RESEÑA

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Nuestra piel muerta
Natalia García Freire (La Navaja Suiza, 2020)

Reseña de Eric Gras     / Publicada en Marzo, 2021

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"Nuestra piel muerta cautiva, a pesar de que nos conduce a un abismo, porque enlaza una cadena de preguntas que, como la propia García Freire reconoce, «son como un temblor bajo la tierra que ya no deja de suceder y que todo el tiempo está pidiendo más escritura»".

Refundar los cimientos de la infancia  

En uno de los magistrales relatos de En el corazón del corazón del país, William H. Gass escribía que «la infancia es un engaño de la poesía». Ciertamente, tendemos a pensar que la infancia es una época de inocencia y libertad, un entorno paradisíaco, cuando a menudo es un Edén violento, enajenado y cruel, incongruente. En ocasiones, llegamos a idealizar ese periodo iniciático porque los niños, cuando son niños, tienen algo de dioses.    

     Lucas, el protagonista de Nuestra piel muerta, primera novela de Natalia García Freire, es un niño que sufre, que se recluye en un mundo de insectos para evitar el dolor que le producen unos padres que no le entienden, que son incapaces de comunicarse con él, de mostrarle su afecto. Vive en un hogar roto, cuando se supone que debiera ser un nido protector, y ello le lleva irremediablemente a la huida. Sí, Lucas huye, se marcha de ese extraño lugar para él. No obstante, de todo eso no se da cuenta, no es consciente, no puede serlo, porque es un niño y ya se sabe que, como decía Juan José Saer en El entenado, «la infancia atribuye a su propia ignorancia y torpeza la incomodidad del mundo».      

     Es Lucas, en su edad adulta, quien reconoce, no sin cierta angustia y pesar, que su niñez no fue como su memoria recordaba. La realidad, su realidad más bien, le aflige y desencanta cuando finalmente piensa en ella, se vuelve turbia, obscena. No existe una revelación o epifanía al respecto, más bien la constatación de que esa vida que creía ideal poco a poco se va deformando, resquebrajando. Su familia, los cimientos de todo cuanto fue, han desaparecido, no existen, como llega a constatar una vez decide regresar a ese hogar idealizado en el que ahora viven y reinan dos seres extraños, donde ya no hay un padre al que admirar, donde no hay una madre que le brinde consuelo. Lejos de capitular ante lo que considera un ultraje, de abandonar esa casa que una vez fue suya, el pobre Lucas hace lo posible por aferrarse a sus recuerdos, a esa memoria deformada de su pasado. Sufrirá una humillación tras otra, y seremos protagonistas de ese derrumbe emocional que, en cierto sentido, saca a relucir las injusticias de un mundo que no entiende. De ahí que vuelva su mirada a ese cosmos parasitario, de podredumbre y oscuridad, de sacrificio y renuncia, de enfermedad y muerte, de locura.     

     William Gass decía que escribía desde la ira. Ese era su gran sentimiento al escribir. Natalia García Freire parece querer escribir desde la locura, o más bien, escribe para llegar a entender, o querer entender, la locura, y como ésta coexiste, o puede coexistir, en un mundo y en un sistema que siempre ha condenado al diferente, a lo extraño, hasta el punto de marginarlo e incluso vilipendiarlo. En este sentido, la escritora ecuatoriana ha buscado en esta novela encontrar ese lenguaje que se rompe en la locura, y en qué punto se rompe ese lenguaje. Esa es, dice ella misma, la gran pregunta que está detrás de casi todo lo que escribe, y en esa necesidad de Lucas por volver a la infancia, por refundarla, se percibe ese intento, esa búsqueda de García Freire, puesto que ofrece, mediante ese universo en descomposición, otra visión, otro mundo de evidencias.      

     «El arte descansa en la imprecisión de la visión», decía Nietzsche, y lo que uno lee en Nuestra piel muerta es, precisamente, esa imprecisión, esa deformación de la realidad y de cómo el relato que se construye alrededor de la infancia puede ser muy distinto del que uno cree haber vivido. Así, a través del lenguaje, de todos esos resortes narrativos de los que se sirve García Freire, que son un riesgo —¿pero qué es la literatura sino un salto al vacío, un acto de fe?—, logra crear una nueva simbología en la que se ponen de manifiesto otros temas igual de importantes como las verdades impuestas, el conservadurismo, los preceptos establecidos y convencionalismos, la mirada animal que hemos perdido, la incomunicación y todos esos pequeños engranajes que conforman la estructura familiar. Esta novela supone, por tanto, una mirada hacia lo oscuro, hacia los adentros, hacia lo que está roto. Existe una serie de espejismos a lo largo del relato que sirven para excavar y sumergirse en las profundidades de esa familia a la que Lucas pertenece, y poco a poco va tejiendo una especie de telaraña de la que es difícil escapar y que sirve a su vez para que seamos conscientes de que todo —y todos— ha sido creado por el lenguaje, y que no podemos concebirlo sin comprender, precisamente, todas esas metáforas y campos semánticos que impregnan el texto, toda esa vaguedad que es la vaguedad del mundo que nos incita a cuestionarlo todo. En su obra Las lágrimas, Pascal Quignard afirma: «Escribir no consiste para nada en bendecir. Escribir es bajar la mano al suelo o a la piedra, o al plomo, o a la piel, o a la página, y es anotar el mal». Natalia García Freire logra una escritura que mancha, que te salpica de barro y sudor, también de algunas lágrimas, y en su caso, ella no anota el mal, sino lo animal, lo material. Su encuentro con la palabra es un constante acercamiento, una búsqueda de matices, de intimidad con el lenguaje, que para ella es algo casi palpable y con el que busca entrar en esa oscuridad, aun sabiendo el riesgo que ello conlleva. Infancia, memoria, locura, usurpación, injusticia, ruptura, descomposición… Nuestra piel muerta cautiva, a pesar de que nos conduce a un abismo, porque enlaza una cadena de preguntas que, como la propia Natalia García Freire reconoce, «son como un temblor bajo la tierra que ya no deja de suceder y que todo el tiempo está pidiendo más escritura». Que siga escribiendo.