que había consumido, de hecho, toda mi jornada), cuando ya estaba a punto de escribir una frase reveladora que resumía mi estado de ánimo, creí recordar, de repente, aunque no estaba seguro del todo, que el pensamiento que condensaba las dieciséis horas que llevaba despierto coincidía, palabra por palabra, con una anotación que ya había hecho en algún momento de aquella vida mía de intérprete.  

     Me pareció intolerable: si escribía exactamente lo mismo, en el futuro confundiría esos dos días que se resumían en las mismas palabras. De algún modo, el recuerdo sería el mismo, el archivo dejaría constancia ante mí mismo, y ante cualquier intruso o intrusa de mis anotaciones, de que yo no había evolucionado en lo más mínimo. Tantos años de dedicación al trabajo y a mi obra de introspección parecerían, a ojos de un lector o lectora futuros, un mero caminar en círculos alrededor de unas pocas ideas banales. 

     Si anotaba la misma frase otra vez, todo el propósito de mi cuaderno de notas se desmoronaría como un castillo de naipes.  

     Así que decidí releer con cuidado todas las páginas de todos los cuadernos, comparando cada entrada, a medida que la leía, con la entrada que había decidido anotar aquella noche (pero que aún no me había atrevido a consignar para la posteridad de mi memoria). Encontré, por fin, la que mi instinto había identificado como un peligro de repetición, y me di cuenta, con alivio, de que la anotación física que había hecho cuatro años antes y la anotación mental que aún no me había atrevido a pasar al papel denotaban dos ideas distintas, dos experiencias diferentes (me atrevería a decir que incluso contradictorias) de la jornada recién vivida. 

     A pesar de todo, a pesar del alivio y de una confianza renovada en mi capacidad, decidí que la segunda, la que no había escrito aún, fuera más extensa que la primera, la que glosaba un día anodino sucedido cincuenta meses antes. Ya no escribiría una sola oración, ocho o diez palabras o quince palabras, sino una serie de varias oraciones encadenadas, coherentes. Ocho o diez o quince líneas, tal vez. Razoné que era posible escribir una misma frase dos veces, pero que escribir un mismo párrafo dos veces excedía los caprichos de la probabilidad.  Como medida complementaria decidí también que a partir de entonces, y para curarme en salud, repasaría mis cuadernos cada noche, con cierto rigor, antes de tomar la pluma y ampliar el inventario de mi vida. Al menos cuando tuviera dudas acerca de la amenaza de una experiencia repetida. 

     A veces la tarea me ocupaba solo unos minutos, porque tenía la certeza que lo que me había ocurrido durante aquella jornada no había sucedido nunca en mi vida ni en mis cuadernos: cuando cerraron el bar de la esquina, por ejemplo, o la muerte de mi padre. Otras noches, sin embargo, me recreaba en mis anotaciones, lamía mentalmente un helado del verano anterior hasta que se me derretía entre los dedos, o retiraba una a una todas las capas de tela del invierno de mi imaginación. Así, los cuadernos empezaron a cumplir su propósito antes de tiempo, antes de lo que yo había anticipado al comenzar el proyecto, pero no como prótesis o como souvenir sino como medida de prevención. 

     Era imposible anticipar con certeza el tiempo que iban a llevarme el recuento y la redacción, así que empecé a adelantar la tarea. No bastaba con comenzarla cuando caía la noche. Dejé de dormir la siesta para poder dedicar toda la tarde a esta humilde búsqueda de concordancias que me aseguraba, ante el juicio futuro, la novedad que deparaba cada día. Así pues, dedicaba las mañanas al trabajo en la oficina y a la observación de mi trabajo en la oficina, y por las tardes pasaba a limpio lo observado y lo comparaba con otras jornadas laborales recobradas en los diarios, para refrescarlas. 

     El siguiente paso fue comer cualquier cosa junto al escritorio, con la pila de cuadernos ya ordenada en un rincón. No era capaz de almorzar y leer al mismo tiempo, pero al menos podía concentrarme en todas aquellas anotaciones, visualizarlas, mirarlas con detenimiento mientras masticaba un trozo de lechuga o una galleta, una mirada nutricia que me preparaba para la labor del resto de la jornada, cada día más exigente. 

     Este nuevo método se extendió durante toda una década, tal vez dos. Una mañana, después de una noche llena de inquietudes, abrí los ojos con ansiedad y me angustié ante la posibilidad de no tener el tiempo necesario para desarrollar un recuerdo de forma precisa y convincente, o incluso de cometer un error, el error que llevaba años temiendo, y volver a escribir por fin un párrafo que ya había escrito. Había cruzado un umbral, el umbral de mi capacidad. Ya no había, en toda la tarde, tiempo suficiente para contrastar mi recuerdo nuevo con todos los recuerdos anteriores, con todas mis anotaciones. 

     Además, la posibilidad de repetirme se hacía cada vez más plausible debido a otra circunstancia, que en mi ingenuidad no había previsto hasta entonces: mis largas jornadas de recuerdo eran cada vez más parecidas, y sucedían en el mismo espacio, a las mismas horas, con los mismos materiales: mis cuadernos. 

     Aquella mañana, mientras me preparaba el café, ideé un método para evitar la repetición de mis rutinas (que podía desembocar en anotaciones idénticas y, con ello, en la constatación de que mi vida no avanzaba). Repasaría cada día mis cuadernos, pero lo haría siempre de una manera distinta, para que la tarea no quedase en mi banco de datos como una repetición de la del día anterior.  

     Un ejemplo: si dedicaba la tarde a revisar mis archivos, pero solo me fijaba en la primera palabra de cada entrada, podía asegurarme de que la nueva anotación sería distinta por completo a todas las anteriores, ya que  

     a) me aseguraría de comenzarla con una palabra distinta. 

     b) registraría una experiencia que nunca había formado parte de mi vida, la experiencia «leer solamente la primera palabra de todas las entradas de mi diario». 

     El método me pareció genial, porque aseguraba que mis cuadernos, a partir de ese momento, no se repetirían ni en el fondo ni en la forma. 

     Cuando terminé el café, llamé a la oficina y notifiqué que no podía ir a trabajar, y pasé toda la mañana y toda la tarde y toda la noche revolcándome en aquellas miles de líneas antes de anotar con cuidado la que correspondía a esta nueva experiencia que me proporcionaba la escritura misma: Hoy, por primera vez después de cuarenta años, no he ido a trabajar.

Todos los textos son propiedad intelectual de sus autores. / El website es propiedad intelectual de La Vaca Profana & Gustavo Faverón Patriau. / La Vaca Profana es un mamífero imaginario sin fines de lucro.

Contacto