ISSN 2767-1844
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A Matías & Pipa
A LV

                             [L]ike poetry, philosophy as I care about it most,
                             exists only in its acceptance, in taking it out of
                            the writer’s hands, becoming translated one can                                            say, finding a further life.
                           —Stanley Cavell, Little Did I Know  

1

(Te) Escribo estas líneas mientras atardece. La poesía (poiësis), recuerdo inútilmente, sobreviene al alba; es la filosofía (theōria) la que simbólicamente llega al atardecer, testigo metafórico de las ruinas, de las murallas y palabras-huesos que alguna vez cobijaron, aun en su barbarie, a la comunidad. Habría querido escribirte —como lo hiciera Garcilaso a Boscán (soneto 33)— sacrificado en las cenizas de una nueva Cartago, inmortalizado en piedra y en canción; pero aquí me tienes, aherrumbrado y contrahecho, escribiendo estos versos de espaldas al atardecer y a los bosques del Ilaló. ¿Cuál es la utilidad de desmenuzar el dolor o el conocimiento? Es muy posible que esto, que no es más que el inquietante “oficio / de cambiar en palabras nuestra vida” (Borges), no sea sino una medrosa justificación para decirte que, aunque en llanto y en ceniza me deshago, vivo. 

2

Adormecido, el poeta dispone los minuciosos grados de la pasividad en una nueva pantalla; escribe: los rincones se deshacen cuando pronuncia el nombre y vuelve su espalda a un bosque inexacto; piensa, pero no lo anota, pero aquí queda: que puebla las pesadillas de los que quieren escribir, y hablan con desesperación, sin un ápice de ironía, de eso. 

3

En la terracita remozada una araña se balancea bajo la mesa de 6 dólares de Ikea. He pensado (escribe: después tendrá tiempo de pensar) que lo más tierno de mi mundo quizás se componga de trazos de una vida que se arrincona en las calles de San Carlos; sí, lo puedo ver: sube por la Carlos V un niño pálido, con sus rodillas trabadas por un largo siglo 19 que se rehúsa a terminar, y una madre no menos dispuesta a la lectura antropológica de María que al odio. 

4

Y si tuvieras que correr, salvar el cuerpo… correr, correr, ¿huirías de los niños que quieren romperte la cara?  Corta la frase en cualquier lugar. Empieza otra y la abandona. Hoy, 4 de julio, me buscas, Fausto Zapata, con tu alegría nacional que brinda, soberana, con nombre propio: fa-us-to-za-pa-ta, y me pides que te agregue a la nómina de los tuyos, sumando a tu lista un apellido sin memoria que te dé sosiego en tu noche colegial, cada viernes, como si entre los dos tuviéramos un mundo de recuerdos que nos une más allá del vértigo al vacío. 

5

Los hábitos del mí: martes y domingos me acompaña la sed de las cervezas caseras: he aprendido a no decir nada: no hay mucho misterio en la lejanía de dos cuadras, dos interminables cuadras que nunca se perturban por los ruidos de los niños, de otros niños, de los que también hui, por quienes dejé atrás el lado violento de esta ciudad. 

6 (Se da cuenta, por primera vez, que con eso puede negociar una beca de escritura en la Pampa, o sacarse un premio que le permita comprar una pantalla con mejor resolución. A la final, no concursará ni mandará nada a nadie — pero el placer de la posibilidad, la pura potencia que nunca se concreta, es más fuerte que la contingencia o que la historia.)   

7

Trabamos, sin ánimo, cartografías imposibles: Buenos Aires, Philadelphia, Sevilla, San Carlos, Viena, Cumbayá. Qué más da: nódulos de la privacidad: intervenciones que desconocen los recuerdos y los himnos — ah!, pero es memoria, la misma memoria de la noche primera cuando el sol se desplomaba en el horizonte y en nosotros crecían dioses, desiertos, ciudades. 

Me conmueve (se convence) hasta el paroxismo la sobriedad neutra del último párrafo. 

8

Personajes que son desaciertos, bruma, avanzan y desaparecen. Sin ir más lejos: Un día —precisa: una madrugada: miércoles 17 de febrero del año en curso— hurgaba en la basura. Imposible describirlo, o la escena; ¿para qué? De todas formas, puedo recordar que hacía frío (no miente: toda esta semana el frío ha sido im-posible): inviernos de Philadelphia: su rostro (una pequeña concesión) era una máscara que casi he olvidado — no hay mucho que recordar: una máscara es una máscara es una máscara. Lo vi desde la ventana, en cuclillas, sin que él, o ella, eso, se fijara en mí, escribe en la última página del libro de Reinaldo Laddaga, que no únicamente por una afiliación personal tiene un eco insistente en este proyecto. Eso existía, imperturbable, en mi ausencia; acaso fuera eso lo que más lo aterró. Aun así, no grité (el coraje, después de todo): pero con un gusto parecido (¿a qué, precisamente?) llamé a la policía. Cuando llegó, todo había terminado. Eran las dos de la madrugada y no volví a dormir. Esa semana alguien ganó el Super Bowl, y en la pantalla presencié el resultado inverosímil de una mariposa indochina desovando sus huevecillos en la basura. 

