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Una carta para Concha Alós
Por Natalia García Freire    / Publicado en Marzo, 2021

"No obedeciste a nada, ni a modas, ni a géneros, y no tuviste escrúpulos a la hora de retar hasta tu propia creación, irrumpiste la realidad y te fuiste alejando de ella, probaste lo inadmisible en tus cuentos, exploraste lo fantástico, cuánto nos estabas enseñando y, sin embargo, nadie menciona tu nombre entre los maestros del cuento español".

Concha Alós después de recibir el Premio Planeta de 1964.

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ENSAYO

De pequeña les escribía cartas a mis muertos. Es importante que sepas que solo escribo cartas cuando es demasiado tarde. Quizá por eso esto, que debía ser un texto sobre ti y tu obra, se ha convertido en una carta, una carta de amor. Quizá porque en tus cuentos he tratado de encontrar mensajes secretos, de comunicarme contigo como en una especie de ouija o ese juego infantil del espíritu del libro al que jugaba con la biblia y, al preguntar si alguien me quería, dios me daba este tipo de respuestas: Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete

     No me arrepentí de nada. Tampoco estoy loca. Es que he tenido que buscar demasiado. Buscar de verdad, buscar en serio, porque de ti hay poco Concha. La palabra más repetida en las búsquedas con tu nombre es olvido y eso por no mencionar todo lo que se habla de tu vida amorosa, el espacio enorme que algunos le dedican a tu relación con Baltasar Porcel y el pequeño espacio que te dedican, en cambio, en su necrológica: “clave en su futuro primer éxito en Cataluña, en el mundo editorial en castellano y para su profesionalización como escritor”.  

     Sin embargo, Amparo Ayora te escribió un libro, Las guerras de Concha Alós, Noemí Adánez también escribió sobre ti en Vivir el tiempo; otras dos mujeres, Noemí Francois y Veronica Bernardini, han escrito tesis sobre tu obra; la editorial Recalcitrantes reeditó tu libro Las hogueras y La Navaja Suiza reeditó Rey de Gatos, libro que vino a caer a mis manos y, claro, tus cuentos me salvaron, me salvaron de mí misma y de esa herencia infernal de ser buena y desterrar a la bestia, esconder a la que quiere comerse el mundo y a todos los hombres y fue ahí donde aprendí, entre tus palabras, esta súplica, este grito: 


     Explícame cómo se supera una herencia de sumisión y de injusticias, el que a un ser humano se le considere durante siglos una especie de oscuro e inútil agujero.  


     Sabiéndolo o no, tú misma te respondes en tus cuentos o, al menos, nos dejas unas cuantas pistas. Porque leer Rey de gatos es una revolución, es entrar en una ruptura en la que nada es predecible, es alterarse, preguntarse, una y otra vez, como lo hace Bárbara Pérez de Espinosa en el prólogo: ¿Dónde has estado todo este tiempo, Concha? ¿Qué autora puede tildarse de innovadora después de conocerte?  

     No lo creas, no has sido olvidada, todo lo que mencioné anteriormente es prueba de ello y me atrevo a decir que, gracias a esas mujeres y a quienes creen en tu escritura y se lanzan a publicarla, una constelación de lectores te invocamos y no en secreto, no, vamos por el mundo como testigos de tu obra, golpeando puertas, llevando tu palabra, que no es sagrada, sino manchada, sucia, amenazante, espeluznante, el reverso de la creación, una obra que quizá se explique en sus propios personajes, tan aficionados a moverse en la oscuridad. 

     A veces fantaseo con sentarme en una misma mesa contigo, Shirley Jackson y Angela Carter, tomarnos un té mientras me enseñan a conjurar la palabra, a hacer lo inadmisible; fue de Jackson de quien aprendí que podía revelarme con mi propio miedo, construir castillos y casas embrujadas con él, de Carter me queda la idea de que hay que atreverse a construir niñas malas, mujeres perversas, permitirse crear personajes femeninos capaces de la conspiración y la intriga y de ti, Concha, me llevo tanto, entre otras cosas, la palabra manchada, la palabra que se hace carne podrida, y la mujer que la devora: 


He de deslizarme por el mundo, veloz, con mi coraza. Libre. He de salir de debajo de este Sánchez Polo odioso. Tendré que devorarlo. Primero le clavaré el dardo para que no se defienda. Luego acabaré con él. Me lo iré comiendo. Será como si comiera a todos los hombres del mundo. A Cosmo. A todos. Mastico. Es carne fresca, agradable… Soy muy feliz.


Lo que me llevaba de pequeña a escribir a mis muertos era la idea de que ellos buscarían una forma de responderme, en sueños, tan ambiciosa es la mente infantil, y entonces volvería a escuchar su voz. Lo mismo me pasa contigo. En Bluets, el libro de Maggie Nelson, ella inicia confesando que se ha enamorado de un color. Empezó lentamente, dice, al principio fue una apreciación, una afinidad. Puede pasar. Yo me he enamorado de tu voz. Pero mientras Maggie Nelson busca el azul y lo encuentra en el semicírculo del océano, en las minas de lapislázuli, en los cuadros de Vincent Van Goh, yo soy un caso perdido. De la voz que busco no hay registro. Jamás sabré cómo sonaba tu voz. 

     No puede ser una voz cualquiera, me digo mientras te leo, y la invento en mi cabeza. Es una voz dulce, pero no pequeñita, una voz que a veces se me confunde con la que perdura en la única grabación de Virginia Woolf, o una voz gruesa, enfadada como la de Elena Garro cuando le preguntan por su regreso a México y mira a la cámara cigarrillo en mano y dice: "Yo nunca pensé volver a México. Mira, tanto insulto, tanto insulto te deja agobiado, ¿ves?".

     Tú, tu voz y tus palabras tampoco se salvaron del insulto. En una columna, recuerda Edurne Portela que en el libro Vivir el tiempo, Noelia Adánez señala cómo calificaba tu obra la crítica literaria: soez, explícita, repulsiva, enferma y —sobre todo— impropia de una mujer. Es que, a tu voz, como a la protagonista de tu cuento "Cosmo", dentro, muy adentro, se le estaba formando algo nuevo y posiblemente horrible o quién sabe qué monstruosas alas. Y lo monstruoso nos está prohibido. Ya podrán pedirnos los poetas que volemos, Concha, pero de una manera bonita, bella, sutil, obediente.  

     Y eso no.  

     Tú no obedeciste a nada, ni a modas, ni a géneros, fuiste ambiciosa y no tuviste escrúpulos a la hora de retar hasta tu propia creación, irrumpiste la realidad y te fuiste alejando de ella, probaste lo inadmisible en tus cuentos, exploraste lo fantástico, cuánto nos estabas enseñando y, sin embargo, nadie menciona tu nombre cuando habla de los maestros del cuento español, nadie habla de esas ocho creaciones en las que no hay ser que no altere el orden natural de las cosas, nadie dice Concha Alós, la maestra de lo extraño, la que nos estaba creando estas monstruosas alas, esta capacidad de ser peor que las perras. Es que creo, Concha, que a ti eso nadie te lo perdonó. Y quizá por eso nadie grabó jamás tu voz, ni te preguntó sobre tu obra, ni te pidieron comentarios y opiniones y hoy en día, no importa cuánto yo busque y cuánto ruegue, jamás podré escucharte y lo más que tengo será leerte y releerte hasta que tus cuentos se me hagan tan completos y humanos, como dice Ileana Espinel, como la luz, el pus y los carcomas.