A pesar de su título, Poeta chileno, la novela más reciente de Alejandro Zambra (Chile, 1975), no trata exactamente sobre poesía. Su protagonista se llama, como un famoso poeta, Gonzalo Rojas, y sabe desde la adolescencia que quiere dedicarse a la poesía. Lo atraen tanto la obra como la vida o la leyenda de los poetas de su país, que forman una tradición tan fuerte que, en Chile, dice un personaje, los poetas no solo son más importantes que los novelistas, sino que varios de estos escriben sobre los primeros. Como sentencia inapelablemente un vate anónimo, “ser un poeta chileno es como ser un chef peruano o un futbolista brasileño” (274).

     El protagonista de Zambra no se define por su escritura —en realidad, su producción poética es pequeñísima— sino por la familia que forma con su pareja Carla y el hijo de esta, Vicente. La precariedad de la relación padastro-hijastro es el centro de la novela. Una relación que se parece en todo a la que existe entre padres e hijos, con la salvedad de que su razón de ser descansa en la existencia de una relación previa.  

     Gonzalo sabe que vive en un país –en un continente—en el que los buenos padres no abundan --su propio abuelo ha sido un donjuán con nulo interés en criar a sus vástagos—y probablemente por eso está decidido a romper con esa tara. No dedica su energía a luchar por la revolución o a escribir una obra, sino a la familia que ha formado. Se diría que no se puede hacer ambas cosas: si Gonzalo se dedicara a la Vida Artística, estaría demasiado cerca de las fuerzas de la destrucción como para cuidar de Vicente tan bien como lo hace.  

     Hay otros poetas además de Gonzalo –todos insólitos, algunos estrambóticos. Sus retratos no son, en general, muy amables. Se diría que les ha sido borrada de la mente cierta información clave para desenvolverse en el mundo real. Cuando un poeta dice que de alguna manera los chilenos siguen viviendo bajo la dictadura de Pinochet, porque todos están “endeudados y felices, condenados a trabajar quinientas horas semanales. Deprimidos, saltones y enojados. Medio muertos” (291), entendemos que su queja es contra el orden burgués o capitalista, precisamente aquel en el que Gonzalo logra, de alguna manera, el acenso social: viniendo de una familia de clase media baja, se ha colocado en una sólida clase media, doctorado en Estados Unidos incluido.  

     De forma imprevisible Vicente desarrolla vocación de poeta, lo que hace tentador pensar en este hecho como una suerte de victoria de Gonzalo. ¿Será posible que los versos que Vicente escriba reivindiquen la vocación malograda de su padrastro? La obra visible de este es modesta, pero, diría uno, su obra invisible consistiría en haber formado un hogar para un poeta futuro. Poeta chileno, felizmente, contradice esta lectura. La obra de Vicente será suya solamente, no la reivindicación de otro. Mientras juega fútbol con un Vicente aún niño, Gonzalo entiende que “ser padre consiste en dejarse ganar hasta el día en que la derrota sea verdadera” (54), y es aquí donde Poeta chileno se conecta mejor con la obra de Bolaño, para quien los poetas casi siempre pierden.    

     Ahora bien, ¿cómo escribir ficción sobre personas que escriben poesía? ¿Cómo llevar a cabo esta inserción de un género en otro? La respuesta de Bolaño es hacer que la poesía en sí pase a un segundo plano. Sus poetas están definidos menos por la escritura que por el coraje, el coraje que hace falta para renunciar a las seguridades de una vida burguesa, y que resulta crucial en un mundo marcado por el horror. No la obra sino lo que Alan Pauls ha llamado la Vida Artística resulta el atributo de los poetas de Bolaño.  

     Otra forma de escribir sobre poetas, que todos conocemos, es la de Borges. En “El Aleph” el protagonista ve el universo todo, pero rechaza esta visión porque entiende que la única manera en que puede entender las cosas es por medio de un texto, nunca de una imagen. Solo puede lidiar con el universo por medio del lenguaje. Por eso, no va a intentar, a diferencia del poeta mediocre que ha descubierto el Aleph antes que él, simplemente trasladar lo visual a la página sin pérdida alguna. El relato de las dos reacciones diferentes ante el Aleph es la solución a la necesidad de desconfiar de la visión total.  

     Para la novela de Zambra, este problema no existe. A veces es posible olvidar que Gonzalo es un poeta, aunque sea uno menor. Da la impresión de que en esta novela se dice “poeta” como se podría decir cualquier afición curiosa. Gonzalo define su trabajo de profesor de literatura como “intentar comprender el mundo a través de los poemas que escribieron otros” (374) y es precisamente esto lo que le falta a este Poeta chileno, la forma en que los libros han dejado su huella en el protagonista, la manera en que lo hacen entender la realidad de una forma distinta. 

"Hay otros poetas además de Gonzalo –todos insólitos, algunos estrambóticos. Sus retratos no son, en general, muy amables. Se diría que les ha sido borrada de la mente cierta información clave para desenvolverse en el mundo real".

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Poeta chileno
Alejandro Zambra (Anagrama, 2020)

Reseña de Miguel Rivera Taupier     / Publicada en Marzo, 2021

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