ISSN 2767-1844
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RESEÑA

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"Si es probable que el tiempo contribuya al olvido, el viaje por las palabras de la obra de Prochazka siempre deja huellas en la mente de sus lectores".

Fisiones y fusiones de los posibles literarios

Durante el mes de julio de 2013, en plena elaboración del corpus de la tesis doctoral sobre la literatura de expresión fantástica peruana, tuve la suerte de conocer a Carlos Calderón Fajardo: nos vimos en el café Haití y conversamos sobre la vampira Sarah Ellen, y otros avatares literarios de lo político en las obras fantásticas. Durante aquellos días de la FIL de Lima, varios autores iban a presentar la novela El fantasma nostálgico, finalista del premio Tusquets de 2006 editada por Animal de Invierno: Enrique Prochazka era uno de ellos. Con sus lentes opacos y la lucidez de su lectura de la novela de mi amigo, me llamó la atención la sensibilidad del autor, y fue mucho más tarde cuando le di sentido a la influencia de la filosofía pesimista en aquella brillante presentación y re-presentación de un autor-crítico que conlleva rasgos de un personaje del universo underground y que mora en las sombras de un mundo muy a menudo considerado como marginal en la escena literaria y en la crítica.    

Inspiraciones míticas… y suspiros locales 

Basta con recordar la anáfora estructural de “Un libro terminado”, en Cuarenta sílabas, catorce palabras, para identificar las fuentes de inspiración reivindicadas por el autor. Luego, el mismo autor nos da pistas en Un único desierto: “Yo he leído a Asimov, a Sturgeon, a Epicuro, a los folcloristas rusos, a Schopenhauer, a los cínicos, a Homero y –ventaja enorme– a Borges, y he escrito sobre lo que me ha parecido mejor” (p. 173). Así, Joyce –y el famoso stream of consciousness perceptible en “Café”, en el libro de cuentos que nos interesa–, Borges, Homero y una serie de filósofos constituyen el trasfondo cultural e intelectual del autor, y nos recuerdan su formación en las humanidades. Por eso, podríamos decir de Ocho cuentos de tampocos y todavías, y para completar el juego: Un libro terminado… será Prochazka, que supo atar unos cabos desesperadamente sueltos entre filosofía y ciencia ficción, universos que dialogan en esta experiencia literaria. 

     Prochazka prolonga la herencia de Borges con la creación de sus propias mitologías y sus propios mitos, en un marco espaciotemporal que ilustra la geografía migrante de un autor que decía en Un único desierto: “He preferido ser humano a ser limeño” (p. 173). Comparte esta extraterritorialidad con Fernando Iwasaki, con quien estudió en la universidad a finales de los años setenta. De ahí la particularidad de la descripción y de la inscripción espacial de unos relatos, en lugares determinados: “La horda” y “Caballos de Troya”, por ejemplo, permiten identificar el ámbito peruano. La indeterminación de otros cuentos permite ubicarlos en un lugar universal. De ahí el valor mitológico de los relatos, que crean una como configuración narrativa entre guiños a los maestros y mundo propio.   

El arte narrativo de la… ciencia posmoderna del cuento 

El primer texto que leí de Enrique Prochazka fue “Tú, que entraste conmigo”, que forma parte de Cuarenta sílabas, catorce palabras, y me había fascinado la mención de los objetos fractales que, a mi parecer, eran una herramienta para la modelización de ciertos cuentos modernos que juegan con los espejos y la mise en abyme. Sin embargo, como lo recuerda el narrador, “jamás pudimos lograr que una imagen fractal concreta describiera precisamente una hoja o un coral concreto. Así que pronto los fractales quedaron relegados al arte figurativo.” (p. 100). Prochazka se vale, pues, de las posibilidades de la literatura moderna para elaborar sus textos más allá de los esquemas establecidos y reductores. Así, no duda en convocar referentes cinematográficos como Mad Max, y propone también unas extensiones de la realidad con enlaces de consulta de páginas web en sus textos. Esta confusión entre el referente extraficcional y la ficción propiamente dicha contribuye a jugar con el lector que puede “googlear” las referencias, y cuestiona las certidumbres frente a la concepción humana de lo “real” – o lo que así llamamos convencionalmente, ya que nos faltan palabras para elaborarlo de otro modo –. Invita a las transgresiones de las fronteras tradicionales entre el texto, su autor y sus lectores. Este cuestionamiento de las certidumbres y el relativismo cobran una dimensión particular, con un valor narrativo, en “La horda”: “”Esa será tu verdad, pues: no es la mía” ― sentenció Ramiro al cerrar el diálogo” (p. 53). Este relato alegórico recuerda hasta qué punto el lector debe vigilar este sueño de la razón que termina produciendo monstruos. 

