ISSN 2767-1844
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"Este libro logra ser un rescate de una de las figuras más esquivas de la historia peruana y una persuasiva invitación a tomar sus fuentes como punto de partida para reubicar su legado histórico en los debates sobre el pasado, el presente y el futuro del proyecto republicano peruano en su bicentenario".

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Witness to the Age of Revolution:
The Odissey of Juan Bautista Túpac Amaru

(Oxford University Press, 2020)
Charles Walker y Liz Clarke

Reseña de Fernando Aguirre Pérez     / Publicada en Marzo, 2021

RESEÑA

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El libro de Charles Walker, profesor de historia latinoamericana y Liz Clarke, ilustradora, presenta al estudiante universitario de habla inglesa uno de los documentos más enigmáticos, desgarradores y desconocidos del periodo colonial peruano: las Memorias de Juan Bautista Túpac Amaru (1824-1826?). Se trata del hermano menor de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, líder de la rebelión indígena más importante de toda la era colonial (1780-1783). Juan Bautista fue el único miembro de dicha familia inca que sobrevivió para dar cuenta de ella; pero más precisamente, de la historia de las brutales medidas tomadas por la corona española para hacer desaparecer de sus colonias a la familia Túpac Amaru por entero, escarmentar en su carne a sus seguidores para disuadirlos de volver a intentarlo. A Juan Bautista le correspondió sufrir casi cuarenta años de cautiverio y trato inhumano en El Callao, Cádiz y Ceuta. En ese sentido, que este hombre haya sobrevivido y, peor aún, que haya dejado estas Memorias, constituyen un error en el dispositivo colonial de retaliación y silenciamiento de la rebeldía indígena. Por su parte, los herederos criollos de tal dispositivo hicieron otro tanto a lo largo de los siglos diecinueve y veinte, con muy pocas excepciones. Por ello, en primer lugar, Witness to the Age of Revolution. The Odyssey of Juan Bautista Tupac Amaru es un valioso rescate documental y una motivadora invitación a investigar sobre su legado histórico tantas veces negado en los tiempos poscoloniales. En las líneas que siguen, voy a valorar tres de los aspectos que considero más relevantes del libro: la adaptación gráfica de las Memorias, la interpretación histórica que hace de su autoría y recepción, y su aporte de fuentes documentales para la investigación académica.

     En el prefacio, Walker manifiesta que en lugar de ficcionalizar la vida de Juan Bautista, “I have allowed images, drawn from archival materials, to tell the story. I want to chronicle his story but not speak for Juan Bautista Tupac Amaru” (ix). Su trabajo conjunto con Clarke no pretende ser una novela gráfica ni ningún otro tipo de ficción; lo llama “graphic history” (vii), una “historia gráfica” para la que reclama el estatus de la objetividad del historiador. Aclaremos que está reclamada con justicia, pues Walker realiza un impresionante trabajo de documentación para poder completar la historia de Juan Bautista (he contado 32 fuentes adicionales) y Clarke, un versátil esfuerzo por integrar gráficamente esas fuentes prácticamente en cada panel. La artista complementa las imágenes secuenciales y miméticas típicas del cómic con una rica batería de recursos: infografías y documentos (7), mapas y documentos (21, 35, 48), imbricación de imagen secuencial y dibujo (3, 19, 15, 43), viñetas con inserciones de documentos (31, 32), viñetas cuyos objetos describen figuras (11, 12, 29) y se vuelven ellas mismas viñetas e inserción de cronologías dentro de la viñeta (9,55) por ejemplo, las cuales están entre las mejor logradas del conjunto. Como muestran las investigaciones de Andrea Tosti, las cronologías y cartografías forman parte de los heterodoxos orígenes del cómic. Ilustradora y artista gráfica sudafricana con otros libros en la misma serie editorial, Clarke adopta un estilo figurativo de historieta clásica para integrar fuentes de diferente naturaleza en casi cada página. Al hacerlo revela al lector algo fundamental de su trabajo en equipo con Walker: pone ante sus ojos el taller de la interpretación y la reconstrucción históricas que se realiza precisamente uniendo piezas de aquí y de allá para ir avanzando un rompecabezas siempre incompleto y mutilado por el tiempo. Salvo algunas páginas sobrecargadas de información, la artista consigue su propósito de intérprete.    

