"Empiezo a sentir
         la enormidad de mi cuerpo.
                 La navaja 
arriba, en el aire.
     Por ahora".

Síndrome de inmunodeficiencia adquirida     

Me aproximo a un harpa
     abandonada 
en un campo de cosecha.     
     Un venado salta 
desde la maleza
     y me sigue

en la lluvia, una herida
     escarlata de serpiente 
en su oscura cornamenta.      
     Mis dedos
curvados alrededor de un fragmento    
     de vidrio–   

es como tomar la mano
     de un niño. 
Cortaré las cuerdas del harpa      
     para mi mandolina, 
usaré el marco como ventana
     de una capilla 
aún no construida. Rasparé
        
     toda su laca  
azul, derretiré los copos
     con una  
vela y un cucharón
     y pintaré 
la curva interior      
    de mi tazón de sopa.   

El venado pasa junto a mí.
     Bajo la cabeza 
y saco la lengua      
     para probar
la miel chorreada       
     en su pata trasera.   

En el centro del campo
     me agacho junto 
a una roca grabada      
     con un número 
y miro el fantasma azul
     de una gacela, 
la lluvia cayendo a través
     de su cuerpo.             

(De Slow Lightning)                                   


Monólogo de la sombra de un buitre       

Anhelo volver con mi amo,
         quien no conocía ni miedo ni paciencia. 
Mi amo que años atrás voló en espiral
                 sobre una mujer 
que atravesaba penosamente el desierto.
       Ella levantó la cara & nos maldijo:
             Negras antorchas de plaga, Mierdas en botón. 
Ella arremetió con las manos,
           me clavó en sus hombros.
                       Yo me aflojé. 
Llamé a mi amo.
           Caí sobre esos hombros como un chal negro.
Ahora estoy guardado en el estante de un armario:
               perfumado,
       mis contornos bordados con hilo rojo. 
Ella me ancla a su vestido con un camafeo de pájaro
                               capturando a su presa 
como para recordarme cuando mi amo voló cerca del suelo
     del desierto & yo oscurecí los arroyos
         & la geometría de jade de los saguaros caídos. 
¿Cómo podría olvidar?
         A veces mi amo se elevaba tan alto
             que yo cesaba de ennegrecer la tierra.  
¿En qué me convertía en esos momentos?
         Pero el olor a descomposición siempre atrajo
                     a mi amo hacia la tierra.  
Mientras mi amo comía, yo comía.       

(De Slow Lightning)     


Guillotina     

Los escorpiones siempre llegan
     al amanecer. Delicadamente,
                         sus pinzas 
tocan los cortes      
        en mis labios. Aprieto
                                   los bordes
del colchón, miro
     el techo de espejo.
               Mi boca se abre, 
pero no emite sonido alguno.
     Los escorpiones–
             oscuros, verdes, húmedos– 
se acercan, retiran
     la hoja de afeitar
         que está bajo mi lengua…   

Dos escorpiones.
     Una hoja de afeitar.
         Lentamente, al unísono, 
sin soltar el metal,
         se mueven.
               Una pequeña guillotina 
bajando      
         por mi cuerpo.
                  Recuerdo
cómo pasaba el pulgar
     por su barba,
             cobriza & difícil.  
Los escorpiones
     se detienen, inclinan
         la navaja. 
Una amenaza, un recordatorio.
         Mi objetivo es dejar de añorar
                 al menos durante 
el tiempo que les toma      
         llevar una navaja
             a través de mi piel. 
Mis pensamientos deambulan
         de las tormentas monzónicas
             a los acordeones 
y a las arboledas de pecanos.
     La pequeña guillotina
             empieza a moverse de nuevo. 
Empiezo a sentir
         la enormidad de mi cuerpo.
                 La navaja 
arriba, en el aire.
     Por ahora.               

(De Guillotine)                             

Para Francisco X. Alarcón 
(1954 – 2016)       

Tú hiciste reír a los tomates 
& me advertiste  
que algunas palabras mueren en jaulas.   

Te conocí en el desierto.   

Quemaste salvia, saludaste 
a cada una de las cuatro direcciones 
con sílabas emplumadas.   

El ritual me avergonzó– 
tu cuerpo robusto, no 
tu sonrisa traviesa.   

Eras familiar.   

El primer poema que escribí 
que sonaba como yo 
hacía eco de tu trabajo.   

Copal, popote, tocayo, cacahuate: 
me enseñaste que el español 
es una lengua colonial.   

Algunos ancianos Mesoamericanos 
creían que hay una quinta dirección.   

No el cielo ni el suelo 
sino la persona que está a tu lado.   

Me estoy volviendo hacia ti, maestro. 
Te estoy saludando. 
Tahui.         

(De Guillotine)     






Cuatro poemas de Eduardo C. Corral
Traducidos por Diego Otero    / Publicado en Marzo, 2021

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ISSN 2767-1844

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APRENDER A FLUIR EN EL DESIERTO  

Gracias a su primer libro, Slow Lightning –algo así como Relámpago lento–, Eduardo C. Corral fue distinguido con el Yale Younger Series Poets, uno de los premios gravitantes para autores que debutan en el siempre  inquieto y abundante escenario de la poesía estadounidense. El dato singular sobre el galardón de ese año (2011) es que se trató de la primera vez que reconocía el trabajo de un latino, un hijo de inmigrantes mexicanos indocumentados, para ser exactos. Pero Corral no es solo un poeta cuya identidad ha sido forjada entre las dinámicas y las tensiones propias de la inmigración, también es autor de una –aún breve pero ya contundente– obra que explora asuntos vinculados con el deseo homosexual y lo queer en un entorno de machismo consuetudinario. Así, la noción de frontera –entre países, entre géneros, entre leyes, entre idiomas– emerge como un centro flexible sobre el cual se articulan los temas y –sobre todo– los modos de su poesía, que sabe ser narrativa pero también lírica, simple pero a la vez compleja, realista y fantástica, sensual o tierna y también violenta o mordaz. La frontera en Corral no es un lugar, es una acción, y solo existe cuando algo o alguien la está atravesando. Tanto Slow Lightning como Guillotine, su segundo poemario, operan desde una especie de fe en ese movimiento, en esa acción: “el yo es fluido y está en flujo constante”, dice Corral en una entrevista: “Mis poemas representan esa pluralidad, esa fluidez. Siempre hay más de un tema”. Y como siempre hay más de un tema el sentido reverbera, se vuelve promesa permanente de sí mismo: testimonio del viaje a un paraje asombroso y no documento notariado de su conquista (o gesta libertaria, si queremos aggiornarnos). Corral lo explica de otro modo, y de paso deja una lección de literatura: “Yo sigo al lenguaje. No lo dirijo”.  (Diego Otero)