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Si pudieras ser un pájaro
Por Iliana Cervantes Llamas    / Publicado en Marzo, 2021

"Luego del siniestro, los restos de Olafo fueron vendidos como chatarra. Es posible que algunas piezas hayan sido reutilizadas en otras naves: el miedo regenerándose en otros cuerpos para dar vida a un nuevo monstruo. ¿Estoy viajando en el asiento de un superviviente o de alguien que no logró salir del avión?"

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El miedo a volar es en el fondo una falta de fe
Gabriela Ponce
Sanguínea


Nuestro cuerpo no está hecho para volar. Mi sentido común todavía no logra entender cómo es que nos atrevemos a seguir viajando en avión. A veces pienso que quienes lo hacen son masoquistas, y que en el fondo sospechan que aquello puede caer en cualquier momento. 

     Antes de subirme a un avión pienso que durante el despegue, entre las turbulencias o en el aterrizaje, aquel pájaro de metal no se va a levantar y que inevitablemente se estrellará contra las estalactitas de piedra que desde abajo nos observan. He viajado en avión pocas veces y siempre por la evidente necesidad de llegar más rápido al lugar de destino. Que las cosas se hagan al instante, en cuanto se solicitan, sin tardanza, es uno de los tantos síntomas de la época en que vivimos: a algunos les impacienta la idea de un largo viaje por carretera o por mar, argumentando la sensación, contemporánea, de estar perdiendo el tiempo.

     Aunque la humanidad insista en ir contra las leyes de gravedad, somos aves sin alas, ansiosas por abandonar el nido primigenio.  


*


A finales del siglo xx el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia murió en un accidente aéreo cuando el avión en el que viajaba estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto Barajas de Madrid. Él y otros escritores, entre los que estaban Manuel Scorza, Marta Traba y Ángel Rama, se dirigían al primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Colombia. Ibargüengoitia, que dentro de su maletín llevaba el borrador de una novela sobre el segundo imperio en México, no podía saber que el manuscrito se consumiría entre las llamas. 

     La investigación arrojó como causa final el dictamen de «falla humana» o «error de piloto». Era un avión con apenas seis años de edad. La tripulación lo apodaba Olafo por su origen escandinavo. Solo once pasajeros sobrevivieron gracias a que los dos primeros impactos los expulsaron fuera de la aeronave. De acuerdo con los datos registrados en la caja negra, la alarma indicó una colisión inminente durante quince segundos: la tripulación no pudo hacer nada para evitarlo, quizá ni siquiera tuvieron tiempo para reaccionar. Impactaron contra tres colinas. El avión descendió antes de tiempo y la tripulación no sabía con exactitud dónde se encontraba. Las horas de vuelo y la experiencia del piloto no evitaron la tragedia. En la torre de control ya les habían autorizado para aterrizar. 

     Pienso en el peso de los manuscritos, borradores y libros que llevaban los escritores en el viaje, el peso de lo que ya no pudieron escribir, el peso de esa imposibilidad, el peso de la muerte que llega inesperada. A veces pienso que el peso de las palabras quizá hizo que el avión se precipitara contra las colinas y ya no pudiera levantarse. 

     Sigo esperando con ansia la llegada de la teletransportación. O al menos que los ruidos que hace el avión cuando va a despegar no se perciban adentro: escuchar cómo va guardando las ruedas del tren de aterrizaje me parece similar a la incomodidad que causa alguien al rascar una pizarra con las uñas. Durante la mayor parte del vuelo pienso que las turbinas se apagarán en cualquier momento. El trayecto más largo que he hecho ha sido de diez horas: no pude dormir, bebí poca agua para levantarme solo una vez al baño, todo el tiempo usé los audífonos y vi la misma película más de tres veces porque ya no había otras opciones y necesitaba mantenerme distraída. No podía dejar de pensar en la posibilidad de un fallo mecánico, o en que un ave golpeara contra las turbinas haciéndonos caer a la garganta oscura del océano.

     Hubiese preferido hacer el viaje en barco, a pesar del vaivén del oleaje, aunque olas de diez metros golpearan cada noche contra la nave. La gente insiste en que el avión es el medio de transporte más seguro del planeta, y claro que lo es, porque si se cae, me parece, la muerte se tiene asegurada. He visto decenas de videos sobre accidentes aéreos (masoquismo virtual); también sobre científicos que explican cómo el avión puede levantarse en el aire a pesar de la carga que lleva dentro; sobre medidas de seguridad en caso de accidente, y testimonios de supervivientes que gracias al azar pudieron salvarse: «brace for impact», estoy segura, es la frase que nadie quiere escuchar cuando viaja en un avión.

     La primera vez que volé, poco antes de despegar, un hombre le dijo al que iba a su lado: Me voy a despedir de mi esposa por si se cae el avión. Casi me desmayo de la angustia. En otro vuelo una niña iba llorando y decía: Se va a caer, mamá, se va a caer. Yo quería llorar con ella: íbamos despegando del aeropuerto Barajas en Madrid, el mismo en el que murieron Ibargüengoitia, Traba, Rama y Scorza.