9

En cambio, cuando habla contigo —pero no se atreve, piensa, acaso escribe unas líneas predecibles, que a nadie salvan— recuerda que cenaron en aquella buhardilla de tu piso en Viena, o Lancaster. Bajaste a la calle a recibirla, y mientras lo besabas algo ocurría en cualquier lugar. Sí, he visto las fotos, las llevo conmigo cada vez que hago la casa —confiesa, le escribe—, sombras de ojos en la pátina del suplicio, como una fibra de memoria que se desborda sobre el vacío. ¿Llegaste a ver la estela del pensamiento que se pudre como una deuda incontrolable? Pero no pregunta, y ella: éramos tan jóvenes, tan llenos de alegría, de cercanía: discípulos de tu lengua en el límite de mis pezones, así aprendimos a ocultarnos de la literatura. 

10

En otra ciudad se repite el gesto, ella vuelve al departamento, busca sus labios, lleva sus manos al cuerpo que él (re)conoce — ¿es este el deseo que has escuchado en los recreos, la nostalgia de una huella que nunca ha sido tuya? Se cortan las primeras voces de una resurrección, los dedos despliegan un ámbito de la muerte, del gozo, y recorren impacientes las palabras, pero la intimidad no existe salvo como cosa pública, sin que aquellas lecciones que tardaron en aprender se consuman en un encuentro que ambos anhelan, pero que lo dan por perdido. Sale a la calle, camina a la escuela de enfermería — si la barbarie que se aproxima nos dejara escapar, te llevaría a una casa, te amaría, y dejaría que el invierno del `12 nos alcanzara en la prohibición de estos años. 

11

La estación de tren —en perenne reconstrucción— se compone de una cafetería, significativamente más amplia que aquella que visitábamos en Miraflores el verano del 2015, y de una barra llena de dulces dispuestos con estrategia para el consumo de los pasajeros. En una ágil procesión anónima, hordas de viajantes, como los pilares de símbolos o como los habitantes del columbario que consiste en mi única memoria del cementerio de San Juan, imponen un ritmo fácil de interpretar. La ejecución de la identidad es también parte de esta cotidianidad: cientos de bocas repetirán un preciso saludo, colmarán de humanidad algo que es como (pero no es) la figuración antropomórfica de lo diferente. 

12

Juguetear con las fotografías: proyectar mi cuerpo sobre las fotografías de un parque, este parque, en una ciudad que transita como recuerdo, que es solo recuerdo, y que sin embargo se levanta cada mañana sin mi presencia —porque nada hay que la garantice— y barrunta de sombra la luz que deforma el horizonte de los Andes. Quieres comprender, conjurar un misterio que satisfaga esta miseria, algo. Te animan tus labios leyendo el relieve de estos escritos, como si bastara en el mundo la cómplice felicidad de la empatía… Yo, acaso el mismo que recuerda, es una silueta sin rostro, sin figuración antropomórfica, sin destino. Si algo he aprendido a lo largo de estos años es que también la fotografía es un trazo vergonzoso, tachadura de una felicidad ontológica. La sombra de mi cuerpo, que no es mi cuerpo, al salir de mi epidermis gana en tamaño, y los árboles, las bancas, los caminos del parque se pierden en una oscuridad (subjetiva) que a nadie alberga. Ni a ti, ni a mí. Ni a Nadie. 

13

No lo había pensado, al menos no seriamente —como si la seriedad no fuera cómplice abyecta de aquello que denominamos, gratuitamente, pensamiento— que atiborrándome de libros (Copi, por ejemplo, que me enseña {es un decir} el camino de las correcciones frente al manuscrito, o la timidez con que me acerco al Fiord y me veo nacer como nacen los minuciosos grados de la pasividad) podría llegar a ser absolutamente el mismo. O sea, cualquiera; o sea nadie. Nada ha cambiado, nada puede cambiar, porque yo lea dos, o mil, o cien mil textos atrincherados en el olvido. Si esta casa, en los perímetros boscosos del Ilaló, o Lancaster, me recuerda tanto el invierno de otro siglo es porque así recuerdo el rostro de mis niños… ¿para qué, me pregunto, ha servido correr por el mundo, de casa en casa, sino para verla a ella, a la partera, dejando en la calle su resplandor consuetudinario que le da a Mt. Airy su distintivo aire de novela gótica. ¿Es eso —¿era ella eso?— lo que dicen que debemos esperar: aprender a esperar eso que, cuando ocurre, se resuelve con la violencia del sentido?

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"¿Llegaste a ver la estela del pensamiento que se pudre como una deuda incontrolable? Pero no pregunta, y ella: éramos tan jóvenes, tan llenos de alegría, de cercanía: discípulos de tu lengua en el límite de mis pezones, así aprendimos a ocultarnos de la literatura".

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Memoria
Por David Barreto    / Publicado en Marzo, 2021