     La escritura moderna y la confusión de los grados ficcionales también se expresan en la constitución de los personajes, en particular los de “Kali”: “En este espacio extremo (que nadie, salvo quizá un personaje de este relato, sabe cómo se formó) la vida parecería imposible.” nos muestra cómo el autor juega con su lector. En esta dimensión, otro cuento nos llama la atención, “Explorador”, ya que empieza con el suicidio del protagonista. Es un cuento que valora las experimentaciones hiperbólicas, en el caso concreto, las ECM, o experiencias cercanas a la muerte. Prochazka evoluciona a contracorriente de las aproximaciones inductivas clásicas sobre la muerte, y sugiere la aplicación de una lógica deductiva, pero desde la otra orilla: “Para Jesús Galarza todo ello hubiera sido una afrenta. No se mataba para solucionar nada: se mataba para plantear un problema. Sentía más curiosidad por el sentido de la muerte que por el de la vida y tenía claro que los enigmas y conflictos que lo animaban no podían, pues, resolverse desde este lado.” (p. 65-66)   

Los héroes abandonados y el toque metarreflexivo 

Las criaturas de Prochazka –tanto los narradores como los otros personajes– tienen un porvenir inseguro e inestable en el desarrollo de los cuentos. En efecto, es apasionante ver en la escritura del autor cómo construye y destruye a sus personajes. Como buen creador, les da nombres, que pueden ser, claro, pistas de predeterminación mediante unos juegos onomásticos, como Lucía Basombrío o Jesús Galarza. De paso, ¿será el mismo Prochazka un autor predeterminado para hablar del futuro? En todo caso, el prólogo “Kosmétora” borra de entrada los límites entre el autor y sus personajes, afirmando que “Todos somos ficticios” (p.11), y llega hasta el extremo de la lógica de una opción contemplada por el personaje de “Explorador”: suicidarse dos veces, con un toque de humor cínico. Ahora bien: cuando los elabora, Prochazka también les confiere a sus personajes rasgos que podrían compartir con sus lectores, como el personaje secundario de “Averno”, Carlitos Benvoglio: “un fanático de la literatura fantástica, de la ciencia ficción, de los cómics, de toda lectura potencialmente sicotrópica”.  

     Habría que dedicarles un estudio completo a los narradores y al poder metarreflexivo de la prosa del libro. Cabe subrayar que “Kali” desarrolla una trama a lo largo de la cual el narrador va explicando el proceso de creación: “Anoto que, como debe ser, en este relato ya hay un monstruo: este no sería un cuento de horror si no hubiese cuando menos un monstruo.” (p. 110) hasta ilustrar, pero de forma textual, mediante palabras, el vertiginoso grabado de Escher, con las manos que se dibujan a sí mismas, en “A Tito doce, trece”: “Te lo dejo ahí, Prochazka ―terminó. ―Tú sólo escríbelo” (p. 143). Prochazka maneja los códigos, sin ninguna piedad para con sus personajes. 
   