     Siento que mi miedo, mi terror, mi angustia aumentan el peso dentro del avión y que esto podría provocar su caída. Como si fuese una tonelada de concreto que no le permite volar y que lo hace tender hacia el abismo, hacia el filo de las montañas. 

     ¿Cuánto pesan las palabras que los escritores ya no pudieron escribir? Esas palabras nunca dichas, nunca escritas.

     A veces pienso que mi miedo tiene un peso permanente que comenzó junto a las responsabilidades de la vida adulta, o quizá mucho antes. Cuando voy en un avión ese miedo se vuelve más latente, como cuando era niña y sentía el cuerpo pesado antes de quedarme dormida: mi miedo tira de mí hacia el vacío, algún día hará que el avión caiga en picada hacia las maquetas de madera. 

     He viajado más veces en autobús y hasta ahora no he vivido un accidente en la carretera, a pesar de la impericia e irresponsabilidad de los conductores que van jugando carreras entre cientos de automovilistas. En una ocasión, de madrugada por el camino que llaman el Espinazo del Diablo, en el noroeste de México, una columna vertebral formada por dos carriles que se curvan hacia la derecha o la izquierda mientras que en el otro extremo crece el vacío, yo sentí que en cualquier momento seríamos arrastrados por la noche hacia la barranca. Me daba miedo ver de frente las luces de los autos y el ruido sordo del autobús. Intenté dormir, pero fui despertada por una mano ajena sobre mi cabeza. Prefiero viajar pegada a la tierra que dentro de un artefacto impulsado con gasolina entre las nubes de la nada.      

     La primera vez que viajé sola en un avión pude ver a través de la ventanilla la Sierra Madre Occidental, como si nos atrajera hacia sus brazos desérticos. En mitad del vuelo el piloto nos pidió que nos abrocháramos los cinturones y nos mantuviéramos en nuestros asientos porque pasaríamos por una zona de turbulencia: sentí como si un niño gigante hubiese tomado el avión como a un juguete ajeno, moviéndolo a voluntad, con la desesperación de saber que en cualquier momento tendrá que devolverlo. De pronto todo fue una ceguera de nubes, y pensé que moriría precipitándome hacia los cultivos de maíz. Recordé a Ícaro con sus alas de cera, su atrevimiento narcisista de ir contra la voluntad de su padre.

     Parece que las turbulencias suelen suceder con mayor frecuencia en medio de la oscuridad: solo se ven algunas luces a través de los poros del ave, conjuntos de luciérnagas que parpadean, avispas inmóviles de luz. 

     En cada vuelo el ritual de no quitarse el cinturón en ningún momento, escuchar atentamente las indicaciones de las azafatas, leer una y otra vez las instrucciones que hay en el respaldo del asiento delante de mí, estar atenta a cada pequeño detalle que ocurre a mi alrededor es para mí una suerte de superstición del viaje: pienso que si sigo todas las instrucciones al pie de la letra, nada terrible ocurrirá. Una especie de rutina indispensable ante lo impredecible. Por otro lado, una parte de mí confía en que ocurrirá lo peor, creyendo en el fondo que si pienso de esta forma no sucederá nada, como si adelantarme al narrar la tragedia, pudiera evitarla.  


*


Fue la lectura de un ensayo del escritor mexicano Hugo Gutiérrez Vega, lo que me llevó a escribir sobre mi miedo a volar. Una noche, después de investigar sobre la tragedia del vuelo de Avianca, me di cuenta de la coincidencia entre el número identificador del avión, el 011, y el número de supervivientes, también 11. Luego encontré que Manuel Scorza había enviado una serie de cartas a sus familiares, días antes de tomar el vuelo, que serían interpretadas como una suerte de puesta en orden de su última voluntad; y que hacia el final de la última novela de Marta Traba, En cualquier lugar, el protagonista, que regresaba a su país de origen después de un largo exilio, se encuentra llorando dentro de un avión, y, finalmente, que en Los amigos, o Isabel cantaba, sea cual sea el título que Ibargüengoitia hubiera elegido para publicar su séptima novela, la narración estaría evocada desde el año 1982 (un año antes del accidente) hacia el pasado, por un personaje autoexiliado que después de una ausencia, también, regresaba al origen.      

     Luego del siniestro, los restos de Olafo fueron vendidos como chatarra. Es posible que algunas piezas hayan sido reutilizadas en otras naves: el miedo regenerándose en otros cuerpos para dar vida a un nuevo monstruo. ¿Estoy viajando en el asiento de un superviviente o de alguien que no logró salir del avión? El miedo se constituye de voces, de miradas, de palabras, de recuerdos que a veces permanecen en los objetos. No tiene cuerpo, pero se materializa en otros cuerpos, y sobrevive en ellos, en nosotros.

ENSAYO

Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza, Marta Traba y Ángel Rama.