     No obstante, esta crónica gráfica basada en las Memorias de Juan Bautista atenúa un elemento narrativo fundamental a ellas: la propia voz de su protagonista, el sujeto que rememora. Con el recurso de insertar citas textuales de las Memorias poco más que una docena de veces (véase 7, 31, 32, 42, 71, 91 y 96, por ejemplo), la voz en primera persona aparece escasamente; a ello se agrega que el Juan Bautista personaje tome la palabra en escasas ocasiones (43, 58, 85, 87, 88, entre otras). Como resultado de esta estrategia, la historia atenúa la fuerza dramática del mensaje que la vertebra, “la historia de mis sufrimientos”, de “crueldades espantosas” padecidas en prisión y cautiverio la mitad de su vida (nació en 1747 y murió en 1827) que hacen que se presente a los lectores como “una víctima” del despotismo español con su último aliento entregado a seguirla combatiendo mediante la escritura de sus Memorias. Por el dramatismo de su denuncia y la exposición de sentimientos desgarrados, este testimonio se hermana con otro escrito en Vilcabamba, la Instrucción al licenciado Lope García de Castro (1570) de Titu Cusi Yupanqui, hermano de Túpac Amaru I, e hijo de Manco Inca. Con similar estupor, en ella Manco Inca denunció también las terribles humillaciones sufridas por él de manos de los conquistadores en ligazón con la demonización y la extrema codicia que a sus ojos los caracterizaba. Tanto Manco Inca como Juan Bautista se sienten deshumanizados por el crudelísimo trato de los españoles. Llevado al límite de la desesperación, negado a él todo trato humano, por ser obligado a pernoctar atado a los cadáveres de sus dos compañeros, Juan Bautista confiesa una vez “que apetecí la muerte con la mejor sinceridad”. 

     Merece estudiarse que sentimientos tales guarden algún parentesco con las experiencias límite que autores como Primo Levi y Emmanuel Lévinas sufrieron en los campos de concentración nazi y trataron de racionalizar.  

     Por otro lado, la aparición de Witness to the Age of Revolution contribuye a revitalizar el subgénero de las adaptaciones gráficas de documentos centrales de la historiografía peruana, la cual en el Perú tiene muy pocos antecedentes. Una de las últimas es el destacado trabajo de adaptación e ilustración que Miguel Det hizo de Dioses y hombres de Huarochirí (2015), famosa recopilación quechua del extirpador de idolatrías Francisco de Ávila (1958). Por su tema, el antecedente más inmediato es la biografía gráfica Túpac Amaru, notable obra de Juan Acevedo sobre el hermano mayor de Juan Bautista, de cuyos cuatro volúmenes, ha completado dos: Infancia y adolescencia (1985) y El joven cacique (1987). En el ámbito latinoamericano, la adaptación gráfica de la historia tiene antecedentes recientes de gran factura. Es el caso de la Nueva historia mínima de México (2004-2018) de seis volúmenes escritos por diversos historiadores, la que ha sido convertida en una historia gráfica de primera calidad en sendos tomos a cargo también de diferentes artistas y guionistas (2011-2018). A lo largo del 2008, un diario publicó Historia de Chile en cómic, un recuento en 71 fascículos que cubren la historia chilena hasta los primeros años del presente siglo. En contraste, la cancillería peruana acaba de publicar la primera entrega de Los documentos cuentan nuestra historia (febrero 2021); por su burdo guion y arte, deja mucho que desear. 