El papel de lo fantástico, o el ascenso imposible de un miedo que va creciendo 


La literatura fantástica peruana tiene una tradición cuyo canon se elaboró a partir del trabajo de los editores y de los críticos, y de las antologías, como la de Harry Belevan o más recientemente, la de Gabriel Rimachi Sialer y Carlos M. Sotomayor. Generalmente, podemos observar dos tendencias en los cuentos fantásticos: el recurso a los motivos clásicos como fuente común de referencias que crean un marco de identificación del género (si de género se trata…) y el trabajo del lenguaje, de la sintaxis, de todas las distorsiones que transforman el texto y proponen transgresiones hacia lo imposible. Prochazka convoca con este libro las alusiones discretas a los motivos, como lo hizo con el doble en Casa: Hyde, Frankenstein, las momias, los zombis y otros seres pueblan los relatos que constituyen el volumen de Ocho cuentos de tampocos y todavías. Y, desde el punto de vista del lenguaje, en medio de los tampocos y de los todavías, también encontramos un par de “comosíes”, estos vectores de la comparación hipotética que llevan a lo imposible en un hábil manejo de la sintaxis de lo ominoso. 

     Lo que llama la atención es la forma como Prochazka borra también los límites entre unas escrituras tradicionalmente distintas: así aparecen recursos a la duda todoroviana característica de lo fantástico, incluso en un cuento típicamente codificado según las normas temáticas de la ciencia ficción como “Kali”: “Muy cariñosamente, Yuri le explicó que parecía haber tenido una alucinación. Cuando se desató la crisis en lo más profundo había estado diciendo cosas muy extrañas. La sobresaturación de nitrógeno, seguramente.” En “La horda”, encontramos numerosos componentes iniciales del cuento fantástico, hasta que éste se deslice hacia otro terreno. En el texto van creciendo la preocupación, la angustia, el miedo, hasta el horror, entre los personajes Alonso y Ramiro. Empieza con la tradicional oposición de dos planos, el de lo real y el de lo imposible, y se añade un sentimiento de miedo: “De pronto, perfectamente solos entre las montañas sigilosas, cayeron en la cuenta de que los rodeaban miles, cientos de miles de huellas, de huellas humanas. La vista era increíble al principio; al rato, sobrecogedora. Quisieron bromear, poner la realidad al alcance del discurso, a merced de sus pullas usuales. Ramiro habló, sin lograr atenuar la angustia que ambos sentían.”  

     A continuación, nos alejamos de la coloración fantástica y se expresa el horror, o sea la descripción concreta de lo inaceptable: “Alonso tenía rota la quijada, fracturados dedos de ambas manos, lacerado el vientre, y a cada respiración sentía un incendio en las costillas.” El alcance histórico, por el entorno elegido y la época de la redacción, recuerda hasta qué punto lo fantástico lato sensu se articula perfectamente con las problemáticas políticas de un país o de una sociedad. Y Prochazka, tanto en este cuento como en “Caballo de Troya”, juega con la alegoría para alcanzar otro nivel de lectura.    

Fisión, fusión y efusión de los posibles literarios 

Finalmente, queda claro que, a pesar de las buenas intenciones de los protagonistas de “La horda”, lo que manifiesta Prochazka es una imposible reconciliación con la realidad: solo la codificación literaria, que implica un trabajo de descodificación crítica exigente por parte del lector, permite alcanzar, no sin cierto pesimismo, unas intuiciones de verdad más allá de la razón. Estas alusiones conceptuales e intertextuales, que rayan con la poesía en unos cuentos, le confieren sentido y espesura a la palabra “investigación”. Entre Verona y Averno, las torsiones y distorsiones contribuyen a esa incertidumbre que invita al descentramiento. “Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad” decía el narrador aislado de Borges en “La escritura del Dios”: si es probable que el tiempo contribuya al olvido, el viaje por las palabras de la obra de Prochazka siempre deja huellas en la mente de sus lectores.

Ocho cuentos de tampocos y todavías
Enrique Prochazka (Corral de Autores, 2021)

Reseña de Audrey Louyer     / Publicada en Marzo, 2021