     La meticulosa investigación documental de Walker orienta gran parte de sus esfuerzos a responder a la interrogante sobre si Juan Bautista Túpac Amaru es verdaderamente el autor de sus Memorias; la explicación es que prácticamente desde su publicación en Buenos Aires ha pendido sobre su protagonista la acusación de impostor, lo que para el historiador condenó a obra y autor al silencio en lugar del lugar preponderante en la historia de la emancipación peruana, si no americana, que merece. En contra de la sospecha de que en su condición de quechua hablante no habría tenido dominio suficiente del castellano como para escribir, Walker aporta varios argumentos apoyados por evidencias. Tengamos en cuenta que el propio Juan Bautista declara en un momento no fechado pero avanzado de su cautiverio haber tenido aún un escaso manejo del castellano. Los primeros son cuatro declaraciones inéditas con sendas firmas suyas archivadas en Ceuta, donde sufrió su confinamiento más largo (119). El segundo es su manifiesto y constante deseo de educarse durante su largo cautiverio (119). Su tercer punto es que los varios petitorios legales que emitió así como las varias veces que proporcionó información a la prensa liberal española (cuyos artículos ofrece) deben haberlo preparado para culminar su gran escrito (125). El cuarto es más bien de análisis textual. Para Walker, los vívidos detalles del relato así como los errores en los datos consignados –plausibles en un octogenario--son una muestra de la autenticidad de la autoría de las Memorias (130).  “It is very likely that Durán Martel aided him, Azopardo could have done so as well”, concluye Walker (130) [ver fig.1]. Por supuesto, el debate no está cerrado. Durán es el fraile huanuqueño con quien vivió desde 1813, entrañable amigo suyo, a quien declara deberle la vida; y Azopardo, maltés, compañero de presidio de ambos, es quien los recibe en Buenos Aires. Más jóvenes y educados occidentalmente, estaban mejor preparados que Juan Bautista para una tarea de escritura que él debía cumplir “de su puño y letra” por encargo de quien se convertiría en uno de los padres de la patria en Argentina: Bernardino Rivadavia, por entonces gobernador de Buenos Aires. Como explica Walker, la vida le ofrecería a este Túpac Amaru una mayúscula sorpresa final. No hacía mucho que Manuel Belgrano, otro prócer republicano, había propuesto al Congreso de Tucumán que la Argentina independiente se convierta en una monarquía constitucional incaica con capital en el Cusco. Si los antifederales no hubieran triunfado, Juan Bautista Túpac Amaru podría haberse convertido en su primer rey (130) [ver figs. 2 y 3].   

     Pocas son las adaptaciones gráficas que vienen acompañadas de un soporte documental como para el formato editorial de este libro. Si consideramos que su propósito central es educativo (pertenece al catálogo de cursos de US Higher Education de su editorial), esta característica debe ser doblemente subrayada. Charles Walker es un historiador latinoamericanista, y a la luz de su prolífica obra, un peruanista especializado en las rebeliones tupacamaristas, además de estar íntimamente conectado con la vida intelectual en el Perú. Con esta entrega, aporta la primera traducción al inglés de las Memorias (aproximadamente la mitad de ellas), así como de una selección de las fuentes documentales clave para sustentar su redescubrimiento de Juan Bautista Túpac Amaru. Entre ellas, encontramos los alegatos y la correspondencia que mantuvo el cautivo con la corona española encontrados en el Archivo General de Indias y otras antes publicadas en libro; pero también fuentes periodísticas españolas y argentinas que no habían sido recopiladas ni menos analizadas. Precisamente, estas pueden ser el comienzo del estudio acerca de las conexiones incaístas e indigenistas entre Argentina y Perú en los albores del siglo veinte, por ejemplo. En conclusión, este libro logra ser un rescate de una de las figuras más esquivas de la historiografía peruana y una persuasiva invitación a tomar sus fuentes como punto de partida para reubicar su legado histórico en los debates sobre el pasado, el presente y el futuro del proyecto republicano peruano en su bicentenario.

Abajo: figuras 1, 2 y 3. Clic en ellas para verlas en formato mayor.